No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la grandiosa Anne Marie Winston. Yo solo me divierto un poco.

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Emmett la llamó el sábado por la mañana mientras Rosalie estaba calentando y estirando para salir a correr.

—Buenos días, supongo que creerás que he abandonado a mi perra —la saludó.

—No, claro que no. Ya me advertiste que tenías una semana de locos.

Efectivamente, se lo había advertido, pero lo cierto era que Rosalie no había esperado que desapareciera de la faz de la tierra durante cinco días.

—Estoy preparando un juicio y apenas tengo tiempo ni de comer.

Rosalie no supo qué contestar y, mientras intentaba pensar en una respuesta, se le antojó que el silencio se le estaba haciendo cada vez más incómodo.

—¿Tienes planes para hoy? —le preguntó Emmett tan tranquilo, como si su silencio no le pareciera extraño en absoluto.

—No —contestó Rosalie—. Iba a salir a correr un rato y tenía intención de pasar esta tarde por la fábrica de Boyd's Bears. La verdad es que nunca he coleccionado ositos de peluche, pero se acercan las navidades y seguro que a mi sobrina le encanta que le regale uno.

—Las navidades, ¿eh? No me digas que eres de ésas —bromeó.

—¿De ésas qué?

—Una de esas personas que compran los regalos de Navidad con tiempo y en diciembre está tan tranquila mientras los demás nos volvemos locos corriendo de un lado para otro.

—Efectivamente, soy una de ésas. No hay nada que odie más que tener que salir de compras cuando las tiendas están hasta arriba.

—Tienes razón. Te puedes imaginar que maniobrar por los pasillos de los centros comerciales con un perro es difícil, pero hacerlo durante las navidades es imposible. En cualquier caso, no te llamaba por eso.

—Ya supongo —comentó Rosalie en tono divertido—. A ver si lo adivino. ¿Quieres que te devuelva a tu perra?

—No. Bueno, sí, pero no es eso por lo que te he llamado tampoco. ¿Te gustaría salir a cenar conmigo esta noche?

¿Una cita? ¿Emmett le acababa de pedir salir? Aquello la había tomado completamente por sorpresa y Rosalie no contestó inmediatamente.

—¿Rosalie? — A Rosalie le pareció que pronunciaba su nombre con incertidumbre. —Supongo que te aviso con poca antelación y…

—Me encantaría salir a cenar contigo —se apresuró a contestar Rosalie—. ¿Tenías algún sitio pensado?

—Sí, me gustaría ir a The Dobbin House —contestó Emmett—. Es un restaurante en el que se sirven comidas del siglo XIX perfectamente ambientadas.

—Sí, he visto los anuncios y me ha parecido curioso. ¿Tú sueles ir?

—No —contestó Emmett poniéndose serio.

Rosalie se percató de que su estado de ánimo había cambiado.

—¿A qué hora quieres que quedemos? —le preguntó antes de que Emmett cambiara de opinión.

—¿Te parece bien a las seis y media?

—Seis y media está perfecto. Me apetece mucho.

—A mí, también. Te he echado de menos esta semana —declaró en tono afectuoso de nuevo.

Rosalie se preguntó si el cambio de humor habría sido una imaginación suya.

—Nos vemos esta tarde, entonces.

Rosalie colgó el teléfono y se quedó mirándolo unos segundos. A continuación, dio un brinco de alegría y se puso a bailar por la cocina. Emmett había estado muy ocupado, por eso no había sabido nada de él. ¡Y le acababa de decir que la había echado de menos!

El resto del día se le hizo una eternidad. Rosalie se lavó el pelo y se dio un largo y delicioso baño de espuma con sus sales favoritas.

Decidir qué ropa se iba a poner resultó un dilema. Vestirse para salir con un hombre ciego resultaba muy interesante. Si la tocaba, Rosalie quería que le gustara la tela. Al final, resultó ser más o menos igual de difícil que arreglarse para un hombre que viera porque se tomó toda la preocupación del mundo.

Rosalie se puso crema hidratante por toda la piel y se pintó los labios con brillo. Cuanto menos se pareciera a la que había sido en el pasado, menos posibilidades había de que alguien la reconociera.

Debía hablarle de su pasado a Emmett. Sí, pronto. Ya la conocía lo suficiente como para que enterarse de que había sido una modelo conocida no fuera determinante.

