CXX
Salvar o destruir, Parte 2

CERN, 30 de septiembre de 1996, 01:45p.m.

Herbert Dixon sabía que las Sailor Senshi iban a llegar en algún momento, pero no tenía ningún plan sofisticado para enfrentar la situación. No lo necesitaba. También sabía que Sailor Mercury intentaría detener el funcionamiento del acelerador de partículas con su software llamado Alfombra Roja. Lo que ella podría no saber era que había tomado medidas para ello. Contar con información confidencial sobre todas las actividades de la NSA le había permitido tomar medidas para eliminar la ventaja que poseía Sailor Mercury sobre cualquier sistema computacional. Aquello le daba la oportunidad que necesitaba para hacer lo que quería hacer. Había tomado la decisión mientras sufría uno de aquellos molestos dolores de cabeza. De algún modo, había llegado a la conclusión que negociar era la mejor solución para que el acelerador de partículas cumpliera con su función. Pese a que era una apuesta del demonio, Herbert ya no era capaz de decirle que no a las voces dentro de su cabeza. Le molestaba darse cuenta que todo el esfuerzo que había hecho el profesor Tomoe para librarlo de las jaquecas no hubiera servido para nada. Había bastado con el retorno de Sailor Galaxia para que los dolores de cabeza volvieran a incordiarle. Sin embargo, si las Sailor Senshi estaban ahí, eso significaba que Sailor Galaxia debió haber sido derrotada, pero los dolores de cabeza continuaban. No obstante, no tenía tiempo para investigar más a fondo lo que le ocurría. Primero debía lidiar con las Sailor Senshi, específicamente, con una de ellas.

—Es inútil tratar de detener el proceso —dijo Herbert, mirando a cada una de las Sailor Senshi presentes, especialmente a la que le interesaba—. He diseñado cortafuegos que pueden neutralizar Alfombra Roja. Curiosamente, fue la misma tecnología de Sailor Mercury, obtenida por Desmond Hudson, la que permitió desarrollar dichos cortafuegos especiales.

—Puede ser —dijo Sailor Uranus, dedicando una mirada fulgurante a Herbert, a quien jamás había visto en su vida—, pero podemos detenerte a ti. Eres uno solo, y nosotras somos varias. ¡No tienes oportunidad!

—¿Cuánto quieres apostar? —desafió Herbert, apretando su arma con firmeza—. Ya he derrotado Sailor Senshi en el pasado. Puedo hacerlo nuevamente.

—No a tantas al mismo tiempo —contestó Sailor Uranus, adelantándose a las demás, y recibiendo una mirada de advertencia de Sailor Neptune, la que hizo caso omiso—. Si atacamos todas al mismo tiempo, te haremos polvo, ya lo verás.

—Pues algo me dice que no lo harán —repuso Herbert, clavando su mirada en la Sailor Senshi que se había ganado su interés—. No creo que todas estén de acuerdo en que yo deba morir.

—Pues estás equivocado —dijo Sailor Saturn, apuntando a Herbert con su alabarda—. No hay un acuerdo más generalizado en derrotarte que el que tenemos nosotras. Sentirás la furia de cada Sailor Senshi que has asesinado en el pasado.

—Difícilmente puedo esperar por eso —dijo Herbert, blandiendo su arma, y conjurando su confiable látigo de luz—. ¡Vamos! ¿Qué esperan? Demuestren que pueden derrotarme.

Las Sailor Senshi se miraron entre sí, y asintieron con la cabeza. Todas ellas, incluyendo a Tuxedo Mask, se prepararon para atacar a Herbert al mismo tiempo. Herbert no hizo nada, sin embargo. Se quedó mirando a las Sailor Senshi, como atento al más mínimo movimiento, preparado para hacer el suyo.

Apenas una de las Sailor Senshi comenzó a mover un brazo hacia delante, Herbert dio un giro de noventa grados, y lanzó su látigo hacia un punto a su derecha. El extremo del látigo dio en una consola llena de botones, pero uno de ellos destacaba de los demás, porque era más grande y redondeado.

Solamente Sailor Neptune había alcanzado a atacar a Herbert, y su técnica lo lanzó contra la pared posterior del laboratorio. Cayó al suelo de espaldas, pero consideraba que aquello era un masaje comparado con lo que le había hecho a ellas. Sacudiéndose la cabeza, se puso de pie, y vio, para su satisfacción, que todas las Sailor Senshi, menos la que le interesaba, había sido atrapada en un campo de fuerza similar a los que rodeaban el complejo científico, con la diferencia que también incluían campos de estasis. Tuxedo Mask había corrido la misma suerte.

