CXXVIII
Los Galthazar
Nueva Tokio, 18 de marzo de 2000, 02:37p.m.
—¿Te pongo Rini, o te pongo Serena, como yo? —decía Serena débilmente. Hace minutos que había dado a luz a una niña de escaso cabello rosado, y Darien se encontraba a su lado, sonriendo con orgullo.
—No creo que sea sensato que tenga tu mismo nombre —opinó Darien, y Serena se dio cuenta que tenía razón. No tenía por qué actuar de acuerdo a un futuro que posiblemente no sea el de ella, ni el de los demás.
—Entonces, te llamaré Rini —dijo Serena, apretando un poco más a Rini entre sus brazos. La niña no pareció hacer ningún puchero o gesto negativo, aunque Serena sabía que su hija no estaba reaccionando a eso, pero eso quería creer.
—Está comenzando a ponerse helado—dijo Amy, quien estaba acostumbrada al frío, pues tenía por rutina nadar tres veces a la semana en agua helada, por lo que aquello era bastante decir. Sacó su computadora, y vio, en efecto, que la temperatura global había comenzado a bajar. Aquella no era un sorpresa, pues había sido plan de ella que Sailor Jade empleara el Diamante de Hielo para sumir a todo el mundo en una edad de hielo—. Será mejor que abrigues a tu hija, Serena. Seguramente ya sabes lo que viene a continuación.
—Lo sé —repuso Serena, tapándose con los cobertores, y haciendo que Darien hiciera lo mismo—. No sabía que eras capaz de idear un plan como ese.
—Y eso no es todo —dijo Amy, pues Violet había descubierto una falla crítica en el plan, y estaba trabajando en una solución en ese momento—. Violet se dio cuenta que si usábamos el Diamante de Hielo para que la Tierra entrara en una era de hielo, las personas morirían de una forma bastante dolorosa. Con la medida de Violet, la sangre de los humanos y los animales no se expandirá ni creará cristales que dañen los órganos vitales y los vasos sanguíneos. Espero que Violet pueda trabajar bajo presión.
En las afueras de la casa de Serena, Violet trabajaba en el mecanismo de dispersión del compuesto que le permitiría a la humanidad sobrevivir una edad de hielo acelerada. Usaba unos lentes que funcionaban de la misma forma que el visor de Sailor Mercury, y por éstos podía ver el estado de la temperatura global. El dispositivo que iba a emplear era, en esencia, una bomba, pero su alcance iba a ser mucho mayor, cosa que cubriera todo el planeta. Había pensado en usar los vientos alisios para dispersar el compuesto en forma de aerosol, pero aquel método era bastante lento, y no alcanzaría a afectar a todos los humanos antes que la temperatura bajara lo suficiente para poner a un ser vivo en animación suspendida. En lugar de eso, decidió emplear su investigación anterior sobre la radiación que emitía el Cristal de Plata, en específico, el equipo que había usado para realizar las mediciones. La bautizó "bomba cuántica", porque, en esencia, iba a usar entrelazamiento cuántico para dispersar el compuesto en forma de aerosol de forma instantánea a todos los seres vivos del planeta. En cuanto al compuesto en sí, era bastante simple de fabricar, pues era una sustancia comúnmente empleada para efectos sanitarios. Básicamente, la glicerina evitaba que el agua se cristalizara y se dilatara a bajas temperaturas. Violet había cuantificado la cantidad de glicerina disponible después de los terremotos, y llegó a la conclusión que era suficiente para todos los habitantes restantes del planeta. El dispositivo que acababa de inventar, se encargaría de dispersar el compuesto, por lo que no funcionaba como una bomba tradicional, para nada.
Amy salió de la casa de Serena, y vio que Violet ya tenía el aparato casi terminado. Sailor Jade seguía con los brazos extendidos hacia arriba, mientras que la nieve caía de forma más tupida, el Diamante de Hielo brillando con cada vez más intensidad. Era solamente cuestión de tiempo para que llegara a su máximo poder, y congelara todo en un instante.
