CIX
El corazón de la oscuridad, Parte 1

Londres, 25 de enero de 2000, 01:02p.m.

Después de quedar como un estúpido por unos cuantos segundos, cobré conciencia de que no tenía mucho margen para actuar. Era confiar en el Escuadrón Delta, o volver a la cárcel.

—Entonces, ¿cuál es el plan? —pregunté a Alex. El aludido sonrió al ver que yo me estaba mostrando cooperativo. ¿Quién no lo haría en su lugar? Era obvio que ellos estaban emprendiendo una misión crucial para el futuro de la humanidad.

—Lo que debemos hacer es exponer a la mente maestra detrás del acelerador de partículas —dijo Alex, y me vi aliviado al entender que yo no era el único que pensaba que Robert Griffin no podía ser el responsable detrás de todo el plan. Él era una criatura de las finanzas, y sus ambiciones iban en la misma dirección que sus intereses. Quienquiera que estuviera detrás del instrumento científico más grande jamás creado en la historia de la humanidad, no buscaba beneficio económico con semejante plan. Las consecuencias de la activación del acelerador de partículas eran demasiado dramáticas para ser económicamente redituables.

—¿Y tienen alguna pista? —quise saber, pensando en que, tratándose de un grupo de personas respaldadas por el ex presidente de Estados Unidos, ya debían haber hecho algunos avances. No me equivoqué.

—Lo que sabemos es que hay mucha comunicación entre la CIA y la Casa Blanca —dijo Alex, indicándome a que le acompañara a una de las terminales, y yo obedecí. El dichoso terminal no era otra cosa que un laptop que parecía haber provenido del futuro, por su aspecto—. Muchas de las conversaciones hacen referencia a un tipo al que llaman simplemente "El Magnate". Es posible que estén hablando de Robert Griffin, pero, personalmente, lo dudo. Robert Griffin es un hombre con un poder político considerable, pero no el suficiente para mover hilos en otros gobiernos. Quienquiera que esté detrás del acelerador de partículas tiene acceso a aparatos gubernamentales que afectan a la política exterior, como la CIA.

—El ex presidente recibía memorandos diarios desde la Agencia —añadió una de las mujeres que comprendían el Escuadrón Delta, una joven de cabello castaño y corto que respondía al nombre de Helen Rogers—, los cuales están en nuestra base de datos. Claro, hablan del Magnate con mucha frecuencia, pero también se mencionan documentos relacionados con una tal operación "Clean Slate".

—Déjame adivinar —dije, consultando parte de los documentos, y, como era de esperarse, aparecieron planos de lo que parecía un anillo rodeando el planeta entero—. El acelerador de partículas es parte de tal operación.

—No son pruebas fehacientes de que la CIA está detrás de las fases de planificación del aparato —dijo Helen, mostrándome otros documentos, en los que aparecían diagramas de satélites que semejaban anillos, en cuyo centro aparecía un barra de lo parecía ser metal—. Pero esto es algo nuevo, algo que no habíamos detectado antes. Todos estos planos esquemáticos y especificaciones están dentro de una carpeta denominada "proyecto Asgard".

Proyecto Asgard. ¿Por qué demonios las organizaciones gubernamentales tienden a poner nombres tan crípticos a sus proyectos? Asumo que tiene algo que ver con el hecho de que no quieren de qué se trata lo que quieren hacer. ¿Tendrá que ver con que Asgard es el lugar donde viven los dioses, y los satélites se encuentran en el espacio? Como sea, el punto es que esos satélites no se parecían en nada a todo lo que sabía sobre esos aparatos orbitando el planeta. ¿Y qué rayos era esa barra de metal en el centro de esos anillos concéntricos? ¿Se trataría de un proyectil? Consultando más de cerca los planos, entendí que la barra estaba hecha de un material llamado tungsteno. No tenía ni la más remota idea de lo que era el tungsteno, y pensé que se trataba de una aleación que no se empleaba para aplicaciones civiles. Al parecer, uno de los hombres del Escuadrón Delta notó mi incomprensión, y me ofreció una explicación.

—El tungsteno es un metal muy resistente y con una elevada temperatura de fusión —dijo Ryan Logan, el oficial científico y técnico del Escuadrón Delta. Era un sujeto achaparrado, pero de hombros anchos, y que usaba lentes de montura cuadrada—. Es perfecto para ser lanzado desde la atmósfera sin que sufra los efectos de la fricción. Esos anillos concéntricos son básicamente electroimanes, tal como los que usan los trenes de levitación magnética para hacer que se muevan. Pon un proyectil de tungsteno en el extremo, aceléralo con los electroimanes, y deja que la gravedad haga el resto.

