No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la grandiosa Anne Marie Winston. Yo solo me divierto un poco.
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¿Qué dijeron? ¿Qué ya no iba a publicar? ¿Cómo creen? Mi amor por ustedes es más grande que cualquier comentario jajaja Solo quería dejar en claro mi postura en el asunto. Espero que después de la nota, la persona lo haya leído y, satisfecha con su cometido, haya ido a molestar a alguien más jajaja
Y menos las voy a dejar sin historia cuando solo faltan dos capítulos para terminar! Jajajajaja En fin, seguimos con nuestra programación habitual.
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Las siguientes dos semanas fueron los días más felices en la vida de Rosalie. Emmett y ella cenaban juntos, paseaban a los perros juntos y dormían juntos, normalmente en casa de Rosalie.
El fin de semana siguiente a la primera noche que hicieron el amor, Emmett se había mudado a su casa, aunque ninguno de los dos sabía qué iba a salir de aquello.
Emmett seguía corriendo en una cinta. No había vuelto a correr al aire libre desde que se había quedado ciego, pero le contó a Rosalie que conocía a otra persona invidente que había corrido el maratón de Nueva York con su marido.
Tras haber consultado con aquella persona, salieron una mañana a practicar por las carreteras anchas y largas que atravesaban el campo de batalla. Aquellas carreteras, que soportaban gran tráfico de turistas durante el verano, estaban en muy buen estado y en aquella época, mediados de diciembre, poco transitadas.
Se encaminaron al campo de batalla para calentar y estirar. A Emmett se le hacía raro no haber llevado a Eddie, pero en la escuela le habían advertido que tuviera mucho cuidado de no salir a correr con él porque los perros que llevaban arnés se cansaban más rápidamente y el esfuerzo podía resultar peligroso para ellos.
Por supuesto, Emmett tenía mucho cuidado de no hacer nada que pudiera resultar peligroso para su perro guía.
Emmett sacó un pañuelo blanco, se lo ató a Rosalie en la muñeca izquierda y él se lo alto en la derecha. Para no cansarse, idearon un sistema de comunicación no verbal que consistía en que Emmett iba un paso por delante para que Rosalie pudiera tirarle de la banda y que la sintiera en la muñeca si había algo.
Rosalie tenía que encargarse de vigilar que no hubiera obstáculos en el camino y que Emmett se apartara de la carretera si venía algún vehículo.
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—¡Ha sido increíble! —Exclamó Emmett entusiasmado mientras bajaban el ritmo—. Muchas gracias, creía que no iba poder hacer esto nunca más —añadió parándose, estrechándola contra su cuerpo y besándola.
—Si quieres, podemos hacerlo regularmente —contestó Rosalie—. La única época en la que puede ser un poco problemático es el verano porque habrá muchos turistas por aquí.
—Sí, esto se pone hasta arriba —comentó Emmett mientras volvían hacia casa—. No puedes decir que realmente vives en Gettysburg hasta que no has pasado aquí un verano y has tenido que soportar la plaga turística.
—Será interesante. Nunca he vivido en un sitio turístico como éste —contestó Rosalie.
Para entonces, llevaría ya allí algunos meses y habría quedado claro que no era una visitante de paso ni una persona que se había instalado para un periodo largo sino una residente más.
Rosalie se despertó en mitad de la noche y se dio cuenta de que Emmett también estaba despierto. La entusiasmaba quedarse dormida entre sus brazos y despertase de la misma manera. Suponía que algún día aquello se terminaría, pero no quería ni pensarlo.
Emmett estaba tumbado de espaldas, abrazándola y jugueteando con un mechón de su pelo.
—Emmett.
—Dime.
—¿Qué haces?
Emmett le soltó el pelo, le puso la mano en el mentón y le giró el rostro para besarla.
—Estaba aquí tumbado pensando en la suerte que he tenido de conocerte.
Rosalie sintió que el corazón se le llenaba de felicidad.
—El sentimiento es mutuo.
Emmett sonrió encantado.
—Hace un par de semanas iniciamos una conversación que no terminamos.
