CXVII
El corazón de la oscuridad, Parte 3

Londres, 25 de enero de 2000, 02:57p.m.

Jamás en mi vida había escuchado el nombre de Herbert Dixon, y, mientras lo veía, desafiante y calmado, no me podía hacer un marco mental de cómo un hombre así podría haber tejido un plan tan intrincado. Recordé que Nicole me había platicado sobre la presencia de otros reactores nucleares a lo largo del mundo, que estaban dispuestos en la misma trayectoria del acelerador de partículas, y que un personaje desconocido había escogido las ubicaciones de éstos. Luego, viendo a ese hombre entrado en años frente a mí, entendí que había sido Herbert Dixon quien había elegido las ubicaciones de los reactores. Pero, ¿cómo mierda lo había hecho? Porque también sabía que los reactores habían sido iniciativas gubernamentales en diversos países. Para lograr tener voz en su ubicación, Herbert habría tenido que infiltrarse en muchos gobiernos, usando nombres supuestos y empleando cantidades nada desdeñables de dinero para ello. La revelación de Herbert Dixon como el cerebro detrás de la operación también implicaba que había estado en contacto con Robert Griffin, seguramente usándolo para delinear el aspecto económico del proyecto. Y también estaba la base en la que yo me encontraba parado. ¿De dónde diablos había sacado los recursos para construirla? Porque una base de alta tecnología, enterrada varios metros bajo tierra, con una seguridad nada desdeñable y que seguramente contaba con un aparato de monitoreo a escala global, no era algo que se podía construir por arte de magia, a menos que Herbert Dixon fuese un mago, qué sabré yo.

—¿Por qué quieres exterminar a casi toda la humanidad? —pregunté, tratando que ésta no sonara como si fuese una entrevista, porque sería bastante estúpido si así fuese. Sin embargo, como lo comprobaría más tarde, Herbert, por alguna razón, también había escuchado sobre mí.

—Eres un reportero, ¿no es así? —me dijo Herbert Dixon, y yo me percaté que aquella había sido una pregunta retórica—. Tu nombre es Jeremy Burns, y has sido una piedra en el zapato desde que supiste sobre las malformaciones en Kent. Yo fui quien manipuló a la Vanguardia de Ares para que se asegurara de que nunca fuese exonerado del asesinato de James Harrington, ya fuese por medio de la Interpol o sacando de la ecuación a Lucy Warren. Pero no esperé que tuvieses ayuda tan especializada y profesional. Pero cuando me di cuenta que tus nuevas compañeras eran Sailor Senshi, aproveché la promulgación de la ley Kobayashi para sacarlas del camino. De esa forma, quedarías solo y vulnerable, y, a la larga, terminaste en la cárcel, donde yo te quería. Pero, nuevamente, saliste libre gracias a los hombres y mujeres que te acompañan ahora. No obstante, no quiero que sepas que los vamos a matar o algo parecido. Bueno, tus compañeros morirán de seguro, pero a ti, Jeremy Burns, te voy a dejar con vida, para que le cuentes al mundo sobre mis planes.

—¿Y por qué harías tal cosa? ¿No te arriesgas a que todo el mundo sepa que vas a matar a miles de millones de personas?

—No correría ese riesgo si tuviera la certeza de que ustedes puedan impedir el desenlace de mi plan—dijo Herbert calmadamente. Por mi parte, yo no sabía qué me aterraba más; que Herbert Dixon estuviera plenamente dispuesto a matar a miles de millones de personas, o la liviandad con la que hablaba del tema. ¿Acaso ese sujeto no tenía corazón? ¿Acaso Herbert Dixon era así de desalmado y cruel? ¿No le causaba insomnio por las noches las consecuencias de su plan? De algún modo, mis inquietudes se transformaron en preguntas, y Herbert parecía encantado de responderlas. Si tan sólo la mayoría de los entrevistados se comportaran de ese modo con los reporteros… bueno, no los entretengo más y les muestro la respuesta de Herbert Dixon.

—No es cosa de que te quite horas de sueño lo que quieres hacer. Es cuestión de si es necesario o no. Y créame, señor Burns, lo que estoy haciendo es más que necesario: es inevitable.