—Deberías ajustar los parámetros de entrelazamiento con más precisión —aconsejó Amy a Violet, mirando la pantalla del dispositivo—. El más mínimo error, y estarás entrelazando algo que nada tendrá que ver con la glicerina.
Violet encontró los controles de precisión, y lo ajustó a cinco cifras significativas, solamente para asegurarse de que el margen de error fuese el mínimo posible. Después de eso, introdujo los parámetros de entrelazamiento cuántico para la glicerina, y, asegurándose por triplicado que los valores eran los correctos, pulsó el botón de iniciar. Una cuenta regresiva comenzó a contar los segundos que quedaban para calcular la saturación de objetivos. Cuando hubiera acabado, el aparato enviaría un pulso cuántico de forma radial, cambiando el estado de los depósitos de glicerina a un estado de aerosol, y cuya densidad permitiera que cada ser vivo fuese afectado.
—Ojalá que no ocurra un desastre —dijo Violet en voz baja, como si no quisiera que Amy la escuchara. Pero Amy estaba segura que no iba a ocurrir nada malo. El aparato había sido fabricado libre de fallos, y los parámetros cuánticos estaban bien especificados. Nada podría salir mal.
Y así fue.
El primer indicador de que todo había salido bien fue la falta de explosiones raras o cosas por el estilo. Además, el color del aire cambió por unos cuantos segundos, y se pudo percibir un olor penetrante y extraño, el cual duró poco tiempo, para luego desaparecer así como había aparecido.
—Parece que funcionó —dijo Amy, y Violet mostró una sonrisa pequeña—. Deberíamos estar preparadas para el congelamiento instantáneo.
La temperatura en Nueva Tokio se había reducido en varios grados ya. Para minimizar los efectos del frío sobre la sensación humana, las chicas se retiraron a sus respectivas casas, y esperaron por el golpe helado, que debería llegar dentro de los próximos minutos, de acuerdo a las lecturas de la computadora de Amy.
Mientras tanto, en la casa de Serena, ella, Rini y Darien yacían acostados, abrazados entre ellos, tapados por varios cobertores. Mientras esperaban por el apocalipsis blanco, Serena se permitió pensar en todo lo que había ocurrido desde la derrota de Sailor Galaxia hasta ese momento. Recordó lo que había dicho Saori a Sailor Kakyou antes de los terremotos, que ella, Serena, venía con el corazón ensombrecido desde antes de ir al Río del Olvido. Recordaba vagamente aquellos pensamientos, porque había pasado bastante tiempo desde que los tuvo, pero era imposible olvidar cómo se había sentido al respecto. Era lo mismo que había experimentado en las tres oportunidades que había ofrecido la ayuda de ella y las Sailor Senshi al resto de la humanidad. Ellos no querían ser salvados, no creían en ellas, y todo eso había ocurrido por el atrevimiento de una joven llamada Ryuko Kobayashi, atrevimiento que había culminado en la ley que llevaba su apellido, y que había contribuido enormemente a que las Sailor Senshi fuesen mal vistas en todas partes. En retrospectiva, no debería haberle sorprendido que solamente diez millones de personas hubieran accedido a que ellas les salvaran. Habrían sido mucho menos si no fuese por Jeremy Burns.
Aquel fue el último pensamiento que cruzó su mente, porque una repentina oleada de frío detuvo todo en su cuerpo. No sintió ningún dolor ni nada parecido. Simplemente, todo se había ido a negro.
La Tierra completa se había teñido de blanco. Incluso los océanos se habían visto afectados. La única parte del planeta que aún no había padecido las consecuencias de lo que había hecho Sailor Jade era el laboratorio de Herbert Dixon, pero era cuestión de tiempo para que el frío penetrara el domo, porque el frío del Diamante de Hielo no era normal.
