LXXVII
La ley Kobayashi

Tokio, 17 de noviembre de 1992, 7:50a.m.

Rini no había tenido un buen sueño la noche anterior, y se le podía ver deambulando por la casa de Serena con ojeras y bostezando cada cinco minutos. No se le veía agotada, sin embargo. Lucía más bien desconcertada, como si hubiera tenido un sueño, lo que contradecía la teoría del insomnio. Lo más extraño de todo el tema era que cada vez que alguien le preguntaba sobre si había soñado algo, Rini se ponía muy colorada. Serena creía que había tenido un sueño con un chico muy atractivo, e Ikuko solidarizaba con ella. Por otro lado, Kenji y Sammy creían que Rini había tenido un sueño bastante vergonzoso.

Sin embargo, Rini, muy a pesar de las teorías de Serena, tenía la impresión de que su madre estaba tratando de ocultar algo, porque sus risas eran bastante exageradas. Desde que volvió de Nueva York que se había comportado de ese modo. Ni siquiera salía con sus amigas, por lo que Rini dedujo que lo que fuese que le estaba pasando a Serena, le estaba ocurriendo a sus amigas también. No fue hasta después del desayuno que Rini se enteró de lo que le pasaba a Serena y a las demás, mientras cruzaba la sala de estar para buscar sus cosas e ir al colegio.

Kenji estaba viendo el noticiero matutino, sentando en el sofá, con el ceño fruncido. Rini olvidó que debía ir a clases, y vio las imágenes que mostraba el televisor. Había un hombre de terno y corbata dando unas declaraciones sobre algo llamado "ley Kobayashi".

—Creemos que es necesario dar este paso, pues tener individuos como las Sailor Senshi sueltos por ahí es un riesgo que no estamos dispuestos a correr. Ellas se rehusaron a ser supervisadas por un subcomité de Naciones Unidas, lo que era la mejor solución para todos, por eso, decidimos poner un freno a la situación.

—¿Y cuáles fueron la medidas tomadas por la ONU? —preguntó el periodista que entrevistaba al representante de Naciones Unidas.

—Bueno, la ley Kobayashi, la que fue aprobada el día de ayer en una reunión de emergencia, dicta que, bajo ninguna circunstancia, se debe permitir que las Sailor Senshi actúen, por minúscula que sea la intervención. Para asegurarnos de que así sea, la ONU, en colaboración con Sprague Incorporated, desarrolló unos dispositivos capaces de detectar en tiempo real las transformaciones de las Sailor Senshi. Si alguna vez ocurre eso, medidas decisivas serán tomadas de forma automática, de forma que ellas nunca más puedan intervenir.

—¿Y de verdad cree que las Sailor Senshi son una amenaza mundial?

—Lo son. Y el hecho que sean chicas las hace aún peor. Todos sabemos que las mujeres son emocionalmente inestables, lo que las descalifica para desempeñar su rol de protectoras de la paz mundial. Necesitamos personas objetivas, capaces de mantener la calma en situaciones complicadas, y es por eso que Sprague Incorporated desarrolló armas basadas en los poderes de las Sailor Senshi, de forma que otros puedan cumplir sus funciones de forma más efectiva.

—¿Y qué dice el Primer Ministro Japonés sobre esto?

—Obviamente está en contra de la ley, y lamenta que haya sido una ciudadana japonesa la que hubiese tenido la idea original, pero no puede hacer nada al respecto. La ley Kobayashi es una ley de carácter internacional, y es aplicable en cualquier parte del mundo, con independencia de las opiniones de los líderes. Es impresionante que todo esto se haya logrado en solamente tres meses, pero la prisa era necesaria, pues se lo debemos a todas aquellas personas que pagaron con sus vidas durante las batallas de estas jóvenes.

Rini no quiso escuchar más. Subió al segundo piso para buscar sus cosas, echando humo por las orejas. No creía posible que una persona se atreviera a decir que las Sailor Senshi eran incompetentes solamente por ser mujeres. Era como si ellas no tuvieran derecho a ser fuertes y valientes, cuando ellas ya habían demostrado en tres ocasiones lo equivocado que estaba aquel representante de la ONU.

