Capítulo extra 2: Kuchel Ackerman

Como todos los domingos, Kuchel Ackerman asistió religiosamente a misa una mañana de otoño. Bajar al pueblo para ir a la iglesia era uno de los pocos momentos de respiro para ella desde el asunto entre su hermano Kenny, Pierre Ral y Manon Langnar, con resultados desfavorables para el primero. Aun así no culpaba a la pelirroja pastorcilla, pues entre él y su padre le habían hecho la vida a cuadritos de un momento a otro, y esas cuestiones no se resolvían así de fácil mediante el matrimonio. Matrimonio que ella misma le había aconsejado a Kenny, pero del cual se arrepintió de sugerir debido al creciente amor entre ésta y Pierre. Y es que hacía poco había empezado a entender ese complejo y avasallante sentimiento, y supo que cuando se trataba de ello, las decisiones no debían tomarse pensando.

Reflexionaba sobre eso mientras bajaba por el sendero a Aubagne, cuando un sonrojo se apoderó de sus mejillas. Pues no sólo iba a misa como buena católica y para escapar del ambiente pesado de su casa, sino también para contemplar en la distancia a cierto joven que había empezado a llamar su atención desde hacía un tiempo.

Su nombre, Levi Rivaille.

Lo había conocido poco antes de los incidentes con Manon, justamente de la mano de la pelirroja, ya que Levi Rivaille era amigo suyo de la infancia y quien la ayudó a construir su choza luego de la caída en desgracia de su familia. Kuchel al principio se sentía algo celosa pensando que eran novios al pasar mucho tiempo juntos, pero al ver que ella se acercaba cada vez más a Ral hacía que tuviera esperanzas con el joven. Esa inseguridad era casi normal en ella: Manon, aunque retraída, era considerada la moza más bella del pueblo, mientras que Kushel, siendo bonita con su largo cabello negro y ondulado y unos ojos azules profundos, se consideraba prácticamente nada a su lado. Ni qué decir de Levi Rivaille: inquisitivos ojos de color verde esmeralda, cabello corto y rubio, aunque de estatura media; él y Manon eran muy admirados en Aubagne como la parejita del pueblo (aunque sólo eran amigos) hasta la llegada de Pierre Ral.

Kuchel seguía caminando mientras suspiraba. Cómo habían cambiado las cosas… Ahora Manon y Pierre eran padres de dos niños preciosos, Moblit de tres años y Farlan, de un año. Ambos muy parecidos al padre. Su finca, Romarins, prosperaba como nunca, y la pareja recibía a Levi como buen amigo de la familia. Muchas veces, a escondidas, Kuchel iba a hacerles visitas de cortesía, y un par de veces se cruzó con el joven rubio, quien siempre la miraba con indiferencia y al poco tiempo prefería irse de la casa de los Ral. Angustiada, Kuchel se daba cuenta de que sentía cierta animosidad hacia ella por ser una Ackerman.

De ahí su pensamiento pasó a los hombres de su vida, a quienes amaba y odiaba a la vez: Kenny y Jon. En Jon no hubo cambios en esos años, más que su desmedida obsesión por los gallos. Y en cuanto a Kenny, el joven se había vuelto más sanguinario en cuanto a negocios, siendo justamente Pierre el único que todavía lo mantenía a raya tratándose de Romarins. Había desarrollado un carácter más amargado, indómito e inmoral, llegando a pasar varios días metido en el burdel y hasta llevando chicas a la casona, para escándalo de su hermana y su padre. Pero Kuchel, a pesar de todo, no podía evitar sentir lástima por él, pues notaba en sus ojos la tristeza del amor no correspondido, y cada vez que se cruzaba con Manon Ral, seguía mirándola con adoración.

Qué triste se había vuelto la vida de Kenny. No quería ese mismo final para ella. No quería que su amor secreto también la despreciara…

El joven en cuestión era oriundo del pueblo vecino Cuges-les-Pins, pero venido a vivir a Aubagne desde muy pequeño junto a sus padres. Habiendo muerto los dos en su adolescencia, Levi decidió ejercer el oficio de su padre (zapatero), en vez de salir a buscar ayuda o trabajo con patrón. No quería depender de otros. Por suerte, al ser el único zapatero del pueblo y con la buena fama heredada de su padre, mal no le iba, teniendo lo suficiente para vivir, pero no para ser considerado un buen partido para las jóvenes del pueblo, salvo las más pobres. No era un muchacho al que le preocuparan o angustiaran esas cuestiones, más bien, no se complicaba con nada y era estricto y apasionado en su trabajo, además de un obsesivo con la limpieza. Se organizaba por horarios para cumplir con su rutina y cualquier cosa que se saliera de su control era motivo de fastidio para él.

