XCII
Conflictos, Parte 2
Ciudad de México, 10 de septiembre de 1977, 10:11a.m.
Amy caminaba de forma distraída por las calles de Ciudad de México, sin preocuparse de nada, ni siquiera del hecho que tenía por delante a un enemigo muy peligroso. Todo parecía muy normal: turistas sacando fotografías a monumentos, policías controlando el tráfico o patrullando por alguna zona peligrosa, buses dejando o recogiendo pasajeros, gente comprando en tiendas grandes o pequeñas… nada hacía presagiar que algo muy malo estaba a punto de ocurrir.
Mientras Amy ponía atención a una tienda de electrónica, sus piernas parecieron independizarse de su cuerpo, y la condujeron por calles atiborradas de negocios, restaurantes, locales de ropa, todo sin su consentimiento. Se sentía como el piloto de una aeronave que hubiera cobrado conciencia propia. Nada podía hacer para desviar el curso de su cuerpo, y, como ustedes podrán imaginar, aquello le era especialmente molesto a alguien que empleaba la razón para todo. Cualquier causa que actuara fuera de la lógica le incordiaba, no porque no tuviera explicación, sino porque sí la había, y no era capaz de comprenderla.
Y sus piernas seguían rebelándose.
Amy no sabía adónde le estaban guiando sus pies, pero no creía que llegara a un buen destino. Pasó por el frente de otra tienda electrónica, y justo al lado, había un hotel de aspecto ruinoso. Amy creyó que iba a pasar de largo, pensando que iba a acabar en un terreno baldío, o algo parecido, pero sus piernas la condujeron al interior del hotel. El recepcionista no le dijo nada, tampoco hizo ningún gesto que le indicara que la había visto. Amy vio cómo su propio cuerpo se dirigía al segundo piso del hotel, recorría un pasillo bastante estrecho, lleno de grafitis y pintura que se caía a pedazos. Los números de bronce en las puertas se veían oxidados, y los ruidos que provenían de algunas habitaciones le hacían pensar en un motel más que en un hotel.
Se detuvo frente a una puerta cuyo número era el 24, cuyo 2 colgaba de un tornillo, lo que hizo que se balanceara un poco cuando Amy la abrió. Si había huéspedes en la habitación, ninguno de ellos dio la más mínima muestra de que alguien más había entrado. El desconcierto de Amy iba creciendo cada vez más, y, mientras examinaba las paredes, manchadas con sustancias que prefería no averiguar, vio a dos personas, sentadas sobre la cama, murmurando palabras de alivio a algo que ella no podía ver. Sus piernas la condujeron más al interior de la habitación, poniéndola frente a las dos personas, y, con un retortijón de tripas, reconoció a los dos huéspedes como Darren Church y Moira Lewis. Era dolorosamente obvio que la niña en los brazos de Moira era ella misma, Amy.
Una inspección más detallada de la escena, le hizo comprender que tanto Darren como Moira tranquilizaban a la bebé Amy, pues ambos sabían que ya no podían huir de su destino. La Amy que observaba a sus propios padres sintió cómo su garganta se contraía y su respiración se aceleraba, porque sabía lo que venía a continuación. Trató por todos los medios de hacer que su cuerpo le obedeciera, de modo, de poder salir del hotel, pero era como si su cuerpo quisiera que su conciencia fuese testigo de la masacre que venía a continuación. Amy no necesitaba ver lo que había pasado; el sólo hecho de que hubiese ocurrido y saber quién fue el responsable de que se hubiera quedado sin padres biológicos le era doloroso.
No, Amy dijo una voz que parecía provenir desde las profundidades de su mente, una voz ponzoñosa y penetrante que le molestó de la misma forma que molestaban unas uñas rasgando un pizarrón. Necesitas ver esto, tienes que hacerlo. Quiero que comprendas a la perfección qué fue lo que hizo Herbert Dixon. ¿No era venganza lo que querías? Yo solamente te estoy haciendo el camino más fácil. Después de esto, ya no querrás otra cosa más que matar a Herbert Dixon. Solamente cuando esté muerto vas a poder descansar en paz.
