Capítulo 2: Años dorados

Cuando Petra nació, fue un día tan feliz para sus padres como lo fueron cuando tuvieron a Moblit y a Farlan. Pero en este caso era algo distinto, ya que después de dos varones muy parecidos a él, Pierre Ral deseaba con todas sus fuerzas una niña idéntica a su Manon. Y los cielos lo escucharon, porque cuando nació Petra Ral, su padre se echó a llorar de felicidad, pues la niña había venido al mundo con el cabello, los ojos, la nariz y las facciones de la madre. Ya con esa familia idónea que habían tenido, ambos padres decidieron cerrar la fábrica de bebés definitivamente.

Desde pequeñita Petra había sido muy despierta, le gustaba explorar por todos los rincones de la propiedad de su padre y corría detrás de sus hermanos y su madre cuando iban a Aubagne. Cuando cumplió los seis años, la pequeña pelirroja no podía más de la felicidad: al fin iría a la escuela del pueblo, y aunque siempre jugaba con los demás niños de allí, era otra cosa interactuar con ellos en clase, y por eso estaba muy ilusionada. Su padre estaba orgulloso de ella y su madre creía que tanta confianza en los demás le traería problemas en el futuro.

Manon Ral era una especialista en hacer panes, quesos y mermeladas caseras; y siempre iba al pueblo con sus productos para venderlos a las tabernas y panaderías. Le encantaba hacer los típicos panes de la Provenza, como la fougasse, el tordu, el pan de Aix y la michette; y sus mermeladas eran hechas con frutas frescas que su marido cultivaba: melocotones, albaricoques, fresas, higos, naranjas, mandarinas y limones, a las que le agregaba un pequeño toque de rosas o lavandas, para hacerse de un sabor único. Su familia y vecinos, además, morían por los quesos tomme que producía. Era una mujer dulce y como pocas, y Petra, a pesar de ser idéntica a ella (salvo por la longitud del cabello), pensaba que nunca podría llegar a ser como su madre. Manon Ral brillaba tanto que enceguecía a quien se atreviera a mirarla.


Fue uno de esos días en que acompañó a su madre para entregar unos quesos a pedido, cuando vio una pelea protagonizada por varios niños; mejor dicho, un solo niño despedazaba las caras de los demás, ante la mirada aterrada de los transeúntes. Pero nadie hacía nada y era por una simple razón: el mocoso depredador era el sobrino de Kenny Ackerman, que además ya era tan altanero a su edad, que era perfectamente capaz de hacerse respetar por sí mismo entre infantes y adultos.

Pero Petra, que en un descuido de su madre se había acercado al lugar de la masacre, sólo vio a un niño muy feo y tan pequeño como ella. Eso sí, su mirada gélida y su expresión pétrea eran verdaderamente intimidantes, pero eso no debería ser problema para los padres, pensaba la pequeña. Con dejarlo sin postre luego de la cena sería suficiente, ya que para ella y sus hermanos ése era el peor castigo que sus padres podían infligirles.

De repente, el niño dejó de repartir puñetazos y patadas, ya que a pesar de ser observado por medio Aubagne había una mirada que le picaba la nuca desde hacía un rato. Levantó la vista, y por una décima de segundo, se sintió avergonzado de lo que estaba haciendo y quería limpiarse la sangre de la cara y las manos con urgencia. Con una mirada de reproche entre el gentío, una niña pelirroja y de ojos amielados lo miraba, y para él era una tortura y una gloria al mismo tiempo. No sabía su nombre, pero ya la había visto antes, quedando prendado de ella a primera vista, si es que eso era posible a tan tierna edad. Fue un domingo, cuando Kenny, después de propinarle unas nalgadas por respondón, lo obligó a ir con la familia a misa. Y ahí fue que la vio: parecía un ángel con su vestidito blanco y sus zapatos de charol, y para sorpresa de su propia madre, el niño se quedó quieto toda la misa mirando como bobo hacia algún lado. Pero a pesar de su estado de embrutecimiento, no pudo dejar de notar que su tío se había tensado al ver entrar a esa familia a la iglesia.

Petra, en cambio, veía con horror que ese niño feo y pálido como la muerte la miraba fijamente, como queriendo comérsela. ¡Ay no, seguro que ahora ella sería su víctima! Pero no señor, ella no moriría a golpes de la mano de ese pequeño. Si se acercaba a ella, le ofrecería un queso que llevaba en la carterita. Tal vez así podría desistir de atacarla.

