Una dama de burdel

Desayuno

Angielizz (A L C R)


Dormir, despertar y desayunar

Mismo domingo por la tarde, 15:37

Desperté tarde, sin celular ni reloj era imposible saberlo aunque por la posición del sol tras la ventana asumía que ya era después de medio día. Me quedé acostada en la suavidad de las sabanas, descansando por primera vez en meses sobre un colchón comodo. Cielos, si tan sólo pudiera volver a dormir en una cama mis días iniciarían mucho más alegres.

Miré la amplia habitación, definitivamente esto era más grande que mi diminuto apartamento, y eso sin considerar el espacio del closet o del baño. Intenté imaginar cómo sería mi estudio en este espacio. La estufa vieja, el refrigerador descompuesto, un mueble con terminas donde guardaba los dos vasos y dos platos con los que contaba; el sofá con resortes, el baño. Listo. Vaya. No. Esta habitación era fácilmente casi el doble.

Y el silencio. Vaya. Sin vecinos ruidosos, sin música escandalosa de rap, reguetón y rancheras entremezclándose, sin los ruidos de los vehículos. Silencio pacifico.

Miré hacia el techo y luego hacia un pequeño reloj circular, eran las tres de la tarde.

Tenía que irme.

Aunque el silencio debía ser porque el dueño del apartamento seguía dormido o había salido, no podía irme sin agradecerle, eso sería maleducado de mi parte, ¿y a quién engaño? No quería irme aún, quería estos últimos minutos en el paraíso.

Tenía curiosidad sobre la vista de este lado de la ciudad, pero podía sacrificar mi curiosidad por más tiempo acostada en esta exquisita y caliente cama. Nada que ver con la fría sabana que no me ayudaba a pasar las noches frías, esto era realmente acogedor. Era un hecho que tras la ventana encontraría un panorama más alentador al que yo estaba acostumbrada, no estarían las peleas de mis vecinos, la normalidad con la que algunos podían inyectarse drogas en el antebrazo sentados en la acera o la venta de narcóticos desde los automóviles que pasaban a baja velocidad.

La vista de Edward debía ser envidiable, seguro que sí, pero no quería levantarme a descubrir las maravillas que podría encontrarse, quería disfrutar de una cama por primera vez en meses, sólo eso. Era mi propio castillo de cenicienta esta cama, luego tendría que volver a mi mugriento calabozo y vivir esa otra vida, pero por ahora podía fantasear con esta posibilidad de unos minutos extras.

Habría sido capaz de fingir seguir dormida hasta que mi estómago comenzó a despertar. Estaba hambrienta, mi última comida había sido el emparedado de pollo de la tarde anterior, así que sí, tiene hambre, no como si estuviera muriendo de hambre, pero el ruido de mi estómago se convertía en una verdadera molestia, difícil de ignorar.

Aprieto los ojos intentando pensar en la cantidad de dinero que llevo conmigo, las propinas de anoche habían sido buenas, lo que usualmente ganaría en dos días, pero tenía que tener el dinero para Charlie, el dinero para pagar a Don, el dinero para mi arrendador, ¿dinero para comida? Posiblemente no. Mucho menos si tenía que pagar un taxi de regreso. Pero apretar los ojos no hace volver al sueño, así que no puedo fingir que estoy dormida para engañar a mi estómago, aunque eso a veces funcionaba.

Y como si no estuviera teniendo dificultades para controlar mi hambre, mi olfato también despertó. Todo lo que podía percibir era el aroma de deliciosa comida, duré algunos minutos en la recamara ignorando a mi estómago y a mi olfato hasta que no pude más.

Esto se parecía bastante a una tortura medieval, o a una tortura del siglo XXI para personas hambrientas. Se me quisieron llenar los ojos de lágrimas, pero me controlé a tiempo. Yo podía con esto, aquí y ahora.

Me puse los tenis, tendí la cama justo como la había encontrado y una vez que me aseguré que todo estuviese de vuelta en su sitio me animé a salir de la habitación, no sin antes arreglar un poco mi cabello y cepillar mis dientes con la punta de un dedo y pasta dental que encontré en el cajón del baño.

Cuando abrí la puerta el único sonido que alcancé a escuchar era el golpe constante del cuchillo contra la tabla de picar proveniente de la cocina. Supuse que la persona encargada de la cocina estaba haciendo la comida, así que podía agradecerle a esa persona el buen trato de su anfitrión y retirarme, tenía dinero suficiente para una comida decente y el resto de horas las pasaría caminando. ¿Sería una hora a pie? ¿Dos? ¿Tres? ¿Más?

Era domingo, el bar de Don estaba cerrado. Así que mi única preocupación era llegar antes de que oscureciera a mi piso. Y para eso todavía quedaba tiempo.