En ese preciso momento, una sombra oscura atravesaba el cinturón de Kuiper, rumbo al interior del sistema solar.
Planeta Tormos, a cincuenta y siete mil años luz de la Tierra
Sailor Tormos era la única Sailor Senshi que quedaba del sistema al que pertenecía, un sistema de siete planetas. Sus compañeras no habían sido exactamente asesinadas, sino que ahora eran personas normales, completamente incapaces de transformarse en Sailor Senshi. Sailor Tormos había escuchado que las Sailor Senshi de un sistema vecino habían corrido la misma suerte que sus compañeras y amigas. En ese momento, ella se encontraba escondida en un bosque de árboles de color azul, cuyas hojas eran esféricas. Su única alternativa era esconderse el tiempo suficiente para escapar del planeta, y avisar a otras Sailor Senshi del peligro en el que se encontraban. Aunque, a decir verdad, ella no sabía decir si los oponentes a los que se enfrentaba eran exactamente un peligro, porque no habían matado a las otras Sailor Senshi. Sailor Tormos creía que no había forma de extraer un Sailor Cristal desde el interior de una Sailor Senshi sin asesinarla. Evidentemente, estaba equivocada.
Deambuló entre árbol y árbol, procurando no hacer demasiado ruido. Al otro lado del bosque, había un puerto espacial, donde podría abordar un transporte lejos del planeta, y enviar un mensaje a otros sistemas estelares que no hubiesen sido atacados por los desconocidos. Sailor Tormos trató de controlar su respiración, con el fin de que su detección fuese aún más difícil, porque tenía la impresión que uno de sus oponentes poseía un aparato capaz de captar el más leve de los sonidos de pisadas en un radio de varios kilómetros.
Cuando salió del bosque, Sailor Tormos vio el puerto espacial al que necesitaba llegar. Faltaban menos de setecientos metros. Tratando de no ser demasiado optimista, Sailor Tormos discurrió el trayecto que le restaba, empleando cualquier cobertura que encontrase, muy al tanto que ellos eran más poderosos, fuertes, rápidos e inteligentes que cualquier Sailor Senshi que ella conociera.
Aunque ella tal vez pueda frenarlos.
Sailor Tormos, como muchas de las Sailor Senshi a lo largo y ancho de la galaxia, conocía las proezas de Sailor Silver Moon, sus muchas batallas y sus variadas victorias contra enemigos que parecían superarla, para luego ser derrotados a través de pura fuerza de voluntad. Se preguntó si era capaz de contactar con ella, porque había pasado mucho tiempo desde que ella peleó por última vez, y también sabía que el Milenio de Plata había caído a manos de unos terrícolas. Aunque sabía que no debía esperar lo peor, tampoco tenía muchas esperanzas en poder contactar con ella. La Tierra estaba a más de cincuenta mil años luz de Tormos, y sus medios de comunicación llegarían a la Tierra en un lapso de novecientos cincuenta años.
Sailor Tormos llegó al puerto espacial, y buscó una nave en la cual viajar, pero la única que había disponible estaba custodiada por los mismos hombres de los que estaba huyendo. Eran cinco de ellos, y usaban el mismo uniforme, pero con distintos emblemas en sus pechos. Usaban capas de diversos colores, y uno de ellos usaba una espada, el que estaba de pie en el centro.
—Nunca tendrán mi Sailor Cristal —dijo Sailor Tormos, en un tono que esperaba sonara amenazante, pero los cinco hombres frente a ella no mostraron ninguna reacción. Amedrentados no estaban, ni por asomo.
—Es lo mejor que puedes hacer en este momento —dijo el del medio con calma, dando dos pasos hacia delante, pero sin desenvainar su espada—. A estas alturas, viendo todo lo que pasado en la Vía Láctea últimamente, debes darte cuenta que las Sailor Senshi han fracasado como protectoras de la paz. Nosotros haremos el trabajo que ustedes no han podido hacer.