Pero Kuchel lo amaba y admiraba a lo lejos, ignorando los planes que su padre y su hermano tenían para ella. Aunque no era tonta: sospechaba que tarde o temprano querrían casarla con algún rico de la región para suspirar tranquilos ellos y a modo de desquite por parte de Kenny por lo de Manon, pero ella no se dejaría. Así Levi nunca se fijara en ella, era capaz de no casarse nunca e ir a algún convento sólo por arruinar los planes egoístas de su familia.

Pero hacía unas cuantas misas y eventos pueblerinos que Levi le dirigía miradas disimuladas, y cuando Kuchel se daba cuenta éste desviaba la vista rápidamente. Ay no, Kuchel no quería ilusionarse, tal vez la miraba porque no soportaba su presencia o sólo era paranoia de ella. En fin, que no se preparó para lo que ocurrió ese mismo domingo luego de bajar al pueblo y pensar en los acontecimientos pasados. Después de misa y saludando a los vecinos frente a la plaza, Levi Rivaille se acercó para hablarle…

-Hola. – le dijo secamente como si no le importara, pero sus ojos brillaban intensamente.

A Kuchel casi le dio fiebre de lo ruborizada que estaba.

-Buenos días, joven Rivaille. – saludó ella amablemente.

-Levi. – le dijo él – Sólo llámame Levi. Veo que vas hacia la panadería, y hacia allí voy también. ¿No te molesta si vamos juntos? – propuso.

Poco le faltó a la pobre de Kuchel para desmayarse.

-No… vamos…

Caminaron un rato calle abajo en silencio.

-¿Cómo están los Ral? – se animó la joven a preguntar.

-Muy bien, ayer fui a verlos. – respondió Levi – Los mocosos cada vez más grandes, ese Farlan está que en cualquier momento habla y Moblit no para de hacerlo. – agregó con una pequeña sonrisa.

Kuchel rió, enternecida con los pequeños Ral.

Llegaron a la panadería y compraron unos bollos. Kuchel sabía que a su padre le gustaban mucho y siempre se los llevaba después de misa. Al salir, lamentó mucho tener que despedirse del rubio.

-Bueno. – dijo Levi – Tengo que regresar a casa. El taller está hecho un desastre y no se limpiará solo.

A Kuchel se le prendió la lamparita.

-¡Si quieres puedo ayudarte! – chilló emocionada, luego se calmó, avergonzada – Digo, para que no te tome todo el día.

Levi la miraba divertido.

-Está bien, acepto la ayuda. – dijo – Vamos.

Caminaron un par de cuadras hasta llegar a una pequeña casa. Cuando entraron, Kuchel se quedó boquiabierta: el lugar estaba inmaculado y sin un rastro de polvo; cuando pasaron al taller, vio que estaba en las mismas condiciones. ¿Es que este chico tenía una patología infundada o qué?

Mientras ella miraba maravillada la limpieza del lugar, Levi fue por unos baldes, escobas, plumeros y trapos para poner manos a la obra. Cuando él reapareció frente a ella con un pañuelo cubriéndole la boca, ella dio un respingo.

-Toma – le ofreció un balde y un lampazo - ¿Tu nombre…?

-¡Kuchel! – exclamó la chica – Me llamo Kuchel.

-Bueno, Kuchel: empiezas por esa parte y yo me encargo de esta. Después te invito unos bollos.

-Está bien… - murmuró la azabache como hipnotizada mientras lo veía hacer sus quehaceres. Era tan guapo…

El resto de la mañana se la pasaron limpiando cosas que no necesitaban limpiarse, desayunando bollos con chocolate caliente y hablando sobre pequeños contenidos sin importancia. Por lo poco que Kuchel habló, Levi pudo intuir que era una chica bastante reprimida en su entorno, lo cual era de esperarse con ese par de trogloditas con los que vivía. Supo que no podía juzgarla sólo por pertenecer a la familia que casi acabó con su querida Manon, y decidió darle una oportunidad a la amistad que nacía entre ellos.

