No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la grandiosa Anne Marie Winston. Yo solo me divierto un poco.

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Rosalie decidió que aquel día se lo iba a pasar bien.

Acto seguido, se puso la mano sobre el abdomen con la esperanza de que los nervios se le tranquilizaran, volvió a observar el contenido de la mochila para cerciorarse de que no se le había olvidado nada vital y miró el reloj.

Sólo quedaba un minuto para las nueve de la mañana, para que apareciera Emmett en su puerta. Si era puntual, claro.

De alguna manera, Rosalie estaba segura de que lo era. No tenía razón para ponerse nerviosa. Aquello no era una cita de verdad. Sólo una excursión con el vecino de enfrente. Se debía de sentir agradecido con ella por haberle echado una mano con la perra y quería corresponder por la cena a la que lo había invitado.

Definitivamente, era una cita.

Por lo menos, a Rosalie así le había sonado cuando Emmett le había ofrecido su compañía.

Poco había tardado en planear el día entero. Rosalie sospechaba que, cuanto mejor lo conociera, menos tardaría en darse cuenta de que bajo aquellos trajes impecables de abogado trabajador se escondía un hombre serio y organizado acostumbrado a hacerse cargo de todo.

Justo a las nueve en punto, llamaron a la puerta y Rosalie sintió que las mariposas que le revoloteaban por el estómago danzaban furiosas.

—Buenos días —lo saludó abriendo la puerta.

Pixie pasó a su lado y Emmett se arrodilló para rascarle entre las orejas.

—Buenos días y buenos días. ¿Qué tal estás, cariño?

Rosalie se dijo que, por supuesto, no era a ella a quien se dirigía.

—Acaba de desayunar y parece contenta. La verdad es que me encanta tenerla en casa.

—Me alegro —sonrió Emmett aliviado—. Estaba preocupado por si creía que la había abandonado.

Madre mía, qué guapo era aquel hombre.

A Rosalie ya le parecía que estaba guapo de traje, pero aquel día llevaba un jersey granate y unos vaqueros desgastados que se le pegaban a los muslos y la habían dejado sin respiración. El jersey le marcaba los hombros y los pectorales y se había arremangado, revelando unos antebrazos musculosos cubiertos por un vello oscuro y sedoso.

¿Cómo era posible que Rosalie no se hubiera fijado en aquellos días en lo alto y fuerte que era? Ella medía un metro ochenta y le llegaba por la mandíbula, así que Emmett debía de ronda el metro noventa.

—¿Tus padres son muy altos? —le preguntó.

Emmett enarcó una ceja. No era la primera vez que Rosalie le veía hacer aquel gesto. Solía hacerlo cuando no estaba muy seguro de cómo la conversación había tomado aquel derrotero.

—Mi padre, sí. Mi madre es normal, pero tiene tres hermanas que miden más de metro ochenta —contestó Emmett poniéndole la mano en el hombro—. Tú también eres muy alta. ¿De quién lo has heredado?

—De mi padre. Mi madre es más bien bajita. La verdad es que no es fácil ser la chica más alta de clase cuando estás en el colegio. Yo era más alta que mi hermana mayor desde que éramos muy pequeñas.

—A mí siempre me han gustado las mujeres altas. Mi novia del colegio era la capitana del equipo de baloncesto.

—Yo nunca he jugado al baloncesto. El entrenador me insistía constantemente para que entrara en el equipo, pero a mí no me interesaba. A mí me gustaba bailar. Durante muchos años, quise formar parte de una compañía de ballet, pero al final no tuve más remedio que rendirme a la evidencia pues es imposible que una bailarina sea más alta y pese más que los bailarines que tienen que levantarla por los aires.

—Yo no creo que tú peses mucho.

—Perdona mi franqueza, pero te puedo preguntar cómo demonios sabes cuánto peso. No me ves, así que podría pesar ciento cincuenta kilos y tú no lo sabrías.

—No, hombre no —contestó Emmett tocándole la clavícula—. Estás delgada — declaró acariciándole la mandíbula—. En realidad, incluso estás un poquito demasiado delgada.

