Capítulo extra 1: Manon Langnar
Pierre Ral, 23 años, era un joven habitante de la ciudad costera de Marsella. Se desempeñaba como profesor de Matemáticas, habiéndose recibido muy joven, por lo cual su primer y actual trabajo era en una pequeña escuela barrial. Su sueldo y su modo de vivir eran modestos, pero para él no era problema por el momento; recién empezaba a vivir y sin duda confiaba que el futuro le depararía mejores rachas, más para cuando quisiese asentarse y formar una familia.
Un día, llegó a su pequeño departamento una carta procedente de Aubagne. Se le notificaba de la muerte de un tío suyo, Yves Ral, quien le había legado una pequeña finca llamada Romarins, con varios acres de tierra que cultivaban todo tipo de vegetales, flores, frutas y olivos, además de una variedad de ganado en reses y cabras. Pero lo que más destacaba de esas propiedades era un manantial en medio de un pequeño bosque dentro de Romarins. Sin duda alguna eso despertaba su curiosidad.
Y viendo en ello una señal para empezar a moverse y recomenzar su vida como agricultor, decidió renunciar a su trabajo y marcharse a Aubagne para tomar posesión de Romarins.
Jonathan Ackerman estaba de un humor de perros. Se la había pasado festejando los últimos meses por la enfermedad de Yves Ral, ya que prácticamente lo consideraba un cadáver y eso significaba que pronto podría echarle la mano a Romarins. Y ahora se enteraba de que el viejo de mierda tenía un heredero del cual no sabían nada. Ya estaba contando el dinero que pagaría en la subasta por esas propiedades y el mentado profesor ese tuvo que venir a arruinarlo todo.
Un día estaba hablando con su hijo Kenny Ackerman:
-Hace unos días llegó ese mocoso de Marsella, tengo entendido que es sobrino del difunto Ral. – decía Jon con amargura - ¡Ya tenía Romarins en mi bolsillo, maldita sea!
-Y tú quieres que haga algo – concluyó Kenny tranquilamente - ¿Quieres que vaya a golpearlo y a amenazarlo para que deje el pueblo?
-¡Claro que no, no somos unos salvajes! – replicó su padre – Todo lo contrario, hazte amigo de él. Al enemigo hay que tenerlo cerca, muy cerca, sobre todo ganándose su confianza. Y más adelante, quién sabe, los accidentes suceden a cada rato…
Kenny alzó una ceja, no muy entusiasmado.
-Entiendo. – dijo – Podríamos asistir a misa un domingo de estos y aprovecharía para darle la bienvenida y esas mierdas. – se puso de pie – Ahora si me disculpas, tengo que ir a dar una vuelta por ahí. ¡Oi, mocosa! – llamó a su hermana Kuchel - ¿Qué vamos a cenar hoy?
Una hermosa joven de larga cabellera negra y ondulada hizo su aparición.
-Ordené que hicieran Gardianne de taureau con arroz de la Camargue, tu favorito, hermano. – dijo la chica.
Kenny se frotó las manos, muy contento.
-Qué bueno, hoy iré a patrullar por las nuevas tierras que adquirimos y seguramente regresaré hambriento. – le dio un beso a su hermana menor en la frente – Nos vemos a la hora de la cena.
Aubagne y sus alrededores consistían en grandes y pequeñas formaciones rocosas de todas las formas posibles, con árboles de diversas especies dispersos aquí y allá. El lugar, por su calidad prehistórica, era siempre frecuentado por arqueólogos y paleontólogos en busca de fósiles o rocas antiguas a fin de descubrir más sobre la tierra y la historia. Por ahí pasaba el joven Ackerman a caballo, para quien era un fastidio tratar con esa gente, pero su padre no los veía como una amenaza por lo que siempre les condecía permiso para merodear por ahí. Ese día, por suerte, no se cruzó con ninguno de esos personajes. Bueno, era verano y hacía mucho calor.
Pensaba en esa y otras nimiedades cuando un chapoteo y el sonido de balidos de cabras llamaron su atención. Sin duda venía de un arroyo cercano. Bajó del caballo y agarrando su escopeta se ocultó entre unos arbustos y se preparó para salir a matar a balazos al intruso que se atrevió a pasear con sus animales por propiedad privada. Él estaba en la cima de un cerro y el arroyo estaba al pie de éste, lo cual era un panorama perfecto para el alto y malhumorado joven, quien se acomodaba en posición de francotirador. Se acostó panza abajo contra el suelo rocoso y aguzó la vista para divisar al desgraciado que sería comida de buitres. Y lo que vio lo dejó con la boca abierta y casi le hizo soltar su escopeta.
