No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la grandiosa Anne Marie Winston. Yo solo me divierto un poco.
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Al día siguiente, cuando Rosalie volvió de misa, se encontró un mensaje de Emmett en el contestador preguntándole si quería ir a dar una vuelta por el Bosque Michaux.
¡Sí! Al oír su voz, el corazón le había dado un vuelco y ahora que estaba marcando el número de su casa le temblaban las manos.
—Lo único malo es que tienes que conducir tú —le dijo Emmett.
—No me importa —le aseguró Rosalie.
Con tal de pasar la tarde con él estaba dispuesta a cruzarse el país entero si era necesario.
La caminata resultó maravillosa porque el tiempo era todavía bueno. La pista por la que iban era ancha y estaba bien y nivelada, así que Eddie y Emmett podían caminar sin problema.
Sin embargo, la primera parte era casi toda cuesta arriba, así que, cuando llegaron a la primera parada, Rosalie estaba sin aliento. Emmett, sin embargo, estaba fresco como una lechuga.
—¿Cómo puede ser que estés tan tranquilo?
Emmett sonrió.
Aquel día, llevaba unos vaqueros que se ajustaban a sus piernas de maravilla y Rosalie estaba teniendo que hacer un gran esfuerzo para no fijarse en el bulto de su entrepierna. El polo verde claro que llevaba enfatizaba su piel bronceada y su pelo oscuro, lo que le hizo pensar a Rosalie que estaba sin aliento no solamente por la subida.
—Hago ejercicio todos los días.
—¡Y yo, también!
—Será que estoy más en forma que tú.
Aquello hizo reír a Rosalie.
—¿Qué ves?
—¿Cómo sabes que estoy viendo algo?
—Bueno, hemos subido bastante, así que no hay que ser muy listo para saber que desde aquí tiene que haber una buena panorámica. Además, Eddie está en la misma posición que cuando hemos llegado y, en cualquier caso, sé que desde aquí hay una vista preciosa porque he estado antes —contestó Emmett acercándose a ella y entrelazando los dedos con los suyos—. Venga, dime qué ves.
Rosalie carraspeó, intentando no pensar en que se le había acelerado el pulso.
—Bueno… los árboles están bastante desnudos y la montaña parece de plata. Hace un día precioso y el cielo está completamente despejado. En el valle, entre las dos montañas, hay un río y, como el verano ha sido húmedo, lleva buen caudal. Además, hay espuma blanca en los saltos.
—Qué bonito. Estuve aquí con mi compañero de piso antes del accidente. Todavía lo recuerdo, pero es bonito que tú me lo describas. Así lo recuerdo mejor.
—¿Y tú compañero de piso sigue viviendo por aquí?
—Sí, es mi jefe.
—Por eso te viniste a vivir a Gettysburg.
—Efectivamente —confirmó Emmett—. Deberíamos comenzar a bajar. He quedado para cenar esta noche, una cena de trabajo, y tengo que arreglarme.
Mientras bajaban, Rosalie se encontró muy contenta porque, aunque no la había invitado a ir con él, le había dejado claro que la cita que tenía era de trabajo en lugar de dejarla con la incertidumbre.
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Al día siguiente, Rosalie se presentó voluntaria para cooperar en el comedor de indigentes del Ayuntamiento. Sus compañeras eran, sobre todo, mujeres jubiladas que se conocían desde hacía muchos años. Resultaron ser amables y cariñosas y, para cuando terminaron de dar la comida, Rosalie se sentía completamente integrada en el grupo.
Cuando les dijo que tenía tiempo y que le interesaba hacer trabajo voluntario, enseguida la encargaron que llevara comida a domicilio a personas inválidas.
Al ver que Emmett no la había llamado en dos días, Rosalie sospechó que tenía de nuevo una semana difícil, así que se alegró de tener ella también cosas que hacer.
Todavía no le habían dicho nada de la entrevista de trabajo que había hecho. El lunes fue a la biblioteca porque había reunión y allí se enteró de lo mucho que costaba pasar el material histórico a soporte informático.
Aquella tarde, al llegar a casa, vio que Emmett le había dejado comida para Pixie y un cepillo, así que cepilló a la perra en el parque y pensó que, si guardaba el pelo que le había quitado, en un año podría hacerse un jersey.