—¡De eso, nada! —se defendió Rosalie. ¡Si la hubiera visto cuando era modelo! Rosalie se dio cuenta de que Emmett sonreía disimuladamente. —¿Me estabas tomando el pelo?

—Sí… Casi te engaño, ¿eh?

—Casi —rió Rosalie.

—¿Sabes? Me encantaría poder verte —murmuró Emmett.

—¿Por qué? —preguntó Rosalie con voz trémula.

Emmett giró la mano y le acarició la mejilla.

—Me encantaría saber cómo son tus labios.

Rosalie sintió que el pulso se le paraba y comenzaba a latirle aceleradamente. Sin pensárselo dos veces, le tomó el dedo índice y se lo colocó sobre los labios.

Emmett los recorrió en silencio mientras Rosalie ni se movía, se limitaba a sentir lo íntimo que le resultaba que Emmett le acariciara el rostro. Emmett deslizó el dedo alrededor de sus labios y, a continuación, bajó hasta su mentón. Continúo dibujando el óvalo de su mandíbula y subió hasta su oreja, se paró en el lóbulo y estudió los tres agujeros que encontró.

Rosalie se estremeció y Emmett siguió avanzando hacia su cabeza. Rosalie se había recogido el pelo en una complicada trenza francesa que le había gustado especialmente porque le mantenía la melena bien peinada durante muchas horas.

Emmett le acarició el pelo y bajó hasta su cuello. Le colocó la mano sobre la nuca.

Rosalie sintió la necesidad de apoyarse en él, pero no lo hizo porque Emmett había continuado y ahora su mano estaba en su sien, avanzando por su frente y bajando por su nariz recta. A continuación, le acarició las cejas, las pestañas y Rosalie cerró los ojos.

De repente, la mano de Emmett había desaparecido.

Al abrir los ojos, Rosalie vio que se estaba girando.

—Gracias —le dijo.

—De nada —contestó ella.

Aunque había conseguido que su voz sonara normal, por dentro estaba como un flan. Sobre todo, estaba decepcionada. Le habría gustado que Emmett la hubiera besado. Sí, era cierto que estaba ridículamente enamorada de su vecino y él, aunque era posible que le gustara como mujer, no parecía estar tan interesado en ella.

—Me ha pasado muchas veces que, cuando le he pedido a una persona que me describiera cómo era, no lo ha sabido hacer —le explicó Emmett—. Me resulta mucho más útil tocarle la cara.

Así que no era la primera vez que lo hacía. Debía de ser una práctica normal en él.

«Es como si estuviera leyendo en Braille», recapacitó Rosalie.

No significaba nada más. Era la manera que Emmett tenía de aprender algo más sobre la persona que tenía delante.

«Lo que es justo porque yo sé cómo es, pero él no sabe cómo soy yo», pensó Rosalie. En cualquier caso, se sentía como un globo deshinchado.

—Bueno, ahora ya sabes cómo soy. Una chica normal y corriente —comentó colgándose la mochila del hombro—. ¿Nos vamos?

Emmett había enarcado las cejas ante su comentario, pero no dijo nada.

—Claro.

Rosalie se encaminó a su monovolumen.

—¿Dónde metemos a los perros?

—En el asiento de atrás —contestó Emmett—. Si no quieres que te dejen pelos por la tapicería, será mejor que les pongas una manta. ¿Tienes algo que les podamos colocar como medida de seguridad para que no se puedan pasar al asiento de delante?

—Tengo una red que va de lado a lado. ¿Qué te parece?

—Perfecto. En la escuela nos dicen que los pongamos en el suelo, a nuestros pies, pero no solemos hacerlo porque es muy peligroso si tenemos un accidente de frente.

Rosalie abrió el maletero y sacó la red mientras Emmett abría la puerta e indicada a los perros que subieran.

—Si fuéramos a hacer un viaje largo, los metería a cada uno en su caja por seguridad, pero, como solamente vamos a recorrer una distancia de dos kilómetros, no creo que pase nada —recapacitó Emmett—. Vaya, me parece que la última persona que se sentó aquí era bastante más bajita que yo —añadió al subirse al vehículo y encontrarse que casi se daba con la nariz en las rodillas.