Allí, en el arroyo, en cuya orilla pastaban y retozaban las cabras, se hallaba la criatura más bella que Kenny había visto en su vida. Su larga cabellera pelirroja le llegaba hasta la cintura y brillaba al sol, su piel nívea era perfecta y lisa, su rostro era pequeño y bien perfilado, con una boquita con forma de manzana y color durazno, una naricilla que parecía un pellizco y sobre todo, unos ojos dorados como los amaneceres de Aubagne. Y esa aura de diosa se intensificaba con el brillo del agua en su cuerpo, lo cual hacía que Kenny Ackerman temblara de la emoción.
Pues estaba completamente desnuda. Bailando y chapoteando como si fuese una de sus pequeñas cabras.
A esas alturas, Kenny ya había bajado el arma y se había dedicado a contemplarla embobado.
Al cabo de un rato, la joven decidió dar por terminado su baño y se vistió con rapidez para llamar con una campanilla a sus cabras para ir de regreso a casa. En ningún momento se había dado cuenta de que unos afilados ojos azules estuvieron fijos en ella casi toda la tarde.
Para cuando la chica desapareció, Kenny al fin pudo librarse de su hechizo. Notó que tenía la frente empapada de sudor y los ojos le dolían de lo abiertos que los había mantenido. Se incorporó con un suspiro y se encaminó hacia su caballo para volver a la finca de los Ackerman, la hacienda Stohess.
Cuando Kuchel Ackerman vio que su hermano regresaba pálido, sudando frío y con la mirada perdida, se preocupó sobremanera.
-¡Kenny! – exclamó - ¿Estás bien?
En condiciones normales, él simplemente la haría a un lado de un manotazo y se dirigiría a la mesa para engullir como un animal, para después ir al burdel del pueblo a divertirse y liberar tensiones. Pero esta vez fue distinto.
-Estoy bien, Kuchel, no te preocupes. – le dijo con voz suave – Sólo necesito darme un baño y estaré listo para cenar. – subió las escaleras ante la mirada confusa de su hermana.
Después de su muy necesitado baño de agua fría, bajó a la mesa familiar donde sus azorados familiares lo esperaban. Seguía con su mirada de hipnotizado y cuando se llevó la cuchara a la boca se percató de que tenía la garganta cerrada y no podía tragar nada, se esforzó un poco más, pero lo único que consiguió fue atorarse. Kuchel fue al rescate.
-¡No estás bien, hermano! – le decía desesperada dándole palmadas fuertes en la espalda – Ve a tu cuarto a descansar, te llevaré una sopa. Sin duda te habrás insolado.
Para sorpresa de todos, Kenny asintió y obedeció a su hermana, y volvió a su cuarto en silencio mientras la joven se dirigía a las cocinas para prepararle algo más liviano. Su padre, Jonathan Ackerman, quien había sido testigo silencioso de todo, negó con la cabeza y se dispuso a seguir comiendo su guiso.
-Estos mocosos, tsk…
Había terminado la sopa que le había llevado su hermana sin rechistar, y cuando ésta se disponía a llevar la bandeja, el joven la atajó.
-Kuchel… ¿de casualidad conoces a una joven pelirroja del pueblo? – preguntó ocultando su rostro sonrojado. Kuchel lo vio pero lo atribuyó a la insolación. Se quedó pensando unos instantes antes de recordar.
-¡Sí! Manon Langnar, la pastorcilla. Ella era hija de los dueños anteriores de las tierras más allá de Font de Mai. – agregó con un dejo de reproche.
¿Langnar? Kenny frunció el ceño. Y de repente, se acordó. El tipo ese Langnar, que siempre rechazaba sus ofertas por sus propiedades y a quien mató en un forcejeo en el bosque (haciendo quedar todo como un desafortunado accidente) para después comprarle a su viuda las tierras por una miseria; el mismo que lloraba que quería darle un buen porvenir a su esposa y a su hija. Acto seguido de la compra Jon Ackerman mandó a unos hombres para sacar a patadas a ella y a su hija de allí, y más tarde yendo Kenny para inspeccionar la casa y para matar a los conejos que criaban. Qué ridiculez, criar conejos en estas tierras. Él apuñalaba a los pobres animales con gusto, sin saber de quién eran las delicadas manos que tanto habían cuidado de ellos desde que eran unos gazapos.
