No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la grandiosa Anne Marie Winston. Yo solo me divierto un poco.
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Rosalie llamó a Emmett al despacho el lunes por la mañana.
Había llamado a su prometido varias veces desde que había tenido que ausentarse el sábado por la noche para ir junto a su padre. Efectivamente, resultó que le había dado un leve ataque al corazón.
Tras hablar con su hermana, había decidido irse cuanto antes y Edward la había llevado a casa. Emmett, por supuesto, no había podido acompañarla porque alguien tenía que hacerse cargo de los perros.
Al llegar a casa, se había cambiado de ropa, había metido algo en una maleta y se había vuelto a ir en menos de cinco minutos.
—Buenos días —la saludó aquella mañana—. ¿Qué tal va tu padre?
—Está mucho mejor —contestó Rosalie algo molesta—. Lauren, su nueva novia, no para de hacerle cariñitos. Yo creo que, si hubiera sabido la cantidad de atenciones que iba a recibir, habría sido capaz de fingir todo esto —añadió—. Era broma.
Tras hablar unos cuantos minutos más sobre la familia de Rosalie, Emmett le aseguró que los perros estaban bien.
—Te echo de menos. Dormir solo es espantoso.
—Yo también te echo de menos —contestó Rosalie—. A mi padre le dan el alta esta tarde, así que, en cuanto esté instalado en casa con Lauren, que seguro que le va a cuidar muy bien, me vuelvo.
—Me apetece mucho verte.
Emmett había estado aquel día dos horas en la joyería eligiendo un anillo de compromiso. Le había pedido a su secretaria que lo acompañara y esperaba haber elegido algo que le gustara a Rosalie. También había comprado flores porque quería hacer el compromiso oficial aquella misma noche.
Tras colgar el teléfono, Emmett volvió a concentrarse en el informe que estaba realizando. Llevaba inmerso en él media hora cuando llegó Edward del juicio que había tenido aquella mañana.
—Ya lo he descubierto todo —anunció su amigo—. Desde luego, qué calladito te lo tenías, ¿eh, perro?
—Yo también me alegro mucho de verte. Buenos días —contestó Emmett—. ¿De qué me hablas?
—¿De qué va a ser? De Rosalie, por supuesto.
—No sé de qué me hablas —contestó Emmett—. ¿Qué es lo que has descubierto?
—Claro que lo sabes. He descubierto quién es en realidad.
—¿Ah, sí? Pues comparte la información conmigo, que me quiero reír un rato.
Edward se quedó en silencio unos segundos.
—Emmett, ¿de verdad no sabes quién es? ¡Es A'Rosalie, la modelo de Sports Illustrated!
—¿Quién?
—Es una top model. Salió en la portada de la edición de bañadores de Sports Ilustrated hace un par de años. Ya lo sabías, ¿no? Me estás tomando el pelo…
—No, no te estoy tomando el pelo —contestó Emmett—. ¿Crees que Rosalie se parece a esa modelo?
—Estoy seguro de que es ella. Conservo todos los ejemplares de las ediciones de bañadores de esa revista —contestó Edward—. Incluso le he preguntado a mi padre y él también está de acuerdo.
Emmett se quedó en silencio.
—Estás loco. ¿Por qué crees que es ella?
—Se ha cambiado el pelo y me ha costado reconocerla. Antes llevaba una gloriosa melena pelirroja rizada que era como su seña de identidad más famosa. Por supuesto, en las fotos está muy maquillada, pero te aseguro que es ella. Tienen la misma estructura ósea, la misma forma de los ojos y de los labios y el cuerpo es exacto. Es alta y delgada… aunque en la revista está mucho más delgada. Además, se llama igual, pero sin la A y el apostrofe. ¿De verdad que no lo sabías?
—Nunca me ha mencionado nada —contestó Emmett fingiendo calma a pesar de que le latía el corazón aceleradamente—. La voy a ver esta noche, así que ya se lo comentaré. Me parece que se va a morir de la risa. En cualquier caso, me parece muy halagador que hayas confundido a mi novia, bueno, mi prometida, con una supermodelo.
—Si tú lo dices… sí, me he debido de confundir —contestó su amigo—. Perdona, me llaman al teléfono, luego hablamos —añadió en tono aliviado al ver que su secretaria lo reclamaba.
