No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la grandiosa Anne Marie Winston. Yo solo me divierto un poco.
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—Pixie, ¿quieres salir?
Rosalie se puso una cazadora ligera y agarró la suave correa de cuero que encontró colgada de la puerta.
La perra avanzó al trote hacia ella, moviendo la cola, feliz. La movía con tanta fuerza que se le movía toda la parte trasera del cuerpo. Rosalie se percató y sonrió mientras la ataba.
—¿Sabes que eres una monada?
Pixie la miró como si estuviera sonriendo.
Cuando salieron al pasillo, Emmett y Eddie ya las estaban esperando.
—Qué puntualidad —sonrió Emmett—. Pixie está acostumbrada a obedecer a órdenes muy normales como «a mi lado» para avanzar, «siéntate», «túmbate» y «quieta». ¿Te parece que iniciemos el paseo?
Pixie caminó pausadamente al lado de Rosalie hasta que llegaron a la zona de césped que había cerca de la puerta.
—Muy bien, eh, ya puedes hacer tus cosas —le dijo Rosalie una vez allí.
Se sentía realmente ridícula dando vueltas por la pradera, intentando que la perra hiciera sus necesidades.
—Aparca —dijo Emmett.
—¿Cómo dices?
—Ésa es la palabra que utilizamos para que el perro sepa que puede hacer sus necesidades. No creo que te vaya a hacer caso si le dices «ya puedes hacer tus cosas» —le indicó Emmett en tono divertido.
—No me puedo creer que los perros de los ciegos vayan al baño cuando se les indica. ¿Me lo estás diciendo en serio?
—Por supuesto que te lo estoy diciendo en serio. No querrás que me tenga que quedar aquí fuera cuando hace mal tiempo hasta que a la señorita le dé la gana de hacer sus cosas —contestó Emmett—. Quédate quieta, como yo.
Rosalie lo imitó.
—¿No la tengo que pasear?
—Pasear le viene muy bien, pero en estos momentos no es necesario. Simplemente, dile que aparque.
—Aparca —dijo Rosalie no muy convencida.
Sin embargo, al instante quedó maravillada pues tanto Pixie como Eddie hicieron sus necesidades. Por lo visto, aquella palabra era mágica.
—¿Y ya está? —se maravilló—. ¿Simplemente hay que sacarla aquí, quedarse quieta y decirle que aparque?
—Sí —sonrió Emmett—, Lo que siempre tienes que tener en cuenta es que debes llevar bolsas de plástico para recoger los excrementos.
—Eso es importante, sí. ¿Qué más cosas debo saber?
—A veces, intenta engañarte paseándose y olisqueando por ahí. En esos casos, le suelo decir que nos vamos a casa. Normalmente, eso le hace recordar que, si no cumple con el programa, se va a pasar toda la noche apretando las piernas.
Aquella imagen hizo reír a Rosalie.
—Además, odia la lluvia y la nieve. Si hace mal tiempo, hay que sacarla de casa a rastras, te lo aseguro.
—Muy bien. ¿Algo más?
—Tienes que darle una orden para que coma, pero eso ya te lo enseñaré mañana por la mañana.
—¿Y para dormir? ¿Se puede subir a la cama? De momento, no ha intentado subirse al sofá.
—Ella nunca ha tenido especial predilección por dormir ni en la cama ni en el sofá, a diferencia de otro que yo me sé que se subió al sofá el primer día —contestó Emmett señalando a Eddie—. De todas formas, eso depende de ti. Si no te molesta que se suba, la dejas que lo haga y en paz. A mí, la verdad, es que nunca me ha hecho mucha gracia porque, como es rubia, me llena de pelos y se me ven.
Rosalie reparó en su ropa y, al hacerlo, se olvidó instantáneamente de los perros.
Emmett llevaba unos pantalones de chándal caídos a la cintura y una camiseta de la facultad de Derecho de la Universidad de Columbia. Aquel hombre debía de ir al gimnasio porque tenía un torso y unos abdominales maravillosos. Claro que los bíceps tampoco estaban nada mal.
Madre mía.
Ya le parecía que estaba estupendo antes, pero ahora… cuando Emmett se giró, Rosalie se fijó en su trasero y se dio cuenta de que allí tampoco tenía ni un solo gramo de grasa.
Emmett le abrió la puerta y se quedó esperando para dejarla pasar.
—Las señoritas primero.
