No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la grandiosa Anne Marie Winston. Yo solo me divierto un poco.
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Emmett terminó de fregar los platos de los perros, a los que ya había sacado de paseo. Al darse cuenta de la hora que era, se percató de que iba a tener que darse un poco de prisa si no quería llegar tarde a cenar con su vecina.
Estaba seguro de que el traje que había llevado al trabajo estaba limpio, pero no quiso arriesgarse, así que se cambió.
Se puso unos pantalones limpios, eligiendo unos de tela en lugar de vaqueros, y un cinturón marrón. Identificaba cada prenda por una diminuta etiqueta en lenguaje Braille que todas llevaban.
Pasó de largo ante los trajes y las camisas de trabajo, que estaban en las perchas de metal, y llegó a las de plástico, su sistema personal para localizar la ropa informal.
Sí, decidió cambiarse también de camisa porque no le apetecía nada presentarse en casa de Rosalie con una mancha de tinta o de comida. No daría buena impresión.
Estaba pasando los dedos sobre la etiqueta para saber de qué color era cuando se encontró preguntándose desde cuándo le importaba a él causarle buena impresión a una mujer.
Emmett terminó de vestirse rápidamente y llamó a los perros. Le puso el arnés a Eddie y la correa a Pixie, que intentó repetidamente ponerse entre él y el perro guía. Al final, Emmett tuvo que hablarla en tono serio, lo que hizo que la perra se escondiera detrás de él como si la hubiera pegado.
—Lo siento mucho, cariño —le dijo mientras esperaba ante la puerta de la casa de Rosalie Hale a que le abriera—. Estoy haciendo todo lo que puedo para que esto salga bien.
—¿Para que qué salga bien qué? —le preguntó Rosalie al abrir la puerta.
Emmett se rió.
—Lo siento, normalmente no voy por ahí hablando con mis perros.
—¿De verdad? —le dijo divertida.
Emmett se quedó pensativo.
—Bueno, puede que a veces lo haga.
—No me extraña. Los perros prestan más atención que las personas —le dijo echándose a un lado para dejarlo pasar—. Por favor, pase, siéntese y dígame de qué venían hablando.
—Busca una silla —le dijo Emmett a Eddie entrando en casa de Rosalie.
—No sabía que les enseñaran cosas así —comentó Rosalie viendo que Eddie guiaba a su amo a través del salón hasta una butaca.
—Buen chico —le dijo Emmett al perro—. No es una orden que se suela enseñar en la escuela, pero, cuando me dieron a Pixie, otro ciego me sugirió que podía ser de utilidad enseñarle cosas como «busca la puerta». Me han contado de gente que incluso enseña a sus perros a encontrar a un miembro determinado de la familia en una tienda.
—¿Cuánto tiempo hace que tiene a Eddie?
—Acabamos de salir de la escuela de entrenamiento hace dos semanas.
—Vaya, yo creía que llevaban mucho más tiempo juntos —comentó Rosalie sorprendida.
Emmett sonrió.
—Es un buen perro. El hecho de que yo ya haya tenido otro antes me ayuda mucho. Cuando te dan al primer perro, le tienes que enseñar todo, pero con el segundo ya es diferente. Por cierto, ¿dónde está Pixie? —se extrañó Emmett tocando el aire con la mano derecha.
—Oh, está aquí, conmigo —contestó Rosalie—. Le estoy haciendo mimos. ¿Está permitido?
—Sí, claro que sí. A menos que el perro esté trabajando —le explicó Emmett—. Supongo que estará encantada. Desde que tengo a Eddie, está cada vez más deprimida.
—¿Cómo lo sabe?
Emmett se encogió de hombros.
—No come como antes. Se limita a olisquear la comida y a dejarla en el plato. Además, está como… apagada. Antes, era una perra muy alegre que se pasaba el día moviendo el rabo.
—Me parece impresionante que los perros se puedan deprimir, pero supongo que tiene sentido. Me comentó que habían estado juntos ocho años, ¿no?
