CXXVII
Paz efímera
Nueva Tokio, 17 de marzo de 2000, 11:11a.m.
Era el momento de las Sailor Starlights para despedirse, pues ya no tenían nada que hacer en el planeta Tierra. La reconstrucción había acabado, o al menos la obra gruesa, y ya no había mucho que hacer, aparte de ver a la humanidad tomar un rumbo nuevo. Serena y las demás se encontraban en las afueras de Nueva Tokio, frente a Seiya, Yaten, Taiki y Kakyou. Seiya era la única que se mostraba triste por la despedida, pero las demás lucían como si no quisieran esperar para irse del planeta. Kakyou especialmente, por lo que había hecho Sailor Moon.
—No puedo decir que estoy triste por esta despedida —dijo la princesa, aunque su expresión así lo mostrara—. La verdad, Serena, esperaba más de ti, la dueña del Cristal de Plata. Es una enorme responsabilidad poseer el Sailor Cristal de Sailor Alpha. Ella era la guardiana de todo el universo. No creo que seas su legítima sucesora. Sailor Silver Moon luce más como Sailor Alpha. Es fuerte, poderosa, leal, y lo da todo y más por las personas que ama.
—Es irónico que digas eso —acotó Sailor Mars, frunciendo el ceño—, pues hace cuatro años, ella casi te demolió a golpes.
—Nadie es perfecto —dijo la princesa por toda respuesta.
—No le tires mierda a Serena —intervino Saori, crispando los puños—. Recuerda lo que te dije en esa ocasión. Da las gracias que no usé mis puños para convencerte de la verdad.
La princesa no dijo nada.
—Espero que tu decisión haya sido buena… a la larga —dijo Seiya, mirando a su alrededor, viendo vestigios de lo que había sido la calamidad de 1996—. Al menos Sailor Galaxia ya no existe, y pudiste detener al Caos a tiempo. Solamente puede haber paz a partir de este momento.
—Yo también espero lo mismo —dijo Serena, sin mirar a Seiya. Era evidente que aún lamentaba la decisión que había acabado con más de cuatro mil millones de personas—. No me gustaría creer que sacrifiqué todas esas almas por nada.
Hubo un silencio prolongado después de esas palabras, durante el cual las Sailor Senshi del sistema solar y las Sailor Gems miraban a las Sailor Starlights con algo de pena. Pese a que no había sido una buena experiencia relacionándose con ellas, igualmente habían peleado junto a ellas, en el centro de la Vía Láctea.
—Bueno, es hora de irnos —dijo la princesa, haciendo una seña a sus guardianas para que se transformaran. Cuando eso ocurrió, le dedicó una mirada penetrante a Serena—. Adiós, Sailor Moon. Espero estar equivocada con respecto a ti.
Las Sailor Starlights desaparecieron en un destello de luz, sorprendiendo un poco a las chicas. Serena fue la única que no hizo nada. Seguía mirando al suelo, y las demás la miraron con pena. Sabían que ella estaba en lo cierto al haber tomado tan horrible decisión, pero también tenían presente que no lo había hecho a la ligera, y que cargaba con los fantasmas de cuatro mil millones de hombres, mujeres y niños, al igual que incontables otros seres vivos. Sabían que no se sentía como una Sailor Senshi que luchaba por el amor y la justicia, sino como debería sentirse Herbert Dixon, sin saber que él también pasaba por lo mismo que Serena, solamente que en soledad, y en su base secreta en lo que quedaba de Washington.
Al día siguiente, fue el turno de Sailor Zephyr de decir adiós. Ella, en esos tres años, nunca había mostrado su forma normal, tal vez avergonzada de lo que alguna vez fue. Sin embargo, cuando llegó la hora de marcharse, las chicas supieron la verdadera razón de aquello.
—No soy Alysia —dijo Sailor Zephyr con pesar, enfrente de las chicas—, y jamás lo seré. Yo la asesiné a sangre fría. No sé si pueda ganarme la confianza de las personas que viven en el planeta del viento.
—No creo que tengas opción —dijo Saori con su acostumbrada brusquedad—. No puedes quedarte aquí en este planeta como una cobarde. Debes enfrentar esto, por difícil que sea. Serena puede hacerlo. No veo por qué no puedas hacerlo tú.