—Gracias —murmuró Rosalie.
Al ver que se movía, Pixie se puso a su lado y avanzó también obedientemente. Mientras subía las escaleras, Rosalie reflexionó que era agradable saber que Emmett no la estaba mirando a escondidas. Hacía años que había perdido la cuenta de la cantidad de hombres que se creían que por ser una modelo famosa tenían derecho a mirarla e incluso a tocarla.
Muchos de los que lo habían hecho eran también famosos, hombres que se creían que el mundo había sido creado única y exclusivamente para su placer personal, pero también había entre la gente normal hombres a los que una modelo les parecía un ser inanimado sin sentimientos ni emociones.
—Debería haberte enseñado las órdenes básicas antes —comentó Emmett a sus espaldas.
—Bueno, por lo menos, me sé la más importante —contestó Rosalie.
Aquello lo hizo reír.
—Desde luego. Si quieres, la puedes sacar también mañana. Claro que, si no tienes tiempo o no te apetece, ya lo haré yo por la noche.
—Oh, no. Si a ti no te importa, a mí me encantaría sacarla de paseo. Una duda: ¿le tengo que decir «a mi lado» y no «adelante»? —preguntó Rosalie segura de que había oído que Emmett le decía eso a Eddie.
—Eso sólo se lo decimos a los perros que llevan arnés. Pixie ya no está en activo, así que, aunque se sabe muchas más órdenes, ya no las necesita.
—Muy bien.
Estaban llegando a sus respectivas casas, así que Rosalie sacó las llaves del bolso.
—Buenas noches —se despidió.
—Hasta mañana —sonrió Emmett.
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Mientras se cepillaba los dientes un rato después, Rosalie pensó que, después de todo, su relación con el vecino no estaba yendo tan mal.
No le había hablado de él a Kate, su hermana. Durante su conversación telefónica, habían hablado sobre todo sobre la falta de sentido común de su padre.
—¿Por qué se tendrá que casar? —Se había lamentado Kate—. ¿Por qué no se conformará con vivir con ella? Le saldría mucho más barato porque no tendría que pagar una pensión tras el divorcio.
Rosalie imaginaba que tenía que haber una razón psicológica mucho más compleja detrás de la necesidad de su padre de casarse con cada mujer con la que mantenía una relación, pero no tenía ni idea de cuál podía ser. Tampoco era que le importara demasiado el asunto. Hacía mucho tiempo que había aceptado los fracasos matrimoniales de su progenitor.
Rosalie hizo una mueca de disgusto al pensar en que al día siguiente tenía que llamar a su madre. Su madre nunca se había vuelto a casar y, cada vez que su padre lo hacía, su progenitora se ponía furibunda.
Rosalie suspiró y llamó a Pixie. La perra entró en su habitación y se tumbó en la alfombra que había junto su cama. Rosalie se pasó un buen rato acariciándola.
—Eres mejor que una persona —le dijo—. Si tuviera una perrita como tú, jamás estaría sola. Tú me serías fiel durante toda la vida, ¿verdad?
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Rosalie había terminado de hacer su sesión de tablas de yoga a la mañana siguiente cuando llamaron al timbre.
Secándose la cara con una toalla, abrió la puerta y se encontró con Emmett ataviado con un traje gris marengo, camisa blanca y corbata color lavanda, perfectamente vestido para empezar el día.
—Buenos días —la saludó.
—Hola —contestó Rosalie tirando de las mangas del jersey que llevaba anudado a la cintura.
A veces, seguía sintiéndose gorda con la ropa de hacer gimnasia. A veces, no recordaba que había engordado a propósito.
—Qué traje tan bonito llevas. ¿Te puedo preguntar cómo sabes qué colores combinar?
Lo cierto era que aquel hombre le parecía cada día más guapo. Seguro que en la universidad tendría a todas las chicas detrás.
—Casi todas mis prendas tienen etiquetas en Braille y, además, la chica de la tintorería es un encanto. Cuando les llevo la ropa sucia, lo hago por bolsas, cada traje con su camisa y su corbata en una bolsa, y ellos me le devuelven exactamente igual lavada y planchada.
—Ah, así que, cuando compras un conjunto, nunca lo separas.
—Así es.
En aquel momento, apareció Pixie, que salió a recibir a su dueño. Emmett se apresuró a colocarse en cuclillas a su lado para acariciarla.