-Poco después de que las mandaron echar de su casa, su madre se suicidó colgándose de un árbol. – continuó Kuchel con tristeza – Desde entonces vive sola en una choza en las afueras y hace todo tipo de trabajos para sobrevivir: además de pastora de cabras, también caza liebres y aves para venderlos en el mercado y limpia casas, y los fines de semana ayuda en la quesería del pueblo. – lo miró perspicaz - ¿Por qué preguntas? ¿Te cruzaste con ella? ¿La molestaste?
Pero Kenny estaba con la mente muy ocupada procesando la información recibida y no estaba para interrogatorios.
-¡Basta con tus preguntas, mocosa! – le espetó – Pregunté por preguntar, no la conozco. Ahora déjame solo, tengo sueño. Tsk…
Derrotada, Kuchel se marchó. Había vuelto a ser el mismo de siempre, la única diferencia era que no iría al burdel, cosa rara en él, ya que cuando estaba especialmente fastidioso mandaba cerrar el prostíbulo para él solo.
Pero a pesar de lo dicho, Kenny Ackerman no pudo dormir en toda la noche.
El domingo que siguió la familia Ackerman a pleno asistió a misa, lo cual asombró a todos los vecinos de Aubagne, ya que la única que iba regularmente era Kuchel, pero los otros dos, ni de casualidad. Hasta el sacerdote se desconcentró de su labor ante tal acontecimiento inédito, pensando que por fin Dios había tocado la cristiandad de los varones de esa familia.
Pero nada más lejos de eso. Lo único que los movía a levantarse temprano e ir a esa aburrida misa era el joven y casi rubio nuevo vecino a quien miraban fijamente a unos bancos de distancia. A primera vista, Pierre Ral parecía un hombre muy fuerte: alto, fornido y de mirada firme y de color castaño claro; esperaban que fuera pura fachada y tuviera la mente débil como tantos otros a quien despojaron de sus tierras.
Estaba a punto de empezar la misa, cuando Manon Langnar entró a la iglesia vestida con su mejor ropa, un vestido viejo al que se le notaban los incontables remiendos que la dueña le había hecho. Kenny la contemplaba como poseído mientras ella se dirigía a su puesto, y una mirada poco amigable que la pelirroja le dirigió hizo que recordara que había estado conteniendo la respiración, haciendo que soltara un largo y pesado suspiro. Kuchel lo miraba sospechando mientras que su padre había empezado a dormir apenas se sentó.
Un rato después, cuando todos salieron de la iglesia y Kuchel aprovechaba para reunirse con unas amigas, los dos hombres Ackerman decidieron acercarse al joven Ral, quien respondía amablemente a los saludos y palabras de bienvenida de los vecinos. Kenny notó que Pierre miraba con disimulo a Manon, quien permanecía sola bajo un árbol siendo ignorada por todos y observando unos dulces del puesto de la plaza.
-¡Joven Ral! ¡Bienvenido a Aubagne! – bramó Jon Ackerman con fingido entusiasmo – Espero que la gente del pueblo no le parezca poca cosa en comparación a sus antiguos conocidos de Marsella. Digo, como usted es muy letrado y todo eso.
-Muchas gracias por las palabras, señor…
-Jonathan Ackerman, para servirle, hijo. Y éste es mi hijo, Kenny Ackerman. – dijo señalando al joven alto junto a él – Como tienen casi la misma edad podrían ser amigos, Kenny sabe mucho de la vida de campo y puede ser un excelente compañero para usted.
-En verdad le agradezco, señor Ackerman. – repitió Pierre con una sonrisa tímida y rascándose la nuca – Y estaré muy contento de recibir a Kenny como amigo. Siempre es bueno hacer amistades y dejarse guiar por quienes saben.
-Entonces ve más tarde a la finca Stohess, Pierre. – dijo Kenny – Será nuestro primer encuentro como amigos: una invitación a cenar en nuestra casa y con la familia.
-Será un placer. – respondió Pierre muy contento – Estaré allí, muchas gracias por la invitación. Ahora, si me permiten, tengo que irme. – se dio la vuelta y caminó rumbo a la plaza.
Pierre se había percatado de los ojos de la bella Manon fijos en el puesto de golosinas, y se acercó al vendedor para comprar un par de panecillos dulces. Se acercó a la joven y le ofreció uno.
-Como buen vecino no puedo dejar de invitarte un aperitivo. – dijo ruborizado y con una gran sonrisa – Me llamo Pierre Ral y soy nuevo en el pueblo. ¿Cómo te llamas?
