XCVII
Víctima de la ley
Londres, 25 de enero de 2000, 10:58a.m
En el tiempo que he pasado pisando este planeta, había aprendido dos cosas importantes con respecto a nuestro sistema legal. La primera era que, siempre que acusabas a alguien de cometer un crimen en tu contra, el proceso suele ser tortuoso y lleno de escollos, y no siempre puedes salirte con la tuya.
¿Y la segunda?
Bueno, ese es el tema que nos ocupa ahora. La segunda cosa que había aprendido era que, cuando eres tú el acusado, el sistema es diligente, efectivo y contundente, lo que te garantiza una plaza en la prisión sin un atisbo de salvación o apelación. El juicio fue un desfile de "pruebas irrefutables" de que yo había estado intentando sabotear el proyecto del acelerador de partículas, justo después de que esos mismos fiscales hubieran dicho que yo había sido manipulado para tal fin. Entre tan descarada inconsecuencia, la voz de Robert Griffin se alzó como un coro de tenores en una orquesta, clamando bajo juramento, y en la más absoluta mentira, que yo había colaborado con las Sailor Gems para "interrumpir el progreso". Y todo el mundo le creyó. ¿Cómo no? Él era el director del Banco Central de Inglaterra, una posición que, en mi opinión, tenía más poder que incluso el Primer Ministro de ese mismo país. Lo digo porque era el responsable del manejo de los dineros de toda la nación, y ya es sabido el cliché: donde hay dinero, hay poder, y viceversa. Mientras tanto, yo era un simple reportero de segunda. Era como el caso de David contra Goliat, con la diferencia que David no tenía ninguna posibilidad de ganar, salvo en la Biblia.
Como era natural en este tipo de casos, el veredicto llegó como los trenes bala japoneses: rápido y a tiempo. ¿Cómo se declara al acusado? Culpable de todos los cargos. ¿Sentencia? Veinte años de presidio. ¿Fianza? Un millón de libras esterlinas. Se levanta la sesión. Un triunfo más de la máquina de propaganda del gobierno, y otro desgraciado que había sacado la pajilla más corta en el juego de la ley.
Sentado en mi celda, pensaba en la real razón por la que el sistema me había enviado a la cárcel. Pasaba frecuentemente con personas que "sabían demasiado". Normalmente, se habría recurrido al asesinato, pero dudo que Robert Griffin tenga los redaños para condonar aquella clase de acciones. Él era un hombre que usaba medios legales para lograr objetivos ilegales. No habría aprobado mi muerte para encubrir su pequeño gran secreto. Sin embargo, había otros problemas con mi reciente estado legal, y no había que buscar más allá del edificio donde trabajaba para saber cuáles eran.
Para empezar, Scotland Yard había registrado mi oficina, y había encontrado mi ordenador. Sí, el mismo donde estaban las grabaciones de la entrevista a Robert Griffin, así como la otra evidencia de que el acelerador de partículas era el show de pirotecnia más grande y caro de la historia de la humanidad. En segundo lugar, ¿de verdad creen que mi jefe me permitiría seguir trabajando en su periódico teniendo antecedentes penales? El mercado laboral en cualquier país te castiga por haber pasado, aunque sea un mes, en la cárcel. Para el sistema, no sirve prometer que jamás vas a volver a cometer un crimen, por mucho que aquel fuese un error honesto. Al sistema le sale más rentable y conveniente dar por sentado que cualquier persona que hubiese quebrantado la ley de alguna forma puede ser reincidente y, por lo tanto, un peligro para la sociedad. Y yo, como posible obstáculo al progreso y potencial agitador social y político, suponía un peligro mucho mayor que el ladrón común y pedestre (léase en tono sarcástico).
Cuando mi colega me urgió a que siguiera la historia sobre las malformaciones en Kent (cosa que me parecía tan lejana que me daba la impresión que hubiesen pasado años desde ese entonces), jamás pensé que la cosa pudiera escalar tanto, al punto de ser un problema para las altas esferas del poder. Y el hecho que activar aquel armatoste podía poner a miles de millones de personas en peligro lo hacía todo aún peor. Me sentía bastante mal por eso, porque yo tenía el deber de informar a la gente sobre los riesgos que entrañaba la operación del acelerador de partículas. Tenía un deber con la verdad, porque de eso se trataba el periodismo, ¿no?
La cuestión es que el periodismo jamás se trató de la verdad. Se trataba de fomentar un punto de vista, y muchas veces, ese punto de vista consistía en hacer más ricos a los ricos, más poderosos a los poderosos, y más pobres a los pobres. Cuando se trataba de imponer un punto de vista, los gobiernos (o cualquier gente con influencia) podían invertir millones en campañas de desinformación, en cuyo meollo se encontraba la prensa, tanto escrita como televisada. Y es que la masa es fácilmente secuestrable por las mentiras, porque mientras más gente haya en un grupo, menos capacidad de pensamiento poseen, y pueden ser capaces de tragarse el más descarado y vulgar bulo sin que quepa una sombra de duda. Y yo, ingenuo como yo solo, había entrado en este mundillo, pensando en que podía hacer alguna diferencia al tratar de decirle al pueblo lo que estaba pasando en el mundo, no lo que otros pensaban que necesitaban saber.