—¿O sea, ha dejado su humanidad de lado?

—Lo que las personas llaman "humano" es muy relativo, y cambia con las épocas —repuso Herbert, no con la voz de un villano de películas, sino con el tono de alguien convencido de lo que hacía, no muy diferente a como sonaría un clérigo o un cardenal católico pregonando su fe—. Yo, por mi parte, estoy del lado de la humanidad. Por eso es que estoy haciendo esto, para salvarlos a todos.

—¿Matando a miles de millones?

—Por supuesto que sí. Es la única forma en que los seres humanos se den cuenta de que van desencaminados. Somos demasiados en este planeta, y la Tierra no tiene una cantidad infinita de espacio. Hemos arruinado nuestro equilibrio con la naturaleza. Somos demasiadas bocas que alimentar, y es nuestro entorno el que está pagando el precio. Uno podría decir que el sacrificio de Sailor Silver Moon nos había abierto los ojos, pero no es así. Ella solamente ganó un poco de tiempo. Y ese tiempo se está acabando rápido. Pronto, llegaremos al punto de no retorno, y la destrucción de la humanidad será absoluta. Usted dice que voy a matar miles de millones a consecuencia de mis acciones. Ahora, quiero que imagine la alternativa. Miles de millones de personas versus toda la raza humana. ¿Qué elige? ¿Puede siquiera tomar esa decisión?

—Es que no es una decisión que el ser humano deba tomar. La naturaleza es quien tiene la última palabra sobre si sobrevivimos o no.

—Pues yo creo que somos una especie que tiene mucho que ofrecer a este universo. Usted piensa de la forma en que lo hace porque cree que nosotros somos seres diminutos, insignificantes frente a la vastedad del universo. Está muy lejos de la verdad, señor Burns. Durante toda mi vida, he sido testigo de muchas cosas sobre el ser humano, ambas buenas y malas. Claro, la gente le da más prioridad a las desgracias, no porque sea su naturaleza hacerlo, sino porque fueron condicionados para ello, fueron condicionados para ver lo peor que puede ofrecer la humanidad como lo único que es real. Seguramente se habrá percatado, señor Burns, de que todo lo que puede ser un beneficio, algo que avance a la humanidad hacia una nueva era, siempre es visto con suspicacia, como algo demasiado bueno para ser verdad. Me imagino que usted me entiende, señor Burns, ¿no es así?

Yo, entre todas las palabras de Herbert Dixon, lo que más me llegó al interior fueron las últimas de ellas. Seguramente he dicho, y en más de una ocasión, que soy un signo menos con patas. Me cuesta mucho ver lo positivo de una situación, ya saben, el vaso medio lleno. Yo veía el vaso medio vacío, y desde que era pequeño fui así. Recordé las diatribas mentales que tenía conmigo mismo cada vez que enfrentaba una situación así. Me repetía hasta el cansancio que pensara positivo, que viera el vaso medio lleno y que no temiera tanto al fracaso. Bueno, para serles francos, no temía tanto al fracaso como al concepto de la esperanza. La esperanza me asustaba, porque consistía en confiar en que algo iba a salir bien, sin tener ninguna certeza de ello. A mí me gustaba tener las cosas claras antes de ir a hacer cualquier cosa, porque no saber el desenlace de lo que sea que haga es lo que me impide pensar positivo… o mejor dicho, me impedía. Porque al menos ahora podía decir, con cierta propiedad, que ya no le tenía tanto terror a la esperanza.

—El que usted me entienda no significa que deba solidarizar con su causa —dije, y vi que Herbert Dixon había alzado una ceja, y me imaginé que estaba ligeramente sorprendido. Ustedes podrán imaginar por qué, pues se supone que soy un reportero, y que mi deber son para con los hechos, no para la opinión. Esta última era para los que veían los reportajes. Y, lo quisiera o no, estaba metido en una entrevista, y debía actuar como alguien en mi situación—. ¿Ha evaluado otras alternativas para resolver el problema que usted ha visto en la humanidad?