El martes, asistió a su primera clase de piano y aquella misma noche estaba practicando en casa cuando llamaron a la puerta. Rosalie corrió a abrir y estuvo a punto de torcerse el tobillo al tropezarse con Pixie.
Pero mereció la pena porque, por supuesto, la persona que llamaba era Emmett, que estaba más guapo que nunca ataviado con un traje negro y camisa blanca con corbata granate.
—Hola —lo saludó.
—Hola —contestó Emmett—. ¿Me ha parecido oír música?
Rosalie asintió.
—Sí, hoy era mi primera clase. ¿Quieres pasar?
Emmett negó con la cabeza.
—Tengo que volver al despacho, pero quería preguntarte si te apetecería acompañarme mañana por la noche a un concierto de un cuarteto de jazz muy bueno.
—Me encantaría.
«¡Me acaba de pedir otra cita!»
—Pasaré a buscarte a las siete en punto porque el concierto es a las siete y media. Así podremos ir andando tranquilamente. Es en el colegio.
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Efectivamente, a la tarde siguiente, Emmett apareció en su casa las siete en punto y fueron caminando hasta el colegio. Durante el concierto, Eddie estuvo tumbado a los pies de su amo. Parecía dormido.
—No me puedo creer que no le moleste la música —comentó Rosalie en el descanso.
—El matrimonio que lo tuvo durante el primer año de vida, lo llevaba a los conciertos de sus hijos, así que está más que acostumbrado.
Aquello hizo reír a Rosalie.
—Así que es un perro muy culto.
Después del concierto, volvieron andando a casa y, para gran deleite de Rosalie, Emmett la besó en la puerta con tanta fruición que, al final, Rosalie tuvo que apartarse para tomar aire.
—Eres pura dinamita —le dijo Emmett apoyando la frente en la de Rosalie.
—Gracias —contestó Rosalie.
—Mañana y el viernes estoy muy ocupado, pero, si te apetece, podríamos vernos el sábado.
—Tengo que ir a comprar los regalos de Navidad. Ya sé que no es muy divertido, pero es necesario. ¿Me quieres acompañar?
—Muy bien. Así, me ayudas a elegir los regalos de mi madre y de mi hermana.
—Pero ¿cómo voy a elegir sus regalos si no las conozco? —protestó Rosalie.
—No te preocupes, yo tengo muy claro lo que quiero y sé sus tallas. Lo único que necesito es que tú me asesores sobre el color y el estilo.
—Muy bien.
El martes por la noche, Rosalie abrió la puerta justo en el momento en el que Emmett estaba entrando en su casa y lo invitó a cenar, pero no pudo ser porque tenía que volver al despacho a seguir trabajando.
—¿Tienes planes para el día de Acción de Gracias? —le preguntó Emmett.
—Sí, mi hermana nos ha invitado a mi madre y a mí a comer —contestó Rosalie—. ¿Te importaría que me llevara a Pixie? Te prometo que no dejaré que mis sobrinos le hagan nada.
—Me parece bien —contestó Emmett.
Lo cierto era que Emmett se había preguntado qué iba a hacer para apañarse con los dos perros en casa de sus padres porque su padre iba a bajar a buscarlo en coche al día siguiente.
—¡Genial! Solamente estaremos fuera una noche porque no me voy hasta el jueves por la mañana.
—Perfecto —declaró Emmett acercándose y tomándola de la cintura—. Ven aquí y dame un beso de despedida.
—Adiós —dijo Rosalie besándolo y sonriendo.
El miércoles por la mañana, Emmett tuvo que ir a los juzgados de Chambersburg, que estaban a casi una hora de coche. Aprovechó que un policía local tenía que ir también para ir con él en coche y resultó que aquel hombre conducía mucho más deprisa de lo normal.
Además, llevaba puesta una emisora de radio con música country y cantaba a todo volumen mientras conducía. A Emmett le sorprendió que Eddie, que iba atado en el asiento de atrás, no se pusiera a aullar a coro.
Cuando pasaron por la desviación hacia el Bosque Michaux, se acordó inmediatamente del fin de semana anterior.
