Era un día silencioso y tranquilo, lo único que se alcanzaba a escuchar era el sonido del reloj colgado en la pared haciendo ruido de fondo, pero eso no distraía a cierta persona de su lectura, quería adelantarla lo más posible ya que su familia comenzaría su viaje en unos pocos minutos. Después de literalmente años de espera su padre finalmente podría enseñarles a ella y a su madre el pueblo donde nació.

—No lo van creer, quizás debí contárselos antes pero siempre creí que era algo que debía verse en persona —decía emocionado mientras iban en el auto, ambas estaban conmovidas de ver tal brillo en sus ojos.

—Me alegra verte tan feliz papá —mencionó su hija, Alicia Hernández, una chica de lacio cabello negro y ojos cafés que había cumplido sus quince años un par de meses atrás. Las clases habían terminado hace una semana y su padre decidió que ya no habrían más distracciones, harían el tan esperado viaje que siempre se posponía por algún que otro inconveniente.

—Cómo no estarlo mi niña, al fin mi querida familia conocerá mi pueblo de origen... debimos hacerlo mucho antes —mencionó la última parte con un dejo de tristeza, su esposa le puso una mano en su hombro.

—Tranquilo amor —dijo con su amorosa voz, una voz que siempre lograba traerle paz a ambos en momentos de angustia —es comprensible con todo el trabajo que haces, a veces las responsabilidades nos hacen posponer cosas que le harían bien a nuestro espíritu, yo misma no soy una excepción.

Su padre, Fernando Hernández, era un respetado científico, además de profesor en una importante universidad, a sus ocho años sus padres tomaron la decisión de dejar el pueblo de Encanto para tener una vida con más oportunidades y recursos en la ciudad de Bogotá. De niño esa decisión lo había llenado de tristeza, pero ahora de adulto podía entender sus motivos, gracias a esa decisión había podido estudiar la carrera que le apasionaba, sin mencionar conocer al amor de su vida. Pero aún con todo eso él no quería renegar de esa época de su vida, estaba orgulloso de sus orígenes, y ahora finalmente podría compartirlo con su familia.

Su madre, Lucero Hernández, era una renombrada escritora, principalmente conocida por sus novelas de terror que probablemente le causaron pesadillas a más de uno, siendo el libro que su hija leía antes del viaje su obra más reciente. Pero para sorpresa de muchos en su vida real era una esposa y madre devota como cualquier otra.

Habían pasado días en carretera pero finalmente a horas de la mañana se estaban vislumbrando unas inmensas montañas, su padre le había dicho que eran una señal de que estaban cerca. Las montañas a simple vista se veían imponentes, impenetrables, pero antes de darse cuenta ya las habían pasado, casi se sentía como entrar a una dimensión diferente.

Se estaban acercando a un pueblo pintoresco, colorido. Si era sincera probablemente era el pueblo más pequeño que haya visto, pero se sentía acogedor y nostálgico de alguna manera, a pesar de que nunca había estado allí.

Mientras pasaban con su auto veía como todas las miradas se posaban sobre ellos, al ver a su alrededor no pudo ver ningún otro vehículo, tal vez sí estaban fuera de lugar. Finalmente llegaron a la que sería su casa por el resto de las vacaciones, más pequeña de lo que estaba acostumbrada pero bastante bonita. Era la casa de infancia de su padre, que increíblemente no había sido ocupada después de tanto tiempo, su padre estaba seguro de que seguiría allí, esperándolos, introdujo su llave y después de muchos años de separación abrió la puerta.

El interior de la casa estaba, para sorpresa de nadie, llena de polvo, gruesas capas de este cubriendo todos los antiguos muebles, pero además de eso todo parecía estar exactamente igual, como si el tiempo se hubiera detenido. Alicia subió a la que sería su habitación, deseando silenciosamente no encontrarse con algún animal muerto o algo por el estilo, pero por suerte solo encontró más polvo.