-Manon Langnar – respondió ella tomando el panecillo – Gracias.
Era una chica tímida y de pocas palabras. Sin duda habría que tener paciencia para sacarle algo de conversación. Se preguntaba por qué cosas había pasado, dado el sufrimiento que reflejaban sus ojos ambarinos.
-Bueno, me despido, Manon. – dijo amablemente - Fue un placer conocerte.
-Ten cuidado con ellos. – dijo ella de repente mirándolo a los ojos con preocupación. Antes de que Pierre pudiera decir algo, ella ya se había echado a correr camino abajo.
Kenny Ackerman había visto la escena a la distancia. Empezaba a sentir unos celos lacerantes, pues justamente ese fulano tenía que ser quien se acercara a hablarle a su Manon. Porque sí, apenas la conocía y ya la consideraba suya.
-Jejeje, sí que tienes labia, mocoso. – le dijo Jon a Kenny, sacándolo de sus pensamientos – Y se nota que es un ingenuo estúpido. A este paso será fácil manipularlo; te apuesto un fin de semana entero en el burdel a que Romarins es nuestra en menos de un año. – agregó con malicia.
-Tsk, no tengo ganas de hacerme amigo de ese tipo, así que más vale que sea todo lo manipulable que dices. – renegó su hijo - ¡Oi, mocosa! ¡Vámonos para la casa!
-Oye, hablando de burdeles. – reflexionó su padre seriamente antes de que Kuchel se les uniera – Ya va siendo hora de que bajes un poco la intensidad con esas señoritas y te busques una joven dispuesta a ser tu esposa. Ya sabes, tienes que sentar cabeza y tener un par de críos como mínimo, y sin son varones, mejor.
Kenny lo miró fríamente, pensando en Manon Langnar.
-Hay alguien. – dijo secamente y sin dejar lugar a preguntas, preguntas que Jon Ackerman estaba decidido a hacer.
-¡¿Qué, qué?! ¡Ya me dices quién es! ¿Es del pueblo? ¿Es de buena familia? ¿Tiene caderas anchas? Eso es vital a la hora de… - empezó el viejo con su alharaca.
-¡Ya déjame en paz, viejo imbécil! ¡No te diré nada! – exclamó su hijo molesto y arrepentido por abrir la boca - ¡Ahora nos vamos! – vio que su hermana se reunía con ellos - ¡Por fin, mocosa!
-Es que…
-¡Basta, que no estoy de humor para excusas! ¡Nos vamos! – dicho esto, el joven se encaminó rápidamente rumbo a casa.
Kuchel miró sorprendida a su padre, quien soltó una risita burlona.
-No te sientas tocada, mocosa, no es nada contra ti. – le explicó guiñándole un ojo – Está más irritable de lo normal porque hay una mujer rondando por su cabeza. – le ofreció el brazo a su hija para caminar hacia la finca, ella lo tomó con la boca abierta.
Pasaron las semanas y la amistad por interés de los Ackerman con el joven Pierre Ral iba viento en popa. Aunque se notaba que a Kenny no le caía bien el muchacho, Jon trató siempre de maquillar eso siendo más efusivo con el dueño de Romarins y dándole consejos como agricultor, siendo una suerte de mentor para él. Y después reprendía a su hijo. Fuera de eso, la familia mantenía una gran amistad con el joven procedente de Marsella.
Kuchel había notado que su hermano bajaba al pueblo de manera frecuente, y si no iba allí desaparecía casi todo el día por los montes. Aunque sospechaba de lo que pudiera estar haciendo, no se imaginaba hasta qué punto sus sospechas eran ciertas.
Desde el mismísimo día en que vio a Manon Langnar por primera vez, Kenny Ackerman había entrado en un estado de abstinencia sexual total. Desde ese día, todas las prostitutas del burdel de Aubagne lo extrañaron horrores, y cada vez que el joven pasaba por ahí y le gritaban que por qué no las iba a ver, éste las ignoraba y seguía su camino, dejando a las mujeres descolocadas. Se pusieron a pensar y llegaron a la conclusión de que estaba enamorado. Y acto seguido festejaron: tal vez perdían a un cliente valioso, ¡pero qué bonito era el amor!