Respiré el dulce olor de la cocina y me dirigí a paso lento hacia ahí. Mientras caminaba por el pasillo, esta vez por primera vez me detuve a observar el departamento de él, era un lugar amplio, elegante y moderno. Paredes claras y oscuras contrastando, pálido y azul oscuro. Había algunos cuadros de pinturas con marcos plateados en las paredes, caminé lento para apreciar un poco aquellas decoraciones, pero sin detenerme para no parecer una fisgona.

Guiada por mi sentido del olfato fue que encontré la cocina.

—Hola, buenos días –Edward levantó su mirada hacia mí para saludar y luego se concentró en seguir picando comida.

Me dí unos golpecitos mentales por tener toda esa serie de prejuicios sobre las personas adineradas que contaban con personal de limpieza las veinticuatro horas del día incapaces de prepararse un emparedado. Pero ahí estaba él haciendo el desayuno como si fuese a recibir visitas de todo el ejército.

Me acerqué, decidida a mostrarme agradecida y luego volver al basurero del que había salido.

Quizá la noche anterior había estado más asustada que de costumbre y más distraída por todas las emociones que me golpeaban por dentro, eso era lo único que se me ocurría para no haberle prestado un segundo de atención a mi salvador.

Edward no era un sólo un hombre amable y decente, sino también joven, por alguna razón había creído que tendría más de cuarenta, incluso la edad de mi padre, pero apenas debía estar llegando a los treinta, se había rasurado la barba que llevaba por la mañana y ahora que no vestía una camisa de vestir, sino una camiseta de algodón delgada pude apreciar que era de los que se ejercitaban, al menos eso podía apreciar por las mangas cortas que dejaban al descubierto brazos musculosos y unos...

—Buenos días.

Esa tarde él aun llevaba puesta el pijama lo que facilitaba estudiar a fondo los músculos de sus brazos, abdomen y espalda. La tela era casi traslucida. Parpadeé ante el rumbo de sus pensamientos y pasé saliva descubriendo mi reseca garganta.

Rápidamente dejé de observar a Edward y enfoqué mi mirada en la comida, en la isla de la cocina tenía un poco de todo, pan tostado, una cacerola con huevos recién hechos, fruta picada, licuado, quesadillas y yogurt en un recipiente de vidrio. Edward seguía enfocado en cortar la manzana por lo que ignoraba por completo la tortura que toda aquella comida representaba para mí, ahora tenía que hacer acopio de voluntad y dignidad para quedarme quieta en la entrada de la cocina y no buscando robar un poco de toda esa comida.

Nunca había robado, pero ¿acaso alguien podía culparme por considerarlo?

Durante los últimos meses mi desayuno diario consistía en avena. Su comida era un emparedado y pocas noches, casi ninguna vez, solía cenar comida rápida y barata de camino al trabajo. Eso frente a mí era manjar de dioses. Él de verdad vivía en el paraíso.

—Me parece que debería irme.

Edward levantó la mirada con el ceño fruncido.

—¿No quieres desayunar algo antes?

SÍ.

Volví a mirar la comida y a él, le di una sincera sonrisa de agradecimiento. Sabía que no había manera en el mundo que él en realidad quisiera que yo me quedara, posiblemente él estaba esperando a alguien, es más, con mis despistes era posible que ya estuviera la novia de él en el apartamento y yo ni siquiera la hubiese notado.

—No quisiera interrumpir. Ya has hecho mucho por mí.

—Tonterías, venga, hice esto para ambos.

Mi boca se llena de saliva, por primera vez esperanzada a comer, él me acerca un plato y hace una seña con la mano para que tome lo que sea frente a mí. Nuevamente controlé el impulso de lanzarme a toda esa comida y de manera tímida tomé un pedazo de manzana y melón.

—Lo hice para ti, puedes tomar lo que quieras.

De acuerdo, sirvo un poco de huevo, un par de quesadillas y más fruta. Lo que comienza con un lento y tímido desayuno se convierte en yo comiendo una tras otra cosa sin dejar espacio para la conversación. Edward continúa partiendo las frutas, pero yo no puedo parar de comer. Cielos. Si este sería mi primer y último desayuno decente debía disfrutarlo, pero engullía más que saborear lo que iba metiendo a mi boca.

—¿Y qué hacías por esa zona?

Estoy lista para eso, pasé demasiado tiempo en la cama buscando una buena historia.

—Mi compañera de cuarto y yo tuvimos una pelea –me detuve para masticar la fruta— creo que estaba drogada o lo que sea —mastiqué un poco de fresas— y me echo de su casa —bebí a sorbos rápidos el jugo de naranja—. No sé qué estaba pensando cuando salí a buscar donde dormir —tomé una rebanada de manzana.

—¿Te corrió a las cuatro de la mañana?

—Llevaba algunas horas caminando. —mastiqué de nuevo— Ella tomó todo mi dinero para pagar sus medicamentos —me interrumpí para agarrar una uva y saborearla, ¿hace cuanto no había probado todas esas frutas? — y cuando la enfrenté, —kiwi, ¿alguna vez había probado esta fruta en mi vida?— terminé sin techo ni dinero —más jugo.