—Sí. Acaba de cumplir diez años —suspiró Emmett—. A veces, me planteo que tendría que haberla entregado. En muchas ocasiones, la familia que los cría de cachorro, los quiere y, si no es así, la escuela tiene una lista de familias que quieren adoptar perros jubilados.
—¿Cómo se iba a deshacer de ella después de todo lo que han vivido juntos?
Así que lo entendía. Emmett sintió un inmediato afecto por aquella mujer.
—Eso fue exactamente lo que yo pensé. No es fácil para una persona ciega como yo que vive sola ocuparse de dos perros, pero no podía deshacerme de ella. Para mí, es como de la familia.
—Ya me lo imagino —murmuró Rosalie—. Yo no creo que pudiera hacerlo tampoco —añadió cambiando el tono de voz para dirigirse a la perra—. Eres una preciosidad, cariño.
Al oírla hablar así, Emmett sonrió.
—A ver si lo adivino. Se ha puesto patas arriba para que le haga caricias en la tripa.
—Vaya, veo que se lo hace a todo el mundo.
—Sí, es muy mimosa —contestó Emmett acariciando a Eddie y disfrutando del cómodo silencio.
—Perdón por hacerle tantas preguntas —se disculpó Rosalie al cabo de unos segundos—. Supongo que estará harto de que todo el mundo le pregunte por los perros o por cómo se quedó ciego.
Emmett se encogió de hombros.
—Terminas acostumbrándote. Al principio, no lo podía soportar, pero forma parte de mi nueva vida.
—Así que no es usted ciego de nacimiento. Ya me parecía a mí.
—No, me quedé ciego con veintiún años. Estaba en la universidad y me caí por un balcón durante una fiesta de la fraternidad. Aterricé de cabeza.
—Madre mía. Tiene suerte de estar vivo.
—Así es.
—Una fiesta de la fraternidad, ¿eh? ¿Son tan salvajes como dicen?
Emmett sonrió.
—Sí, por lo menos en mi época lo eran. Aquella noche yo no había bebido. Lo que ocurrió fue que un chico que había detrás de mí tropezó y cayó sobre mí. Fue mala suerte.
—¿Y le dijeron que había quedado ciego inmediatamente?
—No, no fue inmediatamente —contestó Emmett recordando aquellos primeros días en el hospital.
Isabella había estado con él cuando le había preguntado al médico por su vista.
—Cambiemos de tema —anunció Rosalie—. Me parece que ha llegado el momento de que sea usted el que haga las preguntas.
Fue entonces cuando Emmett se dio cuenta de que había permanecido en silencio demasiado tiempo. Desde luego, no era difícil darse cuenta de que estaba completamente fuera de los círculos sociales. Conversar con los clientes era muy diferente a salir con una chica. Aunque aquello no fuera una cita de verdad.
—Lo siento. Me hace recordar muchas cosas. Fueron momentos de grandes cambios para mí.
—Ya me lo imagino —murmuró Rosalie.
Emmett decidió aceptar su oferta.
—¿Y usted a qué se dedica? ¿En qué trabaja?
Al instante, sintió una gran tensión y se sorprendió pues suponía que preguntar por el trabajo era terreno seguro.
—Ahora mismo no estoy trabajando —contestó Rosalie—. Tengo un par de entrevistas esta semana, así que espero tener contestación para esa pregunta muy pronto.
—Muy bien.
Emmett pensó que, probablemente, habría perdido el trabajo recientemente y, dado que eso solía suceder en circunstancias difíciles, tal vez se sintiera avergonzada y humillada.
—¿Y qué tipo de trabajo le gustaría hacer?
—Una de las entrevistas que tengo es en una guardería y la otra en una escuela de enseñanza primaria —respondió Rosalie—. Sin embargo, lo que realmente me gustaría hacer es ir a universidad y aprender a enseñar.
—¿A niños de qué edad?
—No lo sé —contestó Rosalie—. Me gustan los niños pequeños, pero lo cierto es que no he tenido mucho contacto con adolescentes y eso también me llama la atención, así que no me cierro a nada.
—¿Entiendo entonces que es la primera vez que va a trabajar con niños?