Sin embargo, aquella no era la única preocupación que tenía Rini en ese momento.

Mientras se trasladaba de su casa al colegio, en compañía de una risueña Serena, vio por segunda vez la carpa con forma extraña que se había instalado en uno de los parques de la ciudad. Además, había muchos panfletos sobre el Circo de la Luna Muerta y sus muchas entretenciones. La gente hablaba sobre el tema como si no hubiera otro tópico de conversación, y aquello le daba mala espina, sobre todo por el sueño que había tenido la noche anterior.

Cuando las clases acabaron, Rini se dio cuenta que Saori la estaba esperando. Había olvidado por completo que ella había decidido no asistir a la reunión, por lo que era la única Sailor Senshi activa, aparte de ella misma.

—Hola, Rini —saludó Saori con un rictus bastante desagradable en su sonrisa. Rini dedujo que ella también había visto las noticias de la mañana—. Tenemos que reunirnos, todas nosotras.

—¿De qué estás hablando, Saori? —dijo Serena, llevándose una mano a la nuca y riéndose como si no hubiera un mañana—. No hay razón para ponerse tan seria. ¡Hay que vivir la vida!

Pero Saori no estaba para bromas. Dio dos pasos, y le pegó una bofetada a Serena. Ella cayó de rodillas al suelo, sobándose la mejilla afectada, mirando a Saori con rencor.

—No sé qué mierda pasa contigo, pero tienes que espabilar, y pronto. Los políticos no pueden salirse con la suya.

—Se salieron con la suya —dijo Serena con la voz quebrada—. Mira lo que tenemos en nuestros cuellos…

—¡Por supuesto que sé lo que tienen allí! —exclamó Saori, mirando a Serena como si se hubieran invertido los papeles (siendo Saori la madre y Serena la hija)—. ¿Y qué? Lo único que debemos hacer es desactivarlos, y asunto solucionado. De más que Amy puede rastrear la señal que emiten esos dispositivos y triangular su origen. Usar su computadora de bolsillo no la va a matar.

Justo en ese momento apareció Amy. Su rostro no mostraba alguna emoción exagerada o tristeza. De hecho, era inquietante lo calmada que lucía.

—Saori tiene razón —dijo Amy, mostrando una pequeña sonrisa—. En este momento, mi computadora está obteniendo las coordenadas geográficas del origen de la señal que reciben nuestras collares de control. Y usar mi computadora no me va a matar, porque no emite radiación sigma. Es eso lo que permite que las collares funcionen. Detectan la radiación sigma que emitimos las Sailor Senshi, aunque aún no sé cómo el gobierno de Estados Unidos obtuvo la tecnología y el conocimiento para desarrollar las collares.

—Es todo lo que necesito para librarlas de este problema —dijo Saori, mostrando una sonrisa más sincera.

—Pero hay un problema —dijo Amy, mirando hacia el horizonte, como perdida en pensamientos—. Las demás no parecen muy animadas en reunirse. Incluso Haruka, Michiru y Setsuna no quieren hacerlo. Dicen que los políticos ganaron y que no pueden hacer nada a causa de las collares. De las Outer Senshi, Hotaru es la única dispuesta a hacer algo. En cuanto a nosotras, Lita y Mina están muy deprimidas, y no he sabido nada de Rei. Creo que está en las mismas que la mayoría de nosotras. Por último, las Sailor Gems viajaron a Londres. Lucían resignadas con su destino.

Saori crispó los puños.

—Han derrotado a tres organizaciones extremadamente poderosas, y aceptan la derrota ante unos políticos de mierda. Con razón a las mujeres nos tildan de débiles y cobardes. ¡Maldición!

Amy se quedó mirando a Saori, entendiéndola a la perfección. Ella era la única dispuesta a torcerle la mano a la política que había llevado a la casi extinción de las Sailor Senshi. También era la única que podía transformarse sin que le costara la vida. Al final, todas dependían de Saori.

Washington, 17 de noviembre de 1992, 01:14p.m.