La batalla por el control de su cuerpo rugía en el interior de Amy, aunque supiera que estaba destinada a perderla. De todos modos, no perdía nada con intentar recuperar el uso de sus piernas. Había ocasiones en las que podía moverlas en la dirección que deseaba, pero solamente podía hacerlo por unos pocos segundos. Era como si en la planta de sus pies estuviera anclada al piso con pegamento de secado rápido, porque podía mover sus piernas, pero sin desplazarse de su posición.
Amy, de improviso, escuchó el inconfundible sonido de vidrio rompiéndose, y algo la atravesó, como si ella fuese un fantasma. Cuando lo hubo hecho, vio, con horror, que se trataba de una figura alta, con una capa negra que ocultaba las facciones de su cara. Darren y Moira habían escapado al baño, en un intento fútil de protegerse. Amy siguió al sujeto de la capa como si estuviera atada a éste con una cadena invisible. Vio, por el rabillo del ojo, que la bebé Amy había quedado sobre la cama, con los ojos brillantes, pero su cabeza giró por su cuenta hacia el interior del baño. La conciencia dentro de ella estaba muy afanada en que viese cómo Darren y Moira eran asesinados por Herbert Dixon, pero Amy no quería ver, por lo que intentó cerrar los párpados. Hasta eso le fue imposible de hacer.
Herbert sacó un cuchillo de aspecto letal de uno de sus bolsillos y, maniobrándolo con habilidad, hizo una serie de cortes agresivos. Hilos de sangre pintaron las paredes, y Amy vio cómo Darren Church caía al suelo, su torso completamente ensangrentado y una expresión del más profundo terror marcado a fuego en su cara. Algo análogo ocurrió con Moira Lewis, solamente que le hizo un par de cortes verticales, bastante profundos, lo suficiente para que la escena luciera más repulsiva. Cuando Herbert hubo comprobado que ambos estuvieran muertos, salió del baño, y Amy lo siguió, como magnéticamente vinculado a él, y vio que él miraba a la bebé Amy, como tratando de decidir qué hacer con ella. Aparentemente, escogió no hacerle daño, y escapó por la ventana que había roto hace solamente unos minutos atrás, justo cuando un par de empleados del hotel aparecieron en la escena, inspeccionando la habitación. Cuando se encontraron con el espectáculo del baño, Amy escuchó gritos de horror y salieron de allí como si en la habitación hubiese un fantasma.
Tuvieron que pasar diez minutos para que Saeko Mizuno apareciera en la escena y viera los dos cuerpos y al bebé. Como ella trabajaba en un hospital, estaba acostumbrada a ver cuerpos destrozados, y llamó a emergencias, sin saber que el recepcionista ya lo había hecho, lo que explicaba la prontitud con la que llegó la policía y los paramédicos a la habitación.
¿Lo ves, Amy? Ellos murieron tratando de protegerte, ¿y así les pagas? ¿Vas a quedarte allí, sin hacer nada para vengar a las personas que te trajeron al mundo? Yo que partiría ahora mismo a matar a Herbert Dixon. Tiene que pagar por sus crímenes, ¿o crees que debería quedar impune? Nadie encontró al responsable de las muertes de tus padres. ¿Quieres que siga así, o quieres buscar al responsable de tu miseria, y silenciarlo para siempre?
—Sal de mi cabeza, ¡sal de mi cabeza! —exclamó Amy, llevándose ambas manos a las orejas, como si haciendo eso pudiera acallar a la voz dentro de ella.
No voy a salir de aquí hasta que aceptes que la venganza es el único camino que puedes tomar para calmar tu dolor. ¡Vamos, Amy! Sé que tienes un instinto asesino en tu interior. ¿O dime que tantos años ignorando a tus compañeras a causa de sus burlas no dejaron secuelas? Ya no tienes que soportarlo, Amy. ¡Tienes que darte a respetar, a la fuerza si es necesario! ¡Ya no puedes permitir que te pasen por encima de la forma en que todos lo hacen! Es tiempo de que tú les pases por encima.