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Había echado de menos a Emmett mucho más de lo que hubiera imaginado. Al abrir la puerta de casa aquella noche, Rosalie estaba ansiosa por dejar el equipaje y correr a casa de Emmett a abrazarlo, pero, cuando estaba saliendo de su dormitorio, se abrió la puerta principal y apareció Emmett.
—¡Hola! —Lo saludó Rosalie—. Iba hacia tu casa —añadió pasándole los brazos por el cuello y acercándose para besarlo.
Emmett dio un paso atrás.
Sorprendida, Rosalie se quedó mirándolo con la boca abierta.
—¿Se puede saber qué significa esto? —le preguntó Emmett dejando una revista sobre la mesa.
Rosalie la miró y se quedó helada.
En la portada del ejemplar estaba ella, en la arena, bronceada y con un bikini azul turquesa.
Aquél había sido uno de los trabajos más importantes que había tenido, pero no lo había disfrutado en absoluto. Había tenido que separarse de su familia en unos momentos en los que se encontraba deprimida porque su relación con Garrett, el hombre con el que creía haber encontrado el amor, había terminado.
—¿De dónde has sacado esto?
—Supongo que te lo habrás pasado en grande saliendo conmigo. Como soy ciego, no me he dado cuenta de quién eres —comentó Emmett furioso—. ¿Te parece divertido reírte así de mí?
—¡No digas eso! No ha sido divertido sino… maravilloso —contestó Rosalie sorprendida ante el enfado de Emmett—. Te lo debería haber dicho antes, pero…
—Sí, me lo tendrías que haber dicho antes —la interrumpió Emmett—. Edward cree que soy idiota y yo, la verdad, empiezo a sospechar que realmente lo soy. Me hubiera gustado que la mujer de la que estoy enamorado fuera sincera conmigo…
—¡Nunca te he mentido!
—La omisión es una forma de mentira —le dijo Emmett—. Me has engañado. Adrede.
—No ha sido adrede —se defendió Rosalie.
Sin embargo, había sabido desde el principio que no contarle su secreto no estaba bien. Al instante, la culpa se apoderó de ella y la hizo desafiarlo.
—No tengo por qué ir por ahí dando explicaciones a la gente de nada. Cuando nos conocimos, te di mi nombre, mi nombre de verdad, Rosalie Hale —le dijo Rosalie con lágrimas en los ojos—. Cuando comenzamos a salir… bueno, lo cierto es que estaba encantada de gustarte por quién era y no porque fuera famosa.
—Me parece bien, pero eso no explica por qué no me lo has dicho. ¡Te he pedido que te casaras conmigo! ¿Acaso no tengo derecho a saber con quién me estoy casando? —gritó Emmett.
—Te crees que lo sabes todo, ¿eh, señor perfecto? —Gritó Rosalie—. Pues te voy a contar un par de cosas sobre la vida de las modelos. Cuando eres una modelo famosa, no puedes salir de casa sin que te persigan los periodistas, nunca sabes si la gente a la que conoces es de verdad o si sólo se arriman a ti buscando fama y dinero, tu representante no para de darte la murga para que no te excedas ni un solo gramo del peso apropiado y tú tienes que luchar para no caer en lo que caen muchas de tus compañeras, es decir, en comer como una loca y vomitar a continuación o en matarte de hambre porque siempre crees que estás gorda. Te ofrecen drogas y te piden salir un montón de canallas que creen que, como eres una celebridad internacional, vas a acostarte con ellos. A veces, caes en el error de pensar que uno de ellos es diferente y, entonces, te pegas el gran bofetón porque resulta que lo único que quería era una mujer florero —añadió Rosalie poniéndole el dedo índice en el pecho—. Así que no te atrevas a juzgarme porque tenía mis razones para no querer que la gente se enterara de quién era antes. – Dicho aquello, pasó a su lado poniendo mucho cuidado en no tocarlo y abrió la puerta. —Yo creía que eras diferente, creía que me querías por quién era y no por lo que era.
—¡Y así es!
—¡Pues no lo demuestras! Eres tan asqueroso como Garrett, pero al revés. Él me quería a su lado porque era modelo y tú no me quieres exactamente por la misma razón. Vete.
