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Conflictos, Parte 1
Tokio, 21 de noviembre de 1992, 06:11p.m.
Super Sailor Moon y las demás miraban a la gata como si jamás hubieran visto un animal en sus vidas. Diana, en tanto, miraba a las Sailor Senshi con un poco de nostalgia, como si las hubiera visto antes.
—¿Vienes del futuro? —preguntó Sailor Mercury, y sus amigas la miraron como si aquello fuese una locura. Pero Diana, ante la pregunta, asintió con la cabeza.
—Vengo del mismo futuro que la Pequeña Dama —repuso Diana con su voz demasiado aguda—. Vivo en el palacio real, en Tokio de Cristal. Tengo información que necesito que sepan antes de enfrentar al Circo de la Luna Muerta.
—¿Y cuál es? —inquirió Sailor Silver Moon con brusquedad. Sailor Mars y Sailor Uranus la miraron con desaprobación, pero ella no se dio por enterada—. ¡Vamos! No tenemos todo el día. Si esperamos más tiempo, quién sabe lo que harán esos idiotas con la Tierra.
Diana no compuso ninguna expresión de alarma ni se asustó. Era como si el carácter de Sailor Silver Moon no pudiera afectarle en absoluto.
—Lo que quiero decirles es acerca del Cristal Dorado —dijo Diana, pero ninguna de las Sailor Senshi entendió, bueno, ninguna a excepción de Sailor Silver Moon, quien había escuchado sobre ese cristal por boca de Rini y del Trío de Amazonas—. Es un objeto muy valioso, que es lo que permite que la dimensión paralela en la que conviven los sueños de todas las personas exista. Pero esa no es su única función, y no es la más importante.
—¿Y qué otra función cumple? —preguntó Sailor Silver Moon, porque las demás habrían quedado en ridículo si preguntaban sobre el tema.
—En ese cristal reside la fuerza vital del guardián de la Tierra —explicó Diana, consiguiendo sorprender a todas las Sailor Senshi, en especial a Super Sailor Moon—. Es lo que permite que Darien pueda transformarse en Tuxedo Mask. Asumo que él no está presente porque no puede transformarse.
Super Sailor Moon asintió con la cabeza, quien no tenía idea que Tuxedo Mask dependía de un cristal para transformarse. Ninguna de las Sailor Senshi estaba al tanto de ese hecho.
—Por eso, chicas, deben tener mucho cuidado cuando enfrenten a este enemigo —advirtió Diana, luciendo más seria, y era sorprendente que pudiera usar ese tono voz, siendo una gata tan pequeña—. El enemigo al que están a punto de enfrentar no está por encima de destruir el Cristal Dorado. Si no quieren que la Tierra se quede sin guardián, no subestimen a su oponente.
Dichas esas palabras, Diana se escabulló entre los pies de las Sailor Senshi, y enfiló en dirección desconocida. Mientras tanto, la oscuridad se estaba tornando casi total, y Sailor Mars tuvo que encender una llama con su dedo para iluminar el camino. No obstante, antes de entrar a la carpa colosal, Super Sailor Moon hizo un ademán para que todas permanecieran en su lugar.
—Primero hay que llevar a cabo el plan de Sailor Mercury —dijo, y alzó ambos brazos al cielo nuevamente, haciendo aparecer el Cristal de Plata entre sus manos. Las demás miraban, a veces forzando la vista a causa de la penumbra, a las formas cristalizadas del Cuarteto de Amazonas. Sailor Mercury no tenía ese problema, pues su visor tenía incorporado un filtro para visión nocturna, y los datos que estaba reuniendo corroboraban su teoría.
—Estoy detectando un incremento en la radiación sigma proveniente del Cuarteto de Amazonas —anunció, y las demás mostraron expresiones de alivio—. Sus cuerpos están reaccionando al poder del Cristal de Plata.