Rosalie se recordó que sólo hacía diez días que se conocían y que no le había contado nada de su vida pasada porque no había tenido oportunidad.

Por fin, llegaron las seis y media de la tarde. A la hora en punto, sonó el timbre de su casa y Rosalie se obligó a ir hacia la puerta caminando, no corriendo. Había estado esperando en la cocina, lo que le había costado un gran esfuerzo porque, si por ella hubiera sido, habría estado justo al lado la puerta.

—Hola —lo saludó.

—Hola —contestó él con un maravilloso ramo de rosas en la mano.

Había flores de todos los colores… rosa, melocotón, naranja y blanco.

—Son para ti.

—¡Emmett! Son preciosas —exclamó Rosalie sinceramente agradecida.

—Me alegro de que te gusten. La dependienta de la floristería me describió unos cuantos ramos y éste me pareció el más bonito.

—Es precioso —insistió Rosalie—. Gracias. Por favor, pasa mientras las pongo en un florero con agua —añadió haciéndose a un lado.

A continuación, volvió a la cocina y sacó un florero de cristal de un armario, lo llenó de agua y metió las flores dentro.

Emmett la había seguido hasta la cocina.

—¿Qué llevas puesto? —le preguntó.

—¿Te refieres a la ropa o al perfume?

—A las dos cosas —sonrió Emmett—. Hueles de maravilla. Descríbeme lo que llevas.

—No llevo perfume. Debe de ser que huelo a las sales de baño. Creo que eran de violetas. En cuanto a describirme, soy alta.

—Eso ya lo sé. Sé que eres alta y delgada.

—Bueno, pues tengo el pelo largo y liso.

—¿De qué color?

—Rubio. Muy claro. Tengo los ojos azules y la piel muy blanca. Si no me maquillo, soy prácticamente invisible.

—Difícil de creer —murmuró Emmett—. Sigue.

—¿Qué más quieres saber?

—¿Por dónde te llega exactamente el pelo cuando lo llevas suelto?

—Hace años, me llegaba casi por la cintura, pero ahora lo llevo por los hombros… aunque me lo estoy dejando crecer.

—Qué bonito.

«Mucho más bonita que esa melena rizada y pelirroja que me obligaban a llevar los de la agencia», pensó Rosalie.

—Tengo los pies grandes para ser mujer —continuó.

—Supongo que es porque eres muy alta. A mí también me pasa. A veces, me tienen que hacer los zapatos a medida. Cuéntame algo de tu cara.

—¿Mi cara? ¿Qué quieres que te diga?

Rosalie se sentía ligeramente incómoda de ser el centro de atención. Estaba acostumbrada a que analizaran sus rasgos físicos, pero era la primera vez que le pedían que lo hiciera ella misma. También estaba acostumbrada a que se fijaran en su cuerpo, pero nunca le había afectado a nivel personal, como en aquel momento.

—¿Qué forma tiene?

—No lo sé. Es alargada y delgada, supongo. Ovalada, quizás.

—Y yo sé que tienes los pómulos altos y que tienes un hoyuelo muy gracioso en la barbilla.

—A mí ese hoyuelo no me gusta nada —protestó Rosalie.

—¿Por qué? Es sexy.

—Sí tú lo dices…

Aquello hizo reír a Emmett.

—¿Qué llevas puesto?

—Una falda larga y una camisa de seda. Tengo preparada una chaqueta de pana sobre el respaldo del sofá.

—¿Te importaría que tocara tu ropa?

—No —contestó Rosalie acercándose a él.

—Esto parece ante —comentó Emmett tocándole la falda.

—Creo que es poliéster.

Entonces, Emmett soltó la falda y subió la mano por su cadera hasta la zona lumbar para tocar la blusa.

—Vaya, es de seda. Tiene un tacto fabuloso.

Rosalie no supo qué contestar. Se le había tensado el cuerpo entero al sentir sus dedos y estaba prácticamente temblando. Desde luego, aquel hombre era de una atracción sexual increíble. Si era capaz de hacer eso solamente con los dedos, ¿qué sería capaz de hacer con…?

«¡Para!», se dijo Rosalie.

De nuevo, tuvo que recordarse que no quería mantener una relación con ningún hombre. Había tenido muchas oportunidades de hacerlo mientras era modelo, pero, desde Garrett, nunca se había vuelto a interesar por nadie.

Hasta ahora.

