XCIII
El precio de la verdad

Londres, 25 de enero de 2000, 10:24a.m

Tardé dos días en recuperarme del impacto de ver el último adiós de Nicole en video, pero les aseguro que el alcohol no tuvo ninguna participación en el asunto. Claro, hubo mucho jugo de naranja, algunos pasteles y golpes sordos en la cama, pero nada que involucrara un hachazo en la cabeza. Tengo mis momentos, por supuesto, pero no soy de aquellos que intentan ahogar las penas con una botella de whiskey escocés.

Después de aquellos dos días, mi cabeza estuvo lo suficientemente despejada para seguir indagando en la información que me había llegado a mi ordenador. Curiosamente, el asunto del financiamiento del acelerador de partículas ya no lo consideraba tan relevante, pese a que había sido mi ángulo durante toda mi investigación. Pero escuchar nuevamente la "entrevista" a Robert Griffin me hizo cobrar conciencia de algo mucho más importante y ominoso. Usar un acelerador de partículas gigante para propósitos que no servían a la comprensión del mundo subatómico era una apuesta curiosa, y potencialmente peligrosa. Pero no era capaz de dimensionar con precisión cuáles serían las consecuencias, y a qué escala se sentirían los efectos de hacer funcionar un aparato tan costoso y titánico.

La única forma de saber qué diablos podía pasarle a la Tierra y a sus habitantes era consultar con un geólogo. Pero no cualquier geólogo. Tenía que ser alguien que tomara en serio la teoría propuesta por Charles Hapgood. De otro modo, la entrevista sería un fiasco tan grande como el juicio en mi contra por el asesinato de mi amigo James.

Patton aún no tenía un trabajo para mí, por lo que, al llegar a mi oficina, prendí el ordenador, y usé un motor de búsqueda para encontrar algún geólogo, de preferencia en Londres, que cumpliera con mis requisitos. Sabía que podía encontrarme en la situación de la aguja y el pajar, pero debía intentarlo. Esto ya había dejado de ser una historia para alguna crónica. Era un asunto de vida o muerte para miles de millones de personas en todo el mundo.

Me sorprendía saber que algo tan crucial para el destino de la humanidad no fuese de dominio público. Pero también era cierto que muchas de esas cosas se mantenían lejos de los ojos de la población. Por fuerza, debía haber algún geólogo que hubiera alzado la voz en contra del acelerador de partículas, a causa de las posibles consecuencias geológicas, pero no había visto ninguna entrevista en la que hubiera participado un geólogo. Por alguna razón, ellos se encontraban en un inusual mutismo desde que fue anunciado el proyecto.

Aquel último pensamiento fue cobrando fuerza cuando encontré los contactos de varios geólogos que cumplían con mi requisito principal. Usé mi teléfono personal para tratar de concertar una entrevista, pero ninguno de ellos respondía. Me pregunté si alguien pudo haberlos asesinado, de modo que no se supiera la verdad, pero aquellas muertes deberían, por fuerza, aparecer en la prensa, pero no había habido ninguna muerte de geólogos, a excepción de uno, cuyas causas de muerte fueron claras como el agua. La posibilidad que se me venía a la cabeza era que Robert Griffin, con el patrocinio de mi amigo James, pudo haber comprado el silencio de todos esos geólogos. De todas formas, eso era exactamente lo que haría una persona que trabajaba en el mundo financiero. De cualquier forma, mi búsqueda estaba prácticamente condenada al fracaso, porque si esos geólogos habían recibido una suma de dinero tal que no les permitiera decir la verdad, mi investigación estaría chocando nuevamente con un muro de concreto, de los varios muros de concreto con los que ya había colisionado mi pequeño proyecto.

Me quedaban tres contactos en mi lista, y decidí llamarlos, en caso que tuviera suerte. Por fortuna, el primero que marqué me contestó después de unos pocos segundos.

—¿Diga?