Pero el niño no se acercó ni le dijo nada, sólo miró apenado su propia facha ensangrentada y salió corriendo, dándoles patadas de despedida a los otros niños tendidos que boqueaban con las narices rotas. No quería que ese ángel pelirrojo lo viera así.

Cuando llegó a su casa. Kuchel Ackerman no hizo más que suspirar resignada ante la pinta del hijo. Parecía que Kenny y su padre estaban decididos a crear a un salvaje que a una persona hecha y derecha como ella quería, como su amado… mejor no ponerse a pensar en eso porque lloraría enfrente de su retoño. Aunque lo amaba y le permitía todo, no dejó de llevarlo de la oreja al baño para tallarle el cuerpo lleno de suciedad y sangre, que el niño en el fondo agradeció, ya empezaba a despuntar una obsesión terrible hacia el aseo.

-Si te sigues comportando así, no tendrás amigos, Levi. – le decía ella mientras le enjabonaba la espalda.

-Kenny dice que uno no necesita de amigos. – contestó el niño de plano.

Kuchel volvió a suspirar. Se sentía impotente por haber dejado en manos de Kenny y Jon la educación de su hijo, pero más impotencia le daba el no poder hacer nada para enfrentarlos.

-Pero aunque no quieras tener amigos, algún día vas a querer acercarte a alguna persona, pero te tendrán miedo. – insistía ella.

Levi entonces se preguntó cómo diablos hacía su tío para interactuar con la gente si la clave para él era no ser muy sociable. Porque él sí quería acercarse a alguien. Pero no sabía cómo.

Estaba perdido en esos pensamientos mientras su madre lo vestía y peinaba.


Habíamos dicho que la curiosidad de Petra hacía que la niña fuera de aquí para allá por toda Romarins, incluyendo el manantial. No había monte, arroyo o sierras que la pequeña no conociera, aunque por el momento se abstenía de ir por las montañas, por prohibición de los padres. Una vez inclusive, había seguido el curso del arroyo que fluía hasta el manantial y llegó a la falda de una pequeña montaña, el arroyo parecía perderse desde antes entre las piedras, pero si uno era atento, podría llegar hasta esa montaña, donde había una caverna. Y al entrar por el minúsculo agujero, la pelirroja vio todo un lago subterráneo en una cueva de formas muy graciosas e impresionantes, como de cuento. Prefirió salir de allí y no decir nada a sus padres, porque suponía que la regañarían por aventurarse en esos lugares, así que decidió ir a recorrer el Ruisseau de Rioux, afluente del río Huveaune que atravesaba Aubagne.

Juntaba unas florecillas silvestres por la orilla y estaba tan concentrada en su labor, que no se dio cuenta de que un par de ojos grises la miraban entre unos arbustos.

Con muchas flores de todos los colores en sus manos, Petra, satisfecha, se sentó y empezó a hacerse una corona con ellas, cuando dio un respingo ante una voz rasposa que le habló.

-Oi, mocosa, ¿qué estás haciendo?

¡Oh, no! Ahí estaba ese enano del mal que golpeaba a todo el mundo. Se acercaba a ella, pero parecía dudoso, como no queriendo asustarla. Él sólo quería hablarle y ella se moría de miedo.

-Estoy jugando con unas flores. – dijo con voz contrita y bajando la cabeza.

El niño, a pesar de querer caerle bien, no pudo con su genio y se burló.

-¡Esas son cosas de niños!

Petra infló los cachetes, ofendida.

-Bueno, tengo seis años. – replicó - Y tú también eres un niño.

Ahora era el turno de él para inflar los cachetes y de paso dedicarle una mirada amenazante que la hizo estremecer.

-Tengo siete, para tu información. – le dijo orgulloso - Y como eres más chica que yo, la única niña eres tú, mocosa.

-¿Por qué eres malo? – le preguntó de sopetón Petra – Golpeas a todos los niños sin razón.

El pequeño azabache la miró con esos ojos perezosos que tenía y le respondió:

-Porque Kenny y Jon siempre dicen que hay que golpear antes de ser golpeado. Y si ellos lo dicen, entonces está bien.

Petra se quedó pensando; supuso que Kenny y Jon eran los dos hombres con los que siempre iba.

-Te terminarás quedando solo. – le dijo al fin.

Él simplemente fijaba su mirada en ella, quien miraba para otro lado al no poder sostenérsela.

Después de un rato de silencio incómodo, el niño preguntó:

-¿Cómo te llamas?

-Petra Ral. – le respondió ella dulcemente y con esos ojos ambarinos mirándolo al fin. Sintió que le temblaban las piernas.