—Hola, cariño. Yo también te he echado de menos.
A continuación, se puso en pie y Rosalie se fijó en la bolsa de comida que había dejado junto a su puerta.
—Aquí está su desayuno y su cena, por si llego tarde.
—Muy bien —contestó Rosalie sin poder parar de mirarlo.
—¿Ocurre algo? —dijo Emmett como si se hubiera dado cuenta a pesar de que no la veía.
Rosalie chasqueó la lengua.
—¡Lo cierto es que estás tan guapo que no puedo parar de mirarte y estaba dando gracias al cielo de que no me puedas ver!
Aquello hizo que Emmett se riera.
—Bueno, me has picado la curiosidad —contestó agarrándole el brazo y poniéndole la mano en el hombro.
Al sentir su mano, cálida y grande, Rosalie sintió que un escalofrío la recorría de pies a cabeza. Emmett le colocó el pulgar en la base de la garganta y Rosalie se preguntó si se estaría dando cuenta de que tenía el pulso acelerado.
—Ah —dijo tocándole el tirante de la camiseta—. Ropa de gimnasia. ¿Qué estabas haciendo?
—Yoga —contestó Rosalie preguntándose si se estaría notando que estaba nerviosa.
—Perdón por interrumpirte. No quiero entretenerte.
—No, no te preocupes, acababa de terminar. Hago una breve tabla tres veces por semana y luego salgo a correr. Los otros tres días tengo un entrenamiento un poco más duro.
—Eso sólo son seis días —comentó Emmett.
No le había quitado la mano del hombro. Lejos de hacerlo, estaba ahora acariciándole con el pulgar en la clavícula y Rosalie tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no abalanzarse sobre él.
¿Qué demonios le estaba ocurriendo?
—Eh… sí, seis, claro —contestó.
«Oh, Dios mío, ayúdame», pensó.
—Sí, los domingos descanso.
—Yo, también —contestó Emmett—. Corro todos los días en la cinta y levanto pesas tres veces por semana.
—¿Te puedo hacer otra pregunta estúpida?
Sentía que iba a volver a preguntar algo políticamente incorrecto, pero la curiosidad podía con ella. Rosalie se echó levemente hacia atrás y, para su alivio y decepción, Emmett dejó caer la mano.
—Según un profesor de latín que tuve, no hay preguntas estúpidas sino respuestas estúpidas.
—¿Cómo sabías dónde tenía el hombro?
Emmett se quedó momentáneamente sorprendido.
—Ahora mismo —le aclaró Rosalie—. Has levantado la mano sin dudar y la has puesto exactamente donde querías.
—¿Cómo estás tan segura? A lo mejor no era el hombro lo que te quería tocar.
—Muy gracioso.
—Jamás lo sabrás.
—Lo sabré cuando hayas contestado a mi pregunta —insistió Rosalie con firmeza.
Aquel flirteo se le estaba yendo de las manos. Aquel hombre que tenía delante era su vecino, por favor. Aunque fuera increíblemente guapo y se mareara cada vez que lo veía, no quería tener una relación con nadie.
Lo único que quería era instalarse en un pueblecito pequeño y maravilloso y tener una vida normal y corriente.
—Está bien —dijo Emmett poniéndose serio—. Cuando me quedé ciego, comencé a desarrollar increíblemente el sentido del oído. Oigo mucho mejor que la gente que ve, así que me dejo llevar por el oído. Utilizo la voz de la persona con la que estoy hablando para calcular su altura o la distancia a la que nos encontramos. No lo hago conscientemente, me sale solo. Por eso sabía dónde tenías el hombro.
—Entiendo.
Emmett se llevó la mano a la muñeca y Rosalie escuchó que su reloj le hablaba, dándole la hora.
—Me tengo que ir —anunció Emmett—. Esta noche me paso por tu casa a recoger a Pixie si te parece bien.
—Muy bien —contestó Rosalie—. Que tengas un buen día.
—Gracias. Tú también —se despidió Emmett acariciando a la perra—. Hasta luego, cariño. Pásatelo bien con Rosalie.
Rosalie recogió la bolsa de comida y se quedó mirando a Emmett, que estaba bajando las escaleras sin dudar un momento. Eddie lo guiaba y él pisaba con fuerza, sin pensárselo dos veces.