—Buenos días. Mi nombre es Jeremy Burns, y trabajo para…

—¿Jeremy Burns? —repitió el geólogo, luciendo sorprendido—. ¿El mismo que se vio involucrado en la muerte de esas Sailor Senshi?

Por un momento respiré hondo, buscando paciencia. ¿Cómo diablos podía alguien hablar así de un evento tan dramático? Parecía periodista de prensa rosa, el muy maldito.

—El mismo —repuse, suspirando hondo, esperando que mi interlocutor captara el mensaje—. Mire, me gustaría saber si estoy hablando con Thomas Jeffries.

—Está usted en lo correcto —dijo Jeffries con una liviandad que no sabía cómo tomarla—. Me imagino que, usted siendo un periodista, quiere entrevistarme.

—Así es.

Por alguna razón, Jeffries sonaba tremendamente aliviado.

—¡Por todos los cielos, al fin alguien me toma en serio! —exclamó, como si no hubiera nada mejor que un periodista se comunicara con él—. He tratado de contar mi verdad a todo el mundo, pero nadie parece tomarme en serio.

—Pues yo le tomo muy en serio —dije, tratando de sonar precisamente de ese modo—. Si está interesado en que yo le haga una entrevista, dígame su dirección y yo iré a hacerle una visita. ¿Le parece?

—Me parece muy bien.

—Estupendo.

Thomas Jeffries me entregó su dirección en un tono adecuado para alguien que hubiera tomado demasiada bebida energética, y yo le dije que podía estar en su domicilio en una hora.

Cuando colgué, me invadió una sensación rara en el estómago, como si la disposición de Thomas Jeffries para contarme acerca de lo que necesitaba saber me diera mala espina. No sabía de dónde provenía esa sensación, pero era algo parecido a cuando tienes una sospecha de que te estás metiendo en una ratonera. Con ese pensamiento en mente, decidí investigar un poco más sobre Thomas Jeffries.

Me bastaron cinco minutos para comprobar que mis aprensiones eran infundadas. Jeffries había sido un estudiante modelo en Oxford (y había que tener un buen pasar económico para estudiar allá), y su padre era parte de la junta directiva de una de las firmas automotrices más grandes del mundo, por lo que asumí que Thomas no necesitaba el dinero, en consecuencia, Robert Griffin no podía comprar su silencio. El asesinato tampoco era una opción, siendo su padre el peso pesado que era. La única forma de que se mantuviera en silencio era hacer que los demás lo vieran como un proscrito, un loco o alguien demasiado peculiar para su línea de trabajo. Y todos sabemos lo que pasa en la sociedad cuando alguien es demasiado peculiar. Lo único que esperaba era que Thomas Jeffries no se tomase las cosas tan a la ligera durante mi entrevista.

Cuando hube avisado a mi jefe adónde iba, tomé mi grabadora y usé transporte público para llegar al domicilio de Thomas Jeffries.

Tal como esperaba, la casa de Thomas Jeffries era tal que podían caber tres departamentos como el que tenía yo. Y el patio trasero tenía la extensión de diez departamentos como el mío. Tuve que caminar como cincuenta metros desde el portón (donde anuncié mi llegada) para llegar a la puerta principal, la cual contaba con una aldaba de bronce pulido.

Por un momento pensé que un mayordomo me iba a atender, pero fue el mismo dueño de casa quien me atendió. Thomas Jeffries era un hombre alto y delgado como un espagueti, de cabello castaño entrecano y unos ojos curiosamente rasgados, dando la impresión que alguien de su familia fuese oriental. Vestía de forma casual, con una chaqueta de color crema encima de una camiseta de color negro. Usaba shorts del mismo color de su chaqueta y unas zapatillas deportivas. Su aspecto no desentonaría si él viviese en, por ejemplo, el caribe, pero estamos más allá del trópico de cáncer, mucho más allá, por lo que me dejó con una expresión confundida en mi cara, o al menos eso asumía.

