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Vida normal, Parte 2

Tokio, 21 de noviembre de 1992, 09:02p.m.

Serena había llegado a la casa, exhausta, como si acabara de participar en los Juegos Olímpicos. Ikuko la miró, pensando en que pudo haber estado haciendo ejercicio (lo que no estaba demasiado alejado de la realidad), y no le dijo nada. Serena agradecía que su madre no estuviera, al menos por una vez, incordiándola por sus malos resultados en los exámenes. Pero aquella no era la única razón por la que Ikuko no le dijo nada.

Debido a lo que había pasado hacia unas horas atrás, Ikuko no recordaba nada de lo que había pasado durante ese lapso de tiempo. Recordaba que el anochecer había llegado temprano, y, después, había sentido un frío que la sumió lentamente en la inconsciencia. Por eso, no era capaz de saber qué había estado haciendo Serena, y, por añadidura, Rini. Después de recuperar la conciencia, Ikuko decidió que el día de mañana iba a solicitar la ayuda de un cardiólogo, pues sospechaba que le había dado un síncope.

Quince minutos después de que Serena hubiese llegado a la casa, Rini también apareció. Llevaba su mochila a cuestas (en realidad era su Luna pelota), y avisó que había estado estudiando en casa de Hotaru. No obstante, Ikuko notó que había dicho esas palabras muy rápido, signo universal de que alguien estaba ocultando algo.

—¿Me da unas galletas, por favor? —pidió Rini, e Ikuko le tendió un paquete completo, viendo que sus mejillas estaban furiosamente coloradas. Había varias razones por las que uno podía tener las mejillas coloradas: temperatura, cansancio, algo vergonzoso, o había hallado el amor recientemente. Ikuko observó a Rini, y vio que no usaba mucha ropa, y aquellos eran días fríos.

—Deberías abrigarte más —le recomendó Ikuko, señalando las mejillas coloradas de Rini—. Ya no estamos en verano.

Al parecer, Rini no esperaba esas palabras de parte de la madre de Serena, a juzgar por su reacción. Tenía cara de despistada y tenía una mano en la nuca, con la risa floja. Ikuko la vio llevarse sus galletas y entrar en su habitación sin mediar palabra alguna.

Mientras tanto, Serena ni siquiera había pensado en ir a la cocina, por si agarraba un último bocado antes de ir a la cama. Acudió derecho a su habitación, y la cerró con llave. Cuando giró sobre sus talones, vio algo que casi hizo que el corazón le saltara a la garganta. Miraba a la persona sentada sobre su cama, con una mezcla de sorpresa y miedo, sin ser capaz de mover un músculo. No fue hasta ver que la otra persona no hacía más que mirarla que Serena se relajó lo suficiente para ver con más detalle la marca en su frente, una marca que se le hacía muy extraña y, a la vez, muy familiar.

Había otros detalles que saltaban a la vista sobre esa mujer; el vestido amarillo y púrpura, el cabello de un color que resultaría conocido para cualquiera que hubiera visto a Luna, y el listón amarillo en su cuello. Serena no la habría reconocido por esos detalles, pero el símbolo en su frente le dijo todo lo que necesitaba saber sobre la identidad de la mujer frente a ella.

—¿Luna?

—Sí, Serena. Soy yo. —Luna se puso de pie, sonriéndole a Serena, tranquilizándola—. No sé precisamente qué fue lo que pasó, pero, hace unas horas atrás, estaba bebiendo un poco de leche, cuando algo plateado me atravesó, y me transformó en humana. No fue un espectáculo muy agradable para tu madre verme así. Creo que es solamente la conmoción lo que me permitió seguir en esta casa… y el hecho que sigo teniendo la marca de luna en mi frente.

Serena reflexionaba sobre aquel resplandor plateado, y se preguntó si habían sido sus acciones las que permitieron aquel cambio, mientras le mostraba el poder del Cristal de Plata a Neherenia.

—Tu broche cambió —dijo Luna, señalando el listón del uniforme de Serena—. ¿Tuviste otra transformación?

—Sí —admitió Serena, rascándose la cabeza—. Mi uniforme es distinto, y tengo unas alas aparatosas en mi espalda.

Luna se llevó una mano al mentón.

—Si lo que dices es cierto, entonces has alcanzado tu estado más puro —dijo, consciente de las implicaciones de la nueva transformación de Serena—. Has alcanzado el máximo poder como Sailor Senshi. Deberías poder usar el Cristal de Plata a toda su capacidad sin ningún problema.

—Aún no puedo —dijo Serena, recordando lo que había pasado en la batalla contra Neherenia—. Aún necesito a mis amigas y compañeras para usar el Cristal de Plata con todo su poder.