—¿Qué conversación? —preguntó Rosalie, que estaba soñolienta, saciada e increíblemente cómoda.
—Ya sé que podría resultar grosero por mí parte hablar de otra mujer estando en la cama contigo, pero estuvimos hablando de Isabella.
—Sí, es un poco grosero por tu parte, pero adelante —rió Rosalie.
—Me gustaría hablarte de ella —contestó Emmett poniéndose serio.
—Muy bien —contestó Rosalie acariciándole la mejilla.
—Se portó de maravilla conmigo después del accidente, me apoyó en todo, no quería que me pusiera a compadecerme de mí mismo. Fue ella la que me sugirió que me hiciera con un perro.
—Me va cayendo bien —comentó Rosalie.
Emmett sonrió.
—Lo cierto es que le tengo mucho aprecio, pero en aquellos momentos estaba completamente inmerso en mí mismo, lo único en lo que pensaba era en lo mucho que había cambiado mi vida.
—Es comprensible.
—Quizás. En cualquier caso, al cabo de seis meses, le dije que no me quería casar con ella. Se me metió en la cabeza que, después de lo que me había ocurrido, no podía ser el marido que ella se merecía.
—Muy estúpido por tu parte.
—Ya lo sé. Le hice mucho daño. Me hizo prometerle que, después de la ruptura, iría al psicólogo, así que lo hice. El psicólogo que me trató también había perdido la vista a los veintitantos años y me ayudó enormemente a trascender la etapa del «¿por qué yo?» y a empezar a vivir de nuevo. Rápidamente, decidí pedir un perro y al cabo de seis meses me dieron a Pixie.
—Y ¿por qué no volviste con Isabella entonces? No lo digo por nada, ¿eh? Que conste que a mí me ha venido mejor que no lo hayas hecho.
Emmett sonrió.
—Me sentía culpable por haber terminado nuestra relación así y se me ocurrió que, tal vez, podría arreglarla. Ahora que lo pienso, supongo que fue la inercia lo que me hizo querer volver con una persona con la que había estado varios años. En cualquier caso, decidí intentar volver con ella.
Rosalie se tensó. Emmett lo percibió, pero decidió seguir adelante.
—Sabía que seguía viviendo en la misma casa, así que allí me presenté un día. Llamé al timbre… y me abrió un hombre al que no reconocí. El tipo llamó a Isabella. Resultó que se acababan de casar.
—Vaya, que inoportuno.
—Sí. Me sentí como un idiota. Durante mucho tiempo, creí que seguía enamorado de ella. Me enfadé mucho conmigo mismo por haberla perdido y también con ella por haberme abandonado… aunque había sido yo el que había puesto fin al compromiso, así que fíjate que mal tenía la cabeza. Le echaba la culpa a ella de algo que había originado yo.
—Los sentimientos no suelen ser racionales.
—Cuando la vi el otro día, me sentó muy bien darme cuenta de que ya no la quería. No le tengo ningún rencor, pero tampoco quiero estar con ella —le explicó Emmett abrazándola con fuerza—. Isabella es agua pasada. Ahora estoy contigo.
Rosalie sintió que la felicidad más absoluta se apoderaba de ella.
—Nunca he sentido por nadie lo que siento por ti —continuó Emmett—. Por supuesto, amé a Isabella, pero no sentía por ella lo que siento por ti. Te quiero, Rosalie.
La felicidad se tornó aprensión al recordar Rosalie que debía compartir con Emmett su secreto. Tenía que decirle quién era. No creía que le fuera a importar, pero, aun así, no le parecía bien mantener en secreto semejante aspecto de su vida al hombre con el que quería pasar el resto de ella.
—¿En qué piensas? —le preguntó Emmett ante su silencio.
—Hazme el amor —contestó Rosalie.
Necesitaba tiempo para pensar cómo le iba a explicar por qué no le había contado quién era.
Deliberadamente, deslizó la rodilla entre las piernas de Emmett y comenzó masajearlo. No pasó mucho tiempo antes de que sintiera que su miembro se endurecía, estimulado.