—Rosalie…
—¡Fuera!
Rosalie no podía parar de llorar.
Estuvo toda la noche sollozando, intentando dormir. Cuando amaneció, decidió levantarse porque era inútil seguir intentándolo.
A las siete y media de la mañana, después de haber estado un buen rato paseándose por su casa con Pixie siguiéndola nerviosa, se dio cuenta de que todo había terminado.
Después de las palabras que había intercambiado con Emmett la noche anterior, no había forma de dar marcha atrás.
¿Y qué iba a hacer ahora? ¿Cómo iba a vivir enfrente de él? ¿Cómo iba a soportar tener que verlo constantemente? ¿Podría soportar que pensara de ella que era una mentirosa?
Evidentemente, no.
Rosalie volvió a su dormitorio, sacó la maleta de nuevo, metió dentro ropa como para aproximadamente una semana y decidió contactar con la inmobiliaria que le había conseguido aquella casa para que le buscara otra.
Tras decidir que podía quedarse en casa de su hermana durante unos días mientras pensaba lo que iba hacer con su vida, decidió que lo que era evidente era que no podía seguir viviendo en Gettysburg.
Debería haberse dado cuenta de que algo no iba bien cuando Emmett le había contado por qué había roto su compromiso con su novia anterior. A Emmett no le gustaba que lo dejaran, siempre rompía él las relaciones. En aquella ocasión, había sido porque había creído que no era suficiente para una mujer que no era ciega. Por supuesto, no se había molestado en preguntárselo a ella, lo había dado por hecho.
Ahora, había vuelto a dar por hechas cosas que no lo eran. Había dado por hecho que Rosalie estaba con él porque era ciego y jamás se daría cuenta de su pasado. De nuevo, se había equivocado. Aquello demostraba que Emmett seguía siendo un hombre inseguro. Que fuera ciego no había tenido nada que ver con la decisión de Rosalie de no contarle nada de su pasada carrera como modelo.
De no haber sido ciego o si no se hubiera dado cuenta de quién era, tampoco se lo habría dicho.
Sí, tal vez lo había engañado, pero no había sido con malicia. ¡Maldición! Estaba enamorada de él. La rabia y la desesperación se apoderaron de ella mientras terminaba de hacer la maleta y metía el neceser dentro.
De repente, se dio cuenta de que no podía dejar a Pixie sola. Tampoco se la podía llevar porque no era suya.
Triste y enfadada, se sentó en el sofá y abrazó a la perra.
—Lo siento mucho, cariño. Sabes que te quiero mucho, pero me tengo que ir — le dijo con lágrimas en los ojos mientras la acariciaba.
Lo único que se le ocurrió que podía hacer era dejarla en su casa y no cerrar la puerta principal con llave. Una vez que se hubiera ido, llamaría a Emmett desde algún lugar para que fuera a recogerla.
Emmett escuchó cómo se cerraba la puerta del piso de Rosalie, pero estaba muy enfadado con ella y no quería verla durante un tiempo.
Estaba dolido, lo admitía.
Rosalie no había confiado en él.
A pesar de que él había querido entregarle su corazón, ella no había sentido lo mismo. De haberlo sentido, le habría contado todo hacía semanas.
«¿Cuántas? Si apenas hace ocho que nos conocemos», pensó. Aunque había pasado muy poco tiempo desde que se conocían, se había enamorado de ella por completo.
Para tratarse de una mujer que había llevado la vida que ahora él sabía que había llevado, Rosalie era muy sencilla. Sus gustos eran simples y no era ambiciosa. Era una mujer templada, en absoluto arrogante, cariñosa y tierna, que no esperaba que la adularan en ningún momento.
Una top model se había hecho cargo de su perra. Le costaba esfuerzo comprender la situación. Aunque había hecho las paces consigo mismo por haberse quedado ciego años atrás, de vez en cuando lo invadía la amargura. En esta ocasión, le habría gustado poder ver para comparar la fotografía de la revista con Rosalie…
«¿Para qué? ¿Para tener la prueba definitiva de que antes era otra persona?» A lo mejor físicamente era diferente, pero el hecho de que hubiera decididodejar aquella vida y lo hubiera elegido a él decía mucho de su forma de ser.