Sailor Tormos crispó los puños y frunció el ceño. No podía creer que un aparecido le dijera que las Sailor Senshi eran un fracaso. Podían ser mejores en todo sentido que las Sailor Senshi, pero ellos eran solamente cinco. Cinco hombres no podrían estar en todas partes al mismo tiempo, y estaba segura que las amenazas no esperaban por nadie.
—¿Tan arrogante eres para creer que ustedes cinco podrán proteger a toda una galaxia?
—Nosotros solamente somos el prototipo de un nuevo tipo de guerrero —dijo el hombre del medio, sin perder la calma—. Somos los primeros de muchos que aparecerán después. Reemplazaremos a las Sailor Senshi como protectores de la paz de la galaxia, y no hay nada que ustedes puedan hacer al respecto. Ni aunque todas unan sus fuerzas en contra de nosotros, no podrán derrotarnos.
Sailor Tormos, aunque adoptó una postura de batalla, sintió cómo su corazón aceleraba sus latidos y el sudor corría por sus mejillas.
—¡No les creo! —exclamó, extendiendo sus dos brazos hacia los lados, y juntándolos violentamente. Una onda expansiva arrasó con la mitad del puerto espacial, pero los cinco hombres permanecieron tan imperturbables como siempre. El del medio sacó su espada, y la enterró en el suelo. Aquello fue suficiente para detener la onda expansiva. Sailor Tormos tragó saliva.
El sujeto del cabello rubio corto conjuró un látigo de fuego y, veloz como el viento, no dio tiempo a Sailor Tormos para defenderse. En un parpadeo, ella ya se encontraba atrapada por el látigo de fuego, y su uniforme comenzó a arder de inmediato, y los chillidos no se hicieron esperar.
—Ríndete, y Wildfire te soltará —dijo el hombre del medio, tomando la espada que había enterrado en el suelo, y enfundándola. Todo eso lo dijo como si no estuviera viendo a una persona ser quemada viva.
El dolor era tal que Sailor Tormos claudicó de inmediato. El sujeto llamado Wildfire retiró el látigo de su cuerpo, y el hombre del cabello rubio largo ondulado le arrojó un chorro de agua helada, lo que apagó el fuego de inmediato. Sailor Tormos cayó de rodillas al suelo, aún gritando de dolor, pero con menos intensidad que antes.
—Descuida —dijo el líder de los sujetos, acercándose a Sailor Tormos a paso calmado, poniéndose delante de ella y extendiendo su brazo derecho, con la palma de la mano también extendida—. El proceso es completamente indoloro, y no recordarás nada de tu experiencia como Sailor Senshi. En otras palabras, serás una chica común y corriente. Dejaremos este planeta en cuando el proceso se haya completado.
Sin ningún titubeo, el hombre frente a Sailor Tormos hizo un gesto como de empujar algo, y, de forma instantánea, el Sailor Cristal en su interior salió expulsado, cayendo al suelo, haciendo sonidos de repiqueteo. Uno de los sujetos, el del cabello castaño largo, cogió el Sailor Cristal, y, con un pequeño gesto de sus manos, desapareció. El líder del grupo se reunió con los demás, decidiendo el próximo curso de acción.
—Hemos acabado con este sistema solar —dijo, mirando hacia el cielo, sin mostrar ninguna expresión que delatara emoción—. Tenemos un largo trabajo por delante.
—Tengo una idea —intervino el hombre del cabello rubio largo y ondulado—. Viendo que estas Sailor Senshi no son una amenaza para nosotros, deberíamos neutralizar la amenaza más grande a nuestros planes.
—¿Sugieres ir a la Tierra, Frostbite?
—Allá se encuentran dos de las Sailor Senshi más poderosas de la Vía Láctea —repuso el tal Frostbite—. Sailor Moon y Sailor Silver Moon. Ambas fueron esenciales en la derrota de Sailor Galaxia.