Bueno, sí. Era cierto que Emmett era muy guapo, muy atractivo y sensual, divertido e interesante, pero eso no quería decir que se fuera a dejar llevar.

Por supuesto que no.

Estaban en noviembre, pero hacía buena noche, así que decidieron ir andando al restaurante.

Emmett había dejado a Eddie en casa porque se había dado cuenta de que el perro era demasiado grande para estar a gusto en un local.

—Esta semana, he tenido que salir a comer con clientes continuamente y le han pisado la cola no sé cuántas veces —le explicó a Rosalie.

En aquella ocasión, Emmett llevaba con él un bastón blanco y a Rosalie le sorprendió lo bien que se movía con él a la hora de detectar las aceras para cruzar.

—Si no pudiera ver lo que tengo delante, supongo que me moriría de miedo — comentó.

—Al principio, sí, pero te vas acostumbrando. Sé que las aceras de la parte antigua de la ciudad son desiguales, así que tengo cuidado. Aunque me hubiera traído al perro, tendría que ir con cuidado.

—¿Cómo aprendiste a utilizar el bastón? ¿Después del accidente tuviste que ir a alguna escuela o algo así?

—No. En Pensilvania, los servicios para ciegos te asignan un entrenador personal. Por desgracia, no todos los instructores son igual de buenos. En cualquier caso, a mí solamente me dieron tres clases.

—¿Sólo tres?

—Sí —contestó Emmett—. Yo, por suerte, vengo de una familia en la que el dinero no es un problema y me pudieron pagar una entrenadora privada durante un mes y medio. Me ayudó enormemente.

—Ya me lo imagino… ¿en qué te ayudó exactamente?

—Aquella mujer me convenció de que la vida me resultaría mucho más fácil si aprendía Braille, el idioma de los ciegos. Hay mucha gente que se queda ciega de adulta que no quiere aprenderlo, pero yo me alegro mucho de haberlo hecho. La verdad es que hay un montón de cosas que nos hace la vida más fácil, desde el reloj que te da la hora en voz alta hasta dispositivos especiales de ordenadores.

—¿Qué fue lo que más te costó? —quiso saber Rosalie.

Emmett no dudó.

—Tuve que acostumbrarme a utilizar mucho más el tacto de lo que lo había hecho hasta entonces y a memorizar cosas como distancias o el emplazamiento de los muebles. Tuve que prestar mucha atención también al tráfico.

—¿Y la gente? ¿Te resultaba difícil saber quién estaba hablando en cada momento?

—No, la verdad es que no —contestó Emmett—. Dime cuándo se pone en verde —añadió al detectar una acera—. A no ser que se trate de una persona que no haya visto en mucho tiempo, me resulta fácil reconocer a la gente por la voz.

—Eres increíble —comentó Rosalie sinceramente—. Uno no sabe lo que es capaz de hacer hasta que tiene que hacerlo, pero yo creo que no sería capaz de hacer lo que tú haces.

—Yo me limito a vivir.

—Sí, tú solo y haciéndote cargo de dos perros.

—No te queda más remedio que hacerlo y lo haces. Si me hubieras preguntado si iba a poder vivir así cuando no era ciego, te habría dicho que no y ahora aquí me tienes.

—Sí, tienes razón —contestó Rosalie.

Le había dicho que le parecía un hombre increíble y lo había dicho de verdad. Cuanto más tiempo pasaba a su lado, menos recordaba que era ciego. Simplemente era… Emmett.

Al llegar al restaurante, Rosalie lo guió hacia la entrada. Tras dejar los abrigos en el guardarropa, una camarera los acompañó hacia su mesa.

—¿Te importa que te agarre del brazo?

—Claro que no —contestó Rosalie—. ¿Del derecho o del izquierdo?

—Del izquierdo. Así iré un paso por detrás de ti y sabré si tengo que subir o bajar escaleras y hacia dónde tengo que girar.

—Muy bien —contestó Rosalie colocándose delante y esperando a que Emmett la agarrara del brazo.

Emmett levantó la mano derecha y buscó su codo. Al hacerlo, le rozó las costillas y el lateral del pecho.

Rosalie sintió una descarga por todo el cuerpo y cerró los ojos. Jamás se había sentido tan atraída por un hombre.

—¿Rosalie?

Rosalie se giró hacia él y se encontró sus labios a unos cuantos milímetros de distancia. ¡Lo que daría por besarlo! Rosalie carraspeó, decidida a apartar sus pensamientos de Emmett y a volver a la cena.