El brillo del Cristal de Plata aumentó hasta espantar la oscuridad reinante, iluminando temporalmente los edificios cercanos, y las demás notaron que había más cuerpos tirados en el suelo. Tragando saliva, Super Sailor Moon se dio prisa en elevar el poder del Cristal de Plata hasta el máximo que podía soportar.
—Las lecturas de radiación sigma son más fuertes —anunció Sailor Mercury, mirando al Cuarteto de Amazonas, viendo que su aspecto parecía cambiar un poco—. Están sufriendo cambios físicos. Es ahora o nunca.
Super Sailor Moon extendió los brazos hacia delante, y el brillo del Cristal de Plata se convirtió en una cúpula de luz, la que se extendió en todas direcciones, abarcando a las Sailor Senshi y al Cuarteto de Amazonas. La oscuridad fue retrocediendo a medida que la cúpula de luz plateada avanzaba, y Sailor Mercury vio que las prisiones de cristal que envolvían al Cuarteto de Amazonas se agrietaban y se rompían, emitiendo luces de diversos colores que hicieron que las Sailor Senshi hicieran visera con las manos.
Para cuando la cúpula de luz plateada desapareció, así como los destellos de colores, las Sailor Senshi vieron, para su asombro, que el Cuarteto de Amazonas ya no vestía aquellas ropas de antes, sino que usaban uniformes similares a las de las Sailor Senshi que las miraban con asombro. Los colores de los uniformes hacían juego con el color de sus cabellos. Ellas se miraban a sí mismas y entre sí, sin entender qué era lo que había ocurrido con ellas. Super Sailor Moon y sus amigas tampoco comprendían aquel cambio, y Sailor Mercury las analizaba con su visor, tratando de entender por qué lucían tan similares a ellas mismas.
—¿Qué es esto? —preguntó Cere-Cere, mirando su uniforme, sin saber qué había pasado con ella—. ¿Por qué tenemos estos uniformes?
—No lo sé —contestó Para-Para, rascándose la cabeza—, pero recuerdo haber escuchado una especie de llamado.
—Estábamos en una tierra desconocida —dijo Ves-Ves, cuando una voz nos dijo unas palabras. No recuerdo cuáles fueron.
—Era una especie de animal quien nos habló —añadió Jun-Jun—. Un animal con alas. Tenía una especie de cuerno en su frente.
—¡Ahora recuerdo! —exclamó Cere-Cere, llevándose una mano a la frente—. Era el Pegaso. Él nos dijo que nos necesitaba para una misión muy importante.
—Teníamos que proteger a alguien —añadió Para-Para—. A una niña, si mi memoria no me falla.
—El Pegaso nos dijo que era vital que ella estuviera segura, porque poseía algo de suma importancia, y había un enemigo que buscaba ese algo con afán —dijo Ves-Ves, mirando al cielo negro, preguntándose cómo había ocurrido eso—, pero alguien más llegó antes que nosotros. Quería atrapar al Pegaso.
—Recuerdo que consiguió escapar, pero nos capturó. Era una mujer con un vestido estrafalario, de cabello ondulado y ojos de gato —dijo Jun-Jun—. A partir de ese momento, no recordamos nada más.
Sailor Mercury dio unos pocos pasos hacia el Cuarteto de Amazonas, aunque no estaba segura de si debía llamarlas de ese modo, pues ellas eran Sailor Senshi, aunque no sabía qué propósito debían cumplir, aunque tenía una idea de a qué niña se refería.
—¿Era una niña de cabello rosado? —preguntó, y las cuatro miraron a Sailor Mercury con suspicacia.
—¿Quién eres tú? —inquirió Cere-Cere, entornando los ojos.
—Soy Sailor Mercury —contestó la aludida, empleando un tono conciliador, de modo que no se mostrara como una amenaza—. No es mi intención hacerles daño. Solamente quiero saber si la niña de la que hablaban tenía el cabello rosado.
—Creo que sí —dijo Cere-Cere, forzando la memoria, porque no recordaba que el Pegaso fuese demasiado explícito con la descripción de la niña a la que debía proteger. Pero le daba la impresión que aquella niña sí cumplía con esa descripción—. También me dijo que ella era una princesa de un reino lejano en el tiempo.
