CXXI
Corresponsal de guerra
Londres, 25 de enero de 2000, 04:22p.m.
Durante los siguientes cuatro meses después de nuestra incursión al laboratorio de Herbert Dixon, yo y mis compañeros del Escuadrón Delta tratamos de vender nuestra historia a los medios de comunicación masivos, pero me daba la impresión que éstos de repente habían adoptado la política del avestruz, porque enterraron sus cabezas mediáticas bajo el suelo y no nos hicieron caso. Ni siquiera obtuvimos una negativa por parte de ellos. Solamente… silencio.
En algún momento, Alex pensó en olvidarnos de los medios de comunicación masivos, y realizar la transmisión nosotros mismos, pero después nos dimos cuenta que eso sería imposible. La información que obteníamos de la CIA era directa consecuencia del derecho del ex presidente MacArthur de recibir reportes de la agencia, pero hacer una transmisión a nivel mundial de nuestros hallazgos requería de los códigos de acceso que todo presidente poseía. Sin embargo, dado que aquellos códigos cambiaron cuando Tiberius Logan asumió la presidencia, no teníamos ninguna forma de transmitir sin que alguna agencia gubernamental lo notara y cortara la transmisión. Estábamos atados de manos y pies, y a ninguno de nosotros se le ocurría una idea sobre cómo avisar a todo el mundo que el acelerador de partículas no era lo que todos creían.
Un día, mientras veíamos un programa de televisión, tal programa fue interrumpido por el noticiero. Cuando nos enteramos que Japón le había declarado la guerra a Estados Unidos, todos tragamos saliva. Fue en ese momento que vimos la real razón por la que ninguna cadena televisiva o medio de comunicación masivo nos hizo caso. Sus ojos y oídos estaban puestos en las tensiones entre Estados Unidos y Japón, y casi no le prestaban atención a nada más. Era típico de los medios de comunicación que actuaran de ese modo. Cada vez que había una noticia de impacto global, como una guerra, una recesión económica generalizada o una pandemia, los noticieros y los periódicos no hablaban de otra cosa. Todo lo demás quedaba relegado a un segundo, o un tercer plano. Nada más ocurría que el "evento que sacudió al mundo". Pequé de ingenuo. Pensé que las tensiones entre Estados Unidos y Japón no escalarían al punto de desatar la Tercera Guerra Mundial.
Mientras mirábamos el televisor como posesos, oímos una explosión afuera de la casa franca. Aturdidos por el sonido, todos miramos por la ventana, y vimos a un pelotón de soldados que penetraron en la casa, acompañados de la policía local. Mis compañeros iban a tomar sus armas, pero Alex los detuvo, diciendo que no tenía sentido pelear, si claramente estaban sobrepasados en número.
Un par de soldados entró en la amplia sala de estar, apuntando sus armas a nosotros, y alzamos los brazos en señal de rendición. Uno de los policías entró también, mostrando su placa a cada uno de nosotros, de forma que no hubiera dudas de su autoridad.
—Alex Rivers, Jeremy Burns, y todos los demás, están arrestados por realizar operaciones ilegales en territorio norteamericano. Tienen derecho a guardar silencio. Si no ejercen ese derecho, todo lo que digan puede ser usado en su contra en una corte. Después de ser procesados, serán extraditados a Estados Unidos, donde se celebrará su juicio. Pueden llevárselos.
Mientras marchábamos a punta de rifle de asalto hacia el exterior de la casa, me pregunté cómo diablos la policía había dado con la ubicación de la casa franca, pero luego, la revelación me cayó cual yunque sobre la cabeza. Seguramente, Herbert Dixon debió haber informado a las autoridades sobre nuestras identidades y cómo encontrarnos. De todos modos, con la tecnología que contaba en su laboratorio, fácilmente pudo haber hallado la ubicación de la casa franca y pegado el chivatazo a la policía londinense. De todas formas, aquí iba nuevamente, esposado y en camino al tercer juicio en mi contra en dos años.
Ni me imaginaba cuál sería mi próximo destino.
El juicio había durado cinco meses, y ese día, el jurado estaba listo para entregar su veredicto. Mientras esperaba en el banquillo de los acusados, junto a Alex y los miembros que quedaban del Escuadrón Delta, recordé todo lo que había pasado en ese juicio. Por supuesto, todos habíamos sido clasificados como un peligro para la sociedad, y pasamos la mayor parte del tiempo en una prisión federal, junto con otros gorilas con tendencias sexuales dudosas. Sin embargo, hallé curioso que jamás llamaran a testificar a Herbert Dixon, pues, asumo, había sido quien nos encontró en primer lugar. En su lugar, declararon varios agentes de la CIA, el FBI y la NSA, quienes dijeron haber estado a cargo de buscarnos, facilitando evidencia creíble, o supuestamente creíble, como yo suponía. Por otra parte, nuestra defensa no pudo hacer gran cosa, porque todos los crímenes de los que se nos acusaban los habíamos cometido. El veredicto, como pasó en mi último juicio, fue predecible. Sin embargo, la sentencia me pilló con la guardia baja.
