La historia y sus derechos me pertenecen, los nombres de los personajes a S. M. NO AL PLAGIO

Una dama de burdel

Peligros en la oscuridad

A L C R


Ella

Domingo 04:00 a.m.

Usualmente no pienso en mí misma, luego de un tiempo me parece que soy sólo otro artefacto defectuoso de la humanidad, además es más sencillo llevar la vida que elegí imaginando que estoy viendo a través de una mala película en primera persona.

Detengo el rumbo de mis pensamientos, es de noche aún y el frío es igual de real, así que pienso en mi hermano menor para distraerme, lo que a su vez me lleva a pensar en los gastos que deben ser pagados al final de la semana: la renta, la comida de mi hermano, los gastos del colegio, le mesada a Tía por cuidar del pequeño y el dinero que sobra —si acaso queda un resto— será para pagar el préstamo antes de que los intereses aumenten.

Un escalofrío se apodera de mi autocontrol, aunque poco tiene que ver con la noche helada.

Un par de a meses atrás me había quedado sin dinero para el final del mes, cambiarse de apartamento a uno más barato había resultado contraproducente al tener que pagar un mes de anticipo, y con Charlie enfermo tenía que pagar sus medicamentos, así que sin dinero ni a quien pedir ayuda recurrí a la última persona en la lista:

Don.

Y Don no era bueno de lo que se dice bueno, pero sí un tipo decente, entre lo indecente. Me había dado una oportunidad de trabajar en el bar y había aceptado las condiciones que le dí a pesar de todo: ropa interior dentro del burdel, pero no estaba mi cuerpo a la venta, aunque si algún cliente me daba una nalgada o tocaba mis pechos e incluso si se atrevía a meter su lengua a mi garganta yo no tenía derecho de hacer una escena o darles una paliza, pero sí tenía autorización para alejarme y sí algún cliente se sobrepasaba los de seguridad intervendrían.

Vuelvo a dejar de pensar en mí, en mi trabajo, y en la deuda a Don que no hace más que aumentar. En su lugar enfoco mi atención ante el panorama lúgubre que me rodea. Sigo caminando entre las calles vacías y oscuras; todavía recuerdo el miedo que me daba al principio, pero luego de algunos meses encontré entre el asfalto desierto y las banquetas sucias cierta tranquilidad. Miro hacía las tiendas que llevan ya varias horas cerradas y sigo andando guiada sólo por el hambre, la sed, los gastos y mi hermano pequeño que depende sólo de mí.

Sólo por él.

Cierro los ojos sin dejar de andar y sonrío con tristeza. Tras mis parpados puedo ver la sonrisa chimuela, el cabello rubio revoltoso y la mirada traviesa de Charlie, en mis recuerdos mi hermano siempre me mira feliz, sólo tiene siete años y sigue sin entender por qué no podemos vivir juntos, por qué su tía abuela decidió que yo tenía que irme lejos a estudiar, y por qué no puedo verlo desde entonces, limitándonos a llamadas a sus espaldas cuando ella no se encuentra en la casa.

Me he inventado un libreto para cada pregunta de él: Mentiras, mentiras, mentiras. La única verdad es que podríamos vivir juntos si Tía no se hubiese quedado con la custodia de él, si no hubiese impuesto aquella voluntad tan mezquina de separarnos y correrme de la casa porque era mayor de edad y debía llevar comida a la mesa para el niño que no hacía más que comer y comer y seguir comiendo.

Sólo es un niño.

Aunque yo hasta hace poco también era sólo una niña, ahora soy una joven huérfana. Sigo andando con la cabeza hacia el suelo contando los pasos que me quedan por dar para llegar a mi espantoso edificio.

La mujer me dejó bien claras las reglas: podía irme sola o podía irme acompañada a la calle. Y lo tuve claro incluso antes de saber los peligros de este mundo, por nada del mundo arriesgaría la inocencia del niño de sonrisa chimuela y mirada traviesa que hacía de mis pesadillas un pequeño lugar feliz.

Mi hermano es la única razón para continuar, también es lo que me motivó a arruinar mi vida desde hace ocho meses con aquel cambio de vida y lo me llevo a su vez a destruir todo lo que antes amé de mí misma. Ahora sólo amo a ese niño de ojos grandes e inocentes que en mis recuerdos me miran con ternura y sin maldad, sin nada de la maldad que la vida tiene.

¿Cómo podría explicarle a Charlie que para ganarme la vida tengo que jugar a ser una mesera en ropa interior dentro de un burdel?, ¿Cómo le podría hacer entender que su desdeñosa tía no es mala únicamente por no dejarlo ver la televisión después de las siete, sino también por arruinarnos la vida?, ¿cómo podría hacer entender a un niño que a mi edad y sin universidad nadie podría pagarme tan bien como lo hace Don?