—Consideré en su momento dejar que las Sailor Senshi hicieran su trabajo, hasta que recordé que ellas son apenas unas quinceañeras, y su visión del mundo actual, con sus complejidades y salvajismo, es la que podría tener alguien de su edad. Uno no puede descartar la voz de la experiencia en estos asuntos, y a mí, la experiencia me ha dicho que no puedo confiar en personas que ni siquiera tienen criterio formado para tomar decisiones difíciles, decisiones que usualmente cobran millones de vidas. Ellas no están dispuestas a ensuciarse las manos para que los demás no tengan que hacerlo. Yo sí, y es por eso que decidí emprender este plan. Créame, señor Burns, que exploré otras posibilidades, menos costosas, pero incluso más cuestionables que lo que quiero hacer. Pensé en emplear un arma biológica para diezmar la población mundial, crear una guerra entre dos bloques, o simplemente, sumir a todo el mundo en un invierno nuclear que dure mil años. Pero todas esas alternativas tienen un defecto fatal: todas ellas podrían acabar por completo con la raza humana. Lo que quiero hacer matará al noventa por ciento de la humanidad, y ese diez por ciento será suficiente para reconstruir el mundo, sin cometer los mismos errores que nos llevaron a este punto, para alcanzar un nuevo renacimiento tecnológico y social.

—Es difícil solidarizar con un plan como el de usted —dije, tratando de mantener la objetividad—. ¿Va a hacer alguna discriminación sobre quién vive o muere, o les lloverá a santos y pecadores por igual?

—No haré diferencias —sentenció Herbert, en un tono que me dijo claramente que la "entrevista" había terminado—. La supervivencia del más apto, señor Burns.

Alex y los demás también entendieron que ya no habría más respuestas por parte de Herbert, por lo que abrieron fuego en contra de él. Pensamos que sería el final de él, pero, por desgracia, Herbert no era el típico anciano de turno. Usando lo que todos creíamos que era un palo de madera, creó algo parecido a un látigo de luz, y con éste barrió a todos los soldados de un solo golpe. Y, como había prometido, yo no sufrí ningún rasguño, pero eso no era ningún consuelo para mí, porque Alex y sus compañeros se pusieron de pie nuevamente y dispararon a discreción, sin preocuparse mucho de que se les vaciaran los cargadores. Herbert, por otro lado, solamente hizo movimientos defensivos, esperando precisamente a que se les acabaran las balas a mis compañeros. Cuando eso ocurrió, Herbert volvió a usar su látigo de luz, pero esta vez, agarró a uno de los soldados y lo estampó con fuerza contra el suelo, abriéndole la cabeza como si se tratara de una nuez. Aquello me recordó de forma inevitable a la muerte de mis compañeras durante la entrevista a Robert Griffin, pero, de algún modo, no me causó el impacto que esperaba. Claro, la presencia de sangre siempre hacía que se me revolviera el estómago, pero no vino acompañado por la sensación de casi desfallecer ante el acto. Tal vez tuviese que ver con que ese soldado no era tan cercano a mí, yo qué sabré. Pero, por desgracia, aquello no fue lo último que vimos de las habilidades de Herbert Dixon, no señor.

Me imagino que quiso acabar con todos mis compañeros de inmediato, porque Herbert usó su palo de madera, que más que palo parecía varita mágica, para crear una explosión del demonio. Todo tembló, y el instinto me dijo que huyera por donde había llegado, retirándome hacia el ascensor y presionado botones de forma frenética, queriendo llegar a la maldita planta baja antes de quedar enterrado vivo. Pensé que sería el único sobreviviente, pero, cuando las puertas del ascensor estuvieron a punto de cerrarse, Alex se coló en el último segundo, y bajamos hasta la planta baja, respirando de forma pesada.

Apenas las puertas se abrieron, salimos como una exhalación hacia la salida de la base. Miramos hacia atrás, y vimos a Herbert romper el vidrio de su despacho. Con asombro y estupefacción vimos cómo ese anciano saltaba desde un segundo piso hasta caer cerca de nosotros sin siquiera hacerse daño en las rodillas. Corrimos como locos por los pasillos, respirando agitadamente, sin atrevernos a mirar atrás, en caso que ese maniático nos alcanzara.