Herbert Dixon había recibido otra buena noticia, aparte de la que ya sabía que iba a ocurrir. Le sorprendía que la política, bien empleada, podía poner en su sitio a unas guerreras tan poderosas como las Sailor Senshi. Eso, y un poco de robo de información por parte de Colbert Sprague. Sin aquellos datos, habría sido imposible desarrollar las collares que las mantenían bajo control.

No. Era otra buena noticia.

La acusación de Walter Kendrick, el administrador de la NASA, había sido rechazada, y el juez había recomendado que fuese internado en una institución para enfermos mentales, dado que había estado hablando con alguien que era imposible que estuviera allí en el día y la hora de la supuesta reunión. El segundo al mando de Herbert, Hawkins, se había encargado de esparcir el rumor de que Walter había perdido la cabeza, y además, se había asegurado de que Gerald Tenet asumiera su cargo, quien estaba a favor de la militarización de la NASA.

No obstante, había otro escollo que superar, y uno muy grande.

El presidente de los Estados Unidos estaba a favor de que la NASA siguiera siendo una organización civil, y era necesario un mandato presidencial para aprobar la militarización. No obstante, Herbert ya tenía un plan en marcha para lidiar con el asunto. Había estudiado de forma concienzuda el perfil del presidente, y había notado que, antes de comenzar su carrera política, había pasado por la Fuerza Aérea, llegando al rango de coronel. Examinando sus antecedentes militares, a los que tenía acceso gracias a Richard Helms, vio que había sido investigado por abusos sexuales hacia una oficial de menor rango dentro de la misma Fuerza Aérea, pero jamás encontraron algo coherente, por lo que la Corte Militar lo absolvió de todos los cargos. Pese a que esos detalles fueron revelados durante la campaña presidencial de Jackson MacArthur por parte de su rival republicano, muy pocas personas lo apuntaron con el dedo, dado que él admitió que eso había ocurrido, y muchos lo elogiaron por su honestidad. Herbert sonrió. Pese a que el caso no había proseguido, aquella era una buena base para construir su siguiente mentira. Lo que necesitaba era rastrear a la oficial que había denunciado a MacArthur por el delito. Los mismos archivos militares le dieron la respuesta a esa pregunta.

—Hawkins —dijo Herbert por el comunicador—. Toma el mando de la base. Tengo que salir.

—¿Y se puede saber adónde va?

—Voy a convencer a alguien que me ayude a derrocar al presidente de los Estados Unidos.

Hawkins no necesitó más explicaciones. Como bien sabía, la única forma de militarizar la NASA era sacar al presidente del medio, y poner a alguien que estuviera de acuerdo con las ideas de Herbert.

—De acuerdo, señor.

Tokio, 17 de noviembre de 1992, 05:22p.m

Saori esperaba a que Amy acabara de triangular la posición del centro de control de las collares. Ambas se encontraban sentadas en un parque, junto a Rini, donde no había mucha gente, un ambiente ideal para que Amy pudiera hacer su trabajo de mejor manera. En ese momento, apareció Hotaru, acompañada de Haruka y Michiru, quienes hay que recordar que se habían hecho cargo de ella.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Michiru a Amy, con quien tenía una buena relación. Sin embargo, no fue ella quien respondió.

—Está haciendo lo que ustedes no son capaces de hacer —repuso Saori, poniéndose de pie y encarando a Haruka y Michiru—. ¿Cuál es su problema? ¿Se rinden ante políticos? ¿Eso somos ahora?

—¿Y qué quieres que hagamos? —inquirió Haruka, taladrando con la mirada a Saori. Hay que recordar que ambas no se toleraban—. Estas collares nos impiden hacer nuestro trabajo. Si nos transformamos, nos matan. Si tratamos de sacarnos estas collares, nos matan. No hay salida.

—Y dicen ser más fuertes que las Inner Senshi —gruñó Saori, crispando los puños—. Son patéticas. Mientras que ustedes se escudan en esas collares de mierda, Amy aquí está trabajando para localizar el centro de control, para que yo pueda sacarlas de este entuerto.

—Pero…

—En caso que no lo hayas notado, no tengo un collar en mi cuello. Eso significa que transformarme no me va a matar. Ya verán que voy a poner fin a esta pesadilla, y ustedes ya no tendrán que ahogarse en lástima por ustedes mismas.