Me ardía en las entrañas darme cuenta que, quienquiera que se escondiera detrás del trono de Robert Griffin, se iba a salir con la suya. ¿Qué podía hacer yo, sentado en una cama dura como piedra, detrás de unos barrotes de acero y con cien guardias impidiéndome la libertad?
Lo único bueno de mi nueva condición era que no tenía que compartir mi celda con nadie. Después de todo, ser un "peligro para la sociedad" implicaba aislarme del resto de la población carcelaria. Lo malo de esta situación era que compartía los espacios comunes de la prisión con otros reos que eran verdaderos peligros, como violadores, asesinos en serie y algún que otro mercenario, cuyos empleadores debían estar en alguna playa a miles de kilómetros de mi celda.
Lo que más temía de mi situación era la ida al baño. ¿Recuerdan que mencioné a unos violadores? Pues algunos de ellos no hacían diferencia entre hombres y mujeres. Eran auténticos animales descerebrados y desnaturalizados, con la amplitud visual de un caballo de carreras, dispuestos a todo por conseguir su presa. Y, para colmo, siempre escogían como víctimas a aquellos que no podían defenderse, entre los que me incluía. Iba todos los días al baño, terreno preferido de caza de estos depredadores, con ojos en la espalda, por si algún energúmeno se aproximaba por detrás, con ganas de marcha. Pero lo peor de todo, era que estos tipos, si es que podían denominarse como tales, actuaban en manada. Siempre había uno que lucía como el más normal del grupo, y se trataba del sujeto que identificaba a las potenciales víctimas y las sujetaba por detrás para que no pudieran escapar. Luego, el resto de la pandilla se turnarían para llenar todos los agujeros posibles de la víctima, robándole el orgullo y la capacidad de resistirse, lo que aprovechaban cuando no había prisioneros que atormentar.
Hasta el día de hoy ignoro los motivos por los que lo peor de la especie humana se comportaba de ese modo. Lo que puedo rescatar era que esos tipos, como si se tratara de una suerte de milagro, me evitaban a toda costa. No sé si era mi contextura o mi reputación, o ambas, pero ninguno de esos mastodontes me tocó un pelo. Me trataban como una mofeta que estuviera a punto de arrojar su pestilencia por la retaguardia. Algo curioso, porque me iba a duchar todos los días, y no olía mal… bueno, dentro de lo posible en una prisión. Así que, por esa arista, no podía decir que la hubiera pasado mal.
Por otro lado, si hay un consenso universal acerca de las prisiones estatales, es en la calidad de la comida, o mejor dicho, la falta de ella. Todo el que me conoce sabe que nunca he pretendido, ni nunca voy a pretender, que soy un chef de un hotel cinco estrellas, de esos que tienen programas propios de televisión, pero también saben que todas mis preparaciones son comestibles. En la prisión, daba la impresión que el afán supremo del cocinero residente era que nadie comiera sus preparaciones. O tal vez se tratara de un asunto de recursos, no lo sé. El punto era que tenía que comer con la nariz tapada para no sentir el tufo mohoso del pan, o la avena mal cocinada, o la carne con triquina. Una vez podía jurar que la manzana que me sirvieron de postre en esa ocasión tenía más gusanos que manzana. Tal vez la falta de habilidad culinaria (o de recursos) hacía honor al axioma supremo de la privación de la libertad: haz a los prisioneros lo más miserables posible, de forma que lo piensen dos veces antes de cometer un crimen.
El problema se suscitaba a la hora de decidir cuándo, cómo y en qué circunstancias se decía que Perico los Palotes cometió un crimen. Había ocasiones, como en mi caso, en que al sistema le convenía que alguien estuviera preso, porque así no se interpondría en los intereses o agendas del gobierno, y, por consiguiente, de quienes tiraban de las cuerdas detrás del trono. En otras, la interpretación de los reglamentos (114) podía conducir por error a una condena. Consideraba irónico que las leyes del ser humano, pensadas para traer orden al caos, traían más caos que orden. La justicia, por tanto, era imperfecta, y siempre lo iba a ser. Es por eso que la justicia no existía en la naturaleza. No había códigos morales a los que atenerse o refugiarse allá afuera. Era sobrevivir o perecer, y, aparentemente, nosotros olvidamos aquel detalle, reemplazado por aquel instinto de salvar a todo el mundo en todas partes, porque es "políticamente correcto". Pienso que nada en la política es correcto, porque la política es sí no es correcta en sus procedimientos y manifestaciones. En el mundo humano, toda acción tenía consecuencias políticas, y ésta y las leyes están en estrecha correlación. No podía subsistir la una sin la otra.