—Pero puedes hacerlo —dijo Luna, asombrada de todas formas—. Antes, ni siquiera podías lograrlo con ayuda. Claro, aún eras capaz de derrotar a tus enemigos, pero jamás con todo el poder del Cristal de Plata. ¿Qué pasó con Neherenia cuando llegaste al máximo poder?

—Bueno, se desintegró, en millones de puntos de luz.

Luna abrió la boca, incapaz de hablar. Neherenia había podido acceder al poder de los sueños de las personas, y aún así, no pudo resistir el poder del Cristal de Plata al cien por ciento. Le sorprendió que no hubiese destruido el planeta por completo, porque, ciertamente, el Cristal de Plata contenía suficiente energía para hacer polvo a cualquier planeta, sin importar su tamaño.

—Bueno, Serena —dijo Luna, mirando a Serena con orgullo—. Por lo que me has contado, creo que ya no hay enemigo que pueda vencerte. Mientras tengas a tus amigas a tu lado, serás todopoderosa. ¿Recuerdas cuando nos conocimos, cuando no querías aceptar que eras una Sailor Senshi?

—Claro que lo recuerdo —dijo Serena, a quien le vino una risa suave al recordar la forma en que se había hecho la dormida para pretender que no había escuchado hablar a Luna—. Era muy inmadura… bueno, aún lo soy. Me peleo por la comida, soy enamoradiza y muchas veces sigo comportándome como una tonta. Aún soy floja, saco malas notas en matemáticas e inglés, y divago en clases. —Serena suspiró tristemente, pensando en todas aquellas veces en las que su madre le había dicho y vuelto a decir que se pusiera a estudiar, porque sus notas eran vergonzosas, y jamás le había hecho caso—. Tengo mucho que aprender aún. Tengo que aprender a ser responsable, a concentrarme en lo que realmente es importante para mí. No porque sea una Sailor Senshi debo descuidar mi vida normal. Yo también habito este mundo, y debo dar el ejemplo.

Luna se quedó mirando a Serena, indecisa sobre qué pensar de sus palabras. En todos los meses que la llevaba conociendo, nunca había hecho una introspección sobre su vida, sobre lo que estaba haciendo mal, y cómo proceder para cambiar. Por un momento, Luna estuvo tentada en buscar un termómetro, pero después de escrutar la expresión de Serena, se convenció que no era ninguna enfermedad la que le hacía actuar de ese modo. Serena realmente quería cambiar.

—Guau —dijo Luna, mirando a Serena como si ella fuese una chica completamente distinta—. Si realmente piensas de ese modo, entonces yo te voy a ayudar.

—Debería poder hacer esto por mi cuenta, pero no he llegado hasta donde estoy ahora si no fuese por mis amigas que me han levantado del suelo cuando estuve en problemas, así que acepto tu ayuda.

Luna iba a responder, cuando Rini entró de sopetón en la habitación de Serena. Lucía apremiada por alguna razón, pero cambió su expresión al ver a Luna. La miraba con curiosidad, y Serena se percató de que ella no tenía forma de saber que esa mujer era la gata que vivía con la familia Tsukino.

—¿Quién es ella? —preguntó Rini, rascándose la cabeza.

—Ella es Luna, Rini —explicó Serena, señalando la marca en su frente—. Mientras peleábamos contra Neherenia, usé el Cristal de Plata con todo su poder, y parece que a ella también le afectó.

—¿De verdad? —dijo Rini con asombro, viendo la marca en la frente de Luna, y sacando conclusiones—. O sea, ¿ya no puedes volver a ser una gata?

—No es que esté bajo mi control hacerlo.

—De todas formas, te ves muy bien.

—Gracias, Rini —repuso Luna, sonriéndole—. Eres muy amable al decirme eso. Por cierto, ¿a qué has venido?

Rini fue tomada por sorpresa, olvidada del asunto que la había traído al dormitorio de Serena en primer lugar. El sonrojo volvió a sus mejillas, y Serena supo en el acto qué la tenía así.

—Se trata de un chico, ¿verdad? —dijo, y se le asomó una sonrisa pícara. A Rini no le hacía mucha gracia que su propia madre se burlara de ella.

—No exactamente —contestó Rini, sin decidirse si decirle la verdad a Serena o no, antes de percatarse que ella no era prejuiciosa. Decidió ser honesta con ella—. Se trata de una chica.

Tanto Serena como Luna tragaron saliva. Ninguna de las dos esperaba aquella respuesta. Ambas quedaron con expresiones vacantes por un momento, al cabo del cual miraron a Rini como si ella hubiera anunciado que iba a postular a algún concurso de belleza.

—¿Una chica? —preguntó Serena, pese a que había escuchado a la perfección.