Resultaba que el juez había decidido que, por el tiempo que durara el conflicto, yo iba a actuar como corresponsal de guerra, en los teatros de operaciones más crudos. El juez también decidió que Alex me acompañara como mi cámara. De acuerdo, éste es el punto donde miro a la hipotética cámara que me seguía a todas partes, diciendo "¿qué diablos?". Aquella era la sentencia más poco ortodoxa que había escuchado nunca. Con todos los cargos en mi contra, creí que, por lo menos, me darían unos cien años de cárcel. Con esa cantidad tan disparatada de tiempo, tendrían que poner la lápida con mi sarcófago en mi celda. Pero no. En lugar de privarme de libertad, me dieron un trabajo. A los demás les dieron penas más ad hoc (149) a la situación.
Estuve dos días recluido en la misma prisión federal que en tiempos pasados durante el juicio, en una celda separada de la de Alex. La buena fortuna quiso que ningún mastodonte con ganas de marcha me saliera al paso y dejara un triste recordatorio de sus actos en mi trasero. Curiosamente, esos dos días no pasaron tan lento como pensé que lo harían. Normalmente, las cosas que uno temía parecían comportarse de ese modo, al menos hasta que llegué a la conclusión que era la emoción de tener un nuevo trabajo en lugar de una celda mugrienta.
Sin embargo, estaba equivocado.
¿Recuerdan que les dije que las cosas que uno temía tendían a darse más prisa en llegar que las cosas que uno esperaba? Pues era verdad. Aquel trabajo no era otra cosa que una pena de muerte solapada. Había esquivado una bala para que me atinara un misil. Me pregunto si han escuchado alguna vez la frase "de la sartén al fuego". Pues bien, aquella frase reflejaba muy bien mi situación en ese momento.
El día en que yo debía partir a Europa, me sentía como si hubiera dejado mi alma en la celda. Estaba sentado a bordo de un avión comercial, acompañado de Alex y unos oficiales del FBI de paisano. Yo sentía un pequeño placer perverso en darme cuenta que mi guardia pretoriana personal iba incómoda junto a mí, pues las organizaciones gubernamentales tenían esta curiosa tendencia de ahorrar en cuestiones logísticas, como viajes u hospedaje. El que un agente del FBI o la CIA se aloje en un hotel cinco estrellas siempre va a ser motivo de sospecha, porque el agente promedio sencillamente no luce ni tiene el porte y gracia de un hombre con varios millones de dólares en su cuenta bancaria.
Varias horas de viaje después (y me sorprendía que hubiera vuelos comerciales hacia zonas en conflicto armado), aterrizamos en Barajas. Si me preguntan qué diablos es Barajas, pues les respondo que es el aeropuerto principal de la ciudad de Madrid, España. Y era precisamente a unos treinta kilómetros de la capital española que se encontraba uno de los frentes más crudos de la Tercera Guerra Mundial. El Bloque Oriental había capturado varias posiciones en los alrededores de Madrid, y se aprestaban para tomar la capital. El objetivo era destruir la estructura de poder del país, de forma de facilitar la ocupación, o al menos eso fue lo que me informaron los agentes del FBI que me acompañaban. Me escoltaron hasta un hotel en el centro de la ciudad, y, una vez allí, me explicaron que no me preocupara de los costos, porque estaban siendo cubiertos por el gobierno. Me pasaron el equipo necesario para realizar transmisiones en vivo, una cámara voluminosa para Alex, dispositivos de memoria y una laptop con conexión satelital a internet. Yo arqueé una ceja. El gobierno se estaba tomando demasiadas molestias para que nosotros hiciéramos nuestro trabajo, solamente para que seamos eliminados por fuego de mortero, o por la temible Fuerza Omega, cuyos efectivos habían sido desplegados en todos los teatros de operaciones de la guerra.
El hotel era decente, con camas mullidas y un baño en buen estado. La vista pudo haber sido mejor, pero, viendo las circunstancias en las que yo mismo me había metido, no puedo exactamente quejarme. Después de tomarme una ducha, revisé el equipo que el gobierno me había provisto, y me mostré conforme. Claro, el que te pusieran la mejor tecnología disponible para realizar periodismo sin necesidad de una cadena televisiva detrás de ti iba más allá de la conformidad. Para asegurarse que yo cumpliera con la pena, los agentes del FBI se quedaron en el mismo hotel que yo, solamente que unos pisos más abajo, de modo que pudieran verme salir junto con Alex del inmueble rumbo a la zona de guerra. Esa noche dormimos de forma intranquila. ¿Cómo podría ser de otro modo? Nos esperaba la muerte allá afuera. Y eso era justamente lo que esperaba el sistema judicial norteamericano. Las leyes federales prohibían las penas de muerte, y la pena que me habían dado sorteaban dichas leyes, pues no se especificaba un método específico de muerte. ¡Qué suerte la mía!
El siguiente día sería uno aterrador.