Amistad que le quedaba corta a Kuchel, y también a Levi…


Cuando finalmente llegó a su casa cerca del mediodía, su padre estaba esperándola molesto.

-¡¿Adónde estuviste, mocosa?! – le increpó – ¡Casi mando a Kenny a buscarte! ¡Tenía tantas ganas de comer esos bollos!

-Disculpa, papá, tuve que acompañar a una vecina muy anciana hasta su casa y terminó invitándome a desayunar. – mintió su hija - Me entretuvo toda la mañana. Ya sabes, contándome sobre su vida… - se sorprendió al descubrirse tan buena mentirosa. Jamás en su vida le había mentido a su padre.

El Viejo Ackerman ni se dio cuenta del engaño.

-Está bien, pero deja de ser tan servicial con esas viejas buenas para nada. – le dijo – Ahora dame mis bollos. – y extendió sus brazos como un niño pidiendo golosinas.

Kenny, quien estaba en silencio sentado en un sofá, la observaba cautelosamente, viendo un extraño brillo en los ojos de su hermana y dándose cuenta de que sí había mentido.


Con el correr del tiempo, las visitas post iglesia de Kuchel a la casa de Levi se fueron incrementando, al punto de llegar a ser escapadas, o sea, ya no iba a la iglesia y directamente se dirigía a casa de su amigo. Levi disfrutaba mucho de la compañía de la azabache, y juntos se pasaban horas leyendo y comentando libros, limpiando o simplemente conversando sobre sus cosas. Cada uno descubría más sobre el otro, lo cual hacía que se enamoraran cada vez más, con el detalle de que ninguno sabía de los sentimientos del otro.

Hasta que un día sucedió.

Estaban una mañana incursionando en la cocina y haciendo unos panes caseros, cuando ambos empezaron a jugar con la harina, tirándose puñados en el rostro. En otras ocasiones, a Levi le hubiera escandalizado y enfurecido tal desastre y suciedad, pero con Kuchel todo se había vuelto más fácil de vivir y encarar, por lo que no le molestó en absoluto ese juego de niños. Ambos reían mientras se blanqueaban de harina hasta que sus rostros quedaron lo suficientemente cerca como para que de un momento a otro Levi perdiera los estribos y empezara a besarla súbitamente. Aunque al principio sorprendida por el repentino asalto, Kuchel casi sintió desvanecerse, pues era lo que más había querido desde que lo conoció. Por eso rápidamente le correspondió.

La vorágine de pasión que se desató desde la cocina hasta la cama del rubio fue algo que sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Cuando se dio cuenta, Kuchel ya estaba en la habitación del joven, desnudándose junto a él y entregándose totalmente. Era la primera vez en su vida que se sentía libre en cuanto a ella misma, y no se arrepentía de nada.

Había pasado de ser una joven mojigata y tímida a ser una mujer capaz de lo que fuera por amor. Levi le había plantado la semilla de la valentía en su interior, y algo más…


Y así su idilio amoroso duró meses, meses felices en la vida de Kuchel. De la iglesia a casa de su amante, mientras inventaba excusas a su padre y hermano. Y a veces ni siquiera a la iglesia, aprovechando cada minuto para estar con Levi. Sabía que su romance no sería aceptado, pues el muchacho no era de alguna acaudalada y rancia familia, y Jon Ackerman se moría por casarla con algún rico de Marsella y por qué no, de Niza o Mónaco, lugares de veraneo e inversión para millonarios que estaban razonablemente cerca de Aubagne. Kenny era más indiferente en cuanto a ese tipo de asuntos, aunque de seguro estaría de parte de su padre. La pobre Kuchel suspiraba nerviosa de pensar en su reacción, pero su amor por Levi hacía que cobrara valor.

Lamentablemente, estas bombas de tiempo siempre terminan explotando. Y a veces de la peor manera.

Un día, Kenny había observado que su hermana se había levantado "mal del estómago". Ya había presenciado mareos y malestares de todo tipo en los últimos días, y al principio lo achacó a alguna comida en mal estado o la mala costumbre de Kuchel de bajar al pueblo siempre, exponiéndose a largas caminatas siendo la mocosa algo debilucha de salud, pero pensó que no pasaría de unos días. Kuchel dio a entender que no había de qué preocuparse. Pero esas náuseas matutinas no eran normales.