—¡Sal de mi cabeza! —chillaba Amy, inclinándose de adelante hacia atrás—. ¡SAL DE MI CABEZA!
En algún lugar del Océano Pacífico, 16 de octubre de 1986, 03:01a.m.
Lita despertó con un leve movimiento del avión en el que parecía viajar. No recordaba haber subido a una aeronave recientemente, pero allí estaba, sentada en medio de sus padres, en clase económica, con apenas espacio para sus piernas. Los aviones se caracterizaban por gozar de poco espacio entre filas de asientos en sus sectores más económicos, en contraposición a los asientos de primera clase, en la que incluso una chica tan alta como ella podía estirar su piernas sin rozar el asiento de adelante.
El avión se zarandeaba levemente a causa de las corrientes de aire, pero eso a Lita no le importaba mucho. Estaba más preocupada de qué estaba haciendo a bordo del vuelo que le había dejado huérfana. Era como si alguien, o algo, estuviera empecinado en que ella fuese testigo de la muerte de sus padres. Aquello le trajo un miedo que jamás había experimentado en su vida. El vuelo seguía apacible, pero Lita tenía el corazón en un puño, y tenía las manos empapadas de sudor. Sus ojos miraban a ambos lados, como si esperara ver a personas asustadas en cualquier momento.
—Señoras y señores, les habla el capitán —anunció la voz del piloto por el altavoz a bordo—, les informamos que vamos a comenzar el descenso hacia la ciudad de Honolulu. La hora de llegada será a las tres y media de la mañana. Honolulu se encuentra despejado, con una temperatura de diez grados, sin presencia de viento. En el nombre de la tripulación, deseamos que continúen disfrutando del vuelo.
Lita vio que la gente seguía durmiendo, pero algunos se veían aliviados de saber que estaban a punto de llegar a destino. Sus padres habían despertado con el anuncio del capitán, y se miraron, luciendo felices. Lita sabía que ellos no se habían tomado unas vacaciones desde que ella nació, pues ser padres era un trabajo de tiempo completo, y ellos lo sabían mejor que muchas personas en su misma posición.
—Lo primero que haremos cuando lleguemos al hotel será dormir apropiadamente —dijo el padre de Lita, hablando como si ella no se encontrara presente—. Estos asientos son una ofensa al sentido común.
—Tienes razón —dijo la madre de Lita, suspirando—. Y los asientos de primera clase cuestan demasiado dinero.
Lita sintió cómo el avión se iba inclinando lentamente hacia delante, alcanzando el ángulo de descenso ideal. Lo típico que ocurría en esa situación era que el avión dejara de inclinarse a los siete o diez segundos desde el inicio de la maniobra, pero Lita sintió que el avión seguía inclinándose. Podía sentir su corazón martillando contra su pecho al darse cuenta que la aeronave no se detenía. Inmediatamente después, el capitán anunció que las aletas traseras (las que controlaban la inclinación del avión), habían fallado y no podían volver a su posición normal. Como era predecible, los pasajeros se pusieron nerviosos al comienzo, para luego dar paso al terror. Lita creyó que le iba a dar un paro cardíaco cuando sintió que el avión descendía en un ángulo de más de cuarenta y cinco grados. De pronto, todo comenzó a moverse de forma muy violenta, y la inclinación seguía aumentando.
—¡Vamos a morir! —exclamó la madre de Lita, y ella no podía hacer otra cosa que darle la razón.
—¡No te preocupes! —gritó su padre, tomando de la mano a su esposa—. ¡Estoy seguro que esta situación se va a solucionar!
Y, contra todo pronóstico, el avión fue nivelándose de a poco. Lita, en medio de su terror, asumió que el piloto había solucionado el problema de las aletas traseras, y trataba de no forzarlas demasiado y controlar mejor la inclinación.