Emmett se colocó entre sus piernas y Rosalie comenzó frotarse contra él. Al sentir su erección, apoyó las piernas todavía más arriba para darle la bienvenida, puso las plantas de los pies sobre la cama, arqueó la espalda y la levantó. Emmett aprovechó la postura para introducirse en su cuerpo hasta el fondo.
Acto seguido, la tomó de las nalgas y comenzó moverse en su interior. Mientras se preparaba para el orgasmo cercano, cruzando los tobillos a la espalda de Emmett, Rosalie pensó en lo mucho que lo amaba, pero decidió no decírselo en voz alta hasta que hubiera sido completamente sincera con él.
«Yo también te quiero», pensó.
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Un viernes por la noche, pusieron entre los dos el árbol de Navidad en casa de Rosalie. Emmett no decoraba la suya normalmente.
—No es que no me gusten las navidades, pero, como no veo, no suelo decorar la casa porque es un incordio sacar los adornos y volverlos a guardar para nada. Pero te ayudo encantado.
—Muy bien —contestó Rosalie—. Me dejarás que, por lo menos, ponga una guirnalda en tu puerta, ¿no?
—Por supuesto —contestó Emmett.
Rosalie sonrió encantada. El hecho de que Emmett quisiera compartir con ella aquellos momentos la llenaba de satisfacción.
A continuación, se dirigieron en coche a un restaurante de comida rápida en el que vendían árboles de Navidad. Mientras se paseaban por los pasillos, Emmett le apretó la mano.
—Me encanta todo esto —comentó—. Me trae recuerdos de mi infancia. En mi casa solíamos salir todos juntos a comprar el árbol.
—Qué genial —sonrió Rosalie—. Nosotros siempre teníamos árbol artificial. En mi casa siempre hemos sido muy ecologistas.
—Veo que sois gente concienciada. Eso está muy bien.
—Sí, tenemos que aprender desde que somos pequeños a respetar este planeta tan maravilloso —sonrió Rosalie.
—¿Cómo recuerdas la Navidad en tu casa?
—Bueno, no me malinterpretes, pero la Navidad en mi casa no solía ser para tirar cohetes. Mi madre siempre estaba pendiente de mí y de mi hermana, pero desde el plano material y económico. Es muy buena persona, pero nunca ha podido superar el abandono de mi padre, así que emocionalmente estaba desequilibrada.
—¿Te acuerdas de cuando estaban casados?
—No mucho. Tengo unos cuantos recuerdos muy lejanos de mi padre jugando con nosotras, pero ninguno de la familia al completo. Cuando se separó de su segunda mujer, volvió a vivir con nosotras durante un año, pero se volvió a ir cuando yo tenía nueve años. Luego, tuvo tres mujeres más mientras yo era adolescente y ahora se va casar con la sexta.
—A tu padre le debe de encantar pasar pensiones —se sorprendió Emmett.
Aquello hizo reír a Rosalie.
Tras comprar el árbol, volvieron a casa y Emmett la ayudó a subir los tres pisos y a colocarlo en el salón. Como contaba con ayuda, aquel año Rosalie compró el árbol más grande que había encontrado.
A Emmett le encantaba la sensación que le producía que Rosalie contara con él como si pudiera hacer todo cuando, en realidad, desde que se había quedado ciego no había vuelto a ayudar en los preparativos navideños y le estaba resultando enormemente satisfactorio.
Rosalie había comprado delicados copos de nieve fabricados en Alemania, bolas y otros adornos que, según lo que le explicó, eran rojos, plateados y verdes. También tenía guirnaldas esponjosas y una colección de adornos de cristal de Irlanda.
—Mi madre nos ha ido regalando una figurita cada año tanto a mi hermana como a mí —le explicó colocándole una pieza de cristal de la mano.
Emmett la exploró y se dio cuenta de que era un ángel y percibió que tenía un cartelito.
—¿Qué pone?
—Las primeras Navidades de Rosalie y la fecha —contestó Rosalie—. Todas las piezas tienen mis iniciales y el año.