—Sí, fue mi madre —rió Rosalie terminando de colocar la red—. Me ayudó con la mudanza. Tienes unos botones a la derecha de tu asiento. Si le das al primero, el asiento se mueve hacia atrás.

—Muy bien —contestó Emmett—. Mira, te he traído el cede del que te hablé. Lo puedes poner mientras conduces. Tenemos que ir a la 116 en dirección a Fairfield, la salida está un poco más allá de la iglesia luterana —le indicó Emmett.

Rosalie siguió sus instrucciones y encontró con facilidad el camino. En cuanto tomaron la carretera correcta, ante ellos se abrió una panorámica maravillosa de praderas y árboles hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Había cañones diseminados por el campo y se veían también placas y estatuas. Había varios kilómetros de recorrido por delante.

—Se trata del Arco de la Paz —le dijo Emmett cuando llegaron ante un gran monumento de piedra—. Por aquí debería haber un aparcamiento. Si quieres, ponemos el cede y empezamos la excursión. Así sabremos dónde y qué es lo que estamos viendo.

—¿Cuántas veces has hecho esto antes?

Emmett se encogió de hombros.

—Menos de diez, pero las suficientes como para sabérmelo de memoria. He traído aquí a mis padres, a la familia política de mi hermana, a algunos amigos que han venido a verme y a los padres de mi socio. No sé si a alguien más…

—Entonces, a lo mejor, ni siquiera necesitas el cede —recapacitó Rosalie.

—Sí, sí, claro que lo necesito —rió Emmett—. Lo vamos a necesitar porque me encanta la Historia y, si me preguntas algo, en lugar de estar aquí un día podríamos estar tres.

Rosalie asintió, pusieron el cede en marcha y comenzaron la excursión. Hicieron el trayecto más bien en silencio. En un par de ocasiones, Emmett le pidió que le describiera un monumento o un paisaje y a menudo añadió anécdotas que él conocía sobre los soldados que lucharon en aquel lugar.

—Desde luego, veo que no estabas mintiendo. Cuando me has dicho que te gusta la Historia, digo. Sabes un montón —le dijo Rosalie al terminar el paseo.

—Sí, este lugar siempre me ha fascinado —admitió Emmett—. Había venido varias veces antes del accidente, así que recuerdo muchas cosas.

—¿Te funciona bien la memoria, entonces?

—Bueno, me funciona, pero, a veces, recuerdo las cosas como envueltas en una neblina. Es como si fueran cuadros impresionistas. Tengo la idea general, pero los detalles se me pierden. Una de las primeras cosas que perdí fue la capacidad de escribir.

—¿Y qué haces cuando tienes que firmar una tarjeta de crédito o ciertos documentos?

—No suelo utilizar tarjetas de crédito porque podrían engañarme con facilidad, así que suelo pagar en efectivo. Normalmente, compro por catálogo o en tiendas en las que ya me conocen y donde pago una vez al mes. En cuanto a los documentos, que, como supondrás, sí que tengo que firmar a menudo, utilizo una cosa que se llama guía para firmar y que es un recuadro en el que está inscrita tu firma. Sólo tengo que seguirla con el bolígrafo. Con cierta práctica, queda más o menos bien.

Le había explicado todo aquello sin pizca de resignación, sencillamente. Rosalie volvió a maravillarse ante lo poco que parecía haber sufrido la vida de Emmett ante su ceguera. Obviamente, sabía que los cambios tenían que haber sido considerables, pero los había superado todos y parecía un hombre genuinamente feliz.

Cuando llegaron a un cortado, Emmett insistió para que subieran a las rocas.

Tras dejar a Pixie en el coche, los tres subieron a la cumbre.

—¿En qué dirección estamos? —Le preguntó Emmett—. Yo diría que norte o noreste.

Rosalie se quedó mirando el sol de últimos de otoño.

—Sí, así es. ¿Cómo lo has sabido?

—Porque me da el sol en la cara —contestó Emmett tomándola por el hombro y girándola hacía el este mientras procedía a explicarle los movimientos y los ataques de las tropas.