—Esto es extraño —dijo Amy, haciendo que las demás la miraran a ella.

—¿Hallaste el centro de control?

—No, no es eso. Es que me llegó un mensaje de parte de un remitente desconocido. No tiene mucho texto. Dice "pensé que debías saberlo", y a continuación, vienen varios archivos adjuntos, más que nada fotografías.

—Eso no me interesa —dijo Saori, pero Amy ya había abierto una de las fotografías. Se trataba de la escena de un asesinato. Había dos cuerpos mutilados a más no poder en el interior de un baño, y las paredes estaban cubiertas de sangre.

—No lo entiendo —dijo Amy, llevándose una mano al mentón—. ¿Por qué debía saber sobre esto? Es el asesinato de una pareja.

—Pues yo pienso que no deberías poner atención a eso —insistió Saori, mirando a Amy muy fijamente a los ojos—. Nuestra misión es encontrar ese centro de control y destruirlo. Seguramente se trata de correo basura, de esos que siempre llegan a las cuentas de todos.

Pero Amy no le hizo caso a Saori. Mistificada por la primera fotografía, se dispuso a abrir la segunda. Era un panfleto de "se busca", y aparecían dos personas allí. Una se llamaba Darren Church y la otra respondía al nombre de Moira Lewis. Ambos eran buscados por el FBI por infiltrarse en un base aérea y robar objetos de interés militar. Cuando comparó la primera con la segunda fotografía, se dio cuenta que las personas asesinadas eran las mismas que aparecían en el panfleto de "se busca". Sin embargo, Amy aún se preguntaba qué tenían que ver esas dos personas con ella.

Una tercera fotografía mostraba una habitación de residencial, en cuyo baño habían sido encontrados los cuerpos de Darren Church y Moira Lewis. Encima de la cama yacía un bebé, cuyo color de cabello hizo que Amy tragara saliva. Tiene el cabello del mismo color que yo. Los ojos eran iguales también, del mismo color y de la misma forma. Amy no lo entendía. ¿Qué hacía ella en un cuarto de residencial, en un país que no parecía ser Japón? Daba la impresión que Darren y Moira tuviesen alguna relación con ella.

Finalmente, había un documento de la policía de Ciudad de México, que mostraba un interrogatorio de un oficial a una mujer que respondía al nombre de Saeko Mizuno. Amy volvió a tragar saliva, sintiendo un desagradable nudo en su estómago. Ella sabía muy bien que ese era el nombre de su madre, aunque a veces usaba un nombre supuesto cada vez que viajaba a otro país. Lo hacía porque había ocasiones en que ella no quería que nadie supiera que había viajado a otra parte, especialmente colegas de trabajo, y todos creían que se trataba de una pariente de ella. En fin, las declaraciones de Saeko habían sido, por mucho, las más reveladoras de todo el entuerto. Ella había relatado al oficial la forma en que había encontrado los cuerpos de Darren Church y Moira Lewis, aparte del bebé de cabello azul que yacía sobre la cama. Manifestó sus sospechas de que ambos fallecidos eran los padres biológicos del bebé, y expresó su deseo de adoptar a la niña huérfana. Por último, adjunto al documento, se consignaban los resultados de una prueba de paternidad, la que había resultado positiva (88).

Amy se puso de pie en silencio, todo bajo la mirada de Saori y las demás. Tenía la mirada perdida y los ojos vidriosos. Bastó un correo electrónico para que su vida diera una vuelta de ciento ochenta grados. Sin embargo, la pesadilla aún no había acabado, porque un nuevo mensaje había llegado a su bandeja de entrada. Se trataba de una sola frase, simple pero a la vez poderosa.

Herbert Dixon los mató.

—¿Te ocurre algo? —preguntó Saori, pero Amy no respondió. No habría podido hacerlo aunque hubiese querido. Su mente era capaz de dimensionar las implicaciones de todo lo que había visto en ese correo, pero, por lo mismo, no podía pensar en otra cosa. La obtención de las coordenadas del centro de control había pasado a un segundo plano. Saber una verdad como aquella podía enviar cualquier otra cosa al fondo de su cabeza. La presión era tal que no podía seguir allí, rodeada de personas que, tal vez, no fuesen capaces de entender la catástrofe que había llegado a su vida sin ninguna advertencia.