—Es una tradición muy bonita. En casa, mi madre regalada unos calcetines a cada uno todos los años. Muchos de los adornos navideños los ha ido haciendo a lo largo de los años. A mi madre le encantan las manualidades.
—Qué maravilla.
Cuando hubieron terminado de decorar el árbol, Emmett tomó a Rosalie entre sus brazos.
—Gracias por compartir estos momentos conmigo. Tengo la sensación de que estamos construyendo entre los dos una tradición.
Rosalie lo besó.
—Me gusta cómo suena eso. Tradición, ¿eh?
—Sí, cosas que haremos todos los años —le explicó Emmett, deseoso de que entendiera lo importante que era en su vida.
Aunque solamente llevaban juntos dos meses, Rosalie se había convertido en algo tan necesario para él como respirar.
—Mi hermana me ha invitado a pasar las navidades en su casa, pero todavía no he contestado —dijo Rosalie tras tomar aire.
Emmett se dio cuenta de lo que le estaba planteando.
—Creo que ha llegado el momento de hablar de esto. Quiero conocer a tu familia…
—Y yo quiero que los conozcas. La verdad es que mi hermana me ha amenazado con no darme los regalos si no vienes conmigo.
Emmett se rió.
—También quiero que conozcas a mi familia. ¿Qué te parece si primero hacemos nuestros planes y luego hablo con mi madre para comentarle cuándo nos vamos a pasar por su casa?
—Me gustaría pasar Noche Buena aquí —comentó Rosalie—. Me gustaría ir a misa a mi nueva iglesia.
—Sí, a mí también me parece buena idea. ¿Vamos a misa aquí y luego nos vamos a casa de tu hermana a cenar?
—No, me apetece pasar la Noche Buena aquí, contigo y con los perros. Podemos ir a comer a casa de mi hermana al día siguiente, el día 25.
—Y, luego, por la tarde, podríamos pasarnos a ver a mis padres —propuso Emmett.
—Perfecto —contestó Rosalie—. Lo único malo es que nos vamos a poner como vacas como comamos en los dos sitios —bromeó.
—Yo estoy dispuesto a arriesgarme —contestó Emmett besándola en el cuello—. ¿Has terminado con el árbol? Lo digo porque te quiero dar un regalo — añadió apretándose contra ella de manera inequívoca.
Rosalie se rió y deslizó una mano entre sus cuerpos, explorando la erección de Emmett, que aumentaba por momentos.
—Creo que me va a gustar mucho tu regalo. ¿Lo puedo abrir ya?
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La fiesta de la empresa de Emmett era el tercer sábado de diciembre en una discoteca de música country.
Rosalie estaba emocionada porque Emmett la había invitado a ir con él para presentarle a sus amigos y compañeros de trabajo. Por su parte, le había acompañado en un par de ocasiones a la iglesia y ya habían conocido a unas cuantas personas.
Era un sentimiento muy íntimo saber que otros los consideraban pareja.
Aun así, aquella fiesta la ponía muy nerviosa. Quería estar guapa para Emmett. Aunque no la viera personalmente, la iban a ver las personas que eran importantes para él, así que quería estar especial.
Sin embargo, arreglarse, maquillarse y peinarse la ponía nerviosa y la hacía tener miedo. Se sentía como si acabara de dejar el modelaje. Cuando lo había hecho, cada vez que salía de casa, se sentía como un ratoncillo asustado, temeroso de que fuera a aparecer algún depredador.
La aterrorizaba la idea de que alguien pudiera reconocerla.
Sin embargo, a medida que había ido pasando el tiempo se había dado cuenta de que la gente estaba tan metida en su vida que no se daba cuenta de nada. De vez en cuando, alguien la miraba sorprendido, como había hecho Edward, y le preguntaba si se conocían de algo, pero, de momento, nadie se había dado cuenta de quién era.
Rosalie volvió a prometerse a sí misma que no tardaría en contárselo todo a Emmett. Antes de Navidad. Así, empezarían el año sin secretos.