Emmett estaba realmente animado y Rosalie disfrutaba viéndolo así. Se quedó mirándolo y sintió un inmenso deseo de tocarle el rostro, tal y como él había hecho aquella mañana con ella.

Lo cierto era que quería mucho más. Sobre todo porque sentía su brazo, que Emmett había deslizado desde su hombro hasta su cintura.

—¿Rosalie? —Dijo Emmett al cabo un rato—. Perdona, me parece que te estoy aburriendo soberanamente.

—No, en absoluto —le aseguró Rosalie saliendo de sus ensoñaciones—. Es que estaba intentando… imaginar el campo de batalla.

—¿Y lo has conseguido? —le preguntó Emmett girándose hacia ella.

La tenía muy cerca.

—Más o menos —contestó Rosalie con la respiración entrecortada—. Creo que será mejor que bajemos.

—Muy bien.

¿Lo había dicho con pena? Mientras bajaban con cuidado, Rosalie se preguntó si aquel hombre se daría cuenta de lo interesada que estaba en él. Aquello era de locos, pero, cuanto más tiempo pasaba a su lado, más necesidad tenía de él.

Al final, pasaron cinco horas en el campo de batalla y Rosalie habría podido pasarse otras cinco. Había llevado manzanas y sándwiches de jamón, así que los compartieron sentados bajo un árbol. Cuando comenzó a atardecer, se montaron de nuevo en el coche y volvieron a casa.

—Gracias —le dijo Rosalie al llegar al pasillo de sus pisos—. Ha sido un día realmente fascinante.

—Me alegro mucho de que te haya gustado —contestó Emmett—. Hay gente a la que la historia de esta zona no le importa en absoluto.

—No me lo puedo creer. La próxima vez, en lugar de escuchar el cede, preferiría escucharte a ti todo el rato.

En cuanto pronunció aquellas palabras, Rosalie sintió ganas de hacer un hoyo y de meter la cabeza bajo tierra porque Emmett no había dicho en ningún momento que quisiera volver a salir con ella.

—Trato hecho —contestó sin embargo con una gran sonrisa.

En aquel momento, su reloj le dio la hora en voz alta, algo a lo que Rosalie estaba comenzando a acostumbrarse.

—Te tengo que dejar —anunció Emmett—. He quedado para cenar esta noche.

—Muy bien —contestó Rosalie.

¿Había quedado para cenar? ¿Era aquélla una manera sutil de decirle que no se ilusionara con él?

—Yo también me tengo que ir, así que…

—Rosalie —la interrumpió Emmett poniéndole un dedo sobre los labios—. Gracias —añadió besándole la otra mano.

Aunque hubiera querido hacerlo adrede, no le podría haber salido mejor porque a Rosalie siempre le había encantado que le besaran la mano. Estaba tan emocionada que no pudo ni contestar.

—Nos vemos —se despidió Emmett—. Es una manera de hablar —añadió sonriendo mientras se dirigía a su casa.

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Rosalie no podía dormir aquella noche y oyó llegar a Emmett poco antes de las doce. Fue por pura casualidad pues un rato antes había decidido levantarse a prepararse un té y a hacer un puzzle hasta que le entrara sueño.

El domingo no lo vio aunque oyó que se iba y también lo oyó volver por la tarde. El lunes tampoco lo vio. El martes sonó el teléfono cuando se acababa de despertar. Estaba haciendo sus ejercicios de Pilates, así que contestó con el manos libres.

—¿Sí?

—Hola, Rosalie, soy Emmett —la saludó aunque ella ya lo sabía por la pantalla del teléfono—. Te quería preguntar si te importaría quedarte con Pixie esta semana.

—Me encantaría. Ya me había acostumbrado a su presencia y ahora la casa se me hace solitaria y silenciosa.

—Te entiendo perfectamente. Una vez tuve que dejarla en el veterinario por la noche y lo pasé fatal. Fue como si me tuviera que separar de un miembro de mi familia. No me gustó nada. Bueno, tengo prisa. Tengo una semana de locos. Te la paso ahora mismo.