—Sí contestó —Rosalie poniéndose en pie—. ¿Quiere beber algo?
—¿Tiene té con hielo?
—Sí. ¿Con azúcar o con limón?
—Con limón, por favor.
Emmett se quedó escuchando cómo Rosalie cruzaba el salón en dirección a la cocina y se dio cuenta de que sus casas eran exactas, pero al revés. Se sorprendió al darse cuenta de que Pixie había seguido a su anfitriona.
¿Habían sido imaginaciones suyas o se había puesto nerviosa en cuanto había mencionado su pasado? ¿Había sido una coincidencia que se hubiera puesto en pie inmediatamente después de su pregunta y que no le hubiera dado absolutamente ninguna información sobre lo que hacía antes de mudarse a Gettysburg?
Emmett oyó el ruido de unos cubitos de hielo cayendo en un vaso y, a continuación, Rosalie volvió con su té.
—¿Quiere que se lo deje en algún lugar en particular?
—¿Hay alguna mesa cerca de mí?
—Sí, a su derecha.
—Entonces, ahí está bien.
Emmett oyó que avanzaba hacia él y escuchó que dejaba el vaso sobre la mesa. Al hacerlo, percibió la fragancia limpia de mujer.
La tenía muy cerca.
¿Sería alta? Tenía la impresión de que sí porque, cuando hablaban, su voz no procedía de abajo.
—Ya está. Le he dejado el vaso en la esquina de la mesa que está más cerca de usted.
—Gracias —contestó Emmett alargando el brazo y tocando el vaso.
—De nada —contestó Rosalie—. La cena estará lista en breve. No he querido jugármela y he hecho pollo asado.
—Me encanta el pollo asado. ¿Con patatas?
—Sí, con patatas asadas también.
—¿Y con crema agria y queso todo mezclado y vuelto a poner en la carcasa de las patatas? —preguntó Emmett esperanzado.
—En el caso de las patatas, no solemos decir carcasa sino monda o piel —rió Rosalie.
—Bueno, da igual. Seguro que está buenísimo. Suelo comer comida preparada o para llevar, platos de microondas y esas cosas, ya sabe, así que estoy encantado de que me haya hecho comida casera.
—Supongo que cocinar le resultará difícil —comentó Rosalie.
En aquella ocasión, fue Emmett el que se rió.
—Conozco a un chico ciego que cocina de maravilla. Bueno, en realidad, tiene ceguera parcial, lo que se lo pone un poco más fácil…
—¿Ceguera parcial?
—Sí, hay ciegos que ven un poco, aunque también están muy limitados. Hay gente con ceguera parcial que ve más de un ojo que de otro y otras personas que tienen vista en ciertos cuadrantes del campo de visión. Yo no tengo visión en absoluto, así que soy ciego total.
—Perdón por haberlo interrumpido. Me estaba usted hablando de ese conocido suyo que cocina tan bien.
—Sí —sonrió Emmett—. Sólo iba a decir que, incluso cuando no era ciego, cocinar tampoco formaba parte de mis quehaceres preferidos.
—A mí, sin embargo, siempre me ha encantado cocinar, ya incluso de niña. Sin embargo, no había tenido tiempo de hacerlo desde hace mucho.
A Emmett se le antojó aquélla una frase extraña y le hubiera gustado poder ver la cara de su interlocutora en aquellos momentos.
—¿Llevaba una vida demasiado ajetreada?
—Algo así —murmuró Rosalie—. ¿Usted lleva muchos años viviendo aquí?
Emmett se dio cuenta al instante de que Rosalie volvía a cambiar de tema.
—No, crecí en el campo, en Pensilvania, cerca de Pittsburg. ¿Y usted?
—Yo soy de una pequeña población de Virginia llamada Barboursville.
—¿Eso está cerca de Williamsburg?
—No, cerca de Richmond. ¿Por qué?
—Uno de los socios del bufete de abogados en el que trabajo fue a la universidad de William & Mary. Éramos amigos en el colegio y fui a verle un par de veces.
—Ah, sí, se me había olvidado que me había dicho que trabaja usted en una firma de abogados.