—Ne-necesito… irme —balbuceó Amy, abriéndose paso entre las demás—. Saori, te… te entregaré las coordenadas más tarde, ¿de acuerdo? Hay… hay algo que necesito procesar.

Saori no dijo nada, pero asumió que Amy se expresaba de ese modo por lo que había visto en el correo. ¡Mierda! ¿Por qué no me hizo caso? ¡Le dije que era más importante el asunto de las coordenadas, pero le dio más importancia a un correo! ¿Cuáles son sus prioridades? Sabía que eso ya no importaba. El daño estaba hecho, y, aunque Amy le había dicho que le enviaría las coordenadas más tarde, tenía la sensación de que no lo iba a hacer pronto. Además, si los temores de Rini eran ciertos, entonces debían enfrentar a un nuevo enemigo, y sus números eran bastante reducidos como para enfrentar una posible amenaza.

—¿Puedo hablar con Rini un rato? —preguntó Hotaru a Haruka y Michiru, y ellas asintieron, aunque le dijeron que no tardara mucho. Hotaru puso una cara de ligero desagrado ante las palabras de sus guardianas.

—¿Y ahora qué mierda vamos a hacer? —dijo Saori, crispando los puños y arrugando el entrecejo—. Sin Amy, no podremos encontrar ese maldito centro de control.

—Es como lo decía —dijo Haruka, taladrando con la mirada a Saori—. No podemos hacer nada. Si los humanos no quieren que los protejamos, no lo vamos a hacer. Si se destruyen a sí mismos, no será nuestro problema.

—Y si lo llegan a hacer, nos llevarán por delante, eso tenlo por seguro —gruñó Saori, dando dos pasos, tomando a Haruka por el cuello de la camisa y alzándola sin ningún problema en el aire—. Perdóname, pero no quiero pagar las consecuencias de lo que sea que haga la humanidad. Y, si eres inteligente, tú tampoco lo permitirás.

Saori bajó a Haruka con más gentileza que cuando la elevó. Haruka no dijo nada, pero miraba a Saori con una mirada de puro rencor. Fue ese el momento en que un joven rubio de cabello largo apareció de la nada. Usaba una gafas circulares y tenía un aire de galán visible a kilómetros de distancia. A juzgar por la dirección hacia la que apuntaba su cabeza, parecía haber puesto la mirada en Saori.

—Hola, preciosa —dijo el desconocido, adoptando una postura de lado, como dando la impresión de querer irse en cualquier momento—. No tienes una buena cara. Seguramente la estás pasando mal, pero eso puede cambiar. Yo puedo hacerte pasar un buen momento.

A Saori le temblaba el labio. A esas alturas, todos los hombres del planeta debían saber que ninguno de ellos tendría siquiera una posibilidad con ella, pero actuaban con una inclinación suicida hacia el narcisismo. Dio tres pasos hacia el tipo y se plantó delante de él, cruzándose de brazos.

—Te voy a dar tres segundos para que te vayas de aquí. Si no lo haces, te voy a partir la cara.

Sin embargo, el tipo no parecía en absoluto amedrentado. De hecho, parecía haber anticipado que ella se acercaría a él.

—Lo dudo —dijo, mostrando una sonrisa de lado—. Uno.

Saori, por una fracción de segundo, se preguntó por qué diablos había dicho "uno", hasta que notó que había aparecido una especie de tabla detrás de ella. Iba a darle una paliza, justo cuando el desconocido dijo "dos". Enseguida, sus brazos y piernas quedaron atrapados, quedando a merced del sujeto. Haruka y las demás se quedaron mirando cómo Saori parecía haber caído en una especie de trampa, pero ninguna de ellas podía hacer algo, pues era obvio que ese hombre no era alguien común y, con toda certeza, las derrotaría en un santiamén. Solamente podían ser testigos de lo que fuese que ese hombre le iba a hacer a Saori.


(88) Ver el epílogo de "Cortejando el apocalipsis" para más detalles sobre el asesinato de Darren Church y Moira Lewis.