Como en un cruel giro de los eventos, el tiempo se hizo más lento, y Lita vio que el frente del avión se desintegraba contra un cerro escarpado. Bolas de fuego aparecieron a ambos lados de la aeronave, engullendo a las personas que iban en los extremos. A medida que el avión se estrellaba contra el cerro, levantando asientos y lanzando personas contra el techo y las bolas de fuego, vio que sus padres ostentaban caras del más absoluto terror, mientras se cubrían inútilmente con sus brazos.
Cuando la destrucción llegó a la fila de asientos en la que se encontraba Lita, ella vio en cámara lenta, como si el destino quisiera que viera con lujo de detalles lo que había pasado con sus padres, cómo sus asientos se elevaban hacia el techo y sus padres se perdían en medio de la destrucción, y restos de ellos llovieron sobre ella, quien no parecía sufrir en absoluto. Su dolor no estaba en el cuerpo, de todos modos.
El tiempo se detuvo, y Lita, derrumbada sobre su asiento, se llevó las manos a la cara, resistiendo las ganas de llorar, sin conseguirlo en absoluto. El dolor era demasiado grande, mucho más que cuando escuchó la noticia del accidente en la habitación de sus padres, porque había visto cómo habían muerto, en una tormenta de acero, fuego y sangre.
Nunca supo cuánto tiempo estuvo allí, congelada en el tiempo, en el lugar y hora que le forzaron a vivir por su cuenta. Tampoco esperó que doliera tanto, porque creía haber superado aquel episodio de su vida.
Pero su experiencia le había enseñado que aún había heridas abiertas a causa de la muerte de las personas a las que más amaba en el mundo.
Milenio de Plata, hace dos mil años atrás.
No por nada Sailor Venus era lo que era, pues era la doncella que más atraía miradas en el reino. Su evidente atractivo físico y su personalidad desenfadada y alegre, hacía que los hombres miraran hacia atrás cada vez que ella paseaba por las calles del reino lunar.
De entre los hombres que la deseaban, no había uno más insistente que Adonis. Siendo un tipo bien parecido, le parecía inconcebible que Sailor Venus no se hubiese fijado en él aún. Pero ella tenía sus razones para no hacerle caso. Y aquella razón se encontraba en el planeta Tierra, a casi cuatrocientos mil kilómetros de distancia.
Ninguno de los pretendientes de Sailor Venus conocía la razón por la cual ella se quedaba mirando hacia el planeta azul por horas, y, por supuesto, ninguno de ellos sabía de sus repentinas desapariciones. Claro, la podían ver junto a la princesa y al resto de sus guardianas, pero no tenían idea de dónde podrían estar. Tampoco se atrevían a decir algo a la reina Serenity. Sailor Venus podía ser una chica bastante peligrosa si se lo proponía.
Sailor Venus, en esa ocasión, paseaba por las calles del Milenio de Plata, tarareando una canción que había compuesto Sailor Mercury. Se suponía que debía participar en un concurso de patinaje sobre hielo, el que era costumbre celebrar todos los años. Decidió no inscribirse, porque ya había hecho el ridículo varias veces ante Sailor Jupiter y la princesa Serenity. Había llegado a esa conclusión cuando se encontró cara a cara con Adonis. Sailor Venus se quedó enraizada al suelo, mirando a su pretendiente número uno con una cara de evidente exasperación.
—¿No te cansas de hacer esto, verdad?
—Vamos, Sailor Venus, sabes lo que yo siento por ti —dijo Adonis, mostrando una sonrisa coqueta, asegurándose de que se le viera la dentadura—. ¿Vas a dejarme de lado porque no soy lo suficientemente bueno para ti?
—No es eso —repuso Sailor Venus, buscando paciencia—. Ya te he dicho hasta el cansancio que mi corazón está ocupado.