Emmett asintió.
—Sí, en Cullen & Cullen. Está en la calle Baltimore.
—Sí, me suena haber pasado por delante. Este pueblo es una maravilla.
—Y muy cómodo también.
—¿Cómodo?
—Sí, a mí me resulta muy fácil moverme yo solo.
—Ah, claro. Supongo que a mí no se me había ocurrido pensar así. Usted no conduce, así que tiene que tener por lo menos los servicios básicos a una distancia que pueda recorrer a pie —recapacitó Rosalie como si estuviera hablando consigo misma.
—Hay mucha gente ciega que vive en ciudades porque hay muchos más servicios y muchos más medios de transporte.
—Tampoco se me había ocurrido eso.
—Una de las cosas que me hizo elegir Gettysburg fue que aquí todo lo que necesito está cerca. En la calle principal hay de todo gracias a la universidad y a los turistas. Tengo bancos, médicos y tintorerías muy cerca. También hay un supermercado y una farmacia y algún que otro buen restaurante.
—¿Suele ir por la universidad?
Emmett asintió.
—Sí, muchas de las actuaciones musicales y teatrales y algunas conferencias están abiertas al público.
—Ah, estupendo. Me encanta la música —comentó Rosalie.
—¿Toca algún instrumento?
—No, solía tocar el piano cuando era pequeña. Es algo que siempre he querido recuperar…
—Puede que haya llegado el momento.
—Sí, puede. ¿Y qué más se puede hacer por Gettysburg?
—Bueno, espero que le guste a usted la historia de la Guerra Civil.
Rosalie se rió.
—Ha dado en el blanco. Fue una de las cosas que me atrajeron de esta zona. Quiero aprender más sobre la guerra y se me ocurrió que éste era un buen lugar.
—Desde luego, está usted en pleno campo de batalla.
—¿Y qué más?
—Bueno, más o menos, aquí hay las mismas cosas que en cualquier otro lugar, pero con un enfoque histórico. Hay una asociación municipal de conciertos, biblioteca, una asociación de valores humanos, grupos de teatro, unas cuantas iglesias, organizaciones empresariales y cívicas y cosas por el estilo. Si quiere usted enrolarse en algo, le darán la bienvenida con los brazos abiertos en cualquiera de ellas.
—Yo nunca he hecho trabajo voluntario. No sabía cómo hacerlo —contestó Rosalie dudosa.
—No se necesita experiencia previa —le aseguró Emmett preguntándose por qué aquella mujer parecía tener tan poca autoestima—. Ya verá, si va una o dos veces a alguna reunión de la iglesia, pronto le pedirán que ayude con algo.
—Eso me encantaría —contestó Rosalie—. La cena ya casi está. ¿Le parece que nos sentemos a la mesa?
La cena resultó deliciosa y la conversación, fácil e intrascendente, se alargó durante más de una hora de sobremesa. Estaban tomando café cuando Emmett recordó que tenía que madrugar mucho a la mañana siguiente porque tenía una reunión. Se estaba levantando para irse cuando sonó el teléfono.
—Perdón —se disculpó Rosalie.
Emmett escuchó cómo se alejaba y descolgaba un auricular.
—¿Sí?
Aunque Emmett era consciente de que escuchar una conversación ajena no era de buena educación, no pudo evitar hacerlo pues Rosalie estaba en el salón.
—Hola, papá —la oyó decir muy alegre. —¿Qué tal estás? Sí, sí. Sí, ya lo sé. Ah —añadió más apagada. — Entiendo. ¿Cuándo?… Enhorabuena. No, no creo que tenga tiempo… no, preferiría que no. No… quizás en Navidad. Ya veré —añadió cada vez más distante. —Bueno, gracias por llamar. Te tengo que dejar porque estoy con una visita y no me puedo entretener.
Dicho aquello, concluyó la conversación a toda velocidad, despidiéndose en tono automático y sin rastro de afecto.
Mientras Rosalie colgaba el auricular, Emmett se apresuró a comerse otra galleta para que Rosalie no se diera cuenta de que había estado escuchando la conversación.