Y es que Kenny Ackerman quería hacer las cosas bien: empezando por dejar de lado sus aventuras amorosas, ya sean del burdel o sus amoríos casuales con otras mujeres. Después, y era la fase que estaba atravesando, buscaría maneras de acercarse y hablar con Manon, que hasta ahora era misión imposible, pues la pastorcilla huía apenas lo divisaba, dejándolo perplejo y con la palabra en la boca. Aun así no se rendiría: como era cazador por deporte, junto varias presas gordas de perdices que había atrapado y las ponía a propósito en las rústicas trampas que la pelirroja colocaba por los campos para su propia caza. Kenny se sentía feliz con eso, estaba ayudando a que su amada se ganara la vida.
Un día estaba de guardia oculto entre unos arbustos, mientras la joven buscaba entre sus trampas y encontraba sorprendida sus grandes presas. ¡Qué buena suerte tenía! Jamás había atrapado perdices y liebres así de gordos, ganaría un poco más de dinero en el mercado. Kenny observo la sonrisa de satisfacción de la muchacha y decidió que era un buen momento para intentar entablar una charla con ella. Se había puesto su mejor traje por consejo de su padre, pues si era rico tenía que demostrarlo. Si ya de por sí era un hombre muy guapo, su vestimenta sólo aumentaba su encanto; ya en el camino había escuchado suspiros femeninos. Sí que era todo un conquistador. Con eso en mente, salió de su escondite.
Y la sonrisa de Manon Langnar se borró sólo de verlo.
-¿Acaso tú eres Manon, la hija de los Langnar? – acostumbrado a ordenar, insultar y gritarle a todo el mundo, Kenny hizo lo que pudo para que su voz sonara suave y conciliadora.
Ella simplemente se limitaba a mirarlo con desprecio.
-Deja que me presente. – prosiguió el joven - Soy Kenny Ackerman, para servirte.
Silencio incómodo.
A continuación, Manon empezó a caminar llamando a sus cabras y pasando de él. El joven Ackerman le siguió los pasos.
-Te preguntarás por qué no nos hemos visto antes. – se explicaba Kenny - Es que al ser empresario agrícola no tengo mucho tiempo. Mi familia es de éxito, tenemos mucho dinero. ¡Mucho dinero! ¿No te gustaría volver a las tierras que eran de tu padre? Como queda lejos de Stohess, necesitamos a alguien que se encargue de la casa y de los cultivos allí… - la chica no respondió y apuró el paso, Kenny hizo lo mismo, persiguiéndola - ¡Manon, escúchame! Sé por qué no quieres, es porque eres muy orgullosa. Pero eso puede arreglarse. Te pagaré, te pagaré bien.
A esas alturas, ella se había echado a correr y se dispuso a trepar por el escarpado cerro junto con sus cabras, mientras él corría desesperado para darle alcance.
-¡MANON! ¡MANON! – la llamaba - ¡No era para darte trabajo! ¡Te mentí! Y es porque te amo… ¡Te amo, Manon, con todo mi corazón! ¡Quiero casarme contigo! Mi padre es rico y viejo, mi hermana es un cero a la izquierda. Y cuando el viejo muera me dejará todo, y será tuyo porque te amo. ¡Te amo! – ella ya se había alejado y él seguía gimiendo su amor como un loco, solo en el monte - Te amo… estoy loco, me enfermaré. Te vi bañarte en el arroyo, te vi por horas, estabas tan hermosa. ¡Tenía miedo de cometer un crimen!
Los días que siguieron no fueron los mejores para Kenny. El rechazo de Manon Langnar, que además fue sin decirle ni una sola palabra, lo había herido de muerte en el corazón. Durante los días siguientes siguió buscándola, y ella siguió huyendo de él sin darle oportunidad a que le dirigiese el habla. Un día, luego de una infructuosa persecución, encontró una cinta color violeta que era de ella y que en el fragor de la huida debió habérsele caído. Kenny llevó la prenda a su nariz y aspiró largo y tendido el aroma a durazno de la bella pelirroja. Y aunque volvió derrotado a su finca, por un lado estaba satisfecho de haber conseguido algo que perteneciera al objeto de su afecto.
Y lo que hizo con esa cinta era sólo el inicio de su enfermedad llamada Manon.
Tomó hilo y aguja, y luego de esterilizar esos elementos, se sentó en su habitación para sacarse la camisa y empezar a coser la cinta de sus amores sobre una de sus tetillas, la que daba a su corazón. Estuvo casi toda la noche aguantándose el dolor, pero no le importaba, era un dolor necesario para llegar al amor de la hermosa Manon, y él estaba dispuesto a pasar por aquello. Cuando terminó, estaba enchastrado en sangre y procedió a limpiar y desinfectar la zona, y una vez limpio, miró orgulloso su obra: la cinta cosida en su pecho simbolizaba el lugar que Manon ocupaba en su corazón.