—Estaba esperando a que la camarera nos mostrara nuestra mesa —contestó con poca convicción comenzando a avanzar.

Se paró cuando Emmett estuvo junto a una silla.

—Tienes tu silla justo a la izquierda. El respaldo está al lado de tu mano izquierda.

Emmett alargó la mano izquierda y agarró la silla. A continuación, se sentó mientras Rosalie iba hacia su asiento. Cuando se giró hacia él, vio que Emmett estaba frunciendo el ceño. Obviamente, estaba muy enfadado.

—¿Qué te pasa?

Emmett se encogió de hombros.

—Nada —suspiró—. A veces, me molesta mucho no poder hacer cosas que me gustaría hacer, como apartarte la silla para que te sientes o abrirte la puerta.

—No te preocupes, a mí ese tipo de detalles no me importan. Me importaría si no fueras ciego porque querría decir que eres poco detallista, pero, en tu condición, no lo tengo en cuenta.

Emmett se relajó visiblemente.

—Por cómo lo has dicho, deduzco que has tenido malas experiencias con hombres poco educados.

—No te puedes ni imaginar la cantidad de hombres con los que he salido que me han tratado como si fuera… un accesorio más —contestó Rosalie recordando la cantidad de veladas aburridas que había pasado con el ligón de turno.

—Así que has salido con muchos hombres… —comentó Emmett.

Rosalie recordó que Emmett no tenía ni idea de quién era.

—No con tantos —contestó—. A lo mejor, recuerdo a los peores porque salir con ellos fue una experiencia espantosa.

—¿Nunca has salido con tipos divertido?

—Sí, también tengo recuerdos de unas cuantas citas buenas.

—¿Alguna en particular?

—Sí, una vez creí que había encontrado a un príncipe, pero resultó ser un sapo.

—Una rana —la corrigió Emmett—. Según el cuento, la princesa besa a una rana.

—Ya lo sé, pero te aseguro que éste era un sapo.

—¿Qué hizo para que lo definas así?

Rosalie recordó cómo había conocido a Garrett en una fiesta que se había celebrado tras un desfile en París.

—Conocí a aquel hombre siendo yo todavía muy jovencita e impresionable. Él era británico y muy rico. Por lo visto, su familia tenía ciertas expectativas. Yo creía que estaba enamorado de mí, pero resultó que le gustaba más cómo quedaba colgada de su brazo, como un adorno, que la persona que yo en realidad.

—¿Cómo te enteraste de eso?

Rosalie tomó aire para tranquilizarse y se dijo que Garrett era agua pasada.

—Yo me estaba empezando a hacer ilusiones con casarme con él y, cuando él se dio cuenta, me dijo muy clarito que yo no era apta para convertirme en su esposa. Sin embargo, también me propuso mantenerme como amante una vez casado.

Aquello hizo maldecir a Emmett.

—Desde luego, no te mereces a un tipo así.

—Eso mismo pensé yo. Por eso lo dejé. ¿Y tú? ¿Has tenido que vértelas alguna vez con una mujer desagradable?

Emmett sonrió.

—No, el desagradable solía ser yo.

—¿Y eso? —preguntó Rosalie con curiosidad.

—Estuve prometido una vez —contestó Emmett esperando la reacción de Rosalie.

Rosalie tuvo mucho cuidado de no responder y se encontró sorprendentemente resentida ante el hecho de que Emmett hubiera estado a punto de casarse. Toda una tontería por su parte cuando ella también había tenido relaciones serias.

Al ver que no decía nada, Emmett decidió proseguir.

—No me parecía que la relación estuviera yendo bien, así que decidí dar el compromiso por finalizado. Ella no quería romper el compromiso, pero yo insistí, así que me parece que el sapo en aquella ocasión fui yo.

—Supongo que tendrías tus razones.

—Sí, en aquel momento me parecieron más que suficientes.

—¿Pero te arrepientes?

—Sí, me arrepentí durante mucho tiempo, pero…

En aquel momento, llegó la camarera y Emmett no terminó la frase. La velada fue agradable, la comida interesante y, mientras comían, la conversación versó sobre temas fáciles y superficiales.

Era obvio que Emmett había dado por cerrado el capítulo de secretos personales.

Aunque Rosalie se moría de curiosidad por saber el final de su historia, no se lo preguntó por miedo a que Emmett también sintiera curiosidad por su vida pasada.