—¿Me estás diciendo que ese satélite… es un arma?

—Un arma de destrucción masiva —aclaró Ryan, sonando preocupado—. Tan devastador como una bomba atómica, pero sin radiación. Eso es lo que se denomina un cañón de riel. Ya ha sido implementado en buques clase Alaska en la armada norteamericana, pero estos… se encuentran en ligas mucho mayores. Estos tiene el nombre código "Thor".

Fue en ese momento cuando comprendí por qué habían llamado a ese proyecto "Asgard". Esos proyectiles de tungsteno impactaban el suelo como un martillo colosal. Era poder de fuego que nunca me había imaginado que pudiera existir alguna vez. Debido a que el costo de producir un proyectil de tungsteno era bajo, comparado con un misil balístico intercontinental, el ejército podía disponer de munición fácil para estas bestias de armas. Sin embargo, observando más al detalle los planos, me di cuenta que la abertura del electroimán que daba al espacio era mucho más grande que el diámetro de un proyectil de tungsteno estándar.

—Como dije —dijo Ryan, sobresaltándome un poco—, estas armas se encuentran en una clase aparte. La abertura de ese anillo es más grande porque no solamente pueden propulsar proyectiles artificiales. No. Proyectiles naturales también pueden ser lanzados con estos electroimanes.

Les confieso que un sudor frío recorrió mi espalda cuando cobré conciencia del real poder que tenían estas armas. Estos bastardos no estaban por debajo de usar meteoritos como munición para los cañones de riel. Muchos meteoritos son metálicos, o con una determinada proporción entre metal y roca. Un electroimán podría propulsarlos fácilmente, dándoles más velocidad de la que tenían, causando un apocalipsis instantáneo. Me daba pavor la imaginación del ser humano para crear artefactos de destrucción. ¿Por qué rayos no podían usar esa misma imaginación para crear aparatos que contribuyeran a que el mundo fuese un lugar mejor? ¿Era la autodestrucción algo inherente a la raza humana? ¿O era eso lo que nos querían hacer creer? ¿Somos realmente tan patéticos y mezquinos, una suerte de discordancia en el inmenso coro del universo? Porque, para serles franco, la raza humana se ha especializado en ver todo avance tecnológico como una oportunidad para crear alguna nueva arma. Diablos, todo tenía el potencial de convertirse en una, incluso los poderes de las Sailor Senshi iban a ser usados para ese propósito. Era armamento capaz de dejar la carrera atómica en los suelos. ¿Qué país no querría tener esa clase de poder? En ese sentido, somos exactamente como cavernícolas, peleando por territorio o liderazgo con garrotes. No hemos evolucionado en absoluto. Lo único que ha cambiado en miles de años de evolución es el poder destructivo de dichos garrotes. Y luego osamos llamarnos "civilización". Una sociedad civilizada no emplearía armas para resolver conflictos, no cometería atrocidades en el nombre de tal o cual país, en aras de un patriotismo tan irreductible que llega a ser enfermizo, y, por supuesto, no estaría tratando constantemente de autodestruirse. Solamente cuando hayamos dejado atrás todo eso que nos hace un hombre de las cavernas glorificado, recién en ese momento podremos llamarnos "civilización".

—¿Te pasa algo? —me preguntó Alex a propósito de mi prolongado mutismo. Estaba tan perdido en mis propias cavilaciones que pegué un pequeño brinco cuando Alex me habló. Supongo que debí lucir bastante cómico, lo que me hizo enrojecer un poco. La situación no se prestaba, en absoluto, para el humor. Estábamos en una carrera contra el tiempo, y ver a los demás miembros del Escuadrón Delta trabajando en sus puestos me hizo sentir un poco ridículo y fuera de lugar.

—Solamente reflexionaba sobre estas armas —dije, lo que era cierto, pero no quise compartir mis pensamientos con Alex, porque no quería dar la impresión de que yo era un signo menos con patas, como estoy seguro que he dicho en otras oportunidades.

—Te entiendo —dijo Alex, lo que me sorprendió. Estaba seguro que no había dicho nada sobre lo que realmente pasaba por mi cabeza, por lo que asumí que mi preocupación debió reflejarse en mi cara, algo curioso, porque siempre había pensado que mi cara no expresaba demasiado. Si hubiera participado en algún juego de póquer con mis ex colegas del periódico, seguramente habría ganado, más que nada porque mis ex compañeros de trabajo no eran demasiado fanáticos de los juegos de azar, porque esa concepción del póquer tenían ellos. Y yo jamás traté de explicarles que la suerte apenas tenía alguna participación en aquel juego, si es que la tuviese. Para mí, el póquer tenía más que ver con carácter y aplomo a la hora de jugar que con la suerte. No ganas nada con tener un "full house" si tu oponente solamente tiene dos pares, y es capaz de hacerte creer que tiene una mejor mano que la tuya.