—He escuchado cosas terribles de Sailor Silver Moon —intervino el hombre del cabello largo y de color albino—. Muchas Sailor Senshi le temen.
—¿Tienes miedo, Lightbringer? —se burló el hombre del cabello castaño ondulado—. No pensé que una Sailor Senshi mojara tus pantalones.
—No es gracioso, Stormrider —gruñó Lightbringer, luciendo un poco enojado—. Y no le tengo miedo a Sailor Silver Moon. Por muy poderosa que sea, no es rival para ninguno de nosotros.
—¿Qué dices, Silverblade? —preguntó Frostbite, y los demás lucían apremiantes.
—Frostbite tiene razón —respondió Silverblade con decisión, lo que le dijo a los demás que aquel iba a ser su próximo destino—. Neutralizar las amenazas más peligrosas nos allanará el camino para coleccionar todos los Sailor Cristales. Debemos tener presente que hay otro ser apoderándose de Sailor Cristales, pero parece que va más lento que nosotros. Eventualmente, tendremos que enfrentarnos a ese otro ser, pero solamente cuando hayamos obtenido el resto de los Sailor Cristales. Frostbite, avisa a Aurora que vamos al planeta Tierra a obtener los Sailor Cristales del sistema solar.
Frostbite usó su computadora para enviar el mensaje. Cuando hubo acabado, los cinco apretaron un botón en los relojes que cada uno llevaba en la muñeca, y un traje metálico los cubrió de forma instantánea. Aquellos trajes eran perfectamente inútiles para el combate, pero sí servían para viajar a través del espacio exterior. Una vez que sus cuerpos estuvieron cubiertos con los trajes, despegaron del suelo, y salieron volando hacia el cielo.
Una vez en el espacio exterior, los cinco introdujeron las coordenadas celestes del planeta Tierra, de forma que pudieran trasladarse rápidamente. Pese a que ellos tenían poderes individuales que eran devastadores, eso no significaba que no poseyeran habilidades que solamente se podían emplear en conjunto. Una de ellas consistía en crear agujeros de gusano para viajar de forma instantánea a cualquier parte del universo con coordenadas conocidas. La otra era de carácter ofensivo, cuyo poder era capaz de hacer polvo un sistema solar entero. Sin embargo, emplearlo los agotaba de forma instantánea, y los dejaba bastante vulnerables para otros enemigos. Era por eso que ellos evitaban usarlo, y lo reservaban solamente para casos de emergencia.
Los cinco crearon un agujero de gusano, usando las coordenadas del planeta Tierra, y se internaron en éste. Segundos más tarde, salieron a unos quinientos mil kilómetros del planeta. Con el propósito de investigar, los cinco se aproximaron a la Tierra usando sus propulsores, hasta que se encontraron a menos de diez mil kilómetros de la superficie. Para sorpresa de ellos, vieron que el planeta se encontraba completamente cubierto de blanco. De acuerdo a lo que sabían de la Tierra, ellos esperaban encontrar un planeta azul, con sectores hechos de tierra firme, pero lo que estaban viendo no se parecía en nada a lo que sabían del planeta.
—¿Qué demonios pasó aquí? —preguntó Silverblade, mirando a Frostbite, quien ya se había puesto manos a la obra con su computadora. Sin embargo, paró de teclear en ésta a los pocos segundos.
—Al parecer —dijo Frostbite en voz baja—, la Tierra entró en una edad de hielo.
—¿Edad de hielo?
—Tal como lo oyes. No detecto seres vivientes allá abajo.
—Así que, ¿vinimos a este lugar por nada?
—Eso es lo que parece, porque tampoco detecto rastros de radiación sigma en la superficie ni en las cercanías.
Silverblade suspiró en señal de frustración. En efecto, no había nada que hacer en la Tierra. Las Sailor Senshi de ese sistema solar debían estar muertas.
—Vámonos de aquí —ordenó.