—Bien —dijo Herbert Dixon, mirando a la Sailor Senshi de su interés, quien miraba a sus compañeras con miedo y preocupación—. Debo admitir que es un plan bastante crudo y cliché, pero funcionó a la perfección. Ahora, si me lo permites, tengo un punto que dejar claro aquí. Y, solamente para que no haya juego sucio, debo adelantarte que, aunque tus compañeras tengan esos brazaletes puestos, la exposición constante al campo de energía las irá debilitando de forma lenta pero sostenida. Eventualmente, morirán, pero lo harán más rápido si intentas atacarme de cualquier forma que se te ocurra. Ya que hemos aclarado ese detalle, ¿qué te parece si comenzamos… Sailor Moon?

Tokio, 01 de octubre de 1996, 04:33a.m.

Pese a que la guerra era constante, y había victorias y derrotas en ambos bloques beligerantes, Sailor Silver Moon tenía sus ratos de descanso. Había pasado dos años transformada en Sailor Senshi, había salvado a cientos de ciudadanos japoneses, y matado a muchos más soldados del Frente Occidental, y, pese a todo, había podido pegar pestañadas razonablemente largas, lo que le permitía siempre tener energías para seguir combatiendo. No se podía decir lo mismo de Sailor Chibi Moon y el Sailor Quartetto, porque ellas estaban más enfocadas en salvar gente. No importaba que fuese día o noche, siempre había bombardeos, o invasiones por parte de pelotones enemigos, los que, de forma invariable, ponía a los ciudadanos en riesgo, y ellas no podían estar en todas partes al mismo tiempo. La perspectiva de no ser capaces de salvar a todos les afectaba bastante, aunque la lógica dictara que aquello no siempre sería posible, y el cansancio y el desaliento eran una constante en Sailor Chibi Moon y sus guardianas.

Esa madrugada, Sailor Silver Moon, Sailor Chibi Moon y el Sailor Quartetto descansaban en una de las tantas habitaciones de un hotel a medio destruir a causa de los bombardeos a gran altura. Sailor Chibi Moon y sus compañeras no podían dormir aunque lo quisiesen. Ver a tanta gente morir a causa de las balas, las bombas y los proyectiles teledirigidos les impedía conciliar el sueño, porque los horrores de la guerra estaban grabados a fuego en sus retinas. Sailor Silver Moon, por otro lado, había experimentado de primera mano lo que significaba pelear en una guerra, y se había acostumbrado a los gritos, al dolor y a los horrores. Aquellas razones le permitían dormir, pese al silbido de las bombas caer sobre la ciudad.

—Chicas —dijo Sailor Chibi Moon, con la cabeza gacha, tomando con una mano una taza de leche con chocolate—, ¿ustedes creen que podremos salir de esta?

—Podremos salir —repuso Sailor Ceres, tratando heroicamente de mantener la cabeza en alto, lográndolo a medias—, pero no lo haremos sin secuelas. Veremos a cada momento a todas las personas que no conseguimos salvar.

—Pensé que esto sería más divertido —añadió Sailor Pallas, recostada de espaldas sobre el suelo, mirando sin ver el techo—. No lo es para nada.

—Es más difícil de lo que pensamos —intervino Sailor Vesta, quien, como su líder, miraba hacia el suelo, luciendo devastada—. No puedo evitar sentirme culpable por todas esas vidas que se han perdido porque no fuimos lo suficientemente rápidas.

—Es más fácil matar que salvar, al menos para mí —dijo Sailor Juno, quien se encontraba de pie, mirando por uno de los boquetes dejados por las bombas, viendo edificios en llamas, casas destruidas y escuchando lamentos por doquier—. Cuando matas, no te preocupas por las vidas que tomas… al menos en el momento.

Ninguna dijo algo más después. Solamente se podían escuchar el sonido de las bombas, las ametralladoras, y el ocasional brillo de color que indicaba la presencia de un escuadrón de la Fuerza Omega. El Sailor Quartetto había tenido varios encuentros con ellos, y eran, por lejos, la peor amenaza que debían enfrentar. Poseían habilidades que solamente una Sailor Senshi poseía, y lo más grave era que algunos de ellos podían emplear más de una técnica al mismo tiempo, y las podían combinar, con efectos devastadores sobre sus enemigos. Sailor Vesta casi había sucumbido a manos de uno de aquellos terribles soldados, pero Sailor Silver Moon la salvó en el último minuto. Ella era la única presente que podía contender contra los efectivos de la Fuerza Omega y vencer.

