CXIII
El corazón de la oscuridad, Parte 2

Londres, 25 de enero de 2000, 01:59p.m.

Era la tercera vez en toda mi investigación que abordaba un jet privado, pero, en esa ocasión, mi destino era Washington, la capital de Estados Unidos, y mi compañía no era enteramente femenina. Claro, no iba todo el Escuadrón Delta conmigo, solamente los que tenían capacidades de infiltración y combate, ya sea cuerpo a cuerpo o con armas de fuego. Alex Rivers era uno de ellos, pues, durante el largo trayecto aéreo, me había contado que él había pertenecido a la marina, antes de solicitar una baja voluntaria. Me platicaba que había hecho tal cosa para dedicarse a la computación, y terminó en una empresa que era una contratista del Departamento de Defensa, la que proveía de sistemas de puntería asistidos por computadora, software empleado por los radares para identificar enemigos, computadoras para diversos vehículos de guerra, como tanques, aviones, e incluso había diseñado el programa de telemetría para la operación de los cañones de riel en los nuevos destructores clase Alaska. La presencia de equipo computacional sofisticado en su casa franca quedó completamente explicada.

—Estamos a dos horas de Washington —anunció el piloto, un hombre alto y musculoso, quien había pasado por la Fuerza Aérea antes de ser dado de baja por la edad. Pese a que ya no tenía los reflejos para operar cazas de combate, aún podía ocuparse de jets privados, y lo hacía bastante bien.

—Bien —dijo Alex, mirando a todos los presentes—. Éste es el plan. Cuando lleguemos a Washington, iremos por tierra hasta las cercanías de la Casa Blanca. Para no levantar sospechas, iremos disfrazados de empleados de una compañía de servicios sanitarios, lo que nos permitirá entrar en las cámaras de inspección. Una vez que estemos sobre la zona objetivo, utilizaremos un dispositivo GPR (139) para verificar si hay estructuras subterráneas bajo nosotros. En el caso que lo haya, emplearemos explosivos para hacer un túnel y hallar la entrada. A partir de ese momento, tenemos que asumir que todo personal en el interior es hostil. Ryan se encargará de piratear los sistemas de seguridad, mientras que yo y Helen encabezaremos el equipo de asalto. Hopkins es nuestro experto en demoliciones. Él se encargará de la excavación del túnel, y también estará monitoreando la situación desde la cámara de inspección, en caso que debamos hacer una salida rápida. Jeremy, tú serás el encargado de documentar todo lo que hagamos. Como reportero gráfico, tienes experiencia captando momentos significativos. Registrarás todo, tanto en fotografía como en video. Para esto último, hemos preparado una cámara que llevarás en la cabeza. Tiene capacidad para muchas horas de grabación, y será capaz de transmitir video y audio en tiempo real hasta nuestros servidores en la casa franca. Si bien nuestro objetivo es descubrir quién está detrás del acelerador de partículas, debemos proteger a Jeremy a toda costa. Él es la pieza más importante de nuestro plan. Sin él, todo lo que hagamos no contará para nada. ¿Queda claro?

Todos asentimos con la cabeza, aunque reconozco que yo lo hice para no decepcionar a Alex. La verdad, me sentía como si estuviera protagonizando una película de acción de alto presupuesto, solamente que esto era real. No hacía esto por una paga; lo hacía para tratar de salvar al mundo de un desastre apocalíptico. Jamás pensé que mi investigación me llevara por este camino, desde investigar malformaciones en Kent hasta embarcarme en una misión clandestina que probablemente reclamara mi vida. Solamente podía confiar en que mis compañeros hicieran bien su trabajo, porque tampoco era una opción echarme atrás. Si podía hacer algo para decirle al mundo lo que realmente estaba ocurriendo, entonces debía hacerlo.

