Capítulo 5: Y el tiempo pasó...

Era el 6 de Diciembre y para Nina Magnolia representaba un día agitado, pues era su cumpleaños. La mujer era dueña de una de las mejores cadenas de spas y estéticas de París, una iluminada en el arte del buen ver de las mujeres. Era menudita, de dulce mirada ambarina y una larga cortina de cabello pelirrojo, y a pesar de sus 37 años recién cumplidos, todavía lucía como una adolescente grácil y enérgica.

Como se dijo anteriormente, era un día ajetreado para la pelirroja. Aunque se tomó el día libre del trabajo, tenía programadas muchas cosas: un romántico desayuno con su esposo, almuerzo familiar que lo incluían a él y sus tres hijos en el mejor restaurante parisino, merienda con sus dos mejores amigas y por la noche un cóctel en el que invitaría al resto de los parientes, amigos y conocidos. Así de agotadora era la vida de la gente importante y rica.

Nina Magnolia no era otra más que Petra Ral.

Al día siguiente de la fatídica noche de la muerte de su familia, Grisha movió contactos para que ella y Zeke se fueran a vivir a París. Aún en estado de profunda turbación, Petra aceptó casarse con el rubio siempre y cuando ambos no dejaran los estudios. Se casaron unos días después de que un amigo del gobierno de la familia Jäger le diera a la joven pelirroja una nueva identidad: desde ese momento era Nina Magnolia, joven residente de París.

Aunque la joven pareja se ocupaba de sus estudios en la universidad, los hijos no tardaron en llegar. Mikasa, de 19 años, nació de forma prematura apenas unos meses después de casamiento; luego tuvieron a Colt, de 17 años y por último a Falco, de 12 años. Grande era el contraste entre los hermanos, pues mientras los dos varones eran rubios como el padre, Mikasa (Petra había elegido ese nombre luego de haber leído un libro sobre historia japonesa) tenía rasgos más exóticos, lo que la hacía lucir muy bella: corto cabello negro como la noche y fríos ojos grises, la joven era alta y todos suponían que había salido a su bisabuela Jäger, haciendo que ese lado de la familia fuera más fuerte que los Fritz. Pero los Fritz tenían sus propias dudas…

Lo único certero era que ninguno de sus hijos se parecía a ella. Salvo Falco que había heredado sus tiernos ojos amielados.

Con el tiempo, podría decirse que Petra aprendió a amar a Zeke, o por lo menos sentía por él un cariño muy profundo. Era algo que ni siquiera ella podría decir con exactitud, pues su pasado siempre estaba presente para ella, con todo lo que ello conllevaba. Aun así, llevaban un matrimonio sólido y sin problemas.

Llegó al mediodía al restaurante y sonrió al ver a su marido y a sus hijos allí esperándola. Se reunió con ellos y el almuerzo transcurrió entre risas y anécdotas para la familia.

Pero quien estaba algo incómodo era Colt. Pues estaba a punto de anunciarles una decisión que había tomado hacía poco; le apenaba que probablemente ello arruinara el día de su madre, pero si no lo hacía en ese momento, no tendría el valor para hacerlo más adelante.

-Me uní a la Legión Extranjera. – declaró el joven con voz firme y clara.

Eso hizo que la amena charla entre sus padres y hermanos muriera al escuchar tal cosa. Hubo un silencio embarazoso de varios segundos que al muchachito le parecieron horas, mientras su familia trataba de digerir dichas palabras.

-No. – dijo su padre con voz ronca.

-No les estoy pidiendo permiso. – replicó Colt tranquilamente – Firmé un contrató de 5 años hace 6 meses bajo el nombre de Colt Grice, así que no temas, Pater: el apellido familiar no quedará expuesto.

-¡DIJE QUE NO! – bramó Zeke haciendo que todos los presentes en el restaurant lo miraran confundidos. Petra trataba de contener las lágrimas mientras que Mikasa y Falco miraban a su hermano con angustia.

Pero Colt no perdía la calma. – No tiene caso, Pater: ya tengo todo dispuesto, además cumplo con los requisitos y no tuvieron problemas en aceptarme. Ni todo tu poder podrá detenerme para permanecer en la Legión. – explicaba – La semana que viene me mandarán a la misión de Malí. Hubo una violación del alto al fuego y necesitan más refuerzos. – miró a su madre – Lo siento, Mater, pero si no lo decía ahora no hubiera tenido otra oportunidad.

-Colt… - sollozaba Petra.