—No vine a preguntarte qué tengo que decirle para aceptarla o rechazarla —se explicó Rini, creyendo necesario hacer el alcance a Serena, pues sabía que ella podía ser bastante torpe—. Solamente quería preguntarte qué debo hacer ahora que es mi novia.

Serena, más allá del hecho que Rini tenía por pareja a otra chica, no veía cuál era su dilema. No había gran diferencia entre tener por pareja a un chico y tener por pareja a una chica, salvo en las necesidades de cada género. Si se trataba de una chica que apenas había entrado en la pubertad, entonces no había consejo que valiera. Era muy extraño que una chica fuese capaz de definir su sexualidad a tan temprana edad… aunque tal vez no se tratara de eso en absoluto.

—Solamente tienes que tratarla bien, consentirla cuando puedas, pasar tiempo juntas, hablarle de ti, si es que no lo has hecho ya. En ese sentido, no es muy distinto a si tuvieras un chico por novio. Asegúrate de averiguar cuáles son sus necesidades, y dale lo que quiere, pero procura no hacer de eso una costumbre. Darien siempre me hace esperar por las cosas que quiero, y me lo da de a poco. Trata de hacer lo mismo con ella.

Rini se quedó mirando a Serena por un buen rato, como si estuviera esperando a que soltara una risa, o le dijera que todo eso era un broma, pero ninguna de las dos cosas pasaron. De hecho, Rini notó lo seria que se mostraba Serena, lo que la desconcertó un poco. Eran pocas las cosas que ella se tomaba en serio, y ninguna de ellas tenía relación con su vida amorosa.

—Tomaré tu consejo —dijo al fin Rini, aún mirando a Serena con un poco de sospecha, aunque no fuese necesario hacerlo—. Me alegra que no hagas diferencia entre un chico y una chica, y que no me hayas puesto cara rara por ello.

—¿Por qué habría de hacerlo? —dijo Serena, y Rini juzgó que había sonado como la Neo Reina, más que en todas las veces en que ella se había mostrado seria—. Todo lo que importa es lo que sientes por ella. Por cierto, no has dicho nada sobre tu nueva pareja.

Rini se llevó una mano a la nuca, con otra de sus risas flojas.

—Lo olvidé por completo —admitió, tratando de tranquilizarse—. Bueno, es una chica que tú conoces. Es Hotaru.

Serena y Luna se quedaron de piedra al escuchar las palabras de Rini. De todas las personas por las que ella podría interesarse, Hotaru era la menos probable por mucho. Serena sabía que entre ambas había una amistad, pero no que fuese tan profunda como para sentirse de ese modo.

—Pero —dijo Serena, con un hilo de voz—, ¿fue ella quien confesó lo que sentía por ti, o fue al revés?

—Fue ella —repuso Rini, poniéndose colorada nuevamente—. Al principio, no sabía cómo sentirme. No esperaba esas palabras de su parte, ni la forma en que las dijo, pero me llegaron al corazón. Hotaru no es una chica que normalmente hable de lo que siente, pero eso hizo que sus palabras tuvieran más peso.

—¿Y le correspondiste por lástima?

—Con esas palabras, y la forma en que las dijo, es imposible sentir lástima por ella —dijo Rini, cuyo rubor había desaparecido, reemplazado por un brillo en sus ojos que les dijo, tanto a Serena como a Luna, la intensidad de sus sentimientos—. Mucho más que lástima, me dio curiosidad por experimentar lo que ella siente por mí. Y, juzgando lo poco que hemos estado juntas como pareja, creo que no miente sobre sus sentimientos… para nada.

Serena estaba en su elemento.

—¿Y se han besado?

—Unas pocas veces —contestó Rini, pasándose sutilmente la lengua por sus labios, como si estuviera saboreando un trozo de pastel de fresa—. Sus besos son tímidos, pero dulces. Me hacen sentir muy bien, como si fuese un trozo de helado de frambuesa derritiéndose lentamente en mi boca.

—Esa es una buena forma de describirlo —dijo Serena, quien había experimentado sensaciones parecidas con Darien—. Su amor es verdadero. Y el tuyo también. Les deseo lo mejor en esta nueva aventura.

Nuevamente, Rini no esperaba esas palabras de Serena. Sin embargo, recordando el transcurso de la conversación, debió haber esperado que ella aceptara de buen grado la relación.

—Gracias, Serena —dijo Rini, verdaderamente agradecida—. Eso significa mucho para mí.

No pasaron ni dos segundos desde que Rini dejó de hablar hasta que el teléfono de Serena sonó. Cuando vio quién llamaba, puso una expresión como de estar teniendo el mejor de los sueños, al menos hasta que recordó sus palabras anteriores. Le costó mucho trabajo componer una expresión de mayor tranquilidad, y no contestó el teléfono hasta que lo hubo logrado.