Sailor Zephyr permaneció en silencio, ponderando las palabras de Saori. Si había alguien que supiera de enfrentar situaciones difíciles, era la chica frente a ella. Ambas se habían enfrentado en varias ocasiones en el pasado, y había comprobado su tenacidad por sí misma. Asintió con la cabeza, mostrando una sonrisa leve.
—Tienes razón —dijo Sailor Zephyr con un poco más de ánimo—. No será fácil, pero tengo que hacerlo. Puede que yo no sea Alysia, pero sí soy Sailor Zephyr. No seré lo que ellos quieren. Seré lo que ellos necesitan.
—Repítetelo hasta que te lo creas —dijo Saori con ánimo—. Ahora, ve, y demuestra de lo que eres capaz.
—Tú puedes —añadió Serena, con una sonrisa, aunque no lucía demasiado animada, pero, de todas formas, hizo el esfuerzo—. No importa lo que piensen de ti. Cuando vean que haces lo mejor por ellos, te respetarán.
—Gracias —dijo Sailor Zephyr, mirando al cielo y crispando los puños.
—Por cierto —dijo Mina, percatándose de algo importante—. ¿Cómo vas a llegar al planeta del viento?
—Con éstas —repuso Sailor Zephyr, mostrando los brazaletes que llevaba en sus muñecas—. Amy las modificó para que me pudieran transportar a cualquier lugar que yo conozca.
Las demás miraron a Amy, y ella se limitó a asentir con la cabeza. Aquella fue respuesta suficiente para las chicas.
—Deséenme suerte —dijo Sailor Zephyr, alzando una mano en señal de despedida.
—¡Mucha suerte! —exclamaron todas a coro, y Sailor Zephyr desapareció con un destello de luz dorada.
—¿Crees que pueda lograr que su pueblo la respete? —preguntó Hotaru, quien, por alguna razón, lucía escéptica—. Ha hecho muchas cosas indecibles en el nombre de Sailor Galaxia. Y, si algo nos ha enseñado lo que pasó aquí en la Tierra, es que las malas acciones pesan más que las buenas.
—Solamente tengo que creer —respondió Serena, mirando hacia el cielo—. Todas tenemos que creer que eso no necesariamente es cierto. Y si algo nos ha enseñado toda esta debacle, es que siempre habrá quien crea en nosotras. Y lo mismo va para Sailor Zephyr. El día en que dejemos de creer, será el día en que la vida deje de tener sentido. Ojalá que los demás humanos vieran eso.
Nadie dijo nada después de eso. Esa semana había estado plagada de despedidas. Al comienzo de la semana, Jeremy Burns había decidido ir a lo que quedaba de Londres, acompañada de Nicole. Sailor Silver Moon les había transportado hasta allá, sin hacer ninguna pregunta, pero eso no impedía que las hubiera. Serena, Rei, Lita y Mina le habían preguntado a Jeremy por qué había decidido ir a Londres, si todo lo que había allá eran ruinas y gente peleando por sobrevivir.
—Me ayudará a poner las cosas en perspectiva —había dicho Jeremy, al ver que Serena y sus amigas no entendían el motivo de su partida—. Quiero escribir una novela sobre todo lo que me ha pasado, y ver las consecuencias del plan de Herbert Dixon es un buen aliciente para hacerlo.
—Eso no tiene sentido —había dicho Rei, mistificada por la explicación de Jeremy. Las demás también se mostraban igual, pero Amy entendía a la perfección por qué Jeremy haría algo así. Si él iba a escribir una novela sobre sus experiencias investigando el asunto del acelerador de partículas, era mejor que lo hiciera estando cerca de las consecuencias. Como él había dicho, le ayudaría a poner las cosas en perspectiva.
—No tiene que tenerlo para ti —había contestado Jeremy, encogiéndose de hombros—. Lo que importa es que lo tiene para mí. Y Nicole me apoya en esto. Ella me va a proteger mientras hago mi trabajo.
—Pero… es un capricho —había dicho Lita, luciendo perdida—. No creo que Nicole te acompañe a una zona de peligro solamente para escribir un libro.