—Sé dónde se encuentra —dijo Sailor Mercury en un tono urgente que no pasó desapercibido para Cere-Cere—. Está en el hospital más cercano, a unos quinientos metros al este de nuestra posición. Créeme que ellas las necesita en este momento. Se encuentra gravemente lastimada.
Cere-Cere miró a las demás, y ellas asintieron con la cabeza.
—Iremos de inmediato —dijo, y con una seña, indicó a sus compañeras a que la siguieran. Sailor Mercury, volvió hacia donde se encontraban sus amigas, y se percató de que había una discusión bastante acalorada entre Sailor Saturn y Sailor Silver Moon. La pugna se trataba de esta última poniendo en peligro a Sailor Chibi Moon sin necesidad.
—¡Ya basta! —exclamó Sailor Mercury, sobresaltando a las demás e interponiéndose entre ambas, extendiendo ambos brazos—. No podemos darnos el lujo de estar peleando entre nosotras. Estamos aquí para derrotar al Circo de la Luna Muerta. Pueden resolver su asunto después.
Sailor Silver Moon respetaba lo suficiente a Sailor Mercury para hacerle caso y poner sus diferencias con Sailor Saturn en pausa. Por otro lado, Sailor Saturn miraba a Sailor Silver Moon como si ella fuese responsable del dolor que estaba sintiendo en ese momento. Y, visto lo visto, uno podría darle la razón sin temor a equivocarse. Pero Sailor Mercury había sido la voz de la razón en muchas ocasiones, y daba la casualidad que tenía razón. Ella también usaba la razón para resolver problemas, y aquella no iba a ser la excepción. No quería pelear contra Sailor Silver Moon, porque, pese a ser más poderosa que ella, Sailor Silver Moon tenía más experiencia de combate, y aquella era una ventaja que no podía subestimar bajo ninguna circunstancia.
—Entremos en la carpa —dijo Sailor Venus, y, las Sailor Senshi avanzaron hacia la negrura de la base del Circo de la Luna Muerta, penetrando en la cavernosa entrada.
El interior de la carpa se encontraba pobremente iluminado. Había unos candelabros en las alturas que se movían de forma perezosa, haciendo que las sombras difusas bailaran alrededor de las Sailor Senshi, dando al ambiente una cualidad tétrica. El pasillo que conectaba la entrada con el amplio sector principal del circo era bastante estrecho para tratarse de una carpa tan grande.
A medida que las Sailor Senshi se adentraban cada vez más en la carpa, vieron el enorme pilar de madera que sostenía toda la estructura. Sailor Mercury empleó su visor para verificar si había habitaciones ocultas en la carpa, pero no pudo ver nada, debido a la interferencia que causaba la energía oscura. En ninguna batalla había detectado tanta energía oscura concentrada en un mismo lugar, y su presencia, aunque invisible, dejaba su marca en sus compañeras, encorvándolas un poco y dificultándoles la marcha. Ella misma sentía que deambular por la carpa era como caminar en agua poco profunda.
Después de unos pocos minutos de caminata, las Sailor Senshi encontraron un acceso que no parecía concordar con el resto de la carpa. Cuando entraron por éste, vieron a su izquierda unas escaleras que parecían perderse hacia arriba. Por un momento, pensaron que podía tratarse de un truco, pero cuando discurrían por los peldaños, notaron que las escaleras eran más cortas de lo que habían pensado.