Rosalie se preguntó qué se sentiría al depender tanto de un animal. No se podía imaginar a sí misma siendo ciega y teniendo que dar un paso detrás de otro para bajar una escalera guiada por un perro.
—Vamos, Pixie —le dijo a la perra, que se había quedado donde Emmett la había dejado. La pobre parecía muy triste. —¿Quieres que vayamos a dar una vuelta?
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Emmett estaba ansioso por llegar a casa.
Había tenido una jornada de trabajo muy dura pues estaba preparando un juicio en el que iba a actuar como abogado defensor y tenía una semana de mucho trabajo por delante. Estaba tan casando que había pensado en tomarse el día siguiente libre, pero no sabía si iba a poder ser.
Al llegar a casa, paró en el buzón a recoger el correo y subió las escaleras hasta el segundo piso.
Apenas había puesto el pie en el pasillo cuando oyó que se abría una puerta. Al instante, oyó unas uñas sobre el suelo de madera y un aullido canino de felicidad.
Sintió que el corazón le daba un vuelco. Pixie no estaba tan feliz desde que Eddie había llegado a casa.
Durante el mes en el que había tenido que acudir a la escuela de adiestramiento de perros con Eddie, ella se había quedado con Edward Cullen, el compañero de colegio con el que trabajaba.
Pixie adoraba a aquel hombre y Emmett sabía que él la había tratado de maravilla en su ausencia.
Edward la había llevado a casa cuando Emmett había vuelto y se había mostrado encantada de verlo… hasta que se había dado cuenta de que había otro perro en casa.
Desde entonces, nada había vuelto a ser lo mismo.
—Hola, cariño —dijo abrazando a su perra—. ¿Te lo has pasado bien con Rosalie?
A pesar de que todavía no había dicho nada, Emmett sabía perfectamente que estaba cerca.
—Hola —la saludó.
—¡Hola! —contestó Rosalie.
—Pareces contenta —comentó Emmett.
—¿A qué no sabes lo que he hecho hoy?
—¿Te ha tocado la lotería?
Rosalie se rió.
—¡No, me he comprado un piano!
—Vaya. Desde luego, cuando decides hacer algo, lo haces.
Rosalie se rió.
—Me lo traen el martes. ¡Además, he llamado a la universidad para ver si había algún profesor que me pudiera dar clases y empiezo la semana que viene!
—Me alegro mucho por ti.
—También he tenido una entrevista en la guardería. Están buscando a una persona que esté dispuesta a trabajar sólo veinte horas a la semana. Cuanto más lo pienso, más me convenzo de que prefiero eso a un contrato de cuarenta horas semanales. Así, podré estudiar a la vez.
—¿Tienes pensado ir a clase a Gettysburg?
—No, la universidad no tiene estudios de magisterio, pero hay varias escuelas a una hora de aquí que sí lo tiene. He estado mirando en Internet. Las universidades de Shipbensburg, Wilson College, Penn State's Mont Alto y Messiah College están a menos de una hora en coche de aquí. Todas tienen diplomaturas en educación excepto Mont Alto, pero allí podría hacer los dos primeros años y, luego, cambiarme a otra. Si quiero ir a Penn State, tendría que terminar en el campus de la University Park y ésa está a más de dos horas, lo que no me apetece en absoluto, así que, al final, me he quedado con Shipp, Wilson y Messiah. Voy a ir a verlas toda la próxima semana.
—Tienes mucha energía, ¿eh? —observó Emmett.
Rosalie se rió.
—No te creas, como todo el mundo. Lo que pasa es que parece que tengo mucha porque estoy empezando muchas cosas nuevas a la vez.
Emmett se moría de curiosidad por saber a qué se había dedicado Rosalie antes, qué era lo que había dejado atrás. Tal vez, fuera algo tan mundano como trabajar en una cadena de restaurantes de comida basura, pero lo dudaba mucho.
Entonces, se le ocurrió otra cosa.
—¿Has pensado en que, si trabajas sólo veinte horas a la semana, probablemente no cobres mucho y no puedas pagar el alquiler de este piso? Por no hablar del piano, claro.
Aunque no veía su expresión, Emmett se dio cuenta de que Rosalie se había quedado de piedra.
—Por supuesto que lo he pensado —contestó por fin.
—Perdona si te he pinchado tu burbuja de felicidad —se apresuró a disculparse Emmett—. Tu situación económica no es asunto mío. Te pido perdón.