Cuando llegamos a la salida del complejo, Alex me indicó que ascendiera por la cuerda que habíamos dejado atrás cuando entramos. Yo le miré como si se hubiera vuelto loco, pues yo jamás había hecho el servicio militar como para hacer lo que Alex me estaba pidiendo, y la fuerza en mis brazos era patética.

—¡Si quieres escapar, lo debes hacer! —me espetó Alex con impaciencia—. ¡Ese sujeto nos quiere matar, en caso que no te hayas dado cuenta! ¡Eres nuestra única esperanza de que el mundo sepa sobre el acelerador de partículas! ¡Así que, si quieres cumplir con tu propósito, debes escalar!

Diablos. Era una mierda estar obligado a hacer cosas que, en otras circunstancias, jamás podría hacer. Tragué saliva. Con el corazón en un puño, tomé la maldita cuerda, me aseguré de tenerla bien sujeta, y comencé a escalar. Era un suplicio, qué quieren que les diga, porque, al estar tan nervioso, las palmas de tus manos se vuelven sudorosas, y como que cuesta un poco mantener el agarre, solamente un poco. Tuve que enredar un poco la cuerda entre mis manos para que no se soltaran, y así, mientras los segundos pasaban, y Herbert seguía acercándose, fui acercándome a la boca del túnel, donde la cuerda se encontraba anclada. Al final, haciendo un último esfuerzo (y sentía que mis brazos ardían), conseguí llegar a la boca del túnel. Escuché un rifle de asalto ser disparado, y, segundos más tarde, escuché una explosión que no solamente sacudió las paredes de la cueva, sino que mis huesos también.

Pensando que Alex estaría hecho pedazos, volví a tragar saliva, e inicié el camino de retorno hasta las cloacas, donde el único miembro vivo del equipo de infiltración nos esperaba. Mi corazón aún latía con desesperación a causa de la acción de hace unos momentos atrás, y tanto mis manos como mi frente brillaban a causa del sudor. Traté de darle ritmo a mi respiración para poder calmarme siquiera un poco, y, mientras lo hacía, me di cuenta que la cámara de video adosada a mi frente seguía transmitiendo. La apagué, considerando que ya no había nada más que reportar, y seguí mi camino hasta la cámara de inspección.

—¿Y los otros? —me preguntó el único sobreviviente del equipo.

Respiré hondo antes de responder. Lo peor que podía hacer era entregar malas noticias sin estar calmado.

—No… no lo consiguieron —dije, sin evitar jadear un poco—. Herbert, el tipo detrás del acelerador de partículas, los mató a todos, incluyendo a Alex.

—Es una pena —dijo Hopkins, suspirando—. Pero todos sabíamos que éste podía ser un viaje solamente de ida. Por eso Alex me dijo que me quedara atrás, en caso que las cosas no salieran de acuerdo al plan. ¿Estás listo para salir de aquí?

—Dame un momento, por favor —dije, y Hopkins asintió en señal de aprobación. En realidad, no necesitaba el tiempo para descansar, sino para procesar lo que había ocurrido en la base. Pese a que debíamos estar preparados para cualquier cosa, ninguno de nosotros había siquiera albergado la posibilidad que Herbert Dixon poseyera poderes mágicos, y que los supiera usar tan bien. Pero, entre todo el aura de fatalidad, me di cuenta que Herbert, pese a que estaba loco de atar, había cumplido con su promesa de que yo saldría con vida del lance. ¿Tendría razón en lo que dijo sobre el plan? ¿Sería demasiado tarde para detenerlo?

Escuché unos pasos que provenían del interior de las cloacas. Eran lentos y acompasados. Mi corazón saltó a la garganta. Era posible que se tratara de Herbert Dixon, buscando matar al último miembro del escuadrón de incursión, dejándome como el único sobreviviente de una masacre, solamente para contarle al mundo una crónica de un plan anunciado. Tanto Hopkins como yo crispamos los puños, preparándonos para una nueva tragedia, pero el hombre que apareció entre las sombras no era Herbert.

—Caramba, por las caras que tienen, parece que han visto a un fantasma —dijo Alex, en un tono casual, con una sonrisa en la cara y con el rifle de asalto al hombro.