-Yo soy Levi Ackerman. – se presentó él, y poniéndosele colorado el rostro, propuso. - ¿Quieres ser mi amiga?

Y fue allí que Petra Ral le sonrió mientras asentía y al pobre Levi se le subieron los colores con más intensidad en el rostro. Petra lo notó.

-¿Estás insolado? Ven aquí a la sombra y lávate la cara. El agua está fresca y rica.

-Tsk…


Con el correr del tiempo se volvieron inseparables. Corrían, jugaban y exploraban juntos por toda la naturaleza de Aubagne. Si bien sus familias quedaron algo confundidas ante tan repentina amistad, no dijeron nada y los dejaron ser. Pero Levi recordaba que su tío Kenny rompió un vaso de vidrio de tanto apretarlo al enterarse de que se había hecho amigo de la hija de los Ral.

Su nacimiento, y eso él lo sabía perfectamente, fue recibido como si fuera motivo de vergüenza. Su madre se había enamorado en su juventud de un joven huérfano y sin un centavo, que apenas se ganaba la vida arreglando zapatos. Su padre y su hermano tenían otros planes para para ella, pero Kuchel no se sometería fácilmente a ellos. Después de toda una vida sin tener voz y voto, el amor que sentía hacía que sacara fuerzas y valentía de todo su ser.

Después, lo predecible: quedó embarazada del joven zapatero, y Kenny, enfurecido y apoyado por el padre, fue a hacerle una visita mortal al susodicho, quien total, no tenía familia que reclamara por el ajuste de cuentas. Quien se metía con los Ackerman lo pagaba caro. En cuanto a Kuchel, los dos hombres de la casa le plantearon deshacerse del bebé, pero la mujer fue resuelta: tendrían que matarla a ella si querían eso. Por lo que dejaron que pariera, negándose de plano el Viejo Ackerman a que el niño llevara el apellido del fallecido padre, aunque sí permitió que su hija le pusiera el nombre de pila de éste. Aunque el niño no era del todo bienvenido, Jonathan Ackerman tenía el presentimiento de que él sería el heredero de la familia y no un hijo de Kenny, por eso no tuvo reparos con él y con el tiempo llegaría a encariñarse con su nieto.

Y es que Kenny estaba en esos momentos trastornado como consecuencia de una rivalidad por amor con resultados nada favorables para él. Y el tiempo le dio la razón al Viejo Ackerman.

Pero lo que pensara su tío de su amistad con Petra era la última de las preocupaciones de Levi.

Con Petra, Levi había descubierto un mundo nuevo y muy diferente a lo que su tío y su abuelo le adoctrinaban: la frescura y la gentileza de la pequeña pelirroja hacían que él experimentara por primera vez sentimientos de todo tipo que antes no se le permitía, como el disfrute ante las cosas simples, reír ante un chiste o de pura felicidad y llorar libremente si veía a un pobre animal morir o si estaba frustrado. Su madre tenía razón, después de todo.

Con Levi, Petra había aprendido que a no juzgar a un libro por su portada. Si bien el niño lucía bastante intimidante y tenía mañas de matón, al ir conociéndolo, descubrió a un alma libre, amable, piadosa y sobre todo caritativa. Era mucho más que su máscara de amargado y peleonero. Él aprendía a ser feliz con ella, y ella aprendía a valorar a través de él.


Un día, en sus casas, a cada uno le llegó una invitación. Una familia austríaca, de apellido Jäger, se había mudado recientemente a la finca Soubeyran, recién adquirida por el empresario Grisha Jäger (Kenny trató de pujar por esa finca pero simplemente el austríaco ganó la subasta). Él y su esposa, Dina Fritz, junto con su hijo Zeke, habían llegado por motivos de salud de la mujer, quien cargaba con una enfermedad respiratoria que la iba consumiendo poco a poco, decidiendo el marido que el cálido campo francés sería más conveniente que los fríos Alpes austríacos donde moraban. Casualmente, el término de la mudanza coincidía con el cumpleaños número siete de Zeke, por lo que los padres vieron la oportunidad perfecta para que el solitario niño hiciera amigos en su nuevo hogar. Así que organizaron todo y mandaron invitaciones para todos los niños de Aubagne, llegando también a casa de los Ral y de los Akerman.

No tardó en correr por el pueblo el chusmerío de que Dina Fritz era de una familia perteneciente a la realeza, emparentada con archiduques y toda la cosa, por lo que el día del cumpleaños de Zeke Jäger, toda la platea infantil de Aubagne estuvo pronta y lista para pasarla bien con él. Tener de amigo a un niño noble, ¡qué nivel!