De Rosalie.
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La salida para hacer compras del sábado había ido bien. A Emmett no le gustaba nada salir de compras. Tampoco le había gustado cuando veía. Ahora, era toda una tortura. Sin embargo, con Rosalie apenas se había fijado en las molestias.
Rosalie le había dado destrucciones precisas, como si no le importara tener que tardar más por ir con él pues, evidentemente, habría tardado menos yendo sola.
Lo cierto era que aquella mujer llevaba el hecho de que fuera ciego mucho mejor que ciertas personas que Emmett conocía hacía años.
Por ejemplo, su propia madre, que se ponía muy nerviosa siempre que Emmett iba a casa y no paraba de preguntarle en qué lo podía ayudar.
Durante mucho tiempo, aquella actitud lo había molestado. Actualmente, la ignoraba y sabía que su hermana estaría en el otro extremo de la habitación sonriendo.
Su hermana, Angela, casada y con dos hijos pequeños, era normalmente la persona a la que su madre ofrecía compulsivamente su ayuda, así que Emmett era consciente de que respiraba tranquila cuando su progenitora se ocupaba de él durante un rato.
En cualquier caso, Rosalie jamás asumía que Emmett no pudiera hacer algo. Si necesitaba ayuda, se la prestaba, pero siempre con mucha tranquilidad y naturalidad. Aquella mujer hacía preguntas única y exclusivamente cuando no entendía algo. Emmett pensó que a su hermana le caería bien. Le gustaría que fuera a su casa para presentarle a su familia. Tal vez en Navidad, pero no le había comentado nada a ella. Sólo se conocían hacía tres semanas.
Sólo tres semanas.
En aquellas tres semanas, Emmett se había dado cuenta de que estaba empezando a sentir algo por la vecina alta y dulce que vivía al otro lado del pasillo para lo que nada en la vida lo había preparado.
Emmett llegó a los juzgados y estaba avanzando por un pasillo de la segunda planta cuando alguien se dirigió a él.
—¿Emmett?
—Hola —contestó él preguntándose si serían imaginaciones suyas.
—Emmett —repitió la mujer acercándose—. Soy yo, Isabella. Me ha parecido que eras tú y, cuando he visto que ibas con perro, he estado segura. ¿Qué tal estás? — añadió tocándole el antebrazo.
Automáticamente, Emmett alargó la mano y le acarició el brazo.
—Estoy muy bien. He venido porque tengo un juicio. ¿Y tú?
—Cuánto tiempo hace que no nos veíamos —comentó Isabella.
A continuación, se quedó callada, como recordando el extraño momento que se había producido entre ellos la última vez que se habían visto.
—Yo he venido a renovar el pasaporte. Jasper y yo tenemos intención de ir este verano a visitar a mi abuela. ¿Te acuerdas de ella?
Sí, Emmett se acordaba perfectamente de aquella señora irlandesa bajita y de carácter que había ido unas navidades a casa de su novia cuando estaban en la universidad.
—Sí, claro que me acuerdo de ella. ¿Qué tal está?
—Está muy bien. Vamos a verla porque… bueno, porque estoy embarazada. Daré a luz en febrero y queremos que conozca al niño. Está un poco mayor y ya no quiere volar.
—Enhorabuena —le deseó Emmett sinceramente—. Así que vas estar ocupada el próximo año.
—Sí, estoy encantada con la idea. Me apetece un montón tener una niña, pero en realidad me da igual, sea lo que sea lo voy a querer con toda mi alma —declaró Isabella con entusiasmo.
—Me alegro muchísimo por ti, Isabella —le dijo Emmett sonriente—. Me habría gustado que las cosas entre nosotros fueran de otra manera. Me comporté como un imbécil y te pido perdón por ello.
—No digas eso, Emmett. Fueron momentos muy duros para ti. Tuviste que hacer frente a un cambio muy fuerte en tu vida y lo hiciste lo mejor que pudiste —le dijo Isabella con dulzura—. Claro que, puestos a ser sinceros, te diré que no lo hiciste nada bien porque no fuiste lo suficientemente inteligente como para mantenerme a tu lado —bromeó a continuación.