—Buenas tardes —dijo Jeffries en ese mismo tono desenfadado que me había tomado por sorpresa mientras hablaba con él por teléfono—. ¿Usted es el señor Jeremy Burns?

—Soy yo —dije, aún tratando de hallarle un asidero a su curiosa elección de indumentaria—. ¿Puedo pasar?

—Por supuesto —dijo Jeffries, y entré a su casa.

La última vez que había entrado a la casa de un millonario excéntrico fue cuando fui a la casa de James, mi amigo el machista profesional. No obstante, a diferencia de James, la casa de Thomas Jeffries no poseía muebles del tamaño de automóviles, y había muchas ventanas, lo que, en adición al color de las paredes, daba al inmueble una iluminación más agradable, más, digamos, cálida. Thomas Jeffries podía ser excéntrico en su forma de tratar con las personas, pero tenía una excelente forma de hacer sentir bienvenidos a sus invitados. La atención personalizada ayudaba bastante también.

—¿Le apetece algo de beber, señor Burns?

—Solamente un café, señor Jeffries —dije, arreglándome el abrigo que impedía que el frío penetrara en mi cuerpo. No quise decirle que solamente ver su vestimenta me hacía dar frío.

—¿Nada con más sustancia?

—No gracias, señor Jeffries.

Cinco minutos más tarde, el dueño de casa vino con una taza humeante de café (lo que me trajo un alivio de aquellos), una botella de whiskey escocés y un vaso bajo de vidrio. Dejó la bandeja sobre la mesa ratona (siempre había una de esas en medio de los sillones, ¿lo han notado?), y llenó el vaso a la mitad con licor. Me tranquilizó ver que mi anfitrión compartía mi filosofía del alcohol.

—¿Le parece si vamos directo al grano, señor Burns?

—Estoy de acuerdo —dije, sacando mi grabadora. En mi experiencia, era normal que mis entrevistados mostraran cierto recelo cada vez que sacaba la grabadora, pero Jeffries mostró, nuevamente, ser diferente. Incluso podía jurar que lucía entusiasmado por decir todo lo que sabía sobre la deriva continental—. Asumo que está al tanto de lo que le voy a preguntar.

—Lo que sea que me pregunte, responderé con la verdad —dijo Jeffries, acomodándose en su asiento y bebiendo un sorbo de su licor—. Pero, a juzgar por el silencio de mis colegas con todo lo relacionado con el acelerador de partículas, me parece obvio que ese será su tópico en esta entrevista. Lo único que espero es que se cuide las espaldas apenas ponga un pie fuera de esta casa.

—Lo tengo presente, señor Jeffries —dije, muy al tanto de lo que implicaba aquel silencio tan denso por parte del noventa y nueve por ciento de los geólogos de este país—. Ahora, me gustaría comenzar esta entrevista con una pregunta que estoy seguro que sacará ronchas en muchos geólogos. ¿Usted apoya la teoría de Charles Hapgood acerca de la deriva continental?

—Por supuesto —respondió Jeffries graciosamente—, y no entiendo por qué tan pocos colegas no la toman en serio. De hecho, he encontrado evidencia de que las variaciones del campo magnético del planeta han influenciado en el movimiento de las placas tectónicas a lo largo de los cientos de millones de años de actividad de la Tierra.

—¿Y cómo funciona esa dinámica?

—Seguramente usted sabe que muchos de los metales presentes en el manto terrestre son sensibles a los campos magnéticos —explicó Jeffries, quien parecía estar disfrutando la entrevista, a diferencia de otras personas, quienes parecían sufrir de constipación cada vez que les hacía una pregunta—. Pues, el campo magnético existe debido al movimiento del núcleo terrestre, y todos los campos magnéticos tienen polos, lo que determina la dirección del campo.

—¿Dirección?

—Por supuesto, la fuerza magnética, como todas las fuerzas, es un vector, lo que significa que tiene magnitud y dirección. Es como te dijera que un campo magnético tiene una intensidad de doscientos Gauss y se encuentra orientado cuarenta y cinco grados por encima de la horizontal.