Efectivamente, a Rosalie apenas le dio tiempo de sacarse la cara con una toalla y Emmett ya estaba llamando a la puerta.

—Hola —lo saludó al abrir.

—Hola —contestó él con una gran sonrisa—. Muchas gracias. Ayer la dejé solamente unas horas para ir a trabajar y me lo encontré muy enfadada por la noche, ¿sabes?

—Por mí, como si se queda toda la semana conmigo, si quieres.

Para su sorpresa, Emmett asintió.

—Si a ti te parece bien, yo te lo agradecería mucho. No me gusta nada dejarla sola durante todo el día aunque venga a verla a la hora de comer.

—Muy bien, entonces se queda conmigo.

—¡Estupendo! Te he traído su comida. Te tengo que dejar, que tengo prisa. Llámame si tienes cualquier duda o problema —se despidió Emmett entregándole la tarjeta con todos sus números de teléfono.

—No te preocupes, todo irá bien. Que tengas un buen… día —se despidió Rosalie.

Emmett ya le había dado la orden a Eddie de que anduviera y ya estaban bajando las escaleras.

Por lo visto, iba en serio aquello de que estaba ocupado.

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El martes por la tarde, Rosalie fue a una reunión del grupo de apoyo de la biblioteca municipal y, sin saber muy bien cómo, se encontró siendo nombrada tesorera porque la mujer que se ocupaba hasta el momento de aquella tarea había tenido un accidente.

—Es temporal —le había asegurado el presidente.

—Eso mismo me dijeron a mí hace diez años —había añadido el vicepresidente guiñándole el ojo.

Al llegar a casa, Pixie la recibió encantada aunque apenas había estado fuera una hora. Le sorprendía bastante que Emmett no la llamara para ver qué tal estaba la perra, pero se dijo que debía de estar hasta arriba de trabajo.

El miércoles por la mañana, hizo su tabla de posturas de yoga y luego salió a correr por la calle Taneytown.

Llegó hasta el centro de visitantes del parque temático de la batalla de Gettysburg. Al cabo de un rato, decidió darse la vuelta e hizo las últimas manzanas de regreso andando para ir bajando las pulsaciones.

Al llegar a casa, se duchó y se pesó. Todavía tenía la costumbre de vigilar de cerca su peso aunque ahora lo hacía para no bajar del que se había planteado mantener cuando había dejado de ser modelo.

¡Y Emmett pensaba que estaba delgada! ¡Si la hubiera visto entonces!

La llamó a la hora de comer. Parecía tener prisa, así que, cuando Rosalie le aseguró que Pixie estaba bien, le dio las gracias y se despidió apresuradamente. El jueves y el viernes se repitió la misma conversación apresurada y para el viernes por la noche Rosalie estaba empezando a sentirse algo enfadada.

Eran ya las siete y Emmett no había vuelto, así que supuso que pretendía que se quedara con Pixie hasta el sábado.

Fue entonces cuando lo oyó en el pasillo. Al instante, se levantó del sofá en el que había estado leyendo un libro. Pixie, que estaba tumbada a su lado, la miró, pero no se movió.

Mientras iba hacia la puerta, preguntándose qué le iba decir a Emmett cuando estuvieran frente a frente, escuchó que se abría la puerta de su casa.

Y que se volvía a cerrar.

Bueno. Por lo visto, Emmett no tenía tanta prisa por ver a Pixie como ella creía. Ni a ella, tampoco.

«Nunca dijo que quisiera volver a verme». Cierto, pero el sábado anterior se lo habían pasado tan bien…

¿Habrían sido imaginaciones suyas o la química que le había parecido que surgía entre ellos había sido real?

Enfadada consigo misma, Rosalie fue a la cocina y se puso a repasar el libro de contabilidad de la asociación de Amigos de la Biblioteca. Aunque le habían asegurado que ser tesorera de la asociación no era nada del otro mundo, quería entender perfectamente en lo que se había metido porque de ella dependía la autorización para los pagos.

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No sé a ustedes… pero los capítulos se me pasan tan rápidos jajajaja

En fin, no olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!