Cuando salimos del aeropuerto, nos dirigimos hacia una casa vacía (propiedad de una tal Natalie Martin), y allá nos pusimos nuestros uniformes de empleados de la compañía de servicios sanitarios de la que Alex había hablado. Ryan le echó un vistazo al sistema computacional que había en la casa, y, después de unos minutos de investigación, averiguó cómo emplear el software, el que se llamaba Alfombra Roja. Ryan supo de la existencia de ese software a través de memos privados de la NSA, los que habían sido obtenidos por la CIA (que espiaba otras agencias gubernamentales de forma clandestina), y por eso había escogido esa casa en particular. Con Alfombra Roja, Ryan delineó todo el plan, desde la compra de los explosivos hasta los permisos para entrar en una cámara de inspección cercana al área operacional de la misión. Incluso falsificó nuestros nombres para que calzaran con los de verdaderos empleados de la empresa sanitaria. Como guinda de la torta, hizo que le fueran a dejar un camión a domicilio, en el cual ocultarían el equipo necesario para la misión.

Después de cuarenta minutos, o algo así, llegamos al área operacional de la misión, y pusimos conos de seguridad para delimitar la zona donde supuestamente íbamos a trabajar. Alex abrió la cámara de inspección, y nos metimos en ésta, internándonos en las cloacas. Tuve que taparme la nariz a causa del olor, porque deben recordar que estábamos en el lugar donde se canalizan todos los desechos humanos hasta las plantas de tratamiento de aguas servidas. Prendimos nuestras linternas y pudimos ver las paredes de las cloacas, y uno que otro ratón yendo de aquí allá. Y yo seguía con la nariz tapada, aunque el olor se filtraba de igual manera por mis dedos, lo que me hizo dar arcadas.

—Estamos dentro del perímetro —anunció Ryan Logan, consultando un mapa en su teléfono. Había tenido que hallar una forma de ubicarse bajo tierra, porque los GPS no funcionaban a esa profundidad. Creo que lo hizo determinando la distancia desde la cámara hasta el perímetro, y usando el teléfono para contar los pasos desde la cámara (el aparato contaba con podómetro)—. Avancemos unos treinta metros más, y luego instalemos el GPR.

Cuando hubimos avanzando los dichosos treinta metros, Ryan se descolgó la mochila que llevaba a cuestas, y extrajo una caja con muy pocos botones y una gran pantalla táctil. La puso sobre un lugar que estuviera decentemente seco, la encendió y pulsó un botón en la pantalla para seleccionar el método de exploración, los que eran puntual o barrido. Ryan seleccionó "barrido" y oprimió "comenzar".

El proceso solamente duró tres segundos. El resultado del sondeo apareció en la pantalla. Todos nos acercamos al diagrama que había dibujado la máquina, y vimos una inmensa zona en forma de domo, la que era mostrada en un tono más oscuro, en comparación con el suelo, el que era representado con un tono más claro.

—Santo cielo —dijo Ryan al ver la enorme estructura—. Es una base subterránea.

—¿Puedes ver una entrada? —preguntó Alex, inspeccionando la imagen, sin hallar algo relevante.

—¿Ves esa franja oscura que sale del domo?

—Ahora la veo.

—Creo que por ahí pasa un ascensor —dijo Ryan, mejorando el contraste de la imagen, de forma que los colores fuesen más discernibles—. Y, a juzgar por el color, creo que está en el lado lejano del domo. Este túnel se extiende por otros doscientos metros antes de doblar hacia el oeste. Tenemos que excavar el túnel al final de esta sección de cloaca.

Pues avanzamos hasta el lugar apropiado para la excavación. Una vez allí, Ryan determinó que la pendiente del túnel no debía ser mayor a un seis por ciento, de modo que no tocáramos la pared superior del domo y alertar a sus ocupantes de que estábamos aquí. Era el turno de Hopkins para trabajar.

Los explosivos que se iban a emplear para cavar el túnel no era comunes y corrientes. El dispositivo era una esfera de medio metro de diámetro, en cuyo interior había más esferas, dispuestas de forma concéntrica. Entre las esferas había un espacio, donde se encontraba el compuesto explosivo. Las esferas estaban diseñadas para propulsarse siempre hacia delante. Pero la verdadera genialidad detrás de este dispositivo era su sistema de detonación. Cada vez que una esfera estallaba, la que se encontraba al interior era propulsada por la misma fuerza de la explosión, y estaba programada para estallar después de haber transcurrido un cierto tiempo. La primera explosión generaba la suficiente fuerza para que la esfera penetrara en la roca, para luego estallar, y así el proceso se repetía. De esa forma, se podía crear un túnel de forma bastante rápida y eficiente.