—Entiendo —dije, sin entender nada—. ¿Y eso qué tiene que ver con la deriva continental?

—Es relevante, porque el manto terrestre es influenciable por el campo magnético de la Tierra, y el manto es el sustrato sobre el cual las placas tectónicas se mueven. Imagine barcos moviéndose en el mar. Si éstos no usan sus motores para moverse, seguirán haciéndolo, pero las corrientes marinas serán las encargadas de hacerlo. Es lo mismo para las placas tectónicas, con la diferencia que son las corrientes de convección en el manto lo que las mueven, y éstas siempre se encuentran juntas en lugares denominados zonas de subducción. Normalmente, las variaciones en el campo magnético terrestre ocurren a lo largo de muchos años, lo que no tiene mucha influencia en el comportamiento de las placas tectónicas. Pero si un campo magnético externo interfiere con el campo ya existente en el planeta, podría tener consecuencias muy graves.

—¿Un campo magnético externo? ¿Cómo el de un acelerador de partículas?

—Exactamente —dijo Jeffries, quien había cambiado su tono alegre por uno de preocupación—. Los aceleradores de partículas en funcionamiento hoy en día generan campos magnéticos demasiado pequeños para tener una influencia registrable, pero un acelerador de partículas del tamaño de la Tierra… es algo muy distinto.

—¿Piensa que activar el acelerador de partículas gigante podría interferir con el campo magnético de la Tierra?

—Es eso lo que va a pasar —rectificó Jeffries, bebiendo otro poco de su whiskey—. Estuve haciendo unos cálculos junto a un amigo que es físico, y juntos llegamos a la conclusión que el campo magnético que va a generar ese acelerador de partículas no solamente es gigantesco, sino que cambiará la dirección del campo magnético del planeta. Y no será un evento que se extienda a lo largo de varios años. Será un evento que tomara minutos. Este cambio hará que el movimiento normal de las placas tectónicas se vea drásticamente alterado, desatando terremotos de gran magnitud, a escala global, especialmente en la zonas de subducción.

Les juro que mi profesionalismo estuvo a punto de zozobrar a causa de la información que acababa de grabar. Mi mano temblaba a causa del miedo. En medio de la conmoción, unas palabras que había dicho Robert Griffin cobraron un siniestro sentido.

Créame, señora Markham, que predecir terremotos es solamente una pequeña parte de lo que podremos hacer con esta máquina.

Finalmente, gracias a la información que había obtenido de Thomas Jeffries, entendí cuál era el verdadero propósito del acelerador de partículas. Claro, cualquiera podría pensar que se trataba de una secuela del empleo del aparato, pero ésta me parecía demasiado dramática para ser considerada como tal. Era mucho pedir que la gente, especialmente la comunidad científica, no protestara por la construcción de semejante armatoste si estuviera al tanto de lo que le podía pasar al planeta si alguna vez entraba en funcionamiento. Sacando el asunto de la secuela del medio, concluí que la intención de quienquiera que estuviera detrás de la construcción del acelerador de partículas, quería acabar con la mayor parte de la humanidad. Aquello confirmaba lo que había leído en las cartas, que Robert Griffin no era el verdadero arquitecto detrás del acelerador de partículas.

Iba a hacerle unas últimas preguntas, cuando escuché un golpe fuerte a la puerta. Ambos nos pusimos de pie como si nos hubiéramos sentado sobre un puercoespín, y miramos hacia la puerta. Para nuestro horror, ésta había sido arrancada de sus bisagras, y en medio de la sala de estar, había unos cinco o seis policías, apuntando sus armas hacia nosotros.

—¡Jeremy Burns! ¡Thomas Jeffries! —exclamó el policía más próximo a nosotros—. ¡Están ustedes arrestados por incitar actividades subversivas en contra del gobierno! ¡Pongan las manos en alto y no se muevan!