Desde hacía mucho tiempo percibía que su hermana menor no era completamente sincera en cuanto a sus salidas a misa u otros eventos, aún más cuando él mismo era increpado por las amigas de la azabache que por qué Kuchel no las visitaba más, dejándolo perplejo. ¡Si se suponía que ella bajaba a Aubagne para pasar tiempo con ellas! Inventó excusas rápidas y empezó a ser más cauteloso con la joven. Iba a seguirla a misa ese domingo.

Cuando llegó, no sólo se encontró con que su hermana no andaba por el templo, sino que nuevamente algunos vecinos le preguntaron por ella, temiendo que estuviera enferma o algo por el estilo. Ella había sido tan cuidadosa en no dejarse ver, que ni el poder del chisme pudo conjeturar sobre su paradero y actividades durante aquellos meses.

-¡Joven Kenny! ¿Kuchel está bien?

-¡No ha venido a misa ni juntado con nosotras desde hace meses!

-¡Ay, por favor! ¡No nos diga que está enferma!

Tanta cháchara mareaba a Kenny, y lo fastidiaba sobremanera: ya bastante tenía con sus propios dramas como para que su hermanita viniera a crearle otro. Se disculpó diciendo que su salud frágil la había mantenido encerrada y volvió hecho una furia a Stohess para comunicarle el hecho a su padre. Cuando la muy desgraciada volviera los conocería.


Apenas puso un pie dentro de su casa, Kuchel sintió cómo una mano se cerraba violentamente entre sus cabellos, arrastrándola dolorosamente hasta la sala, donde su furibundo padre la esperaba con el fuste en la mano. Kenny soltó a su hermana de manera brusca y sin ninguna delicadeza, y ésta aterrizó en el sillón para luego ser azotada por la fuerza bruta de Jon.

-¡MALDITA PUTA DESGRACIADA! – bramaba Jon Ackerman mientras ella gritaba de dolor - ¡YO NO CRIÉ A MI HIJA PARA QUE ANDUVIERA DE MENTIROSA Y RAMERA! ¡AHORA MISMO NOS DICES CON QUIÉN TE ENCUENTRAS!

-Más vale que nos lo digas, mocosa. – agregó su hermano con indiferencia ante la masacre que presenciaba – O será peor para ti.

-¡NOOOO! – gritó la joven presa del miedo y el dolor - ¡NUNCA LES DIRÉ!

El Viejo Ackerman siguió pegándole a su hija sin piedad por un buen rato, hasta que una de las sirvientas entró apresuradamente y le dijo algo a Kenny en el oído. Aterrada, Kuchel pudo distinguir el nombre de Levi Rivaille.

-No… - balbuceó - ¡NO PUEDEN HACER ESTO! ¡A LEVI NO!

-Hasta que confesaste, maldita. – se burló su hermano – Era de esperarse que te vigiláramos, para venirnos a enterar de que te veías con ese muerto de hambre de Rivaille.

-¿Vas a hacerle una visita? – indagó su padre maliciosamente. El joven asintió.

-¡NOOOOOOO! – rugió Kuchel destrozada, abalanzándose sobre su hermano para impedirle lo que sea que fuera a hacer, pero su padre la agarró de los pelos y la atrajo hacia él.

-Llévate esa escopeta con incrustaciones de plata, de mi tesoro personal. – sugirió Jon – Si lo vas a hacer, hazlo con estilo.

La pobre Kuchel gimoteaba de rodillas junto a su padre.

-No le hagan daño… no a él… yo quiero ser feliz… - sollozaba.

-Idiotas… - murmuró Kenny mientras se iba a buscar el arma para salir. Kuchel se zafó del agarre de su padre para alcanzarlo, pero un mareo repentino la detuvo. Se desmayó y no supo nada más.

-Rápido, llamen a un médico. – ordenó Jon, visiblemente decepcionado.


Levi suspiró cansado. Desde que Kuchel se fue, se la había pasado limpiando de nuevo la casa y el taller. No toleraba ni la más mínima mota de polvo. Pero estaba contento: con suerte, dentro de poco dejarían de vivir a escondidas para ir a casa de Kuchel a pedir formalmente su mano en matrimonio. No quería esperar más, y estaba dispuesto a todo.