En aquel momento, sonó el teléfono.
—¿Sí? —contestó Emmett rezando para que fuera Rosalie.
—Emmett, pasa a mi casa a recoger Pixie. La puerta no está cerrada con llave. Sus juguetes, su correa y su cuenco de comida están en una bolsa sobre la mesa de la cocina.
—Rosalie, no hace falta que me devuelvas a la perra…
—He decidido cambiarme de casa. Lo siento, pero ya no me voy a poder hacer cargo de ella —lo interrumpió Rosalie—. Ha sido maravilloso tenerla a mi lado. Te doy las gracias por ello. Adiós.
Y, dicho aquello, Rosalie colgó el teléfono.
¡Se había ido! ¡Decía que se iba a mudar de casa! Emmett se dejó caer en el sofá y apoyó la frente en las manos. ¿Qué había hecho?
Emmett le dejó a Rosalie varios mensajes en el contestador de su teléfono móvil durante los siguientes dos días, pero Rosalie no le devolvía las llamadas.
Estaba frenético, no sabía qué pensar. ¿Sería que su padre estaba peor o que él le había hecho tanto daño que no quería verlo bajo ninguna circunstancia?
Pasó el martes y, luego, el miércoles y el jueves. El viernes, Emmett comenzó a preguntarse si Rosalie tendría intención de volver algún día.
Transcurrió el fin de semana sumido en la tristeza. En la tristeza y en el enfado. Estaba enfadado consigo mismo por no haber podido controlar una situación que se le había ido de las manos.
¿Cómo podía haber sido tan estúpido?
«Creía que me querías por quién era y no por lo que era», le había dicho Rosalie. Ahora que se le había pasado el enfado y el dolor inicial, Emmett encontraba sentido a la frase.
Necesitaba hablar con ella, necesitaba hacerle entender que sentía mucho lo que le había dicho.
A pesar de ser uno de los mejores abogados del estado, no se le ocurría la manera de conseguir que Rosalie hablara con él.
El lunes por la noche subió las escaleras hacia casa. Había estado allí a la hora de comer para ver a Pixie y había mirado a ver si estaba Rosalie, pero no había sido así.
Cuando Rosalie volviera, lo sabría por Pixie. La perra estaba destrozada. Se había deprimido y se había molestado cuando la había jubilado y había metido a otro perro en casa, pero ahora estaba tan diferente que Emmett estaba empezando a preocuparse de verdad.
Ya ni siquiera lo recibía a dos patas cuando llegaba a casa. El día anterior, la había llevado al veterinario porque llevaba unos cuantos días sin comer.
Emmett entró en casa y la buscó.
—Pixie —la llamó—. Hola, bonita, ¿dónde estás?
Nada.
Emmett tuvo que llamarla cuatro veces más antes de oírla suspirar y avanzar hacia él con aire cansino. Estaba tan apenada que a Emmett se le rompía el corazón.
—Lo siento mucho, pequeña —le dijo arrodillándose a su lado y acariciándola—. Yo también quiero que vuelva —añadió.
Aunque hacía muchos años que no lloraba, Emmett se dio cuenta de que se le había formado un nudo en la garganta.
De repente, con una energía que no había tenido en días, la perra se apartó de él. Emmett oyó sus uñas en el suelo, avanzando rápidamente hacia la puerta, donde se puso a ladrar. Eddie la siguió, menos emocionado, pero igualmente interesado.
Emmett los siguió esperanzado. Pixie se comportaba así cuando llegaba Edward, pero tal vez…
Con las prisas, Emmett se precipitó sobre la puerta y se dio de bruces contra ella.
—Emmett, ¿estás bien?
¡Era la voz de Rosalie!
Emmett sintió que le temblaban las rodillas como si se fuera desmayar y que un tremendo alivio se apoderaba de él. Rápidamente, abrió la puerta y se tiró al pasillo siguiendo a Pixie. Eddie, agitado por el incidente, lo seguía de cerca.
—Hola —saludó a Rosalie intentando fingir normalidad—. Sí, estoy bien. Me alegro de que hayas vuelto.
—No me voy a quedar —contestó Rosalie—. Simplemente he venido a recoger unas cuantas cosas que no quiero que me estropeen los de la mudanza.