Hopkins utilizó herramientas convencionales para crear el primer agujero, en el cual se iba a instalar la esfera. Ryan, con los datos del GPR, determinó la distancia entre ellos y el ascensor, lo que Hopkins usó para calcular la cantidad de explosivo necesaria, su tipo, y el tiempo que debía pasar para que la siguiente esfera explotara. Una vez hecho todo eso, nos retiramos a un lugar seguro.

La primera explosión nos dejó a todos temporalmente sordos. La segunda ya no la escuchamos, aunque asumí que las otras iban a tener lugar de acuerdo a lo planeado. Los temblores derivados de las explosiones dejaron de sentirse, y, con un poco de tiento, nos acercamos al boquete dejado por el dispositivo. Lo que vimos, aunque no nos debía causar mucha sorpresa, nos impresionó. Las esferas habían funcionado de acuerdo a lo esperado, y el GPR confirmó nuestras apreciaciones. El túnel había alcanzado el lugar deseado, con la pendiente deseada, y sin que ninguna alarma sonara en todo el complejo.

Con cuidado, atravesamos el túnel, y Alex me indicó que encendiera la cámara en mi frente. Poseía un sensor de gran tamaño, por lo que no tenía problemas en captar la poca luz que había en el túnel. Las linternas ayudaron también a que la cámara hiciera mejor su trabajo. Sin embargo, hacia la mitad del túnel, tuvimos que inclinarnos un poco, porque éste se estaba haciendo más estrecho, lo cual constituía el único defecto de las esferas explosivas. Para cuando nos encontrábamos a la salida, tuvimos que agacharnos para salir al fuste por donde circulaba el ascensor. Alex decidió descender en rapel hasta el acceso al complejo, y él, junto con Helen, dispusieron de cuerdas, las que ataron a unos anclajes firmemente enterrados en la roca. Yo jamás había descendido en rapel en mi vida, por lo que tuve que ser asistido por uno de mis compañeros. Me pusieron un arnés de seguridad, para luego atarme a mi compañero.

Cuando comenzamos el descenso, traté de no mirar hacia abajo, pero la tentación de hacerlo fue incontestable. Eso de que los seres humanos damos más prioridad a lo que tememos que a lo que anhelamos es cierto. Miré hacia abajo, y tragué saliva. No debía haber más de cien metros hasta el fondo, pero me sentí como si fuesen cien kilómetros. No obstante, la sensación duró poco, porque tocamos el suelo suavemente quince segundos después. Mi corazón martilleaba dentro de mi pecho y respiraba como si acabara de correr varias millas sin cesar. Mientras los demás descendían, traté de recuperar el aire perdido, lográndolo a medias.

Una vez que estuvimos frente a la entrada, Ryan extrajo sus aparatos electrónicos y se puso junto a la consola de seguridad, mientras que nosotros nos pusimos frente a las puertas dobles. Yo me quedé detrás del resto del equipo, quienes sacaron sus rifles de asalto, y los apuntaron hacia delante, mientras esperábamos a que Ryan consiguiera burlar los sistemas de seguridad del complejo, lo que tardó unos dos minutos.

Las puertas se abrieron, y, de inmediato, vimos a un grupo de tres guardias esperando al otro lado. Alex y sus hombres dispararon de forma inmediata, sin titubear, con manos firmes. Los guardias cayeron al instante.

—He pirateado las cámaras de seguridad de todo el complejo —anunció Ryan, aunque lucía preocupado—. Pero solamente tienen diez minutos para completar la misión. Los sistemas de seguridad del complejo están gobernados por una contraseña maestra que va cambiando cada diez minutos de forma automática.

—Ya oyeron al hombre —dijo Alex, haciendo gestos con los brazos para entregar órdenes de forma no verbal—. Démonos prisa. Jeremy, ponte detrás de nosotros. Ya sabes lo que debes hacer.