Escuchó que alguien aporreaba la puerta desesperado.

Fastidiado, Levi fue a abrirla, para ser bruscamente empujado por Kenny Ackerman apenas aflojó el seguro. Se molestó, por más hermano que fuera de su amada, no podía entrar así a una casa que no era suya. Se alarmó al ver una escopeta en sus manos.

-Es de mala educación irrumpir en casa ajena sin ser invitado. – masculló el rubio mientras se incorporaba.

-¡Tú no te vengas a hacer el ofendido, maldito! – le espetó Kenny – Ya descubrimos las cochinadas que haces con Kuchel, eres un desgraciado. ¿Qué te hace pensar que aprobaremos esa relación?

-Pero yo la amo. – replicó Levi – Y juro por mi vida que no le faltará na… - no terminó la frase, pues un balazo precedido del rugido de la escopeta le atravesó el estómago.

-Nada de lo que digas te salvará. – dijo Kenny mientras seguía disparando.

Los vecinos escuchaban y callaban ante la carnicería que se estaba dando lugar. Tratándose de los Ackerman, no debía hacerse nada.

Uno no debía meterse con ellos.


Kuchel abrió los ojos y vio que estaba en su habitación. La tenue iluminación daba a entender que había estado inconsciente por horas, pues ya atardecía. Escuchó movimientos a su alrededor y dirigió su mirada a su padre y a su hermano, quienes la miraban con ganas de matarla. Jon Ackerman dio una orden rápida a una de las criadas para que le trajeran la cena a la señorita.

La bilis del horror volvió a subir por la garganta de Kuchel al recordar de golpe todo lo sucedido.

-¿Qué… hicieron con Levi? – preguntó débilmente.

-Ese gusano ya no molestará más. – respondió Kenny con voz mortal – A dos metros bajo tierra le será imposible seguir encontrándose contigo. – se burló.

Abriendo descomunalmente los ojos, Kuchel entendió. Habían matado a Levi.

-No… por qué… yo… - sollozaba ella. No tenía fuerzas ni para gritar.

-Eso no es lo importante ahora. – dijo Jon muy serio – El médico te revisó y nos dijo que ese desgraciado te preñó.

Conmocionada, Kuchel dejó de llorar debido a la sorpresa, y sus manos volaron a su vientre, como queriendo proteger de manera instintiva al bebé que llevaba de esos dos monstruos.

-Me iré de aquí. – les desafió.

-¡Tú no te vas a ningún lado, mocosa! – exclamó su hermano - ¡Vas a deshacerte de ese bastardo!

-¡NO! – gritó Kuchel con un brillo peligroso en la mirada. Tanto Kenny como Jon sintieron escalofríos. Sin previo aviso y con una agilidad que la sorprendía hasta a ella misma, le arrebató a su hermano mayor un cuchillo que siempre llevaba enfundado en la cintura y apuntó su propio cuello, amenazando suicidarse. - ¡Si ustedes tratan de hacerle algo a mi bebé yo me iré con él!

El Viejo Ackerman suspiró.

-Ya, ya… está bien mocosa, vas a tener a ese bebé. – dijo – Como se trata de Aubagne, las noticias y los chismes se sabrán rápido, a estas alturas hasta ya deben de saber del embarazo gracias a ese doctor. ¡Pero será un Ackerman! ¡No quiero saber nada de ponerle el apellido de ese pobre diablo! – luego se lamentó - ¡Y yo que tenía en la mira a un empresario de Toulon para que se casara contigo…! ¡Ahora nadie te querrá!

-Eso no me importa. – repuso Kuchel – Sólo me importa mi hijo.

-Espero que sea varón. – prosiguió Jon levantándose del sillón – Nos vendría bien viendo que mi propio hijo no fue capaz de tener a la mujer que quería. – eso último lo dijo con saña mirando a Kenny con desprecio; éste le devolvió la mirada con odio – Mientras tú te la pasas llorando por esa mujer, por lo menos tu hermana me va a dar lo que siempre quise: un nieto.

-¡Cállate, viejo imbécil! – se alteró Kenny.

Kuchel vio sorprendida cómo el rumbo de la discusión familiar había cambiado.