—Gracias a eso estás ahora con Jasper, que es un tipo con mucha suerte —sonrió Emmett.
Aunque sus vidas habían seguido caminos diferentes, habían estado muy unidos en el pasado y Emmett guardaba muy buenos recuerdos de los años que habían pasado juntos.
—¿Este perro es nuevo? La última vez que nos vimos, tenías un Golden retriever.
—Sí, aquélla era Pixie, se acaba de jubilar. Éste es Eddie, que lo está haciendo muy bien —contestó Emmett.
Durante un rato, le contó cosas de Eddie y se despidieron con un beso en la mejilla cuando a Emmett lo llamaron para entrar al juicio. Fue todo tan rápido que no tuvo tiempo de pensar en el encuentro con Isabella hasta que volvió a casa
acompañado de nuevo por el agente Barner, que cantaba a voz en grito These boots are madefor walking.
Probablemente, cuando llegara a casa su padre lo estaría esperando y Eddie y él tendrían que irse durante unos días a casa de sus padres. Emmett se encontró pensando que le encantaría que Rosalie se fuera con ellos.
De repente, se dio cuenta de lo mucho que había pensado en ella en los últimos días.
Había sido agradable encontrarse con Isabella, pero en aquella ocasión no le había producido dolor. No, en esta ocasión se sentía realmente feliz por ella. Ahora, estaba con Rosalie y el dolor de saber que su ex novia se había casado con otro había desaparecido.
Emmett recapacitó y se dio cuenta de que los sentimientos que había tenido por Isabella eran infantiles comparados con lo que estaba empezando a sentir por Rosalie.
¿Acaso estaba empezando a considerar aquella palabra que empezaba por «m»? Matrimonio.
Recordando su relación con Isabella, se dio cuenta de que había dado por hecho que algún día se casarían porque le parecía lo normal en una relación con una persona con la que se llevaba varios años saliendo.
Por supuesto que la había querido, pero su relación se había basado sobre todo en la atracción sexual, algo propio de la edad, por supuesto. Con Rosalie, sin embargo, había mucho más.
Además de compartir muchos intereses y de disfrutar de sus diferencias, Rosalie se había mostrado encantada de que hubiera ganado el último caso y él había disfrutado sabiendo que había vuelto tocar el piano, Emmett intentaba hacerla reír por el puro deleite que le provocaba escuchar su risa melodiosa y apreciaba que Rosalie no viera su ceguera como algo que lo hiciera diferente o inferior.
Todavía no habían hecho el amor, pero Emmett estaba seguro de que cuando lo hicieran los fuegos artificiales se verían desde Taiwán. Por supuesto, la atracción física entre ellos era una parte importante de su relación y, de hecho, Emmett se moría de ganas por hacerle el amor porque sería otro vínculo entre ellos, pero no era sólo eso lo que le interesaba.
Desde que había decidido dejar a Isabella, jamás había vuelto a plantearse la idea de casarse con una mujer. Sin embargo, ahora… ahora aquel sueño había vuelto a hacer acto de presencia y, en esta ocasión, con una cara y voz concretas.
Emmett se imaginó viviendo con Rosalie, compartiendo los pequeños momentos que hacen una vida de pareja.
Hijos.
Al pensar en aquello, Emmett sintió que la felicidad lo embargaba.
Por supuesto, no le había propuesto nada de aquello a ella, pero decidió en aquel mismo momento que la situación estaba a punto de cambiar. Por una parte, porque quería tenerla a su lado para siempre y, por otra, porque su paciencia se estaba empezando a agotar.
Quería saberlo absolutamente todo sobre aquella mujer, pero Rosalie se mostraba muy reticente a la hora de hablar de su pasado y, a no a ser que él le preguntara directamente, rara vez hablaba de sí misma. Emmett era consciente de que había una parte de su vida que Rosalie no compartía con nadie, ni siquiera con él.
Sin embargo, tenía toda la intención del mundo de permanecer a su lado, quería envejecer con ella y compartir atardeceres en la mecedora del porche en la residencia para ancianos, así que Rosalie no iba a tener más remedio que comenzar a compartirlo todo con él.