—¿Y cuál es el siguiente paso? —pregunté, tratando de sacarme de la cabeza esos pensamientos negativos que siempre salían a mi encuentro cada vez que me encontraba en una situación con un desenlace incierto.

—Para mí, la única forma en que puedas exponer tu versión de los hechos es que tengas todas las piezas del rompecabezas —contestó Alex, navegando entre las carpetas de su laptop, hallando una que decía "el Magnate". La abrió, y solamente había un par de archivos, uno de texto y otro de audio. Alex abrió primero el archivo de texto, y apareció una ventana con un montón de números. Enseguida me di cuenta que estaba viendo un archivo de valores separados por comas, con cinco columnas compuestas por dígitos entre una y siete cifras. En el encabezado aparecían números y letras que yo no tenía ninguna esperanza de entender. Por fortuna, Alex se ofreció a darme una explicación de lo que estaba viendo, una que no me dejara la cabeza dando vueltas.

—El encabezado muestra datos generales sobre el sistema de coordenadas empleado, proyección, elipsoide y geoide de referencia, datum, huso y factor de escala —dijo Alex, y yo quedé igual de perdido que antes, pero Alex no había acabado (134)—. Descuida. No tienes por qué saber detalles. Lo que importa es que todos estos datos sirven para determinar las coordenadas que aparecen más abajo. Las columnas están ordenadas del siguiente modo: número de punto, coordenada norte, coordenada este, altura elipsoidal y altura ortométrica, datos que sirven para determinar la posición de un objeto o una persona.

—¿Y la posición de qué son estos puntos? —pregunté, pero me di cuenta, a juzgar por la expresión de Alex, que él también se estaba haciendo la misma pregunta.

—A simple vista, es imposible de determinar —dijo, cerrando el archivo de texto y abriendo un programa de topografía. Yo sabía que esos programas exigían ordenadores de alto rendimiento, y al ver la facilidad con la que el laptop había cargado el programa, me pregunté dónde había obtenido Alex semejante tecnología—. Afortunadamente, con este programa, podré cargar los puntos y superponer un mapa de Estados Unidos en el mismo sistema de coordenadas que el archivo de puntos.

Al súper laptop de Alex le tomó cinco segundos en cargar los siete mil puntos que contenía el archivo. Un nube densa de puntos tapizó el mapa de Estados Unidos, con la mayor cantidad de puntos concentrándose en la ciudad de Washington. Sin embargo, después de aplicarle varios aumentos al mapa, yo y Alex nos dimos cuenta que había un perímetro donde no había puntos en absoluto. Se trataba de un círculo pequeño, de no más de ciento cincuenta metros de diámetro, al sureste de la Casa Blanca, totalmente carente de información de posición.

—Luce como si alguien quisiese que el objeto, o la persona, no quisiera ser detectado precisamente en esa posición —dijo Alex, y yo estuve de acuerdo. Sin embargo, lo que más importaba era el lugar preciso donde no había puntos. Forzosamente, tenía que tratarse de un lugar techado, pues era casi imposible para un receptor GPS transmitir posición a través de obstáculos. No obstante, cuando Alex volvió a ampliar el mapa de Estados Unidos, vio que, al sureste de la Casa Blanca, no había más que áreas verdes, una calle amplia y unos pocos edificios menores. Alex lucía casi tan perplejo como yo. ¿Qué tenía de especial esa área en específico, si, a primera vista, no había nada de importancia?

—Es posible que el área objetivo se encuentre bajo tierra —intervino Ryan Logan desde su terminal, sin mirarme a mí o a Alex—. Las señales portadoras de los receptores GPS no pueden penetrar el suelo, cualquiera sea su composición. Si ese es el caso, es posible que no sea intencional la falta de información en ese lugar en específico. Creo que vale la pena una investigación más a fondo de esa zona. ¿Cómo es la densidad de puntos alrededor del perímetro?

—Bastante alta —repuso Alex escuetamente.

—Entonces creo que hay que enviar un equipo especializado a Washington para investigar.

—Estoy de acuerdo —añadió Helen Rogers.