La familia pasó gran parte del día aseando su casa temporal, a horas de la tarde finalmente la mayoría del trabajo estaba terminado y la menor de la casa decidió dar un pequeño paseo por el pueblo, usaba un vestido blanco hasta las rodillas, un sombrero y sus botas favoritas, negras con tacón.

—Hija, ¿no crees que vas muy elegante para sólo una caminata? —dijo su padre con una sonrisa confundida.

—Tranquilo papá no voy a caminar muy lejos, además este vestido me gusta mucho —mencionó mientras tomaba su libro en caso de encontrar un buen lugar para terminarlo.

—Alicia quizás debería decirte algo antes de que te vayas —dijo el Sr. Hernández viéndose un poco preocupado mientras guardaba unas cajas.

—Puedes contármelo en la cena papá, por la manera en la que hablas del pueblo deduzco que el secreto que oculta Encanto no es algo peligroso, y seguramente será más interesante si lo descubro yo misma —y con una última sonrisa siguió su camino.

—Fernando te noto preocupado, ¿hay algo malo que debamos saber? —preguntó Lucero.

—No es algo peligroso, este es probablemente el lugar más seguro en la tierra, quizás me estoy preocupando demasiado. Voy a contártelo todo, incluso para alguien como tú esto será difícil de creer —dijo mientras ambos se sentaban en el sofá.

En el pueblo Alicia caminaba tomando detalle de cada calle y edificación, recibiendo varios «buenas tardes» por el camino a los cuáles respondió con cortesía. Unas pequeñas gemelas se acercaron con miradas curiosas, lo que era totalmente entendible, su atuendo honestamente no era lo más discreto para usar en el campo.

—Señorita su vestido es muy bonito —dijo una de las niñas de una manera muy dulce. Alicia le sonrió, la pequeña era adorable.

—Gracias, el tuyo también es muy lindo.

—Señorita ¿su familia de donde viene? —preguntó la otra gemela —La casa en la que se hospedaron ha estado cerrada desde que tengo memoria, pero su familia tenía la llave.

—Mi padre vivió en esa casa hasta que tuvo ocho años, pero después mis abuelos decidieron mudarse a Bogotá, él nunca había regresado aquí hasta ahora.

—¿Y qué es esa máquina en la que llegaron? —preguntó la primera gemela que le había hablado, pero antes de que Alicia pudiera responder la otra hermana se adelantó.

—Es un auto Cecilia, un invento de hace algunos años, pero por ahora sólo se ve en las ciudades.

La joven estaba a punto de elogiar a la pequeña por su conocimiento cuando notó que esta había tomado interés en su libro.

—Lo siento linda pero este libro no es adecuado para niñas de tu edad, podría asustarte.

—Oh, ¿enserio? Si la edad es el inconveniente entonces no tendremos ningún problema —dijo con una coquetería no propia de alguien de su edad, francamente ese cambio repentino era inquietante.

Se comenzó a acercar a ella lenta y tortuosamente, con una mirada que no podría describir. Alicia instintivamente y contra su mejor juicio comenzó a caminar hacia atrás hasta chocarse con una pared. Esto no tenía ningún sentido ¡¿Cómo puede sentirse tan acorralada por una niña no mayor de cinco años?!

—¿Estás asustada? —le preguntó la gemela, quién por suerte se había detenido, pero conservaba aún ese tono... disonante, por describirlo de alguna manera.

— ¿Por qué debería? Eres sólo una niñita —susurró de manera más nerviosa de la planeada.

—¿Estás segura? —dijo con una voz que claramente ya no le pertenecía a una niña. De repente sucedió lo impensable, en menos de un segundo la niña se transformó en un chico de cabello rizado, aparentemente de su edad, ante sus propios ojos. Pero no hubo tiempo de fijarse en detalles.

Todos los presentes le dirigieron la mirada al escuchar su grito de terror, siendo testigos de como Alicia golpeaba con todas sus fuerzas la cara del desconocido usando su libro. La chica corrió hacia su casa tan rápido como sus zapatos le permitieron, cerrando la puerta de golpe al llegar.