Las Sailor Senshi entraron en una habitación amplia, pero muy oscura. Los instrumentos de Sailor Mercury no funcionaban a causa de la presencia de energía oscura, por lo que debieron navegar la oscuridad a ciegas. Había unos destellos por aquí y por allá, pero no había alguna pista que pudiera identificar lo que eran. La sensación era la misma que uno podía sentir al internarse en un túnel ferroviario antiguo, e incluso el aire olía húmedo, aunque las razones de ello eran muy distintas. Había ocasiones en las que ninguna de las Sailor Senshi podía ver ni mierda, y ni siquiera el fuego de Sailor Mars podía combatir la oscuridad, pues la energía oscura reinante no permitía que ninguna de ellas pudieran usar sus poderes. Gracias a eso, tenían que usar sus manos para guiarse en medio de la habitación y hallar alguna salida.
En alguna ocasión, una Sailor Senshi tocaba una superficie lisa y suave, como si fuese la ventana de un edificio, y, momentos más tarde, sus pasos ya no podían escucharse. Aquello se convirtió en una constante, lo que hacía que las demás se mantuvieran alerta, pero la oscuridad era tan profunda que ninguna de ellas sabía dónde estaba la otra, o dónde se encontraban las paredes. Dentro de unos cuantos minutos, ya no se podía escuchar ningún paso.
Las Sailor Senshi habían desaparecido.
Nueva York, 14 de noviembre de 1992, hora desconocida
Super Sailor Moon ya no vestía como una Sailor Senshi. Veía todo como en tonalidad sepia, y el ambiente lucía ligeramente distorsionado, como si hiciese mucho calor y el aire vibrara a causa de lo mismo. No sabía qué era lo que estaba ocurriendo, pero podía verse a sí misma y a sus amigas y compañeras, sentadas en asientos de aspecto cómodo, siendo observadas por los líderes de más de ciento cincuenta países. Lo extraño era que los líderes no tenían rostros. Parecían como velados, de la misma forma en que se censuraban imágenes demasiado fuertes o explícitas. Sus amigas sí tenían rostro, pero no parecían ostentar ninguna expresión, como si fuesen autómatas en cuerpos de humanos.
Y el secretario general de la ONU, quién también tenía el rostro velado, comenzó a hablar.
—Es mi decisión que las Sailor Senshi sean reemplazadas por un grupo militar bajo supervisión por parte de un subcomité de seguridad de esta Organización de las Naciones Unidas. No podemos permitir que la seguridad mundial esté en manos de unas quinceañeras que no son capaces de dimensionar las consecuencias de sus acciones. El hecho que sean mujeres lo hace todo peor. Ya es sabido que ellas no son capaces de hacer un lado sus sentimientos a la hora de pelear por la humanidad, y es una debilidad que no es aceptable en un héroe.
Serena esperaba que hubiera un desacuerdo generalizado entre las chicas hacia las palabras que había pronunciado el secretario general de la ONU, pero aquel no fue el caso. Sus amigas dialogaban entre sí, buscando argumentos que estuvieran de acuerdo con el veredicto del secretario.
—Puede que tenga razón —dijo Mina, poniendo una cara pensativa—. Ninguna de nosotras elegimos convertirnos en Sailor Senshi. Y, si somos honestas, estamos sacrificando nuestra juventud por algo que quizás sea mucho más grande que nosotras. Por mi parte, no pienso desperdiciar mi vida peleando.
—No podría cumplir con mis sueños —añadió Amy, llevándose una mano al mentón—. Si muero peleando en contra de mis enemigos, estaría echando mi vida al tacho de la basura. No quiero renunciar a mis metas solamente por ser una guerrera.
—Se supone que esta parte de nuestras vidas es muy importante —dijo Lita, mirando al secretario general de la ONU, luciendo apesadumbrada—. Además, si existe la posibilidad de que otros ocupen nuestro lugar, deberíamos tomarla. Esta ya no es nuestra pelea. Yo digo que sigamos con nuestras vidas y nos olvidemos de todo este asunto.
—Estoy de acuerdo —dijo Rei, poniéndose de pie y mirando a sus amigas con determinación, pero una determinación triste, como si aceptara el destino que la ONU le estaba dando—. No podemos hacer nada si la humanidad no quiere que los protejamos. Lo mejor que podemos hacer es dar un paso al costado.