—Hola, Darien —saludó Serena en un tono alegre, pero no desesperadamente alegre, como era antes—. ¿Qué necesitas?

Dallas, 21 de noviembre de 1992, 05:22p.m.

El último vehículo había llegado al edificio, el que, curiosamente, se encontraba frente a la plaza Dealey, lugar donde había sido asesinado el presidente Kennedy veintinueve años atrás. El edificio en cuestión había sido abandonado por renovaciones, pero la empresa a cargo del trabajo había quebrado hacia unos meses atrás por mala administración del gerente general, un tipo cuyo destino favorito era Las Vegas, y no estaba por debajo de emplear activos de la empresa para sus apuestas. Al final, entre juegos de azar y prostitutas, se quedó sin dinero y sin empresa, y los trabajadores demandaron al gerente por su responsabilidad en el quiebre de la empresa. El gerente tuvo que pagar más de dos millones de dólares en indemnizaciones, ya fuese por sueldos impagos y otras transgresiones a las leyes laborales vigentes. En consecuencia, los trabajos habían quedado abandonados, mientras el dueño del edificio llamaba nuevamente a licitación de las obras.

Tal era el lugar que había escogido Jackson MacArthur para reunirse con sus amigos del ejército, la armada y la fuerza aérea. Nadie los buscaría ahí, de momento, porque, tarde o temprano, el ex presidente sería llamado por el tribunal supremo para ser procesado por el delito de violación. MacArthur era lo suficientemente moralista para no eludir el proceso judicial, pero eso no le impedía defenderse de las acusaciones en su contra, de la forma en que estimara conveniente.

Uno de los amigos de MacArthur sacó un laptop de grado militar de su mochila, lo encendió, y accedió a los archivos de inteligencia de la CIA, cortesía de los códigos de acceso del presidente, que aún eran válidos por cuarenta y ocho horas más, al cabo de los cuales, tales códigos cambiaban, porque cuarenta y ocho horas demoraba el trámite del presidente para mantener o cambiar al director de la Agencia Central de Inteligencia (116). En cualquiera de los dos casos, los códigos de acceso cambiaban. Normalmente, el presidente saliente era informado de los nuevos códigos, de forma que pudiera recibir los últimos informes de la CIA. Este último era un derecho de todo ex presidente, pero muy pocos ejercían ese derecho, mayormente presidentes republicanos.

—Jackson, tienes que ver esto —dijo el tipo del laptop, un hombre calvo, con cejas que siempre le hacían ver enojado, aunque fuese un hombre de lo más simpático y vivaz, amante de los ritmos latinos. Su nombre era Alex Rivers, y había servido en el ejército en los tiempos de Tormenta del Desierto.

—¿De qué se trata?

—Es un reporte de la CIA sobre un reportero detenido allá en Londres —dijo Rivers, mostrándole la pantalla del laptop al ex presidente—. Fue hallado culpable de alentar operaciones subversivas en contra del gobierno inglés.

—¿Es algo relevante?

—Bastante —dijo Rivers, mostrando más detalles sobre el reporte—. Durante el juicio, el reportero acusó al director del Banco Central inglés de patrocinar la construcción del acelerador de partículas para diezmar la población mundial. No me extraña que le hayan dado veinte años de prisión. Esa es una acusación muy grave.

—¿Y tiene un punto el reportero, o está loco de atar?

—Bueno, lo del acelerador no es mentira —admitió Rivers, llevándose una mano al mentón—. La escala me llama la atención. ¿Para qué un acelerador del diámetro de la Tierra? No tiene sentido, a menos que los físicos estén buscando algo muy específico y trascendental. Sin embargo, hay otra cosa que me preocupa.

—¿Y qué es?

—¿Y si resulta que este reportero no está loco? ¿Qué pasa si, en efecto, activar el acelerador de partículas sea malo para el planeta?

MacArthur se quedó mirando el reporte, en especial, la fotografía del hombre que había sido condenado. No lucía como un hombre capaz de "emprender acciones subversivas" en contra de cualquier gobierno, ni tampoco como alguien que necesitara una estancia de por vida en un manicomio.

—Rivers, quiero que me encuentres a alguien que pueda decirnos qué consecuencias podría acarrear la activación del acelerador de partículas.


(116) Debo recordar que ésta es una obra de ficción. No pretendo, ni voy a pretender, conocer el funcionamiento interno de una organización de inteligencia, pues es necesario hacer una investigación a fondo, lo que está reservado para autores ya reconocidos, no a un simple escritor de fics como yo.