—No pasa nada —contestó Rosalie—. Claro, no me había dado cuenta de lo que podría pensar una persona que no me conociera —añadió—. Yo… eh… —dudó poniéndose nerviosa—. Me parece que no hay manera educada de decirlo, así que lo voy a decir tal cual. Resulta que tengo mucho dinero.
—A mí me parece que lo has dicho de manera muy educada. Podrías haber dicho «estoy podrida» o «se me sale el dinero por las orejas».
—Sí, supongo que podría haber dicho algo así —comentó Rosalie chasqueando la lengua.
—¿Y es cierto?
—¿El qué?
—¿Se te sale el dinero por las orejas?
—Define «salirse el dinero por las orejas», por favor.
Emmett sonrió.
—Chica lista. Está bien. Más de un millón.
—Ah —comentó Rosalie en un tono que a Emmett se le antojó de alivio—. Sí.
¿Rosalie tenía más de un millón de dólares? ¿Sería una heredera multimillonaria o algo así? A Emmett no se le ocurría ninguna manera educada de preguntar, así que decidió dejar el tema.
—Fantástico —comentó tranquilamente abriendo la puerta de su casa—. Pasa —le indicó a Rosalie—. ¿Así que Pixie se ha portado bien?
—Se ha portado de maravilla —le aseguró Rosalie siguiéndolo.
Emmett la escuchó cerrar la puerta mientras él le quitaba el arnés a Eddie.
—Me sigue todo el rato. Supongo que será que está acostumbrada a estar siempre con alguien, ¿no?
—Sí —contestó Emmett—. En el trabajo, se quedaba todo el día tumbada junto a mi mesa. Está muy enfadada porque la dejo en casa. A pesar de que intento venir todos los días a la hora de comer para ver qué tal está.
—Te aseguro que a mí no importa en absoluto que se quede conmigo.
—Gracias —contestó Emmett.
Era agradable saber que podía contar con alguien si se producía una emergencia, pero eso no quería decir que pudiera imponerle a su perra de manera regular.
—¿Has ido ya al campo de batalla?
—No, pero quiero hacerlo pronto —contestó Rosalie—. Supongo que vivir en Gettysburg y no saber nada de la batalla que se libró aquí será poco menos que ilegal.
—Yo tengo una cinta de audio informativa. Si quieres, te la dejo o, si prefieres y estás libre mañana, no me importa acompañarte —se sorprendió Emmett a sí mismo proponiendo.
Pero si ni siquiera había decidido todavía si se iba a tomar el día libre o no. ¿Acaso la acababa de invitar a salir? No estaba seguro de que la propuesta pudiera ser considerada una cita. En cualquier caso, era lo más cerca a salir con una chica que había estado desde que había roto su compromiso unos meses después del accidente.
—Me encantaría —contestó Rosalie—. ¿Nos podríamos llevar a los perros?
—Sí, claro que sí. Bueno, sé que con Eddie no hay problema porque es perro guía, pero Pixie… no lo sé…
—Puedo consultar en Internet si pueden entrar perros en el parque temático.
—Perfecto entonces. Gracias.
—Gracias a ti. Llevaba ya un tiempo queriendo ir, así que genial.
—¿A qué hora te gustaría ir?
—¿A las nueve te parece demasiado pronto?
—No, me parece bien que quedemos a las nueve.
—Muy bien. Nos vemos mañana entonces.
—Rosalie —dijo Emmett agarrándola de la muñeca—. Gracias por cuidar de Pixie. Esta perra significa mucho para mí y me ha resultado más fácil trabajar sabiendo que no estaba sola.
Al sentir su mano, Rosalie había dado un respingo, pero ahora, para sorpresa de Emmett, había girado la mano de manera que sus palmas se tocaran y le había apretado los dedos.
Emmett sintió su piel delicada y cálida y pensó que el trabajo que hubiera desempeñado con anterioridad, desde luego, no había sido manual.
También pensó que la atracción sexual que se había producido entre ellos la había tomado a ella también por sorpresa. Él había sentido que el pulso se le aceleraba cuando sus manos habían entrado en contacto y, por la breve inhalación que había oído, supuso que a Rosalie le había pasado exactamente lo mismo.