Meses atrás había decidido que, sin maquillaje, era prácticamente imposible que la reconocieran.
Mientras había sido modelo, cuando se maquillaba, sus ojos se convertían en dos profundas pozas de agua, sus labios se tornaban voluminosos y atrayentes y su melena, rizada y pelirroja, era una explosión que llamaba la atención.
Ahora, sin embargo, era una persona nueva.
Rosalie se dijo que no había problema, que nadie la reconocería y se dedicó a elegir el vestido que se iba a poner para la fiesta. Sabía que maquillándose corría algún riesgo, pero tenía que hacerlo por Emmett.
Emmett le había dicho que el padre de Edward se iba a jubilar en menos de un año y que su amigo le había ofrecido convertirse en socio del bufete. Aquella fiesta era una oportunidad maravillosa y Rosalie quería apoyarlo.
Así que decidió camuflarse como mejor pudiera. Cuando era A'Rosalie siempre llevaba la melena pelirroja suelta y rizada. Ahora, para la fiesta, se recogió el pelo rubio en un moño francés muy serio.
Antes, solía vestir de negro. Debido a que Emmett iba a ir de esmoquin, ella tenía que ir de largo. Por supuesto, seguía teniendo algunos modelos espectaculares, pero había preferido acercarse a casa de su hermana una tarde y pedirle prestado un traje de terciopelo verde botella. Se trataba de un vestido de tirantes, ajustado, de cuello redondo y espalda al descubierto.
Rosalie lo había elegido porque sabía que la textura le iba a gustar a Emmett y porque estaba segura de que apartaría la atención de su rostro.
Su rostro.
No podía hacer mucho excepto tener cuidado con el maquillaje, así que eligió tonos ocres en lugar de los tonos rosados y morados que le habían puesto durante las sesiones fotográficas.
Hizo todo lo que pudo para estar atractiva y elegante sin llamar la atención y se prometió a sí misma que no iba a estar preocupada durante toda la noche.
Emmett llegó a recogerla y a Rosalie le pareció que estaba imponente con aquel esmoquin negro y camisa blanca.
No iba acompañado por Eddie y le explicó que, aunque se lo había pensado, al final había decidido dejarlo en casa pues iban a estar casi toda la noche sentados en una mesa y no creía que lo fuera a necesitar.
Edward y su cita pasaron a recogerlos. A aquella fiesta iban a acudir empleados de varios bufetes de abogados de la zona. Después de la cena, había un baile.
—Espero que te des cuenta de que tu trabajo va a consistir en decirme si se me cae la comida en el pantalón —le dijo Emmett a Rosalie mientras Edward aparcaba.
—Vaya, supongo que eso te obliga a portarte bien conmigo —contestó Rosalie mientras Emmett le abría la puerta del coche.
—Tengo intención de comportarme muy bien contigo esta noche, cariño — contestó Emmett mientras Edward ayudaba a Jessica.
—Me muero de ganas porque llegue el momento —contestó Rosalie acariciándole el muslo.
—Por favor, la discoteca está aquí al lado, así que estate quietecita —la reprendió Emmett agarrándole la mano con cariño.
La cena fue muy agradable. Emmett y Rosalie estuvieron sentados en la misma mesa que Edward y Jessica, con sus dos secretarias y sus respectivos maridos.
Las otras dos mujeres las pusieron al corriente de quiénes eran todos los presentes y Edward tampoco escatimó en comentarios. El amigo de Emmett resultó ser un hombre realmente divertido y Rosalie le agradeció el protagonismo porque así las miradas no se centraban en ella.
Después del postre, retiraron las mesas y comenzó a tocar una orquesta. Se trataba de un grupo excelente y, en cuanto sonó la música, Emmett se puso en pie y tomó a Rosalie de la mano.
—Vamos a bailar.
A Rosalie le pareció estar en el paraíso. Le encantaba bailar y, más, si era entre los brazos de Emmett. Emmett bailaba de maravilla y, con un poco de ayuda por su parte, se movieron por la pista de baile sin problema.