Rosalie se prometió a sí misma que tenía que contarle a Emmett la verdad. Algún día. Pero era tan agradable estar con una persona que no reaccionaba ante ella por ser A'Rosalie, la supermodelo pelirroja de la portada de Sports Illustrated.

Después de la cena, volvieron andando a casa.

—¿Te apetece pasar a tomarte un café? —lo invitó Rosalie.

—Claro —contestó Emmett siguiéndola a su apartamento y sentándose en el sofá mientras Rosalie iba a la cocina.

Inmediatamente, Pixie se tumbó enfrente de él. Mientras preparaba el café, Rosalie escuchaba cómo Emmett le hablaba a su perra con dulzura.

Hubo algo en su voz que le recordó el cariño con el que su padre solía hablarle a ella de pequeña.

Su padre.

Llevaba una semana intentando no pensar en él, pero había habido algo en el tono de voz de Emmett que le había hecho recordarlo. Lo cierto era que, hiciera lo que hiciera, su padre siempre había querido mucho a sus hijas.

Rosalie suspiró.

¿Por qué demonios querría casarse de nuevo? A Rosalie le gustaría que no fuera por ahí casándose con cada jovencita que aparecía en su vida. Por supuesto, no porque la herencia le supusiera un problema ya que ella tenía dinero de sobra para toda la vida y su hermana Kate estaba casada con el dueño de una empresa de informática y les iba de maravilla.

En aquel momento, Rosalie se preguntó cómo era posible que su hermana y Alistair, que era un hombre maravilloso que adoraba a su esposa y a sus tres hijos, llevaran juntos catorce años después del ejemplo tan desastroso que habían tenido con sus padres. ¿Y por qué demonios estaba ella pensando en el matrimonio?

Rosalie volvió al salón con una bandeja y el servicio de café en ella y lo dejó sobre la mesa.

—¿Te han traído el piano? —le preguntó Emmett mientras aceptaba la taza que Rosalie le había servido.

—¡Sí! ¡Me apetece mucho empezar las clases la semana que viene! —exclamó Rosalie entusiasmada—. He estado practicando escalas y unos cuantos ejercicios de dedos que recordaba.

—Pronto estarás hecha toda una concertista.

—Ojalá. ¿Tú tocas algún instrumento?

—En el colegio tocaba el trombón en la banda, pero lo dejé.

—Yo nunca estuve en la banda del colegio, pero siempre me pareció que tenía que ser divertido.

—Sí, era muy divertido. Yo iba a un colegio muy grande y la banda era muy buena. Un año, incluso desfilamos en el Desfile de las Rosas.

—¡Guau! Eso debió de resultar interesante.

—Sí —contestó Emmett chasqueando la lengua—. Nos pasamos un año y medio recaudando dinero para poder hacer el viaje.

—Por lo que me cuentas, parece que tienes muy buenos recuerdos del colegio.

—¿Acaso tú no?

—Bueno, yo era más alta que todos los chicos de mi clase y eso fue así desde sexto curso hasta el final del colegio. Ya te conté que no me interesaba el baloncesto sino el ballet, pero en mi colegio no existía aquella actividad.

—¿Y nunca pensaste en hacerte modelo?

Oh, oh.

Rosalie pensó en aprovechar la oportunidad, pero se dijo que no estaba todavía preparada. Emmett parecía sentirse a gusto en su compañía, parecía apreciarla por ser simplemente ella, Rosalie. En cuanto le hubiera dicho quién era, no tendría manera de saber si le gustaba ella o su imagen.

—Sí, se me podría haber ocurrido —contestó.

No había mentido del todo ya que había comenzado su carrera como modelo por pura casualidad cuando un fotógrafo le había hecho una fotografía en un acto benéfico en el que estaba participando como empleada del banco en el que se había puesto a trabajar al terminar el colegio.

—Si a eso que te cuento, le añades que mi hermana era la capitana de las animadoras, te darás cuenta de que yo era una chica que no destacaba.

—No me lo puedo creer. Yo seguro que me habría fijado en ti.

—¿De verdad?

—Seguro que sí. Bueno, te tengo que dejar. Mañana tengo que revisar los últimos detalles del juicio.

—¡Se me había olvidado! ¿Qué tal ha ido? —le preguntó Rosalie acompañándolo a la puerta.

—Terminó ayer —contestó Emmett—. Gracias a Dios.