—A mí me ha resultado maravillosos no estar sola tampoco —le dijo tras aclararse la garganta—. No me había dado cuenta de lo sola que estaba hasta que me he venido a vivir aquí y estoy decidida a cambiar esta situación —añadió—. Aunque tenga que ser con un perro —rió—. Por cierto, hablando de Pixie, se ha sentado junto a mi puerta. Me parece que se cree que se va a quedar conmigo otra vez.
—Pixie, ven —la llamó Emmett.
Silencio.
Perfecto.
Exactamente igual que la noche anterior. Emmett intentó no sentirse dolido. Desde la perspectiva de la perra, había sido él quien la había dejado tirada.
—A mí me encantaría que se volviera a quedar a dormir en casa —dijo Rosalie—, pero sé que tú prefieres tenerla a tu lado.
—Yo lo que quiero es que ella esté bien…
—Se acabará sobreponiendo, ya lo verás —le aseguró Rosalie poniéndole la mano en el hombro.
Emmett estaba seguro de que aquel gesto había sido de consuelo por su parte, pero a él lo había excitado sobremanera. Hacía ya muchos años que se había olvidado de tener una relación y ahora aparecía una vecina nueva y no podía ignorarla por más tiempo.
No era que no le gustaran las mujeres. En realidad, le gustaban un montón. Incluso en el pasado había amado a una. Sin embargo, tras el accidente había pensado que era imposible que Isabella quisiera permanecer a su lado para siempre.
Aunque actualmente, mirándolo con perspectiva, le pareciera absurdo lo que había hecho, en aquel entonces apartar a su prometida de su lado y aislarse tras un muro de autocompasión e inseguridad se le había antojado lo mejor.
Le había costado varios años de psicólogos sentirse a gusto con quien era y convencerse de que perder la vista no era perder la masculinidad. Para cuando lo había conseguido, Isabella había rehecho su vida. Un día, había ido a verla. Le había abierto ella misma la puerta de su casa y la conversación había ido bien hasta que le había dicho que se había casado.
Después de aquello, no había habido mucho más que decirse.
Emmett se había ido con el amargo sabor de la derrota en la boca y sabiendo que la había perdido porque había sido un estúpido.
Desde entonces… desde entonces había salido unas cuantas veces con chicas maravillosas y había tenido una cita a ciegas desastrosa.
Cita a ciegas por parte de ella, claro, porque por la suya lo iba a ser de todas maneras…
De las otras chicas, no había habido ninguna memorable, ninguna de las mujeres con las que había salido le había acelerado el pulso.
A Emmett le había resultado fácil sumergirse en el trabajo… hasta que Rosalie Hale se había mudado a la casa de enfrente hacía menos de una semana.
¿Y ahora qué?
No tenía ni idea de cómo era aquella mujer físicamente, pero estaba muy seguro de que le aceleraba el pulso. No era algo simplemente sexual, le gustaba también su sentido del humor y le gustaba que fuera una mujer directa a la que le gustaban los perros, lo que la convertía en una mujer casi perfecta.
En cualquier caso, era obvio que la atracción era mutua. Emmett estaba seguro de que ella también lo sentía. Aquella mujer hacía que se le acelerara el pulso. A Emmett le bastaba con tenerla cerca o con oír su risa para sentir un escalofrío por todo el cuerpo.
Sí, hacía mucho, muchísimo, tiempo que no se había sentido tan atraído por una mujer. Lo cierto era que le apetecía volver a verla y explorar la química que había entre ellos.
No le cabía la menor duda de lo que le estaba sucediendo y sabía exactamente lo que iba a hacer.
—Primero iremos al campo de batalla y, luego, iremos al centro de visitas. Supongo que lo mejor es empezar desde el principio.
—¿Te refieres a empezar desde el principio mi educación sobre Gettysburg? —rió Rosalie.
Emmett sonrió y asintió.
—Sí, vamos a empezar desde el principio con tu nueva vida en Gettysburg.
—Mi vida en Gettysburg —repitió Rosalie con satisfacción—. Me gusta cómo suena eso.
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¡Ay, no, no! Muero de amor! Jajajaja de verdad que estos dos me enamoran! Ya hasta me quiero comprar un perro! Tengo algunos compañeros de la universidad que quieren entrenar a sus perros para que sean auxiliares terapéuticos (para aquellos que no sepan… soy estudiante de psicología jeje)… lo cual se me hace super interesante y me lo ha recordado esta historia…
En fin, no olviden dejar un lindo comentario si les gustó o uno feo si no les gustó jaja
¡Nos leemos pronto!