Cabe añadir que nadie se enteró de la locura que el joven acababa de cometer consigo mismo en nombre del amor, mucho menos la dueña de la prenda, que se preguntaba dónde podía habérsele caído su cinta favorita.
Y la cadena de eventos desafortunados no terminaba ahí para Kenny.
Había notado desde hacía un tiempo que una indeseada y sospechosa amistad había nacido entre Pierre Ral y la pelirroja. Y amistad era lo que él quería pensar. Se había dado cuenta de las miradas furtivas y las sonrisas entre ellos en las misas y otros eventos sociales de Aubagne; eso sin contar las animadas conversaciones que tenían y que él sólo podía ver de lejos, deseando que todas esas atenciones fuesen sólo para él. Se notaba la emoción en los ojos de ella cuando lo miraba, y él parecía no darse cuenta de nada. ¡Maldito Ral! No era consciente de su fortuna, mientras que Kenny sí lo era de su propia desgracia.
Y aprovechando un día en que estaban los dos tomando en el bar del pueblo, lo confrontó.
-¿Tú tienes algo con la pastora, Pierre? – le preguntó así sin más.
Pierre se sonrojó, algo que no pasó desapercibido para Kenny.
-¿Manon? – balbuceó – No, cómo crees, sólo somos amigos. Sabes, pobrecita, lleva una vida muy dura después de la muerte de sus padres y de que no pudiera mantener sus tierras, aunque ella no habla mucho de ello. – era obvio que no le habían contado que los responsables de la desdicha de la chica eran los mismos Ackerman. – Y me acerqué a ella movido por la solidaridad. Aunque he de admitir aquí entre nos, que es muy bella y despierta buenos sentimientos en mí.
-¿Y tú le gustas? – siguió preguntando Kenny con voz de odio.
-Eso es algo que no podría decir, sólo sé que es muy amable y simpática conmigo. – respondió Pierre algo confundido. – Pero me gustaría que así fuera. Creo que debería atreverme y empezar a conocerla más de modo que en un futuro pueda llegar a cortejarla. – su interlocutor se estremeció.
-Tsk, ya veo… - replicó Kenny con una mirada peligrosa mientras tomaba su cognac. Era hora de actuar.
-¡Estoy cansado de esta situación de mierda! – le gritó Kenny a su padre apenas entró a su despacho, haciendo que el gallo del viejo diera un escandaloso salto revoloteando por el lugar - ¡Ya no quiero ser parte de este teatro con ese imbécil! Voy a empezar mañana mismo a hacerle ofertas por su finca, y si no quiere, nos manejaremos como veníamos haciendo siempre. – y de un portazo desapareció, dejando a Jon aturdido.
Estaba hecho un diablo cuando Kuchel lo alcanzó.
-¿Qué quieres, mocosa?
-Hermano, tengo algo que decirte. – Kenny la miró – Me he dado cuenta de que estás enamorado de Manon Langnar, y déjame decirte que aunque al principio no lo tomé bien, ahora estoy dispuesta a ayudarte para que la conquistes. Casarte con ella y darle una visa digna es lo menos que podemos hacer para compensar lo que hicimos con su familia.
-Tienes razón. – dijo él más tranquilo – En unos días es el cumpleaños de Ral e invitará a casi todo el pueblo, seguro ella irá. Allí mismo me adelantaré a ese idiota y me quedaré con ella. – dicho esto, se fue feliz y dejando confundida a su hermana. ¿Qué se traía entre manos?
-¡Feliz cumpleaños! – exclamaban los reunidos en Romarins para festejar al dueño con unos tragos - ¡Por la salud de nuestro querido Pierre!
Pierre aceptaba gustoso las felicitaciones con el rostro totalmente sonrojado e intercambiando miradas cómplices con Manon. Kenny carraspeó y todos quedaron en silencio para escucharlo.
-Quiero aprovechar para hacer un pedido importante. – dijo, y se dirigió a la pelirroja, para asombro de todos – Manon, quiero pedirte formalmente frente a todos los vecinos respetables de Aubagne que me permitas cortejarte.
Todos quedaron en el más absoluto silencio y anonadados ante lo dicho por Kenny Ackerman. Manon lo miraba con el rostro desfigurado a él y a su padre (pues en el fondo sabía que Kuchel era la que menos culpa tenía en esa familia, siendo más víctima que parte de ella) y por sus mejillas empezaron a correr enormes lágrimas de rencor.