Ya casi eran las cinco de la mañana cuando Sailor Silver Moon despertó. Se masajeó los ojos, cogió un vaso con agua que descansaba sobre un velador cubierto de polvo, y lo bebió de un solo trago. A continuación, miró a Sailor Chibi Moon y al Sailor Quartetto como si fuese un sargento frente a un pelotón de cadetes.

—Es hora de seguir peleando —dijo, aplaudiendo dos veces para llamar la atención de sus demás compañeras—. ¿Qué mierda les pasa?

—¿Qué nos pasa? —preguntó Sailor Ceres como si no pudiera entender el punto de la pregunta—. ¡Hemos estado peleando por dos años sin parar, ¿y nos preguntas qué nos pasa?! ¡No somos como tú!

Sailor Silver Moon se irguió en toda su estatura, y tomó a Sailor Ceres por el uniforme, alzándola en el aire sin problemas.

—Y asumo que la guerra se va acabar porque tú estás cansada de pelear —gruñó, acercando su cara a la de Sailor Ceres con brusquedad—. ¡Eres una Sailor Senshi, por la reverenda mierda! ¡Tu deber es defender a las personas de cualquier amenaza que se ponga en el camino! Nadie dijo que esto iba a ser un paseo por el parque o unas malditas vacaciones. Esto es una guerra, y la única forma de sobrevivir es seguir combatiendo, hasta las últimas consecuencias. Eso es lo que pasa cuando tratas de salvar a medio mundo, cuando no siempre es posible. Gente va a morir, hagas lo que hagas. Ya es tiempo de que lo aceptes, y me refiero a que realmente lo hagas, que no quede en un condenado discurso que nadie va escuchar. Ahora, y esto va para todas ustedes, salgan allá afuera, y demuestren de lo que son capaces. ¡Vamos, vamos, vamos! ¡A pelear!

De a poco, el Sailor Quartetto se fue poniendo de pie, estirando las extremidades y masajeándose los ojos. Sailor Vesta, Sailor Juno y Sailor Pallas bajaron las escaleras en silencio, pero Sailor Ceres, después que Sailor Silver Moon la bajara con más gracia, se quedó mirándola, para luego hablar con una voz más animada que la de antes.

—Deberías trabajar dando charlas motivacionales —dijo, antes de acompañar a sus amigas—, de preferencia, sin tratar mal a las personas que quieres motivar.

Sailor Silver Moon gruñó por toda respuesta.

Sailor Chibi Moon, por otro lado, seguía sentada con la cabeza gacha, pero había un expresión un poco más decidida en su cara.

—¿Has caído en la cuenta que todas quedaremos con secuelas después de esto?

—Rini —dijo Sailor Silver Moon, arrodillándose delante de ella y tomándole la cabeza cariñosamente—. Eso yo lo sé mejor que nadie. ¿Por qué crees que soy como soy? No es porque yo quiera ser así. La de veces que he tenido que presenciar cosas horribles durante las guerras que he peleado en el pasado, y créeme, en su momento fueron experiencias debilitantes, que no te dejaban dormir en las noches a causa de las pesadillas. Lo que no te mata, te hace más fuerte. Tienes que resistir, Rini. Eres la hija de Sailor Moon. Eres más que capaz de pasar por esto con la cabeza en alto. Ahora, quiero que salgas allá afuera, y patees algunos traseros, ¿de acuerdo?

Sailor Chibi Moon permaneció por un rato en silencio, antes de alzar la cabeza y mirar directamente a los ojos de Sailor Silver Moon.

—De acuerdo —dijo, mostrando una sonrisa.

CERN, 30 de septiembre de 1996, 1:57p.m.

—Así que tú eres quien quiere matar a miles de millones con este acelerador de partículas —dijo Sailor Moon, mirando a Herbert con una expresión dura en su cara—. ¿Qué te has creído?

—Sabía que no entenderías, al menos en un principio, lo que quiero hacer —dijo Herbert, acercándose de a poco a Sailor Moon—. Pero, eventualmente, lo harás. Confío en que así será.