Despertamos, desayunamos, y partimos a la zona de guerra. Íbamos en un jeep, cortesía del ejército español, hacia las trincheras, donde tenía lugar la acción en ese momento. Nos bajamos en la periferia del campo de batalla, tragando saliva tantas veces que se nos secó la boca. Nos entregaron unas cantimploras con agua, y realmente estuvimos tentados en beber todo el contenido de una sola sentada, pero, por fortuna, nos contuvimos. Sin embargo, aunque hubiéramos solucionado, hasta cierto punto, el tema de la hidratación, aún temblábamos como si, en lugar de hallarnos en un campo de batalla, nos encontráramos en el Polo Sur. El caso de Alex era menos notorio, porque era un soldado, pero uno que jamás había estado en una guerra de ese calibre. El mío era perfectamente entendible, porque lo más parecido a una guerra en la que he estado alguna vez, fue cuando me infiltré en la embajada inglesa para rescatar a Lucy Warren. Y, seamos honestos, aquella no era una guerra, en absoluto. Era una maldita refriega de mierda, con un solo pelotón de soldados y un puñado de Sailor Senshi como los bandos involucrados. Esto… es muy diferente a todo lo que he experimentado antes.
Lo único bueno de la situación era que yo era quien escogía la forma de mostrar la guerra. De ese modo, le dije a Alex que me siguiera y que filmara el interior de las trincheras. Le indicaba hacia dónde debía apuntar su cámara, y yo iba diciendo algunas palabras explicativas. Había soldados refugiados en la trinchera, unos más compuestos que otros. Algunos escuchaban música mientras sostenían sus rifles de asalto, otros temblaban de la cabeza a los pies. Había heridos de todos los tipos. Había quienes solamente tenían rasguños, que enseñaban a otros a modo de trofeos, otros estaban cubiertos de sangre, la suya o la de alguien más, y había un grupo bastante apreciable de soldados a quienes les faltaba una pierna, un brazo, o un ojo. Los médicos deambulaban de aquí allá, poniendo vendas, suturando heridas o amputando extremidades. Fue cuando me di cuenta de una cosa: por mucho que hubiera avanzado la medicina desde la última guerra mundial, las cosas seguían siendo más o menos iguales cuando se trataba de tratar heridas en el campo de batalla. Aparte que la modernidad había traído nuevas y más mortíferas formas de matar gente. Era como si Sailor Silver Moon jamás hubiese existido, porque había sido su sacrificio el que puso fin a la Guerra Fría y a los afanes de la extrema derecha norteamericana.
Todo esto es una mierda, una soberana y reverenda mierda.
¿Qué diablos empujaba a la humanidad a matarse entre ellos? ¿Poder? ¿Dinero? ¿Total dominio? Ya he reflexionado en otras ocasiones sobre la futilidad de las guerras como métodos de resolución de conflictos, pero aquello lo había pensado sin haber estado en el meollo del asunto. Ahora que lo estaba, y que había probado un trago de lo que implicaba estar en el ruedo, viendo las balas surcar el aire, las bombas silbar y los soldados gemir de dolor, entendí que no sabía nada sobre la guerra. No sobre el concepto de ésta, sino de su lado humano, o debería decir, inhumano. El ser humano era la única especie en todo el mundo que se mataba entre sí por conceptos abstractos, como la libertad, el poder, la dominación, ideologías, lo que te venga a la mente. Cualquier concepto que englobe dos puntos de vista opuestos es susceptible de convertirse en una excusa para salir a matar al que no está de acuerdo con el otro. Si antes pensaba que los seres humanos éramos mezquinos y miserables, lo que estaba viendo en ese momento me convenció completamente. Éramos los seres más ruines del mundo, y merecíamos de largo que nos extinguiéramos. Tal vez eso era lo que Herbert Dixon quería que entendiera. Tal vez era por eso que me quería con vida. En una de esas, hasta pudo haber movido hilos para que mi sentencia fuese cubrir los aspectos más crudos de la guerra. De golpe y porrazo, me había convertido en un mensajero.
¿A esto me había llevado todo lo que viví desde que mi colega y amigo Richard Aynesworth me instara a que investigara las malformaciones en Kent? ¿Qué habría sido de mí si no hubiera seguido su consejo? Seguramente seguiría siendo un reportero gráfico cubriendo nacimientos de quintillizos en hogares plagados de termitas. Seguramente tendría más dinero que el que tengo ahora en mi cuenta bancaria, y una vida tranquila, viendo la guerra desde la relativa comodidad de mi departamento. Pero habría desventajas, y la más grande de ellas era representada por una persona.
Nicole.
¡Por Dios que la extrañaba! En todos los momentos en que la pasaba solo, o en noches de insomnio, la recordaba. Tenía la apariencia de un ángel, y la personalidad y desplante de una modelo, una inteligencia por sobre la media, y una determinación que tapaba bocas en todas partes. Y, aún así, se había fijado en este pobre reportero con cara de gárgola. En ese momento, mientras reporteaba los horrores de la guerra, la eché de menos más que nunca. Y pensar que ni siquiera me habían permitido conocer su último lugar de descanso.
No obstante, el destino tenía una última carta que mostrar en cuanto a mi vida, y un nuevo papel para que yo lo desempeñara. Y terminaría siendo mucho más importante de lo que jamás me había atrevido a imaginar.
(149) Apropiado, adecuado.