—¿Los de la mudanza?
—Sí, vienen el viernes.
—El viernes —repitió Emmett incapaz de creérselo—. ¿Este viernes?
—Sí.
—Pero… no te puedes ir.
Rosalie no contestó. Emmett esperó, pero Rosalie no habló.
—Por favor, pasa a ver a Pixie —le dijo Emmett desesperado—. No come. Te echa de menos.
Rosalie se arrodilló y comenzó a acariciar a la perra.
—Sé buena y come bien, ¿de acuerdo? Y pórtate bien con Eddie —dijo con voz trémula—. No, gracias, no voy a pasar. Tengo que irme.
Probablemente, aquélla sería la última vez que viera a Emmett, así que lo miró intensamente, intentando grabar en su memoria su amado rostro. Ojalá pudiera volver dos meses y medio atrás y empezar de nuevo.
—Rosalie, lo siento —dijo Emmett. Había bajado la cabeza y Rosalie no le veía el rostro. —No sé si servirá de algo, pero quiero que sepas que lo siento mucho. No debería haberte juzgado. Tendría que haberte preguntado por qué habías elegido mantener el anonimato.
Rosalie tragó saliva.
—Yo también te pido disculpas porque no debería haberte engañado —contestó Rosalie—. Adiós, Emmett.
No podía soportar aquella conversación, así que prefería irse cuanto antes.
—¿A dónde vas?
—Ya te he dicho que me voy. Ya he hablado con el casero y el apartamento está en alquiler. Le he pedido que se lo alquilara a alguien a quien le gustaran los perros —intentó sonreír.
Emmett dio un paso al frente para impedirle que avanzara y la agarró de las manos con la destreza que Rosalie conocía.
—No te vayas.
—Tengo que irme —contestó Rosalie llorando.
—No, no tienes que hacerlo si no quieres —insistió Emmett abrazándola.
—Me tengo que ir —insistió Rosalie—. No me puedo quedar. No soy lo suficientemente fuerte como para ayudarte con Pixie, no quiero verte todos los días, no puedo vivir enfrente de ti sabiendo que jamás volveré a estar contigo — sollozó—. Muchas gracias por tu disculpa, te lo agradezco mucho. Siempre me lamentaré por no haber hecho las cosas de manera diferente, pero…
Emmett volvió a abrazarla e interrumpió su frase con un beso. La besó como siempre, explorándola y devorándola, sacando de ella una respuesta. Rosalie le pasó los brazos por el cuello y lo besó con pasión.
—Hagamos el amor —le propuso Emmett besándola por el cuello.
—No —contestó Rosalie diciéndose que debería irse.
—¿Por qué no? Te quiero, Rosalie —le dijo Emmett con vehemencia—. Sé que tú también me quieres. Me equivoqué. La mujer de la que me enamoré era la misma que fue durante toda la vida. Te aseguro que me ha quedado claro.
Rosalie se mordió el labio inferior. Quería creerlo, quería olvidarse de la tristeza de aquellos días, pero…
—Yo también te quiero, Emmett, pero… no puedo cambiar el pasado. Siempre seré una modelo.
—¿Quieres decir que quieres volver a serlo? Si es así, puedes contar con mi apoyo incondicional.
—¡No! Yo lo único que quiero es ser una persona normal y corriente.
—Ah, bueno. En eso te puedo ayudar —dijo Emmett acariciándole la mejilla—. Quiero hacerte feliz, cariño, y no creo que vayas a ser feliz si me dejas.
—Yo tampoco lo creo —confesó Rosalie—, pero, ¿tú podrás ser feliz a mi lado ahora que sabes que no soy una vecina más?
—Por supuesto que sí —contestó Emmett abrazándola con fuerza—. En cualquier caso, no quiero que seas mi vecina sino mi esposa.
—Yo también quiero ser tu esposa —contestó Rosalie con las lágrimas corriéndole por las mejillas—. ¿Estás seguro?
Emmett sonrió, la tomó de la mano y la metió en su casa.
—Tengo un regalo para ti. Te lo iba a dar el día de Navidad por la mañana, pero te lo voy a dar ahora.