—¡Por supuesto que no entiendo! —exclamó Sailor Moon, pero no tenía intenciones de sacar su cetro. Viendo el estado en el que se encontraban sus compañeras, creía que la mejor forma de detener el funcionamiento del acelerador de partículas era tratando de convencer a Herbert Dixon de que lo que estaba haciendo iba a acabar con la humanidad por completo, al igual que con incontables otros seres vivos—. ¿Qué pretendes lograr con lo que estás haciendo?

Herbert sonrió. Aquella era precisamente la pregunta del millón. Y la respuesta a esa pregunta haría que Sailor Moon entendiera que lo que estaba haciendo era necesario.

—Antes de responder, me gustaría preguntarte algo primero. ¿Qué entiendes por salvar al mundo?

Sailor Moon sabía la respuesta a esa pregunta. Era bastante simple, al menos para ella. Pero también sabía que Herbert le había dicho esas palabras por una razón, y asumía que él tendría un punto de vista distinto de lo que implicaba salvar al mundo.

—Para mí, es proteger a todos los seres vivos de cualquier amenaza —repuso Sailor Moon, con fuerza y convicción—. Y cuando digo todos, me refiero a absolutamente todos. No hago diferencia entre clases sociales, religión, color político, género, raza o especie. Pero dudo que sea algo que puedas entender.

Herbert quedó en silencio por un rato, ponderando las palabras de Sailor Moon. Eran bastante similares a las que había dicho Sailor Silver Moon en su momento, y se dio cuenta que la chica frente a él estaba preparada incluso para dar su vida por su causa.

—Bueno, por lo menos estamos de acuerdo en algo —dijo Herbert, jugueteando con su arma—. Yo tampoco hago esa clase de diferencias. Pero creo que las similitudes terminan ahí. Tú quieres salvarlos a todos sin tener que matar a nadie. Ese es tu problema, Sailor Moon. Actúas pensando que todas las personas de este planeta son un santos que no matarían ni a una mosca. Eres una ingenua de marca mayor, Sailor Moon. Hasta este momento, jamás has enfrentado a una amenaza que provenga de la misma humanidad que intentas proteger.

—A mí no me importa lo que hayan hecho las personas —contestó Sailor Moon, elevando un poco el tono de su voz—. Nadie merece morir.

—Dile eso mismo a la naturaleza —dijo Herbert calmadamente—. Parece que necesitas algunas clases de historia natural. O dime que los dinosaurios no merecían morir, porque eran seres vivos también. ¿Por cuántos años dominaron el planeta? ¿Ciento cincuenta millones de años? Para nosotros, es una eternidad. Los dinosaurios no contaminaban el agua con derivados del petróleo, no se mataban entre sí por ideologías absurdas, no se pisoteaban entre sí por dinero y poder, no subyugaban a las otras especies simplemente porque eran inferiores, y, por supuesto, no libraban guerras en el nombre de alguna religión o algo por el estilo. Ellos no merecían morir, pero lo hicieron. Fueron extinguidos por un meteorito hace sesenta y cinco millones de años. Hoy ya no existen. Solamente sus descendientes pisan la Tierra en este momento. La extinción es una regla natural en este universo, y tú vas en contra de ella, salvando a seres que no merecen ser salvados.

—O sea, según tú, ¿la humanidad tuvo su oportunidad?