—¿Y dónde está? —inquirió Adonis, mirando en todas direcciones, como buscando un letrero que le indicara dónde estaba el amor de la vida de Sailor Venus—. Por que no creo que hayas encontrado el amor en la Tierra, ¿no es así?
—Sabes que no podemos involucrarnos con los terrícolas —dijo Sailor Venus, sonando irritada—. Con todo ese asunto de los Desterrados, no podemos tomar riesgos.
—Pero entonces, ¿por qué no me quieres decir quién capturó tu corazón?
—Porque es asunto mío —respondió Sailor Venus, alzando la voz—. No es algo que te importe. Y, por cierto, quiero que dejes de molestarme. Ya te he dicho que no tienes absolutamente ninguna posibilidad conmigo. ¿Me oyes? Ninguna.
Adonis se quedó mirando a Sailor Venus con una expresión dolida ensombreciendo su cara. Al cabo de un rato, frunció el ceño y su expresión se volvió estólida.
—Ya veo. Así que no tengo absolutamente ninguna posibilidad contigo. —Adonis crispó los puños un momento, para que al siguiente, aparecieran unas cartas en sus manos—. Bueno, tengo que aceptar mi derrota. Pero antes, me gustaría saber qué es lo que te depara el futuro con respecto al amor.
Sailor Venus, muy a su pesar, era fanática del esoterismo, por lo que dejó que Adonis leyera su suerte. Por fortuna (o por desgracia), no tuvo que pasar mucho tiempo para que él hiciera una predicción.
—Bueno, lo que las cartas me dicen no es algo muy prometedor.
—¿A qué te refieres?
—Me sorprende la ironía —dijo Adonis, luciendo complacido por alguna razón.
—¿Podrías darte prisa? —demandó Sailor Venus con impaciencia.
—Me refiero a que, tú, Sailor Venus, diosa del amor y la belleza, esté destinada a jamás hallar el amor en una persona.
Sailor Venus se sintió como si hubiera tragado un lingote de oro.
—¿De qué hablas? —dijo, su cuerpo estremeciéndose, a pesar de sí misma.
—Bueno, es natural que eso ocurra —continuó Adonis, con una satisfacción en su voz que no le gustó a Sailor Venus, para nada—. Parece que tu vida amorosa y tu condición de Sailor Senshi no son compatibles—. En ese momento, Sailor Venus notó que la voz de Adonis se escuchaba con un extraño eco, como si estuviera recitando un encantamiento… o un maleficio—. Mientras seas una Sailor Senshi, jamás podrás encontrar el amor. Tus deberes para con la princesa Serenity te impedirán ser feliz, y te consumirás en dolor. Al final, morirás sola, tu belleza se marchitará y nadie podrá disfrutar de tu luz.
Sailor Venus escuchó aquellas terribles palabras, una y otra vez, dentro de su cabeza, mientras el mundo se desdibujaba delante de sus ojos, para dar paso al presente. El Milenio de Plata fue reemplazado por las calles de Tokio, y la voz de Adonis continuaba reverberando dentro de su mente.
De pronto, aparecieron varios chicos frente a ella. Ninguno de ellos tenía rostro, pero tenían los brazos extendidos, como llamándola en silencio. Desesperada, Sailor Venus corrió hacia uno de los chicos, pero le dio la impresión que no avanzaba ningún centímetro en su dirección, pero veía cómo se movían los edificios a su alrededor. Corrió con más ganas, pero ninguno de los chicos se acercaba. De hecho, parecían alejarse. Sailor Venus se detuvo, jadeando, cayendo de rodillas sobre el pavimento, mientras unas risas altas y frías se escuchaban desde todas partes, recitando una y otra vez el maleficio que le había echado Adonis. Las voces se fueron intensificando a tal punto que ni siquiera con las manos en las orejas podía bloquear las risas.
—¡YA BASTA! ¡YA BASTA! —exclamaba Sailor Venus, sin saber que estaba en medio de una habitación llena de espejos, indolente a los demás gritos de sus amigas.