Al rato la dejaron sola para que comiera y pudiera dormir. A duras penas, la azabache terminó la cena; sentía la garganta cerrada de la angustia mientras sollozaba con cada sorbo de sopa, pero tenía que alimentarse por su bebé. Se la pasó llorando toda la noche por la pérdida de su amado Levi, aunque terminó por dormirse del cansancio y con una vaga esperanza de que todo iría bien de a poco si su hijo estaba a su lado.

Saldría adelante con fortaleza y amor a su hijo. No decepcionaría a Levi, dondequiera que ahora estuviera.


Los gastos del sepelio de Levi Rivaille corrieron por cuenta de los Ral, quienes aún estaban de piedra sin poder creer lo que había sucedido con su amigo, con el agregado de que no tenían ni idea de su amorío con Kuchel Ackerman. Aunque en el fondo entendían que la pareja mantuviera secreta su relación. Con esos dos hombres nunca se sabía. Y ahora lo supieron de la peor manera.

Luchando contra la tristeza de no tener a su Levi, Kuchel llevó su embarazo normalmente, de manera sana y sin complicaciones. Cuidaba su pancita como si de un tesoro se tratase, lo cual lo era, pues era el último recuerdo de su amado Levi. Los meses siguientes transcurrieron con gran tranquilidad, hasta que llegó el día del parto.

La casona fue un caos de gente ese día: criadas de aquí para allá y el médico dando indicaciones sin parar, sin contar que la partera del pueblo hizo su aparición para ayudar junto con unas pocas mujeres más. Era un ir y venir mientras los dos hombres Ackerman esperaban nerviosos en la sala y escuchaban los gritos de dolor de Kuchel. A Kenny el corazón le dio un brinco al distinguir a Manon Ral entre las mujeres que ayudaban a llevar y traer sábanas limpias y agua caliente.

La interceptó en el pasillo que daba a las cocinas. Ella lo miró ceñuda.

-Manon… - susurró Kenny mirándola con amor. De verdad, de verdad quería odiarla, pero simplemente no podía.

-Joven Ackerman, estoy ocupada, por favor. – dijo la pelirroja con frialdad.

-Déjalo. – dijo Kenny mientras la tomaba del brazo y la acercaba a él – Deja a tu marido y a esos niños y vámonos juntos… lejos. No te faltará na… - una bofetada de su parte lo interrumpió.

-Eso es por Levi. – masculló ella con odio. Otra bofetada. – Ésa es por Kuchel. – y otra – Y esta última por lo que acabas de proponerme. ¿Cómo se te ocurre decirme semejante cosa? ¡Dejar a mi familia por ti, el hombre que arruinó mi vida! Por favor, Kenny: deja de humillarte. – se soltó bruscamente de su agarre y se fue, dejándolo solo y destrozado.

Varias horas después, Jon y Kenny escucharon el llanto enérgico de un recién nacido, y segundos después recibieron la noticia del nacimiento de un fuerte varoncito. Cuando fueron a verlo quedaron admirados: era 100% Ackerman, a pesar de que su padre era rubio de ojos verdes, el niño era como ellos, con una mata de cabellos oscuros y sus ojitos recién abiertos de color gris.

La sangre Ackerman es fuerte, pensaba orgulloso Jonathan Ackerman.

Kenny miraba al niño algo conmocionado, pues veía que tal vez así hubiera sido un bebé suyo y de Manon. Sacudió la cabeza ante tal pensamiento. Algo así ya era imposible, pensaba amargamente.

Y Kuchel… ella estaba embelesada con su bebé, no le podía quitar la mirada de encima. Tan pequeño e indefenso; aunque muy Ackerman, podía ver los rasgos de su padre en él. Estaba cansada, pero feliz.

-¿Cómo lo llamarás? – quiso saber su padre mientras le hacía caras al niño que apenas podía ver.

-Levi. – respondió ella sin dejar de mirar a su hijo. Kenny rodó los ojos y Jon chasqueó la lengua. Kuchel los miró desafiante. – Ya le negaron a mi hijo el derecho de tener un padre y de llevar su apellido. Por lo menos llevará su nombre… se lo deben.

-Está bien, está bien, mocosa. – dijo Jon. Cargó al niño y le dijo – Bienvenido al mundo, Levi Ackerman.

Poco tiempo después, una emocionada Manon Ral le daba la noticia de un nuevo embarazo a su marido Pierre.

En ese momento, la rueda de su destino comenzó a girar.