Cuando cumplí veintiun años, mamá y papá murieron en un accidente de avión. Estaba a mitad de mi segunda carrera, porque siempre había tenido dificultad en decidir qué era lo que quería para mi vida y eso había incluido trabajos y estudios. Sin embargo, tras la muerte de ellos y para mi sorpresa, el testamento de mis padres me había dejado más deudas que bienes, el abogado familiar dejó clara la cantidad de dinero que heredaría y el valor de la casa. Perdía la casa que había sido mi hogar de toda la vida o la herencia para pagar las deudas, la cuestión parecía simple. Al final elegí los buenos recuerdos y decidí usar casi la totalidad de mi herencia, haciéndome cargo de las deudas, creyendo que de ese modo podríamos vivir con la pensión de Charlie y mantener nuestro hogar.

Sorpresa número dos del testamento:

Charlie, quien tenía entonces sólo seis años, había quedado bajo la custodia de su tía abuela paterna, suya, no mía, porque a los ojos de la anciana yo era producto de una más de las locuras juveniles de mi madre antes de conocer a papá, resultado de una noche de fiestas, pasarían seis años para que mamá conociera a Charles, papá, y Tía resultó ser el único familiar directo de ambos, pero con quien nunca habíamos tenido comunicación hasta entonces; ella sería la encargada de la custodia de mi hermano y ese fue uno de los primeros eventos que me guiarían a donde me encontraba.

Desde entonces un año entero, pero me parece en ocasiones como estas en que camino durante la madrugada por calles oscuras para llegar a mi pequeño departamento, que desde la última vez que alguien se preocupó por mi seguridad ha pasado toda una vida, o dos.

—Sube, gatita –el grito a mi lado me detiene y devuelve a la realidad, una en la que camino en la madrugada a solas y por una calle mal alumbrada.

La voz proviene desde dentro del vehículo que se detuvo a mi lado, un pedazo de chatarra ruidoso y mugriento, con algunas abolladuras y espacios de pintura que el tiempo, los golpes y el sol fueron arruinando.

Miro hacia el automóvil y luego hacia atrás, con algo de suerte todavía puedo regresar corriendo al burdel, todavía falta un rato para que cierren y quizá Don siga en la puerta para salvarme de aquel aprieto. Doy un par de pasos hacia atrás. El hombre del vehículo baja, lo reconozco en seguida. Es el hombre barbudo que no paraba de hablar de su mujer mientras me tocaba las piernas cuando me había acercado a llevarle una bebida. Lo había tenido que empujar cuando había intentado sentarme a la fuerza sobre su erección.

—Ya terminó mi turno –intento con la voz de falsa cordialidad creyendo que de ese modo puedo escaparme.

—¿Cuánto una hora? —mis manos se aprietan en un puño hiriendo las palmas de mis manos, pero me limito a responder con suavidad.

—No tengo sexo por dinero.

El hombre se ríe sin ganas dando un golpe frustrado al capo del automovil y vuelve a mirarme lascivo, no hay que ser un lector de mentes para saber que por su mente están cruzando ahora mismo toda clase de perversiones y lo único que lo detiene es que cree que soy una puta barata con la cual tiene una oportunidad para negociar. No lo soy.

—Me conformaría con tus labios en mi verga.

Mis piernas se vuelven gelatina ante aquella propuesta, doy un paso hacia atrás dispuesta a volver al "Bar de Don" y pagar un taxi, aunque eso me deje sin desayuno al día siguiente.

—Ya terminó mi turno —logro sacar las palabras a la fuerza de mi garganta, el hombre borracho e insistente niega con su cabeza y comienza a dar pasos hacia mí, retrocedo mirando del bar a unas cuadras al hombre. Dos cuadras, está a sólo dos cuadras, puedo llegar sin problemas. Intento convencerme mientras analizo las probabilidades de ganar en una carrera contra un cuarentón y borracho.

—Tú vas a terminar cuando yo lo diga.

Se acerca y no tengo que considerarlo un segundo más, llevo los suficientes meses en este negocio para saber todos los riesgos que conlleva. Para los clientes soy sólo una mesera en ropa interior, para el resto de los hombres soy una prostituta sin valor, y sé que mi vida podría terminarse en un descuido, sobre todo cuando me encuentro con hombres borrachos dispuestos a hacer conmigo lo que sea si se los permito.

—Dije que he terminado. Llamaré a la policía –en algún lugar dentro de mí encuentro el coraje para decir esas palabras lo suficientemente audibles para sonar segura.

El hombre barbudo se acerca, tiene toda la apariencia de ser un tipo de pesas y peleas, posiblemente podría cargarme del hombro si me resisto o noquearme con un manotazo.