—Yo satisfago algunos de los suyos —había respondido Jeremy, nuevamente encogiéndose de hombros—. Ahora que estamos casados, tiene que haber reciprocidad entre nosotros, ¿no crees?
Rei, Lita y Mina aún seguían confundidas, pero Serena finalmente había entendido lo que había querido decir Jeremy con esas palabras. Ella sabía que la reciprocidad era muy importante en una relación de pareja, y mucho más en un matrimonio.
—Lo único que te pido es que te cuides mucho allá —había dicho Serena, cosa en la cual sí estaban de acuerdo las demás.
—No te preocupes —había dicho una voz atrás de Rei, y las demás vieron que se trataba de Nicole. Mostraba una sonrisa confiada—. Mientras yo esté a su lado, nadie podrá ponerle un dedo encima. Además, puedo obtener comida y agua fácilmente, sin importar si hay que pelear por ello.
Aunque Rei, Lita y Mina aún guardaban algunas reservas sobre las intenciones de Jeremy Burns, se sintieron un poco más tranquilas al saber que la vida del reportero estaba en buenas manos.
—Buena suerte, entonces —habían dicho las chicas.
—Gracias —había contestado Jeremy, mientras se dirigía hacia Sailor Silver Moon para que los transportara.
Jeremy, las Sailor Starlights y Sailor Zephyr las habían dejado en la semana. Se preguntaron si habría más despedidas, pues daba la impresión que todo había terminado, y que no podía haber algo peor que Sailor Galaxia o Herbert Dixon.
Sin embargo, las chicas estaban equivocadas. Mortalmente equivocadas.
Ruinas de Washington, 19 de marzo de 2000, 07:48p.m.
Herbert Dixon había pasado la mayor parte de esos tres años y medio desarrollando una forma de captar el poder del Cristal de Plata, y transformarla en energía utilizable. No sabía qué había sido de las Sailor Senshi, si habían sobrevivido a la catástrofe o no, porque no había cámaras de seguridad que pudiera usar para averiguar algo siquiera. Su lugarteniente, Hawkins, había estado tratando de hallar una forma de emplear los satélites en órbita para obtener imágenes desde el espacio, pero estaba teniendo problemas para acceder a ellos. Los satélites parecían contar con códigos que solamente debían conocer los altos mandos militares, quienes debían estar todos muertos.
—Si tan sólo tuviera un aparato que pudiera burlar cualquier cortafuegos —dijo Hawkins, sabiendo que había un dispositivo como el que necesitaba, pero se encontraba en manos de una de las Sailor Senshi, y no había más copias del programa, ni siquiera en la base de datos de la NSA.
—No necesitamos saber qué están haciendo las Sailor Senshi, si es que siguen con vida —dijo Herbert, haciendo unos cálculos junto a su equipo de científicos—. Lo único que importa es que debemos encontrar una forma de comenzar de nuevo sin cometer los mismos errores de antes. Debemos hallar una forma de convertir el Cristal de Plata en un reactor. Es energía que no contamina, y cuyo poder no es tan difícil de conseguir.
—Pero, cuando usted halle la solución a su problema, vamos a necesitar saber si Sailor Moon sigue con vida —arguyó Hawkins, y Herbert supo que su segundo al mando tenía un punto al decir eso—. Y para eso, necesitamos su ubicación. Es por eso que estoy tratando de conectar con los satélites en órbita.
Herbert se llevó una mano al mentón por un rato, hasta que dio con la solución al problema de Hawkins.
—Podrías tratar de contactarte con Sailor Mercury —dijo, y Hawkins se sorprendió que lo no hubiera pensado antes—. No sé si querrá hablar con nosotros, después de lo que ocurrió hace más de tres años atrás, pero algo me dice que nos va a ayudar. De todas formas, le conviene poseer acceso a los satélites. Si ella y las demás han hallado una forma de sobrevivir, van a necesitar satélites si quieren tener telecomunicaciones.