Bueno, era mi momento de brillar. Saqué la vieja confiable y, con la misma firmeza con la que mis compañeros sostenían sus rifles de asalto, sostuve mi cámara. Sabiendo que el aparato en mi cabeza estaba registrando video ya, tomé fotografías del interior del complejo, tratando de captar cada detalle con solamente unos pocos clics. Quería que la gente entendiera a que clase de persona nos estábamos enfrentando, y que esa persona no tenía escrúpulos a la hora de asesinar a miles de millones de personas.

Más guardias nos salieron al paso, pero Alex y sus compañeros iban atentos. Disparaban sus rifles con decisión, sin gastar más balas de las necesarias. Otros dos guardias se aproximaban por los lados, pero Helen, con dos tiros a la cabeza, neutralizó a las amenazas. Vi cómo recargaba su rifle con parsimonia, como si no tuviera nada que temer. Yo también disparaba, pero mi cámara no era una amenaza a la vida de nadie.

Avanzamos más hacia el corazón del complejo, pero no vimos ningún guardia tratando de emboscarnos. Mientras pasábamos por el anillo interior, miramos por la ventana, y divisamos una estructura que semejaba a una burbuja de grandes proporciones, la que se ubicaba encima de lo que parecía un laboratorio. Me pregunté qué clase de experimentos habrían tenido lugar allí, en un complejo repleto de guardias, bajo tierra. Era la clase de instalación que tendría un súper villano de alguna novela de espías, con la diferencia de que esto era real, tan real que daba pavor de sólo pensarlo.

Llegamos a un ascensor, y todos entramos allí. Estábamos un poco apretados, pero no lo suficiente para sentirnos incómodos. Me imagino que la cámara atada a mi frente se movía bastante, lo que habría resultado en imágenes bastante difuminadas, pero Alex me explicó que la cámara poseía un estabilizador óptico de imagen, lo que me dejó un poco más tranquilo.

Salimos del ascensor, y avanzamos a paso lento pero seguro hacia la puerta frente a nosotros. Alex iba a ocuparse de ella, pero se abrió por su cuenta, revelando una habitación decorada como la de un multimillonario. Sin embargo, lo más llamativo de la situación era el hombre de pie frente a nosotros. Era un sujeto que ostentaba una barba tan blanca como la nieve y unas arrugas bastante pronunciadas, pero había algo en sus ojos que no parecía concordar con el resto de su aspecto. Era como si el hombre frente a nosotros tuviese como cuarenta años menos de lo que aparentaba. Su expresión no denotaba sorpresa al vernos apuntándole con una docena de rifles de asalto. Lo otro que noté fue el palo de madera que sostenía en su mano izquierda. Lucía como una varita mágica, o algo así.

—¿Es usted el encargado de esta base? —preguntó Alex, haciéndome una seña para que tomara un primer plano del sujeto. Obedecí diligentemente, y me posicioné de forma de ver claramente al anciano. No pareció preocuparle que yo estuviera apuntándole con una cámara.

—Esa es una pregunta interesante —dijo el anciano, quien no sonó para nada como un viejo decrépito—. No solamente estoy a cargo de este laboratorio. Fui quien lo diseñó, hace más de treinta años atrás. Fui conocido por varios nombres a lo largo de la historia, pero aquellos solamente ocultaban mi verdadera naturaleza.

—¿Cuál es su nombre? —inquirió Alex, y a mí me dio la impresión que la respuesta no nos iba a gustar para nada.

—Otra pregunta interesante —contestó el anciano, manejando su varita, como admirándola—. Estoy seguro que han oído mi nombre en otra parte, pero dudo que lo recuerden en este momento, así que se los diré. —El hombre hizo una pausa teatral, mientras blandía su varita—. Mi nombre es Herbert Dixon, y soy el arquitecto detrás del acelerador de partículas.

(139) GPR significa Radar Penetrador de Terreno (Ground Penetrating Radar por sus siglas en inglés). Es un aparato que se usa para realizar exploraciones subterráneas desde la superficie. Muy útil para detectar objetos enterrados en el subsuelo.