Durante las horas muertas en mi celda, me ponía a pensar en si la humanidad debía trascender la política como método de interacción social. Porque ésta había fomentado guerras, derrocado presidentes y, más recientemente, intentado marginar a las únicas personas en este planeta que realmente luchan con sus vidas por un mundo mejor. Con eso último, me refiero a las Sailor Senshi. Nunca estuve de acuerdo con la ley Kobayashi, y me costaba creer que la ONU le hubiera hecho caso a una jovenzuela.
Y los días seguían pasando, como deslizándose por melaza, y la rutina inamovible de la prisión me iba embotando el espíritu con más efectividad que incluso la muerte de Nicole. Todo en una cárcel estaba esquematizado hasta en el más mínimo detalle, como si quisieran enseñarnos a ser ordenados, para exhibir ese mismo comportamiento cuando fuéramos libres… si es que éramos libres. Yo al menos, lo iba a ser dentro de veinte años más… a menos que un ángel de la guardia viniera desde el cielo y pagara mi fianza. A veces tenía la estúpida esperanza de que un empresario caritativo creyera lo suficiente en mi causa para desembolsar un millón de libras esterlinas de su bolsillo, para luego caer en la cuenta que los empresarios habían desembolsado más que eso para apoyar la causa de Robert Griffin y compañía. Lo primero que mataba la prisión era la esperanza, así que no crean en ese manido cliché que dice que la esperanza era lo último que se perdía. Sencillamente, no es cierto.
¿Recuerdan que dije en alguna ocasión que mi investigación podía mandarme a la cárcel? ¿Sí? ¿No? Bueno, yo, desde que comencé a indagar sobre las malformaciones en Kent, pensé en las consecuencias de seguir con esto, pero creía que, a lo sumo, iba a recibir unos tres años. ¿Pero veinte? El castigo me parecía desproporcionado para algo que ameritaba solamente un par de años a lo más. Pero claro, no era el sistema legal en sí mismo quien había acordado la sentencia. Seguramente, presiones por parte del gobierno hicieron que el juez dictara semejante sentencia para entregar alguna clase de mensaje, porque si simplemente me hubieran querido sacar del tablero, me habrían dado dos años, plazo dentro del cual el acelerador de partículas iba a estar terminado, y ya no habría nada que pudiera hacer para evitar su operación.
Entonces, ¿por qué veinte años?
Era una pregunta que iba a ser respondida un tiempo después. Pero no nos adelantemos a los hechos. En ese momento, no podía hacer nada para revelar lo que realmente estaba intentando hacer Robert Griffin. La única audiencia que podía escucharme era precisamente la que menos interés tenía en el tema. Así que, aparte de experimentar una sensación de desesperanza e incomprensión, a eso había que añadir la frustración de tener la información en mi poder, pero sin ser capaz de hacerla pública.
En un lugar donde era difícil decidir si era de día o de noche, el paso del tiempo se experimentaba de una forma bastante curiosa. En las horas muertas, o sea, cada vez que me encontraba en mi celda, los minutos parecían horas, y cuando salía a las áreas comunes, como el patio o el comedor, las horas parecían minutos. No había ventanas en todas las celdas, y las instrucciones de los guardias eran los únicos indicadores de si había que despertar o dormir. Había ocasiones en las que no conseguía explícame cómo diablos alguien podía soportar cinco, diez o incluso cincuenta años haciendo exactamente lo mismo, todos los días y todas las semanas. Al final, la libertad hacía más mal que bien cuando se pasaba un largo tiempo en prisión, porque la costumbre de tener que esperar a que alguien le dijera lo que debía hacer se arraigaba a tal nivel en una persona, que, desde el momento en que eran libres, ya no sabían qué hacer en un mundo que había cambiado de forma brutal. (115)
Y así seguía la letanía diaria de la vida en prisión: saliendo a los mismos espacios públicos, comer la misma porquería, convivir con los mismos gorilas, y, por supuesto, dormir en la misma celda, húmeda y con olor a orina (incluso se podían ver las manchas en las sábanas de mi cama). Mi nivel de vida, que de por sí ya era bajo, había descendido unos cuantos escalones, hasta llegar a los puntos más recónditos de la experiencia humana. Era una experiencia similar a cuando un cae por un agujero profundo en medio de un desierto, porque no había posibilidad alguna de que alguien me sacara de este lugar. Al final, para cuando hube pasado dos meses en aquella prisión, la desesperanza era tal que me acostumbré a ella. Y aquella era, justamente la peor parte.
La cárcel no estaba pensada para "corregir" a los descarriados. Estaba pensada para destruir lo único que sustentaba al ser humano en tiempos de crisis.
La esperanza.
(114) En el ámbito legal, las leyes por sí mismas no son aplicables. Las leyes son el marco legal para para creación de reglamentos, que sí son aplicables.
(115) En la película "Sueños de fuga" se ilustra a la perfección este hecho. En ésta, se dice que un prisionero se encuentra "institucionalizado" para retratar la costumbre del reo a la vida de la prisión, cuando pasa mucho tiempo en ésta, y de cómo los convierte en inadaptados sociales una vez que son libres.