-¡No me uniré a los criminales que le quitaron las tierras a mi padre! – gritó furiosa. El pedirla como si fuera una de las propiedades que estaban acostumbrados a obtener era el colmo. Más aun teniendo en cuenta que él lo hacía confiado de que su pobreza y su necesidad harían que lo aceptara a la primera.
-No entiendo. – farfulló Pierre, quien ni tiempo tuvo de ponerse celoso, pasando a quedar atónito ante la furia de Manon.
-Ellos sí comprenden. – siseó ella, mirando fijamente a Jon y Kenny Ackerman.
-Si nos van a tratar de criminales, me voy a mi casa. – espetó Jon, ofendido - Vengan, Kenny, Kuchel. No importa lo que piense esta mocosa. ¡Tengo la conciencia limpia! ¡Vamos!
Pero Kenny no se movió. Además del corazón roto, parecía que también tenía las piernas rotas.
-No. – dijo secamente - Quiero que me diga lo que me reprocha. Porque conozco el modo de arreglarlo todo.
-¿Cómo le quitaron las tierras a tu padre? – preguntó Pierre, que no estaba al tanto de los hechos y los rumores.
-Es pura imaginación. – le contestó Jon - Es verdad que su padre no sabía aprovechar sus tierras, y tal frustración lo mató. Cuando vi a esas pobres mujeres solas, les compramos sus bienes. En parte nos gustaban las tierras, sí, pero también por ayudarlas. – y se mofó - Y a eso le llaman "robarle las tierras".
-¡No es verdad! – rugió la chica llorando.
-¿Por qué harían eso? – insistió Pierre.
-Porque mi padre no les quería vender. – le explicó Manon. -¡Mis padres murieron por culpa de esos asesinos!
-¡No es verdad! ¡Son calumnias! – le rebatía el viejo airado - Ella no cree en lo que vio, pero sí cree en lo que no vio. ¿Quién nos vio haciendo algo indebido?
-¡Yo los vi! – se escuchó una voz - A los dos.
Era Dot Pixis, antiguo trabajador de Romarins. Y también conocido borracho.
-¡Mentiroso! – le acusó Jon - ¿Qué viste, pobre idiota? ¡No sabes distinguir la mano izquierda de la derecha!
-¡Sí que engañé al ejército! – se congratuló él - No fue fácil, pero lo logré. El mayor tenía sus dudas…
-Tu pasado en el ejército no nos interesa Dot. – dijo uno de los vecinos - Queremos saber qué viste.
-No vio nada. – respondió el Viejo Ackerman por él - Lo soñó.
-¡Ningún sueño! Fue hace un par de años. – empezó a explicar - Fui de noche a Font de Mai a cazar. Me senté y primero me dormí.
-¡Ah, se durmió! – exclamó Jon mirando a todo el mundo - ¡Estaba soñando!
-¡Dormí, pero no soñé! – replicó Pixis - De repente, escuché sonidos de palas y me desperté. A lo lejos a la luz de unas linternas vi a uno manipulando unas sogas y al otro vigilando. No me atreví a moverme.
-¿Y por qué no avisaste antes?
-No era asunto mío.
-¿Y acaso viste un cuerpo o algo así como para venir a acusarnos?
-No, pero…
-Eres un maldito borracho, Pixis. Tus dichos pueden tener consecuencias graves para la justicia, perderías lo poco que tienes. – le advirtió Jon.
Y Pixis se calló, dándole la razón, pues no había visto un cuerpo o algo que le permitiera acusar formalmente a los Ackerman. Eso sin contar con el poderío de esa familia, tendría que tener cuidado para la próxima vez si no quería sufrir consecuencias más directas por parte de ellos. Aubagne entera les tenía miedo, y sin pruebas fehacientes, jamás podrían caer; ellos eran la ley del lugar. Pobre de esa pastorcilla que ahora los desafiaba.
Fue allí que Kenny volvió a hablar.
-¡Escúchenme! – ordenó - Supongamos que lo que dicen es cierto, lo cual no lo es, sólo estoy haciendo suposiciones. Ustedes saben que puedo darle todo: las casas, la herencia, mi vida. – se dirigió a la chica - Lo sabes, Manon, te lo dije en la colina. Te amo de una manera imposible de explicar. – él se acercaba a ella y ella retrocedía a la par - Escucha… escúchame, Manon. Sueño que te veo, sueño que te hablo. La comida no tiene sabor, dormir es un tormento. Si no me quieres, moriré o enloqueceré…
-¡Cállate, imbécil! – lo reprendió su padre, mientras Kuchel lloraba desconsoladamente - ¡Vámonos!