Tal y como había supuesto, cuando llegó a casa su padre ya lo estaba esperando. Por desgracia, Rosalie no estaba y no pudo despedirse de ella. Fue entonces cuando Emmett se dio cuenta de que había contado con la posibilidad de presentársela a su padre.
Al sentirlo, Pixie ladró desde el interior de casa de Rosalie y Emmett se despidió de ella a través de la puerta. Mientras se iba, se sintió algo culpable, pero se apresuró a decirse que Rosalie adoraba a aquella perra y que la trataría de maravilla en su ausencia.
Sin embargo, le costó decirle a Eddie «adelante» y seguir a su padre hasta el coche.
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El día de Acción de Gracias en casa de su hermana había sido una actividad continúa de desfiles, tartas de calabaza y niños implorando que jugaran con ellos incesantemente.
—Una más, tía Rosie. ¡Por favor!
¿Cómo resistirse a aquello? Su sobrina se llevaba de maravilla con Pixie, sobre todo desde que Rosalie le había explicado que la perra era viejecita y que lo más probable era que no quisiera correr detrás de una pelota ni por el jardín.
Con todo, había sido una visita realmente placentera. Ni ella ni su hermana le habían mencionado a su madre nada de la boda de su padre, así que el día había transcurrido con tranquilidad.
Las hermanas habían decidido no decirle nada tampoco durante las navidades. Ya tendría tiempo luego de enfadarse y de rabiar todo lo que quisiera durante el nuevo año. Con un poco de suerte, habría ventilado buena parte de su indignación y de su enfado antes del próximo acontecimiento familiar.
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Rosalie llamó a la puerta de casa de Emmett tras dejar su equipaje el viernes por la tarde, pero no obtuvo respuesta y se dijo que, probablemente, estuviera trabajando.
Sin embargo, no lo escuchó llegar ni el viernes ni el sábado. Supuso que habría salido a pasar el fin de semana fuera, lo que la sumió en una profunda tristeza y se encontró al borde de las lágrimas en varias ocasiones.
Rosalie se dijo que, de nuevo, se había hecho demasiadas ilusiones.
Recordó la conversación que habían mantenido sobre el día de Acción de Gracias. Ella le había contado sus planes, pero él no le había dicho nada de los suyos. Aquella señal era más que suficiente para tener claro que Emmett no quería dar un paso más en su relación, no quería hacerla más íntima.
Rosalie se aseguró a sí misma una y mil veces que así estaba bien porque ella tampoco quería una relación más profunda y se dijo que estaba triste porque se había acostumbrado a su presencia.
La noche anterior, había hablado con su padre. Bueno, más bien, se había dedicado a escuchar mientras su padre le hablaba de su nueva novia. Por lo visto, creía estar enamorado. Lo cierto era que sonaba como si lo estuviera.
Sin embargo, Rosalie sabía que la relación de su padre no duraría mucho, lo que la llevaba a cuestionarse cómo demonios podía estar segura de sus propios sentimientos.
En aquellos momentos, se sentía realmente atraída por Emmett. Si se dejara llevar, podría pasarse el día soñando con una casa de valla blanca, dos hijos y un monovolumen. Al perro ya lo tenían. Sin embargo…
«No somos novios», se recordó.
No, no eran novios, pero Emmett cada día le gustaba más y…
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
—Abre, sé que estás ahí.
Silencio.
De nuevo, golpes en la puerta de casa de Emmett.
—Emmett, abre —dijo una voz masculina—. Me acabo de enterar de que Isabella está embarazada y sé que te lo ha dicho. ¿Estás bien?
¿Embarazada? ¿Isabella? ¿Y por qué iba a estar Emmett mal porque aquella Isabella estuviera embarazada? Rosalie sintió un tremendo nudo en el estómago.
«¡No pasa nada! Seguro que todo tiene una explicación», se dijo.
Pixie eligió aquel preciso instante para ponerse a ladrar.
—¡Pixie! —la reprendió Rosalie.
No tenía ningún interés en que el desconocido supiera que había alguien en su casa. Sin embargo, Pixie no parecía tener la misma opinión porque estaba junto a la puerta, arañando el suelo, olisqueando y ladrando feliz.