Alex decidió que lanzarían la investigación lo más pronto posible. Sin embargo, había una última cosa que hacer: consultar el archivo de audio. Lo abrió con el reproductor por defecto del sistema operativo, pues se trataba de un archivo de audio de alta calidad, no como aquellas grabaciones con un montón de ruido que solían aparecer en este tipo de circunstancias. A continuación les describiré lo que había en ese archivo.

—¿Estás seguro que le aplicaste la inyección a…?

La frase quedó interrumpida por ruido, lo que impidió identificar al hombre al que le hicieron la inyección. Sin embargo, el ruido solamente duró dos segundos.

—¡Ten más cuidado con lo que dices! —exclamó una segunda voz—. ¡Por Dios, Stevens, sé más discreto! ¡Sabes muy bien cuál es la reputación de ese individuo!

—¡Lo siento, lo siento! —dijo el tal Stevens, sonando contrariado—. Estoy seguro que le apliqué la inyección al Magnate, tal como nos instruyó nuestro superior. El receptor GPS que venía con la inyección debería estar transmitiendo datos en este momento.

Hubo un momento en que se escucharon unas teclas siendo pulsadas, para dar lugar a más diálogo.

—Perfecto. Con suerte, el Magnate creerá que le administramos una vacuna contra la influenza. Menos mal que los ancianos se vuelven paranoicos cuando se trata de enfermedades. Apenas tenía un resfrío el pobre ingenuo.

—Y aun así, para tener la edad que tiene, se encuentra en un estado de salud admirable —dijo Stevens, ligeramente asombrado—. No parece tener signos de vejez, salvo en su piel. Tampoco tiene problemas a los ojos. No me lo explico.

—Eso a mí no me importa. Nuestro trabajo ya está hecho. Stevens, informa al jefe que la posición del Magnate está siendo rastreada en todo momento. Así nos aseguraremos que no actuará en contra de los intereses de esta agencia.

Hasta allí llegaba el archivo de audio.

Yo sabía que todos estos archivos habían provenido de la CIA, y que el ex presidente tenía acceso a ellos, porque era el deber de la agencia mantener informado al presidente de las actividades de la agencia. Sin embargo, yo sabía que la CIA era una agencia típicamente de derecha, y el ex presidente MacArthur era claramente un progresista. Lo lógico era que la CIA solamente informara al presidente lo básico, dejando los detalles jugosos en secreto. Si esto era cierto, necesariamente implicaba que el presidente tenía a un hombre de confianza entre las filas de la Agencia Central de Inteligencia, y que formaba parte del Escuadrón Delta.

Sin embargo, lo que más me me molestaba era la identidad de ese tal Magnate. ¿Quién diablos era, y, lo que era más importante, era realmente el individuo detrás del acelerador de partículas?

Era algo que iba a averiguar muy pronto.


(134) Algunos datos que posiblemente no sepan:

Proyección: debido a que la Tierra es curva, y los sistemas de coordenadas empleados para posicionar objetos sobre su superficie asumen que el planeta es plano, se utiliza lo que se conoce como una proyección. Se trata de una aproximación de una superficie esférica, lo que la hace válida solamente para una región determinada. Existen proyecciones cónicas y cilíndricas, siendo las cilíndricas las más empleadas.

Sistema de coordenadas: son métodos que emplean números para dar posición a un objeto determinado. Existen las coordenadas geográficas, que se miden a través de ángulos para las coordenadas planas (latitud y longitud), y una altura, coordenadas UTM (las que normalmente emplean los navegadores y receptores GPS), las que se expresan en norte, este y altura, y las coordenadas geocéntricas, las que toman como origen el centro del planeta, medidas de la misma forma en que se hacen en un sistema de coordenadas cartesiano. También existen las coordenadas LTP (Plano Topográfico Local por sus siglas traducidas al español), utilizadas en obras de extensión reducida, donde el factor escala derivado de la proyección es despreciable.

Elipsoide y geoide de referencia: ambos son aproximaciones de la verdadera forma de la Tierra, con la diferencia de que el elipsoide es una aproximación geométrica, y el geoide es una aproximación basada en el potencial gravitatorio terrestre.

Datum: simplemente, es el origen de un sistema geodésico de referencia (elipsoide).

Huso: son los diferentes sectores en los que se divide la proyección cilíndrica de Mercator. Debido a la naturaleza de las proyecciones, cada huso tiene su propio factor de escala.,

Factor de escala: es la razón entre la distancia medida sobre la superficie de la Tierra entre dos puntos concretos ubicados en un mismo huso, y la distancia medida sobre una proyección de aquel huso entre los mismos puntos.

Uf, espero que los árboles no les hayan impedido ver el bosque. xD