—Lo intentaré —dijo Hawkins, y se puso a trabajar de inmediato en el asunto. Mientras tanto, Herbert Dixon volvió a la tarea que estuvo haciendo hasta la interrupción de Hawkins. El principal problema de Herbert era convertir la radiación que emitía el Cristal de Plata en energía eléctrica. Porque el gran problema de tal radiación era que no parecía manifestarse en el espacio-tiempo normal. Lo que había podido detectar era solamente una especie de rastro, indicativo de la presencia de la radiación, pero que cuya energía neta no representaba la totalidad de la energía del cristal. Era como si estuviera viendo un medidor de agua: decía cuánta agua corría por las cañerías, pero no servía de absolutamente nada si no podía beberla. Hasta el momento, las investigaciones de Herbert y su equipo apuntaban a que la mayor parte de la energía que desprendía la radiación era proyectada al margen del espacio-tiempo, en una dimensión que Herbert no podía detectar. Solamente había otra fuerza en el universo que se comportaba de ese modo, y era la gravedad. (159) Había leído investigaciones que parecían explicar por qué la gravedad era tan débil a nivel subatómico, y tenía que ver con la idea que la fuerza de gravedad se encontraba concentrada en otra dimensión, tan comprimida a causa de la misma gravedad que la dimensión era extremadamente pequeña, y era por eso que era imposible de detectar. Herbert se preguntó si la energía del Cristal de Plata se comportaría del mismo modo, y, en conjunto con otros científicos, comenzó a diseñar un experimento que probaría su hipótesis, o la refutara. Sin embargo, Herbert tenía cierta confianza en que el experimento iba a arrojar los resultados que esperaba.
No obstante, cuando iba a comenzar el diseño de los aparatos necesarios, una llamada de Hawkins le indicó que mirara la pantalla que dominaba el ala Clavius del laboratorio. Las imágenes mostraban las ruinas alrededor del perímetro del domo subterráneo, pero, por alguna razón, había un indicador de temperatura ambiente, la cual iba bajando de manera lenta, pero paulatina.
—¿Y qué hay con eso? —preguntó Herbert, sin hallar muchos problemas en el descenso de la temperatura. Estaba anocheciendo. Era natural que eso ocurriera.
—Esa no es la temperatura local —aclaró Hawkins, quien, por alguna razón, lucía verdaderamente asustado—. Es la temperatura global. Por eso desciende de forma tan lenta. El descenso es generalizado. No sé qué podría estar causándolo.
—Yo sí —dijo Herbert, pero aquello no era un alivio. Aquella era una evidencia clara de que al menos una Sailor Senshi seguía con vida. Lo que le llamó la atención era por qué lo sabía. Asumió que alguna de las dos conciencias que habitaban su cabeza sabía algo al respecto. Lo que sí tenía claro era que no podía hacer nada para evitar lo que se venía. Porque dudaba mucho que solamente hubiera sobrevivido una Sailor Senshi. Si las conocía, era posible que varias de ellas siguieran con vida. Sailor Silver Moon era una apuesta segura, y solamente ella podría ponerlo en su lugar con facilidad.
—¿Qué hacemos? —preguntó Hawkins, con desesperación.
—Lo único que podemos hacer —dijo Herbert, luciendo preocupado—. Esperar. Esperar que la base soporte las bajas temperaturas. Si no puede, entonces estaremos en una carrera contra el tiempo. Debemos lograr nuestros objetivos antes que comience una nueva edad de hielo.
Nueva Tokio, 18 de marzo de 2000, 02:12p.m.
Ninguna de las Sailor Senshi esperaba que Sailor Zephyr regresara tan pronto. Lucía agitada y asustada. Amy, Lita y Mina salieron de la casa de Serena, donde ella también estaba agitada, pero por otras razones muy distintas a las de Sailor Zephyr.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lita, mirando con desconcierto a la recién llegada.
—Estamos en serios problemas —repuso Sailor Zephyr, alarmada hasta más no poder—. Una Sailor Senshi extremadamente poderosa viene hacia acá. Ha sembrado la devastación en varios planetas ya, apoderándose de los Sailor Cristales de toda Sailor Senshi con las que se ha encontrado.
La cara de Mina expresaba estupefacción absoluta.
—¿No me digas que Sailor Galaxia ha regresado? —inquirió Lita con brusquedad.