Kenny no le hizo caso.
-Piénsalo un poco. – seguía diciéndole a la pelirroja - Hay una mezcla de remordimiento por el daño que te hice y de felicidad por el bien que te haría. ¿No ves cómo trabajaría por ti? ¿No lo ves, mi amor? – y cayó de rodillas agarrando su falda.
Manon se zafó de él como pudo.
-¡Hagan que se vaya! – gimoteó corriendo a refugiarse detrás de Pierre, quien ahora lo miraba con decepción.
-Moriría de amor por ti y a nadie le importaría. – lloraba Kenny, antes de ser llevado a rastras por su padre. Kuchel seguía llorando detrás de ellos.
-Perdón, Manon… - sollozó ella antes de irse.
Dicen que no ha salido de su habitación desde entonces.
Pero si lo he visto echando a golpes a todos en el burdel para encerrarse él solo con las mujeres esas.
La pastora lo rechazó, ¡qué desperdicio! Con lo guapo y rico que es.
Lo acusó de matar a su familia y Dot la apoyó, pero todo quedó en la nada. Ella quedó como una niña fabulera y el otro como un pobre borracho confundido. ¿Quién les creería?
Se hubiera casado con él, y de ser verdad todo lo que dijo, le hubiera hecho la vida imposible para siempre. Qué mejor venganza que esa.
¿Escucharon que Manon y el joven Ral se pusieron de novios?
Esas y muchas más eran las frases que se pronunciaban en el pueblo después de los acontecimientos. Y en efecto, en parte eran verdad: Kenny había quedado en un estado lamentable en el que no quiso comer ni podía dormir, y cuando lo hacía era acosado por pesadillas. Días después, volvió a ser el mismo que era antes de la aparición de Manon y Pierre Ral en su vida, aunque mucho más agresivo y sin esconder las palizas que les propinaba a quienes se atrevieran a confrontarlo, se la pasaba casi viviendo en el burdel y gritaba borracho que el amor era una pérdida de tiempo. Se juró nunca más volver a pasar por semejante humillación.
Pero para colmo de su tristeza, poco después se enteró del noviazgo de Manon y Pierre Ral, redoblando su odio hacia él. Desde ese día, su relación de falsa amistad había terminado, saliendo todo a la luz y decepcionando aún más a Pierre, ya que el mismo Kenny en una discusión le había confesado burlándose de él de toda la tetra que era su relación, llamándolo tonto y jurando que Romarins algún día sería de los Ackerman. El joven de Marsella se entristeció ante semejante desengaño, pero Manon fue una luz en su vida que lo sacó adelante.
Cuando Manon y Pierre se casaron, su odio fue traspasado a ella también. Años después, cuando nacieron sus hijos Moblit y Farlan estuvo hecho una furia, y peor aun cuando un día se enteró de que había dado a luz a una pequeña niña parecida a ella. Al final, Pierre Ral tenía todo lo que él siempre quiso.
-¡MALDITA! ¡MALDITA SEA! ¡MALDITOS LOS DOS! – vociferaba presa de la ira el día de la boda de ellos, rompiendo todo lo que estaba a su alcance.
Mientras, Jonathan Ackerman miraba orgulloso a su hijo, feliz de que volviera a ser el mismo de siempre y aún más Ackerman que nunca, aunque ello significara que se tardaría más en darle nietos. Era hora entretanto de ubicar a Kuchel con algún rico hacendado de la Provenza o algún empresario de Marsella, pero la joven se resistía. Hacía poco había empezado a intercambiarse miradas con un joven zapatero del pueblo, llamado Levi Rivaille.
Una tarde, Kenny Ackerman empezaría lo que terminó el día del incendio, el tratar de hacerse con Romarins.
-Kenny, creo que fui muy claro sobre el fin de nuestras relaciones. – dijo Pierre fríamente un día en que el susodicho se presentó en su finca con una sonrisa tenebrosa – Así que no sé qué te trae aquí.
-No seas dramático, Ral. – le contestó Ackerman – Sólo vengo y vendré por asuntos de negocios. Ahora dime: ¿cuánto quieres por Romarins?
Y así, empezó la seguidilla de ofertas y acosos por Romarins y su manantial. Y años después y muertos varios de sus implicados, esa sombra del pasado seguiría persiguiendo a los descendientes de esas familias, y sin saber que muchos años más tarde, tanto las tierras de los Ral como de los Ackerman estarían destinadas para una sola persona.