—Totalmente de acuerdo contigo —añadió Haruka, sonriéndole.
—¿Qué están haciendo, chicas? —inquirió Serena, luciendo indignada y molesta—. ¡Pensé que no estaban de acuerdo con esto! ¡Creí que íbamos a seguir juntas en esto! ¿Cómo pueden darle la espalda a la humanidad? ¡No las entiendo!
Pero las demás actuaban como si Serena no existiera.
—Creo hablar por todas que aceptamos humildemente su decisión —dijo Mina con solemnidad, para aprobación de las demás—. Queremos una vida normal, no una vida en la que nos expongamos a la muerte y al dolor. Sus soldados están mejor preparados para eso que nosotras.
—¡Mina! ¡Rei! ¡Lita! ¡Amy! ¡No hagan esto! —exclamó Serena, pero era lo mismo hacer nada—. ¡Nosotras fuimos elegidas para proteger este planeta! ¡No podemos alejarnos de esto, aunque queramos!
—Acéptalo, Serena —dijo una voz detrás de ella, y Serena se dio media vuelta, solamente para verse a sí misma, pero con los ojos vacíos y una cara sin expresión—. El mundo no quiere que ustedes los protejan. Ustedes son mujeres, por lo tanto, débiles y cobardes. Son corderos pretendiendo ser lobos, intentando ser valientes cuando son todo lo contrario. Entiéndelo, Serena: el valor es algo exclusivo de los hombres, y no hay nada que puedas hacer al respecto.
—¡Eso es mentira! —gritó Serena, sintiendo que unas manos la tomaban de los brazos y de la cintura—. ¡Nosotras también tenemos derecho a pelear por las personas que amamos! ¡También tenemos derecho a ser valientes y fuertes!
—Si eso fuese cierto, entonces esos comandos Delta Force no te hubieran matado tan fácilmente, y, por supuesto, no habrían secuestrado a tus amigas del modo en que lo hicieron. Tampoco habían caído en la trama en el edificio de la ONU. Por ser débiles, ahora el gobierno de los Estados Unidos tienen armas basadas en sus poderes. Fueron sus acciones las que permitieron que eso ocurriera. Quién sabe qué van a hacer con esas armas ahora.
—¡Suéltenme! —exclamó Serena, sintiendo que el aire le faltaba y que sus extremidades iban perdiendo fuerza a medida que más manos la iban agarrando—. ¡Están equivocadas! ¡Todas ustedes!
—No estarías perdiendo las ganas de vivir si realmente tuvieras razón —dijo su imagen, mostrando una sonrisa tétrica—. Si fueses realmente fuerte, serías capaz de escapar de nosotras. Pero no importa cuánto intentes convencerte a ti misma de que eres un lobo, muy en el fondo, siempre serás un cordero, incapaz de pelear por las personas que amas. Les has fallado, Sailor Moon. No mereces ser una Sailor Senshi.
Serena seguía perdiendo fuerzas, mientras sus amigas afianzaban su agarre. Sentía su garganta contraída y respirar se le hizo muy difícil. Sus fuerzas eran casi inexistentes, y veía cómo el mundo iba perdiendo color y luz. La sensación era similar a cuando uno se hundía en el agua, sin poder usar sus brazos y piernas para nadar. Pronto, toda luz se extinguió, toda fuerza le abandonó, y ya no pudo respirar.
Parecía caer por un agujero que no parecía tener fondo. La oscuridad era total, y se sentía ingrávida. No sentía aire en sus pulmones, pero, de algún modo, seguía sintiendo. Se podía percibir un frío mortal, y el silencio era tal que hacía mucha presión en sus oídos. A veces no sabía si descendía por un pozo o iba directo al fondo del mar. Pero los pensamientos no la dejaban tranquila. Seguían atormentándola, horadando su corazón como cuchillas. No parecía haber escapatoria posible.
Y, mientras tanto, afuera de la carpa, más gente caía presa de las pesadillas a medida que sus espejos de los sueños eran robados.