—Tuvo muchas oportunidades —aclaró Herbert, también elevando un poco el tono de su voz—. Cuando el emperador Constantino convocó el Concilio de Nicea, tuvo la oportunidad de crear una verdadera iglesia, una que tuviera en cuenta todo lo que había pasado desde el punto de vista histórico, crear una religión que fuese emergente, no establecida, que se adaptara al nuevo conocimiento y que la búsqueda divina no fuese otra cosa que la búsqueda de la verdad que nos rodea, adonde quiera que nos llevase. Pero no fue así. En el Concilio de Nicea, lo único que se hizo fue utilizar el mito para controlar sociedades. En lugar de enseñarnos que nadie nos va a juzgar cuando nos muramos, que solamente seguiremos adelante con todas las experiencias de nuestras vidas, lo que habría dado esperanza a la humanidad, lo que nos enseñaron es a obedecer órdenes, o nos iremos al infierno, donde sufriremos eternamente. En lugar de crear una religión basada en la esperanza y en el amor, crearon una religión basada en el miedo. Y cuando controlas a la población a través del miedo, en algún momento va a haber alguien que pierda ese miedo, y vaya en contra de los demás. Es así cómo se inician las guerras. De hecho, fue así como surgieron las Cruzadas, la Inquisición y las demás atrocidades cometidas por defender la fe, o el status quo, como quieras llamarlo, porque son lo mismo. ¿Quieres un ejemplo más reciente? En octubre de 1962, la humanidad estuvo a punto de desaparecer por culpa de ideologías retrógradas. Y dices que quieres salvarlos a todos, cuando son los mismos humanos los que han viniendo autodestruyéndose desde tiempos inmemoriales. Troya, la Inquisición, las Cruzadas, las dos Guerras Mundiales, la Guerra de Vietnam, la Guerra del Golfo, la Guerra Fría, y tantos otros conflictos perfectamente evitables, si no fuese por las ansias de poder del ser humano. ¡Este mundo está enfermo, Sailor Moon! ¡No puedes salvar a un mundo enfermo! ¡Es como atacar los síntomas de una enfermedad en lugar de destruir la causa subyacente! Esa es la diferencia principal entre nosotros, Sailor Moon. Tú no estás dispuesta a ensuciarte las manos. No eres capaz de entender que para crear un mundo mejor, hay que derribar el anterior. ¿Acaso crees que no voy a lamentar las vidas que se van a perder por llevar a cabo mi plan? ¡Son miles de millones los que van a perecer! Estarán en mi conciencia hasta el día en que me muera. Pero puedo soportarlo, porque realmente creo que es necesario.

Sailor Moon se quedó en silencio, mientras Herbert trataba de tranquilizarse. Recordó algo que ella misma había dicho hace un par de años atrás, en mayo de 1994. Ahora que lo pensaba mejor, Herbert pensaba igual que ella en 1994, cuando dijo que la humanidad estaba pavimentando su propio camino hacia la extinción, y que las Sailor Senshi no podían hacer nada para evitarlo. La diferencia entre ella y Herbert, era que él había decidido tomar cartas en el asunto.

—¿Y qué ganas con adelantar lo inevitable?

—Si dejo que las cosas sigan su curso, podría hacer que la humanidad se extinga por completo —contestó Herbert, con una voz más calmada que antes—. También debes tener presente que yo he tenido responsabilidad en varias de las cosas que están ocurriendo ahora. Solamente estaba demostrando lo fácil que es para el ser humano ser seducido por el poder, y lo fácil que le resultaba estar dispuesto a librar guerras para ganarlo. Eso debe terminar, aquí y ahora.

Sailor Moon nuevamente se quedó en silencio, pensando en las palabras de Herbert. Sus métodos eran brutales, pero, al final del día, quería lo mismo que ella. ¿Era cierto, entonces? ¿Había que ensuciarse las manos para salvar a la humanidad, o a lo que quedara de ella?

—¿Y si puedo salvar a la personas necesarias para comenzar de nuevo?

Herbert sonrió, pero no era aquella sonrisa malvada de antaño. Era una sonrisa de felicidad, porque había logrado convencer a Sailor Moon de que su plan era lo mejor para la humanidad.

—Te invito a que lo hagas —repuso Herbert, luciendo mucho más tranquilo que cuando comenzó su conversación con Sailor Moon—. De hecho, es necesario que lo hagas. Si quiero crear un mundo nuevo, voy a necesitar de personas, las suficientes para retomar el equilibrio con la Naturaleza y vivir en un nuevo mundo en armonía. Sin embargo, hubo un momento en que pensé que yo debía ser el regidor del nuevo mundo, pero después de escucharte, creo que tú estás mejor posicionada para ese rol.

Sailor Moon tragó saliva.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque yo soy una criatura de este mundo —dijo Herbert, luciendo un poco apenado por la decisión que iba a tomar—, y muy pronto, este mundo va a desaparecer. Uno nuevo nacerá de sus cenizas, uno donde realmente se luche por el amor y la justicia. Y, hasta donde tengo entendido, esos son tus ideales. Serás la reina perfecta para el nuevo mundo. Yo desapareceré con este mundo, y tú serás quien guíe a la humanidad hacia el futuro.

Sailor Moon no podía decir nada. La propuesta de Herbert le había tomado por sorpresa.

—Tienes que decidir ahora —dijo Herbert, en un tono más urgente—. Si aceptas, activaré el acelerador de partículas y el plan seguirá su curso. Si no, no activaré el acelerador de partículas, y la humanidad se destruirá a sí misma. La decisión está en tus manos.