Kenny pensaba lo mismo, así que a pesar de la negativa de Levi de ir a la fiesta, lo agarró del cogote y lo vistió él mismo para llevarlo a la enorme finca de los Jäger. Iría encadenado de ser necesario.

Pero al ver que Petra y sus hermanos ya estaban allí, el malhumor de Levi se volvió alegría, por unos segundos.

Lo malo era que podía darse cuenta de que alguien la miraba de la misma manera que él lo hacía. Y ese era Zeke Jäger.


El rubiecito miraba para todos lados con temor. De un momento a otro, no sólo estaba en medio de una casa que era extraña para él aún, sino que también rodeado de un montón de niños que reían y jugaban. Con lo tímido que era, no se animaba a hablar con nadie, y tristemente asumía que a pesar de tener una multitud a su alrededor, pasaría su cumpleaños completamente solo. Así que vestido con sus finas ropas y su perfecto peinado, el pequeño se sentó alejado de los demás.

El nacimiento del pequeño Zeke Jäger, en Salzburgo, fue muy festejado por todos. Sobre todo por Ymir Fritz, su bisabuela, ya que Dina era su nieta predilecta. Por lo que el niño creció siendo tratado como un príncipe, yendo a las mejores escuelas, comiendo las mejores comidas, teniendo los mejores juguetes y criado por la mejor familia. Todo un privilegio.

Pero una recaída en la enfermedad de su madre lo dejó en jaque, y empezó a ver con claridad que la diplomática relación entre su familia materna y paterna era sólo eso, diplomática. Nunca se habían llevado bien, por creerse los Fritz mejores que el resto, pero el delicado estado de Dina sacó las viejas rencillas del pasado, haciendo que el pequeño fuera ignorado y testigo de los destratos y discusiones entre ellos. Hasta que un día, bajo recomendación médica, Grisha Jäger dijo basta y se llevó a su familia de allí. Si era inevitable la muerte de Dina, él se encargaría de que fuera en paz y disfrutando de otros aires, y en compañía de su esposo y de su hijo.

Así que con su carácter retraído y siendo consciente de que su progenitora pronto se marcharía de su lado, Zeke veía muy negro el panorama ante él, aún a su edad y con su posición.

Hasta que sintió una manita sobre el hombro.

Ahí estaba una pequeña niña pelirroja junto a unos niños cuyas cabelleras eran de un color castaño muy claro, casi rubios. La pequeña le extendió un paquete de regalo y un ramito de lavandas.

-Soy Petra Ral, y ellos son mis hermanos Moblit y Farlan. – se presentó. Zeke la contemplaba con la boca abierta. – Toma, es mermelada. La hice yo con ayuda de mi mamá.

-Nosotros hicimos este tren de madera para ti. – agregó Farlan, quien junto con Moblit, también le entregó un paquete.

Zeke realmente agradecía de corazón los regalos, porque aunque humildes, estaban hechos de sentimientos y dándole la bienvenida al pueblo.

No contenta con sólo entregar regalos, y mientras sus hermanos se fueron a hablar con unos conocidos, Petra tomó la mano de Zeke y quiso explorar con él toda la casa.

-Pero todavía no termino de conocer esta casona. – dijo el rubio, sonrojado de pies a cabeza y con una corriente eléctrica emergiendo desde la mano que la pelirroja le tomaba.

-La conoceremos juntos, entonces. – repuso ella. Y se dispusieron a jugar a las escondidas y ver qué había en cada habitación mientras abajo se celebraba la fiesta.

Cuando volvieron al salón, todavía tenían las manos entrelazadas, y Zeke sonreía de oreja a oreja, obnubilado con Petra. Y esa fue la imagen con la que Levi Ackerman se encontró al entrar al lugar.

El pequeño azabache apretó los puños y se vio tentado a correr y cortarle la mano a ese niño que agarraba así a Petra. Pero se contuvo, estaba en casa ajena y seguramente su pequeña amiga no le perdonaría que ocasionase un escándalo. Además, Kenny se había dado cuenta de todo y le lanzó una mirada de advertencia para que no lo arruinara. Dejó al niño en la puerta y se marchó para buscarlo más tarde.

Kenny suspiraba mientras se iba. La misma historia parecía repetirse. Después de todo, Levi era un Ackerman…

Mientras, Levi pensaba que si bien no podía pegarle, por lo menos podría "advertirle" ciertas cosas al niño nuevo. Por lo que primero los vigiló, hasta que Petra lo vio.