Rosalie volvió a su asiento en silencio. Y así permaneció un buen rato.
—¿Ocurre algo? —le preguntó Emmett por fin.
—Mi padre —contestó Rosalie—. Se va a volver a casar.
—Por cómo lo dice, parece que no le hace ninguna gracia, así que le presento mis disculpas.
Rosalie tomó aire y Emmett se dio cuenta de que estaba al borde de las lágrimas.
Emmett escuchó que Pixie lloriqueaba y que se ponía en pie. Un momento después, oyó reírse a Rosalie.
—Gracias, pequeña —le dijo a la perra. —Pixie me acaba de dar un beso. Me parece que está preocupada por mí.
—No es la única —contestó Emmett alargando el brazo hasta tocarle la mano.
Rosalie le puso la otra mano encima y se la apretó efusivamente. A continuación, retiró las dos.
—Muchas gracias, pero estoy bien le aseguró. Debería estar acostumbrada.
—¿Acostumbrada? ¿Sus padres están divorciados?
Tal vez, el padre de aquella mujer hubiera tenido una crisis, la de los cuarenta o los cincuenta, se había divorciado de su esposa de toda la vida y se había ido con una chica más joven. Emmett estaba harto de ver casos así en el bufete.
—Mis padres se divorciaron cuando yo tenía dos años —explicó Rosalie—. Esta chica con la que se va a casar ahora será su sexta mujer.
Emmett enarcó las cejas, incapaz de ocultar su sorpresa.
—Vaya. Eso es… eso son muchas mujeres.
Rosalie se rió.
—Y que lo diga —contestó Rosalie dejando la taza de café sobre la mesa—. Siento mucho que esto haya interrumpido nuestra velada. No sé qué me pasa, que siempre que mi padre me habla de una de sus relaciones consigue sorprenderme — añadió carraspeando—. Pixie es una maravilla. ¿Siempre ha reaccionado ante el sufrimiento humano así?
—No, no siempre —contestó Emmett sacudiendo la cabeza—. Conmigo, sin embargo, sí. Cuando percibe que estoy mal, me hace lo mismo. Que yo sepa, usted es la otra persona que ha tenido el honor de recibir uno de sus besos caninos.
—Me ha encantado la experiencia —dijo Rosalie poniéndose en pie—. ¿Se quiere llevar unas cuantas galletas?
—Ya que me lo ofrece, contestaré sinceramente que sí porque la primera bandeja ya me la he comido.
—Mejor que se las coma usted a que me las coma yo porque…
Un aullido interrumpió lo que iba a decir.
—¡Pixie! —exclamó Emmett mirando en la dirección de la que había procedido el aullido.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Rosalie.
Emmett suspiró.
—Pixie se ha enfadado con Eddie por algo que ha hecho o, tal vez, por cómo la ha mirado. No lleva nada bien que la haya sustituido —le explicó Emmett llamando a Eddie.
—Pobrecilla —se apiadó Rosalie—. Supongo que no lo está pasando nada bien —añadió arrodillándose junto a la perra y abrazándola—. No es fácil que te sustituyan, ¿verdad?
—No, no le debe de hacer nada feliz verme salir por las mañanas con Eddie — recapacitó Emmett suponiendo que con un padre que se iba a casar por sexta vez Rosalie tenía que tener mucha experiencia en aquello de sentirse sustituida—. Como ya le he dicho, no me quiero deshacer de ella, pero de vez en cuando también pienso que, si pudiera ser más feliz en otro lugar, no sería justo por mi parte mantenerla a mi lado.
Dicho aquello, Emmett se puso en pie y buscó el arnés de Eddie. Todavía se le hacía demasiado nuevo, acostumbrado al cuero viejo del de Pixie.
Rosalie lo acompañó a la puerta y, una vez allí, Emmett llamó a Pixie. No le había puesto la correa porque solamente iban a cruzar el pasillo. Se quedó esperando, pero no escuchó el tintineo de las placas que llevaba colgadas del collar.
—Vamos, Pixie. —Nada. —¿Qué hace? —le preguntó a Rosalie.