—No, no es Sailor Galaxia, eso lo sé con certeza —contestó Sailor Zephyr, respirando hondo para tratar de tranquilizarse, aunque le fue imposible—. Es una nueva Sailor Senshi. Tiene un uniforme similar al de ustedes, pero es completamente negro, y posee un aura oscura. Al menos así me la describieron algunos sobrevivientes.
—No nos hemos encontrado con nadie así —dijo Amy, consultando su computadora de bolsillo, pero, como era predecible, no pudo hallar a nadie con esas características—. No me imagino quién podrá ser.
Más personas salieron de la casa de Serena. Eran Hotaru, Setsuna y Molly. Las tres se mostraron sorprendidas al ver a Sailor Zephyr.
—¿Dónde está Serena? —preguntó Sailor Zephyr con un poco de urgencia.
—Ella no puede venir aquí —dijo Molly, sonando algo molesta—. Acaba de dar a luz a una niña. Está descansando en este momento.
—Es que necesita saber que se viene una amenaza bastante seria —dijo Sailor Zephyr, con más urgencia que antes—. Tenemos que hallar una forma de protegernos. Pelear directamente contra esta Sailor Senshi es una muy mala idea. Nos matará a todas y se apoderará de nuestros Sailor Cristales.
—Que lo intente —dijo una voz que a Sailor Zephyr se le hizo bastante familiar, y vio a Saori salir de la casa—. Se encontrará con un muro que no podrá sobrepasar.
—¿Acaso estás loca? Esa Sailor Senshi es capaz de acabar con planetas enteros sin esfuerzo. Te destruirá solamente con pensarlo.
—¿Y si hay una forma de que esa Sailor Senshi se convenza de que no hay vida en este planeta? —ofreció Amy, y todas la miraron como si ella hubiera admitido que padecía esquizofrenia.
—¿De qué mierda hablas? —increpó Saori con violencia.
—Hablo de simular una edad de hielo —repuso Amy, mirando directamente a Molly por alguna razón—. Si el plan tiene éxito, todo el mundo entrará en animación suspendida, y cualquier persona ajena a la Tierra pensará que ésta no es más que un páramo congelado. Usaremos el Diamante de Hielo para tal fin.
—¿Y cómo diablos vamos a volver a la normalidad?
—La naturaleza se encargará de ello —repuso Amy, quien tampoco estaba muy segura de si su plan funcionaría o no, pues un detalle muy importante iba a estar en manos de la suerte—. El Diamante de Hielo sumirá al mundo en una edad de hielo, y calculo que tomará novecientos años para que todo vuelva a la normalidad. Recuerda que vamos a congelar el planeta directamente, no será consecuencia del efecto invernadero.
Ninguna de las presentes tuvo algo que aportar. Lo que a Sailor Zephyr le tenía sorprendida era el plan de Amy. No era capaz de creer que una chica como ella, a quien le gustaba planificar cosas al milímetro, tuviera los redaños de idear un plan que dependiera tanto de la suerte. No obstante, sabía que todo ello era meramente académico, porque era el único plan del que disponían, y, posiblemente, no tuvieran mucho tiempo. Molly comprendió esto, y, asintiendo con la cabeza, se transformó en Sailor Jade y, al igual que Sailor Moon cuando convocaba al Cristal de Plata, ella lo hizo con el Diamante de Hielo. No estaba segura de si podía desplegar el poder suficiente para bajar la temperatura de todo el mundo a niveles que solamente podrían verse en un congelador, pero debía intentarlo.
—¡Por favor, Diamante de Hielo, protege al mundo con tu poder! —exclamó Sailor Jade, y alzó la gema hacia el cielo. Inmediatamente, el cielo comenzó a nublarse, y, media hora después, los primeros copos de nieve cayeron al suelo.
—Espero que esto funcione —dijo Sailor Zephyr en voz baja, cosa que Sailor Jade no la oyera—, porque estaremos en serios aprietos si esto falla.
(159) Sorpresivamente, la teoría de que la gravedad se encuentre concentrada en una dimensión oculta, comprimida por su verdadera fuerza, está siendo tomada en serio por los físico teóricos de hoy en día.