Rosalie se sentó en el sofá del salón y esperó a que Emmett fuera al dormitorio y volviera. Al hacerlo, traía en la mano una cajita pequeña envuelta en papel plateado y con un lazo rojo.
Al instante, la ilusión y la esperanza se apoderaron de ella. Emmett se sentó a su lado, la agarró de la mano, se la giró y le puso la cajita en la palma.
—Ábrelo.
—¿Ahora? Yo ni siquiera he envuelto todavía tus regalos.
Rosalie se moría por abrir la cajita, pero le temblaban las manos.
—Después de cómo me he comportado, el único regalo que quiero eres tú — contestó Emmett poniéndose de rodillas ante ella—. Ya te pedí una vez que te casaras conmigo, pero te lo vuelvo a pedir ahora. ¿Te quieres casar conmigo?
Rosalie sintió una enorme felicidad.
—Oh, Emmett, ¿estás seguro?
—Completamente seguro. Te aseguro que, me digas lo que me digas, no me vas hacer cambiar de parecer. No hay nada más importante en estos momentos para mí que tú.
—¿Y no te importa que sea independiente económicamente?
—¿Importarme? ¿Lo dices por mi ego masculino? No, claro que no. Mientras no corras más rápido que yo y no escales más alto que yo, no hay problema —bromeó Emmett.
—Vas a tener suerte porque la gimnasia nunca fue mi asignatura preferida — contestó Rosalie en tono divertido también—. Salgo a correr para mantenerme en forma, pero no tengo en cuenta la velocidad a la que lo hago y no escalo, por si no lo sabes.
—Perfecto. Entonces, no hay problema. Anda, abre el regalo.
Rosalie tomó aire.
—Allá voy —declaró quitando el lazo y retirando con cuidado el papel.
—¿Pero qué haces? —exclamó Emmett impaciente—. ¿No me digas que eres de esas personas que guardan los papeles de los regalos?
—Has acertado.
Emmett suspiró.
—Despiértame cuando hayas terminado —bromeó.
En aquel momento, oyó que Rosalie abría la cajita y se quedó esperando.
—¿Y bien? —le preguntó al ver que Rosalie no decía nada.
—Es increíble —contestó Rosalie sinceramente.
—¿Te gusta?
—Me encanta —contestó Rosalie con vehemencia—. Tiene un diamante muy grande en el centro y dos más pequeñitos a cada lado. Brilla como un sol.
Emmett alargó el brazo y tomó la caja, de la que sacó el anillo. A continuación, tomó la mano izquierda de Rosalie y le colocó el anillo en el dedo anular.
—¿Te queda bien?
—¡Me queda perfecto! —exclamó Rosalie.
—Genial porque tú también eres perfecta.
—Cuánto te quiero, Emmett —rió Rosalie—. ¡No me puedo creer que, al final, todo haya salido bien!
—El día que me tropecé con tus cajas fue el mejor de mi vida —rió Emmett.
—Nuestros hijos también se reirán cuando les contemos cómo nos conocimos.
—Me gusta cómo suena eso de nuestros hijos —comentó Emmett poniéndose en pie y arrastrándola consigo—. Te sugiero que comencemos cuanto antes.
—¿A contarles la historia de cómo nos conocimos?
—No, a hacer a los niños.
—¡Emmett! ¡Pero si ni siquiera estamos casados!
—¿Y? Tenemos que ir practicando para que nos salgan bien —contestó Emmett deslizando la mano por debajo de su blusa.
Al instante, Rosalie sintió que el deseo se apoderaba de ella y, sin parar de besarlo, comenzó a desabrocharle la camisa.
—Sí, es muy importante que nos salgan bien —rió.
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Aiñ… ni estoy llorando… ustedes están llorando… bueno si estoy llorando un tantito… ¿ustedes lloraron tantito, también? Estoy entre que me gusta y que no me gusta el final jajaja me encanta que al final se haya reconciliado estos dos…
Gracias por sus lindos comentarios… y gracias a mi chica Ella por pedirme hacer una historia con esta Shipp! Creo que todos lo disfrutamos bastante…
No olviden dejar un comentario. Saben que amo saber de ustedes.
Manténganse a salvo y lávense las manos.
¡Nos leemos pronto!