-¡Levi! ¡Aquí! – chilló ella emocionada.

Levi fue hacia ellos con su rostro de siempre. Le lanzó una mirada venenosa a Zeke en cuanto se vieron. El rubiecito de ojos azules tragó saliva.

-Él es Zeke, mi nuevo amigo. – dijo Petra alegremente. Ambos niños la miraron asombrados; Zeke ruborizado y Levi con un ojo crispado. ¿Cómo que nuevo amigo? ¿Acaso él no era suficiente?

Pero la pelirroja no era tonta. Notó cierta animosidad entre los dos y les puso los puntos sobre las íes.

-Realmente quisiera que fuésemos amigos los tres. Con nosotros no te sentirás solo, Zeke: estaremos siempre para ti. Además, tu casa está cerca de las nuestras, podemos vernos todos los días. – luego se dirigió a Levi. – Y tú Levi, necesitas tener más amigos y Zeke es niño como tú, te comprenderá más que yo. –y luego ordenó – Ahora tómense de las manos.

Con desconfianza, ambos niños se estrecharon las manos, dando comienzo no a una amistad todavía, sino a un estado de tregua. Por Petra.

Aunque con el pasar del tiempo, los dos pequeños sí se hicieron amigos. Levi aprendió a entenderlo cuando el de ojos azules les reveló sobre su madre y sus miedos. Zeke comprendió a Levi teniendo en cuenta que el azabache antes estaba tan solo como él, pero conduciéndose de otra manera. Ambos se parecían más de lo que esperaban. Más aun teniendo a Petra como su centro.


Así pasaron unos años.

Hasta que el fatídico día que tanto temía el pequeño Jäger aconteció.

Una noche, Grisha fue a decirle a su hijo que su madre quería verlo. Así que con el corazón en la garganta, el chico entró a la habitación de los padres, donde yacía Dina Jäger postrada y demacrada. Le dedicó una débil sonrisa.

-¿Me llamaste, Mater? – preguntó Zeke.

-Sólo quería verte una vez más. – le dijo su madre, evidentemente delirando. Empezó a trazar con un dedo las facciones de su hijo. Él disfrutaba del delicado toque de la mujer por todo su rostro.

-¿Acaso quieres memorizarte mi rostro? – bromeó él.

-No, tu rostro ya está en mi corazón. – le respondió ella para luego tener repentinamente un ataque de tos.

Pater! – llamó Zeke, preocupado.

Grisha entró junto al médico y trataron de apaciguar la tos de Dina.

-Zeke, vete a tu cuarto. – le ordenó su padre con voz estrangulada.

Y el niño sólo asintió y salió de allí con la cabeza gacha.

Con lágrimas en los ojos, su padre lo despertó temprano para informarle que su madre no volvió a despertar de su sueño, muriendo mientras dormía. Zeke simplemente no pudo reaccionar al principio, ni en los días que siguieron, yendo y viniendo de Austria y recibiendo palabras de cariño de sus dos amigos. Se quebró al volver a Aubagne, llorando desconsoladamente todo lo que no pudo llorar en esos días, con Levi y Petra abrazándolo. Ellos le dieron todo su apoyo y comprensión, pero Zeke ya no fue el mismo. Su carácter se volvió huraño, arisco y hasta cínico en algunas ocasiones con quienes le rodeaban, salvo con sus amigos.

La cosa empeoró cuando cuatro meses después de la muerte de su madre, su padre Grisha empezó a frecuentar furtivamente Aubagne en horarios no adecuados. En compañía sólo de Levi, decidió una noche seguirlo, y los dos niños quedaron sorprendidos ante lo que vieron. Grisha Jäger entrando bien vestido y con flores a una casa de familia, siendo recibido por una linda jovencita de ojos dorados y cabello negro. Un aura oscura rodeó a Zeke mientras Levi lo arrastraba para sacarlo de allí.

Apenas habían llegado a los diez años, pero los tres lamentaban profundamente tener que crecer, pues eran obvios los cambios que sufrían y las preocupaciones que los ocupaban, que antes no importaban. Y sabían que los años que seguían tal vez no serían los mejores, pero el trío se mantendría junto como siempre. O por lo menos eso era lo que ellos deseaban.


Aclaración: Los términos Mater y Pater (Madre y Padre en latín) que utiliza Zeke con sus padres los saqué de un libro que leí hace mucho tiempo. En él, los miembros de las familias adineradas y de abolengo llamaban así a sus padres, suegros, padrastros y abuelos, y me pareció buena idea reflejar eso también en los Fritz y los Reiss.