Había habido una época de su vida en la que no había podido soportar tener que recurrir a otra persona para que le describiera lo que no podía ver, pero había superado aquello hacía años. Más o menos. Ahora lo que hacía era ignorar el intenso enfado que se apoderaba de él.
—Está tumbada en la cocina.
—Vamos, Pixie —insistió Emmett. De nuevo, nada. —Como tenga que ir a buscarte, te vas a enterar.
—Si quiere, se puede quedar —le ofreció Rosalie.
—¿Quedarse en su casa? No, gracias —contestó Emmett—. No quiero cargarle con eso. Encima de que me invita a cenar, se tiene que hacer cargo de mi perra.
—No me importa, de verdad.
Emmett recordó la llamada de su padre, lo mal que le había sentado y cómo Pixie la había reconfortado. Quizás…
—Está bien. —accedió sin pensarlo demasiado. —Si a usted le va bien que se quede, se puede quedar, pero tiene que obedecer. ¡Pixie, ven inmediatamente! —le ordenó en un tono autoritario que no solía emplear. Por fin, la perra se puso en pie, aunque lentamente, y fue hacia él. —Menos mal —dijo Emmett al sentirla a su lado. Acto seguido, se arrodilló a su lado y la abrazó. —¿Te quieres quedar en casa de Rosalie esta noche?
—Podría pasar a buscarla cuando vuelva del trabajo por la tarde —sugirió Rosalie—. Yo mañana tengo una entrevista a la una, pero no creo que vaya a estar fuera mucho más de una hora. Así, no se quedaría sola todo el día.
Ni ella tampoco, claro, leyó Emmett entre líneas.
—A mí, me parece bien —contestó—. Si está segura de que a usted también se lo parece…
—Sí, estoy segura —contestó Rosalie.
—Muy bien —dijo Emmett poniéndose en pie—. Vamos a ver cómo reacciona cuando vea que me voy.
Dicho aquello, le ordenó a Eddie que avanzara y el perro obedeció, cruzando el pasillo hasta la puerta de su casa.
—¿Qué ha hecho?
—Se ha vuelto a la cocina y se ha tumbado de nuevo.
Emmett chasqueó la lengua, aunque se sentía vagamente herido.
—Traidora —bromeó extendiendo la mano derecha y dándose cuenta de que le apetecía demasiado tocar a Rosalie—. Gracias por la cena y por las galletas.
Rosalie le estrechó la mano y la atracción física que había bailado entre ellos a lo largo de toda la velada golpeó de lleno a Emmett en el plexo solar. Rosalie se quedó helada al ver que Emmett la agarraba de la mano. No se movió.
Emmett sintió que su cuerpo comenzaba a revivir al sentir la piel de Rosalie. Tenía la mano pequeña y delicada y él se limitó a agarrársela, incapaz de soltársela. Sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo comenzó acariciarla con el dedo pulgar y la oyó ahogar una exclamación.
Al instante, se sintió increíblemente satisfecho. Sí, ella sentía lo mismo. «¿Qué demonios estoy haciendo? No quiero tener una relación con nadie», pensó. Acto seguido, se apresuró a asegurarse de que aquello solamente era química, que no significaba nada.
Aun así, no podía soltarle la mano.
Menos mal que, en aquel momento, volvió a sonar el teléfono en casa de Rosalie.
—Esa debe de ser mi hermana —comentó Rosalie—. Supongo que habrá hablado con mi padre.
—No quiero entretenerte más —se despidió Emmett, tuteándola—. ¿Qué te parece si quedamos mañana por la noche en el pasillo a las diez y media para sacar a los perros de paseo? Así, te enseñaré las órdenes de Pixie.
—Muy bien —contestó Rosalie despidiéndose—. Gracias por venir a cenar. Nos vemos mañana —le dijo metiéndose en su casa y cerrando la puerta a toda velocidad.
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Ay qué bonita historia! Hasta me pongo de buen humor al leerla… pues tal parece que Rosalie se quedará con Pixie jajajaja ¿qué opinan?
¡Hoy tendremos estreno! Espero que estén tan emocionadas como yo jaja
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