—¿Medicamentos? —dos cucharadas de huevo.

—Drogas.

Seguí comiendo, serví otra quesadilla y más fruta.

Él

Mismo día, 14:53

¿Cómo es posible que una persona tan pequeña pueda comer tanto?

Partí una fruta de cada tipo que encontré en el refrigerador porque no tenía idea de cuál podría gustarle y preparé diferentes desayunos en pequeñas porciones para darle opciones. También lo hice para mantenerme concentrado en la cocina en lugar de pensar en la desconocida que dormía en la habitación de invitados. Pero nunca consideré esta posibilidad.

No han pasado ni veinte minutos desde que apareció en la cocina y ella ya ha devorado casi la mitad de todo lo que hice de comer.

Me parecería gracioso en otra circunstancia, pero ella parece devorar todo de manera hambrienta, como si de pronto fuese a negarle que siguiera comiendo o como si todo fuese a desaparecer frente a sus ojos como en un sueño.

Así que no puedo dejar de mirarla y preguntarme si acaso no la salvé anoche de algún otro peligro más grande que un borracho idiota.

Estoy seguro que entre nosotros no debe haber más que una decena de años, aun espero que ella sea mayor de edad y no haya cometido algún delito como secuestro de menores esta noche, pero parece no menor, sino indefensa. Como una pequeña mujer de cristal que quiere aparentar normalidad mientras habla de cómo su compañera le robó todo el dinero para comprar droga.

Miro sus ojos cuando ella recuerda que sigo ahí y me mira para responder alguna de mis preguntas, no parece drogadicta, nunca he conocido a una pero podría apostar que sabría identificar si lo fuera.

Le sirvo más jugo de naranja que ella bebe de un trago, me sirvo un vaso y de nuevo a ella.

Debo estarla mirando demasiado porque de pronto se detiene a mitad de la explicación y entonces pregunta.

—¿Llevas mucho tiempo viviendo aquí? —sirve un poco más de fruta a su plato.

Sonrío repentinamente incómodo sabiendo la cantidad de dinero que tengo en el banco.

—Es de mis padres –miento. Ella levanta la mirada, asiente y sigue comiendo kiwi.

Porque no voy a ponerme a presumirle a esta chica cómo a mis treinta y dos años logré juntar una fortuna, que tengo un departamento aquí, una casita frente a una playa y una mansión a las afueras de la ciudad donde se suponía que yo comenzaría una familia con Daiana.

Ugh.

Miro a Bella que está metiendo una a una las uvas a su boca y eso funciona para alejar mis pensamientos masoquistas. Mis problemas no son nada en comparación a los de esta chica.

—Es muy bonito.

—Gracias.

—¿Y dónde trabajas tú? —me devuelve la pregunta, pienso en todas las pequeñas empresas que he conseguido hacer crecer estos años y elijo una de ellas.

—Soy dueño de una cafetería —asiente, como si eso tuviera todo el sentido del mundo. En realidad soy solo un socio de la cafetería que tiene mi hermana.

—¿Es cerca de aquí?

—A unas cuadras.

—¿Es de esas donde el café cuesta el salario de tres días?

Wow.

Su pregunta crea un nudo en mi estomago.

—Quizá de tres horas –acepto, aunque sí tengo un café que vale el salario de tres días de salario mínimo. Hago nota mental sobre los precios y me juro que haré una modificación.

—¿Y cómo se llama? —dudo en responder, pero su ceja interrogante insiste.

—Café de Alice.

Ella asiente repetidamente.

—¿Tienes varias sucursales?

—Un par, Alice, mi hermana, maneja uno de ellos.

Ella sigue asintiendo como si analizara una a una mis respuestas.

—Bien, pues si... y no digo que debas considerarlo ahora, pero si alguna vez –se detiene y mira sus manos que juguetean en la mesa.

—¿Sí? —tengo un leve presentimiento de hacia dónde va esta conversación, pero ella sólo niega con su cabeza y se mete furiosa un pedazo de manzana, sigo esperando que continue la frase y concluya con la esperanza de una oferta de trabajo, pero ella no dice nada, toma otro pedazo de manzana, pero lo deja en el plato— ¿Sí? —repito.

—Una tontería —su ánimo parece haberse estrellado al suelo porque incluso deja de comer— ¿puedo usar el baño?

No deja que responda cuando sale de la cocina caminando hacia la habitación de invitados. Y me deja ahí con casi toda la fruta terminada, un poco de huevo, un par de quesadillas y la terrible sensación de saber que le he salvado la vida a una persona y estoy por devolverla a la miseria pronto.


Un especial agradecimiento a Adriu, Amriajor, Eli mMasen y Lore562 por ser las primeras personas en comentar la historia.

Ojala siga siendo de su agrado.