Durante un descanso, Emmett le preguntó a su amigo algo en voz baja y, cuando su amigo contestó, Emmett giró la cabeza hacia la izquierda, asintió y se giró hacia Rosalie.
—Te quiero presentar al señor Cullen, el padre de Edward. Su padre, fundó este bufete y él se hizo cargo cuando se jubiló. Ahora, quiere que su hijo haga lo mismo.
—¿Será entonces cuando tú te conviertas en socio?
Emmett asintió.
—Cullen & McCarty, abogados. Suena bien, ¿verdad?
Rosalie se rió.
—Sí, suena muy bien.
—Hay otra cosa que también suena muy bien en esto de los apellidos — continuó Emmett—. ¿Qué te parece señor y señora McCarty? A mí me encanta cómo suena Rosalie McCarty. ¿A ti qué te parece?
¿Acaso le estaba pidiendo que se casara con él?
—Me encanta cómo suena, pero, dado que ningún hombre apellidado McCarty me ha pedido que me case con él, es todo una hipótesis.
Emmett se rió tan fuerte que la gente que estaba a su alrededor se giró.
—Ya sabía yo que ibas a ir directamente al grano —dijo abrazándola—. Rosalie, no tenía planeado nada esta noche. Ni siquiera he comprado un anillo. Sin embargo, ya que ha salido el tema… ¿Te quieres casar conmigo?
Rosalie sintió que se quedaba sin respiración.
—Emmett… ¿estás seguro? Olvida que he dicho eso.
Emmett se volvió a reír.
—Me gustaría que me contestaras sí o no.
—Sí —se apresuró a contestar Rosalie—. ¡Oh, sí!
Sin importarle la gente que pudiera estar alrededor, Emmett tomó a Rosalie entre sus brazos y la besó con amor.
—¡Atención todo el mundo! —Dijo al levantar la cabeza—. Esta preciosa mujer acaba de decirme que se quiere casar conmigo.
Al instante, estallaron a su alrededor aplausos y vítores de júbilo.
—¡Muy bien, amigo! —lo felicitó Edward dándole una palmada en la espalda mientras una de sus secretarías abrazaba a Rosalie.
—Enhorabuena, Emmett es uno de los hombres más maravillosas que conozco.
Rosalie abrió la boca para contestar, pero justo en ese momento comenzó a sonar su teléfono móvil.
—Vaya, ése es mi teléfono. Perdón.
La preocupación se apoderó de ella ya antes de contestar porque el único motivo por el que llevaba el teléfono móvil era por si había alguna emergencia familiar. Ya ni se acordaba de la última vez que la habían llamado desde que se había mudado a vivir a Gettysburg.
—¿Sí?
—¿Rosie?
Era Kate y estaba llorando.
—¿Qué ocurre? —Le pregunto Rosalie a su hermana—. ¿Estás bien?
—Sí, a mí no me ha pasado nada, pero papá está en el hospital —le informó su hermana—. ¿Puedes venir?
—Por supuesto —contestó Rosalie tomando una servilleta y anotando las instrucciones que le daba Kate—. ¿Qué ha pasado?
—Ha salido a correr con su prometida. Por lo visto, la chica corre maratones y se han ido a correr quince kilómetros… y papá se ha desmayado. Creen que le ha podido dar un ataque al corazón.
—¡Quince kilómetros! —Exclamó Rosalie—. ¿Por qué no le ha dicho que, aunque está en buena forma, nunca sale a correr más de cinco o seis kilómetros?
—Ya conoces a papá. Sería capaz de morir antes de admitir que no está tan fuerte como cuando era joven —sollozó su hermana—. ¿Puedes venir ahora mismo, Rosalie?
—Por supuesto.
Sin dudar, Rosalie fue a contarle a Emmett lo que había sucedido. Qué rabia que el mejor momento de su vida se viera estropeado repentinamente por aquello.
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Ay, no. Ay, no. Y ya solo nos queda un capítulo de la historia… un capítulo bastante agridulce diría yo… ¿qué opinan? Solo nos falta un capítulo para terminar… ¿Están listas?
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