—Eso será divertido –dice él y vuelvo a retroceder varios pasos sin mirar hacia atrás, mi instinto me grita que corra, pero siendo sincera conmigo misma sé que las posibilidades no están de mi lado, fácilmente él podría atraparme, estoy cansada luego de la jornada, no he comido y me siento débil, así que intentar razonar con él parece ser mi única escapatoria.

—Hablo en serio –me tiembla la voz, el hombre me mira con burla y desprecio acercándose a mí.

—Si sólo supieras todas las cosas que quiero hacerte, sube, sube gatita –ronronea con su voz tosca y ronca, lo que hace que se me revuelva el estómago de miedo y asco.

Mi corazón bombea con fuerzas contra mi pecho, le sonrío al hombre tragandome la bilis que comienza a subir por mi garganta y sigo retrocediendo.

—Está bien, iré.

El hombre me da una sonrisa que me revuelve el estómago vacío, él se da la vuelta caminando hacia la puerta del copiloto para que yo suba y entonces mientras no me ve, me echo a correr. Sólo son dos cuadras.

Lo escucho gritar tras de mí, pero eso no me detiene. Agradezco llevar un cambio de ropa al trabajo y vestir en estos momentos unos tenis deportivos y un pantalón de mezclilla, sería imposible correr en zapatillas de punta y falda de diez centímetros ajustada revelando mi trasero.

Recuerdo, con vaguedad, que cuando iba en primaria era la más rápida de la clase, papá me había llevado a atletismo un par de años, cuando entré a la secundaria perdí cualquier interés por los deportes, pero podía recordar todavía aquellos breves y lejanos días en que mi padre desde las gradas gritaba mi nombre animándome a correr.

Corre Bella, corre. Lo intento. Pero mis piernas queman, el aire que entra a mi garganta me ahoga y tengo que luchar contra el terror que me invade al sentir cada vez más cerca las pisadas a mis espaldas. Corre Bella, corre.

Lo intento, pero pronto las pisadas y su voz insultándome está más cerca y no he corrido ni media cuadra, su mano agarra mi cabello haciéndome gritar y detenerme. Tal vez una joven desnutrida, cansada y temerosa era por creces más débil que un hombre borracho y cuarentón.

—Te dije que vendrías conmigo, gatita.

Grito, pataleo e intento empujarlo.

—¡Sueltame!, ¡suéltame!.

Escucho sólo su carcajada, el hombre me toma de la cadera para llevarme a jalones de regreso a su automóvil. Intento forcejear, pero sólo consigo que él jale con más fuerza de mi cabello manteniéndome quieta entre sus sudorosos brazos.

Él me aprieta de los brazos haciéndome gritar desesperada y adolorida. Lo que parece incentivarlo a seguir causándome daño porque vuelve a apretar.

El chirrido de las llantas, las luces del automóvil y los pitidos son el primer indicio de que la suerte ha jugado a mi favor. Como puedo logro patear al hombre en las piernas. Pero él no se detiene por mí, sino por el conductor que ha salido del deportivo del año dispuesto a molerlo a golpes.

—Amigo, esto no es tu asunto –habla el barbudo tras de mí sin dejar de forcejear ni tener intenciones de soltarme.

—Lo diré sólo una vez, suéltala ahora mismo.

Hay algo en la voz de él, quizá su sonido áspero y ronco o la mirada asesina que parece capaz de congelar un desierto, tal vez que suena y parece decidido a dar pelea por mí, pero consigue hacer que el borracho me suelte.

—Como quieras, nos veremos pronto, gatita.

El hombre se aleja de mí como si lo anterior fuese algo sin importancia y no hubiese estado a punto de secuestrarme o peor, mucho peor. Noto que estoy temblando hasta que el hombre de mirada helada pone su mano sobre mi hombro.

—¿Estás bien?

Asiento sin dejar de mirar al borracho que sube a su viejo automóvil, lo enciende y se aleja de ahí como si nada. Un temblor en mis hombros y espalda que ignoro. Miro al hombre que me ha salvado la vida, unos profundos ojos azules no paran de revisarme de pies a cabeza como si quisiera encontrar alguna herida en mí, la mano de él sigue sobre mi hombro, me doy cuenta que él aprieta sus puños y quijada, destilando coraje. Unos ojos helados y azules que podrían hacer arder un infierno siguen sobre mí.

—¿Estás bien?

Vuelvo a asentir, pero ahora con lágrimas en las mejillas y los temblores leves se convierten en convulsiones de llanto. Me llevo las manos al rostro con terror, ¿Qué sería de Charlie si algo me hubiese pasado? No quiero pensar en lo que hubiera ocurrido, pero no puedo evitarlo. Soy consciente solo hasta ese momento que jugar a ser una bailarina erótica y servir bebidas a ebrios es más complicado que sólo rechazar propuestas de sexo y esquivar manoseos.


Chan chan

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