—¿Ha salido como tú querías?

—Sí —contestó Emmett sonriendo muy nervioso—. Ojalá todos fueran igual de bien. Era un caso importante de fraude a una aseguradora.

—Enhorabuena entonces —contestó Rosalie tocándole el hombro—. ¿Por qué no me lo has dicho durante la cena? Lo podríamos haber celebrado.

—Porque durante la cena no estaba precisamente pensando en el juicio — contestó Emmett poniéndole las manos en los hombros y haciendo círculos con los pulgares sobre su blusa—. Estaba completamente pendiente de ti.

Rosalie se había quedado con la boca abierta. Emmett aprovechó el silencio para pasarle los brazos por la cintura y apretarla contra su cuerpo.

—Te voy a besar.

No era una pregunta.

Rosalie vio cómo su rostro se acercaba y no dijo nada. Se limitó a pasarle los brazos por el cuello y a permitir que sus labios se encontraran. Cuando los tuvo sobre su boca, sintió una gran excitación por todo el cuerpo.

¿Alguna vez en su vida se había sentido así? ¿Alguna vez había sentido aquella necesidad de entregarse a un hombre? ¿Había sentido alguna vez que se iba a morir si un hombre no la tocaba?

Emmett le colocó una mano en la zona lumbar de la espalda y la apretó contra sí y Rosalie se dio cuenta de que sus cuerpos parecían estar hechos el uno para el otro.

Emmett comenzó a besarla con fruición por la mandíbula hasta que llegó a su oreja, donde encontró un lugar tan sensible que el contacto hizo que a Rosalie le bailaran las rodillas.

—Cuánto tiempo llevaba queriendo hacer esto —dijo Emmett.

Rosalie sonrió y echó la cabeza hacia atrás para permitir que Emmett siguiera besándola por el cuello.

—Más o menos el mismo que llevaba queriendo que lo hicieras.

Emmett chasqueó la lengua y volvió a buscar su boca. La besó con pasión y se frotó contra ella, excitándola tanto que Rosalie se encontró apretándose contra su cuerpo y gimiendo de placer.

—Me tengo que ir —declaró Emmett apartándose un poco—. Me voy a ir antes de que te lleve a hacer algo para lo que no estás todavía preparada.

Aquello la conmovió profundamente.

—Es cierto, no estoy preparada, pero seguramente me podrías hacer cambiar de parecer —declaró sinceramente.

—Por favor, no me lo pongas tan duro —se despidió Emmett besándola por última vez. Aquello los hizo reír a ambos. —Me parece que no he elegido las mejores palabras —declaró Emmett apartándose.

Su franqueza hizo reír a Rosalie.

—Ya seguiremos en otra ocasión.

—Eso espero —dijo Emmett tomando el bastón y avanzando por el pasillo—. Hablamos mañana.

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Emmett entró en casa y se dirigió directamente a la cocina, donde lo esperaba Eddie.

—Hola, chico, ¿qué tal estás? Yo también me alegro de verte. Sí, sí, yo también te quiero mucho —le dijo mientras el perro saltaba y le lamía la cara—. Aunque, si quieres que te sea sincero, preferiría que estos besos me los estuviera dando cierta persona.

Mientras sacaba a Eddie al parque, Emmett se dio cuenta de que todavía tenía el sabor de Rosalie en la boca.

No tenía ninguna intención de tener una relación con nadie. Lo cierto era que hacía tanto tiempo que no se interesaba por una mujer que había empezado a preguntarse si no sería que, al no poder verlas, ya no le interesaban en absoluto.

Ahora, sabía que se había equivocado. Lo que pasaba era que no le había interesado ninguna porque no había conocido a la mujer adecuada.

Volvió a casa excitado al recordar las curvas del cuerpo de Rosalie. Al quitarse los pantalones, se rozó la erección y se dijo que no iba a parar hasta que no tuviera a su preciosa vecina entre las piernas jadeando de placer.

Sí, con eso se conformaría.

A continuación, se dirigió al baño. Nunca le habían gustado las duchas de agua fría, pero aquella noche no iba a tener más remedio que darse una.

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Ufff Ufff Uffff! AQUÍ HAY QUÍMICA! Jajajajajaja que bonito que ya sepan que se atraen estos dos… ¿qué opinan de este cap?

Esta vez me aseguraré de poner correctamente los capítulos jajaja eso me pasa por subirlos con prisas…

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!