De repente, dejaron de llamar a la puerta de Emmett. Rosalie dio un respingo cuando comenzaron a llamar a la suya.
—¿Pixie? ¿Eres tú, Pixie? ¡Emmett, si estás ahí, abre la maldita puerta! —dijo el desconocido.
Rosalie se puso en pie.
Si a la perra le caía bien, el desconocido no podía ser peligroso, así que decidió abrir la puerta. En cuanto la vio abierta, Pixie salió corriendo hacia el hombre que había en el pasillo.
Se trataba de un hombre alto y rubio, muy bronceado y de ojos azules intensos. Si no hubieran estado en Gettysburg, Rosalie lo habría visualizado saliendo del mar con una tabla de surf.
—¡Hola! —exclamó el desconocido arrodillándose.
Al instante, Pixie se tumbó patas arriba a su lado para que le hiciera caricias en la tripa.
—¿Qué tal está mi chica preferida? ¿Me has echado de menos? ¿Cómo estás, Pixie, preciosa?
Acto seguido, levantó la mirada hacia Rosalie.
—Hola, es que Pixie y yo somos amigos desde hace muchos años —sonrió.
—Ya veo. Me llamo Rosalie Hale —se presentó Rosalie tendiéndole la mano.
El desconocido se puso en pie y se la estrechó.
—Hola, soy Edward Cullen, Edward para los amigos. Trabajo con Emmett —le indicó mirándola de arriba abajo—. Tú no llevas mucho viviendo por aquí, ¿no? La anterior vecina de Emmett era bajita y de pelo blanco y, bueno, desde luego no estaba como tú…
Rosalie asintió sin saber qué decir, pero no hizo falta que dijera nada porque el amigo de Emmett tomó aire y siguió con la conversación.
—¿Sabes dónde está?
Rosalie negó con la cabeza.
—El viernes cuando llegué no estaba y no he hablado con él.
—¿Y cómo es que tienes a su perra?
—Pixie prácticamente vive conmigo desde que me mudé —le explicó Rosalie. ¿Por qué demonios le estaba dando explicaciones a un hombre que la miraba cada vez con más incredulidad? —La perra no lleva nada bien compartir a Emmett con Eddie y prefiere vivir conmigo —añadió llamando a Pixie, que acudió a sentarse a su lado obedientemente—, Y a mí me encanta quedarme con ella.
Edward se relajó al ver que la perra estaba a gusto al lado de Rosalie.
—Entiendo. Emmett me ha dicho que estaba teniendo problemas para introducir a Eddie en casa, pero no se por qué no me ha hablado de ti.
Rosalie se encogió de hombros.
—Probablemente, porque no hay nada que mencionar. Somos vecinos y punto —contestó Rosalie rezando para que no le creciera la nariz.
Edward enarcó una ceja.
—Entiendo.
Rosalie rezó para que no fuera así. No había nada peor en la vida que parecer una chica perdidamente enamorada, sobre todo a los ojos del mejor amigo del objeto de tu amor.
—Le diré a Emmett que has estado por aquí.
—Sí, por favor, díselo —dijo Edward sacando un teléfono móvil del bolsillo—. Le he dejado varios mensajes de voz y le he enviado unos cuantos mensajes de texto, pero no me ha contestado —añadió—. Por cierto, ¿nos conocemos de algo? Tu cara me suena.
Rosalie dio un respingo.
—No —contestó—. Me lo dice mucha gente. Será que me parezco a alguien.
—Será eso —sonrió Edward—. Gracias por darle mi mensaje a Emmett. Ha sido un placer conocerte.
—De nada. El placer ha sido mutuo.
Rosalie volvió a meterse en casa acompañada por Pixie y no pudo evitar que su mente se disparara. ¿Quién era aquella mujer llamada Isabella que estaba embarazada? ¿Y por qué iba a afectar aquel embarazo a Emmett?
La única respuesta evidente que se le ocurría era que a un hombre que no quería ser padre le afectaría que le dijeran que lo iba a ser.
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¡Chan, chan chaaaaaan! El drama no podía faltar jajaja ¿qué opinan? ¿Creen que Edward reconoció a Rosalie?
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