-¡Eres un tonto, Colt! – saltó Mikasa, quien abrazaba a un Falco asustado. - ¡Nos ocultaste que te habías metido en esa Legión por meses! ¡Y para una guerra que no nos concierne en lo absoluto!

-¡Se trata de la lucha contra el terrorismo! – le contestó su hermano con enojo.

Zeke estaba colorado de la ira. Sin duda, descubrir que su propio hijo había tomado decisiones a escondidas de ellos y que estaba notificándoles algo sin vuelta atrás lo enfurecía. Ni siquiera podía rebatirle con que era menor de edad para ello: en la Legión Extranjera aceptaban reclutas a partir de los 17 años.

-Haz lo que quieras… - masculló con amargura para luego dejar el restaurant. Mikasa se precipitó en seguir a su padre arrastrando al pequeño Falco. Al final, Petra y Colt se quedaron solos.

-Mi amor, no me opongo a que hagas lo que creas justo, pero no estuvo bien que nos lo ocultaras. – le dijo tomando sus manos y mirándolo con amor.

-Lo sé, Mater, pero Pater hubiera hecho todo lo posible por detenerme si lo contaba antes. – le explicó su hijo con tristeza.

Petra hizo una mueca mental ante cómo la llamaba su hijo. Detestaba que la llamaran de esa manera tan burguesa, y tanto Colt como Mikasa lo hacían; obra de Ymir Fritz, por supuesto. Por lo menos agradecía que Falco todavía la llamara mami.

A pesar de que semejante noticia le partía el corazón, la pelirroja abrazó y plantó un beso en la frente de su hijo del medio; ella sí lo apoyaría, para darle un motivo a su hijo de volver a ella.


Por la tarde se encontró en una cafetería con sus grandes amigas Zöe y Nanaba; era tarde de chicas.

Zöe Hange era médica genetista e investigadora. Alta, castaña, de lentes y loca como ella sola, había conocido a Petra cuando era una estudiante de primer año y tenía que acompañar a los médicos a asistir en el hospital. En una de esas veces se cruzó con una jovencita y embarazada Petra (de Mikasa) que iba a hacerse sus controles; casualmente allí también conocieron a Nanaba, quien había llegado al hospital por una fractura en el brazo haciendo deportes. Desde ese momento las tres se volvieron inseparables.

En ese momento, Nanaba era una prestigiosa abogada al frente de una firma que fundó junto con su esposo Mike Zacharius. Ambos tenían una hija, Zofía, de la edad de Falco (eran compañeros en la escuela). Zöe en cambio, a punto de cumplir 40 años, se consideraba a sí misma una soltera de oro. A pesar de la presión social y familiar por casarse y tener hijos, ella no lo veía como el objetivo de su vida. Lamentaba no encontrar el amor, eso sí, pero amaba su trabajo y ello hacía que se llevara mejor con su soledad; además, ser investigadora era algo muy absorbente, por lo cual no hubiera podido hacerse cargo de una familia. Estaba muy ocupada hasta tal punto que desde hacía semanas que preparaba todo para la visita de uno de los miembros de una familia norteamericana rica que financiaba a su instituto de investigación. A esa gente se le había ocurrido aparecerse por una temporada para ver cómo marchaban las cosas allí, y eso tenía a Zöe de los pelos. Y aunque agradecía por las donaciones, no dejaba de sentir resquemor y prejuicio hacia ellos, ya que se trataba de la empresa Smith&Smith, que fabricaba armas de fuego.

De vuelta a la cafetería, ambas mujeres se quedaron con la boca abierta ante lo que les contaba la amiga.

-Sí que el pequeño Colt desafió a Zeke. – comentó Nanaba – Espero que ambos puedan hablar más tranquilos después.

-¡Mi pequeño Colt todo un justiciero! – gemía Zöe emocionada - ¡Todavía recuerdo cuando nació!

-Voy a apoyar a mi hijo si realmente es lo que quiere. – decía una entristecida Petra – Seguro me traerá problemas con Zeke pero no me importa. Él también tiene que entender que nuestros hijos ya están creciendo.

Estuvieron un buen rato debatiendo y animando a Petra hasta que el celular de la castaña sonó. Ella se excusó para atender un momento la llamada y cuando regresó estaba histérica.

-¡Aaaarrrggg! – se quejaba - ¡Ese hombre adelantó su viaje y está a punto de llegar! ¡Espero que su estadía sea corta porque lo mataré! ¡Las cosas que una aguanta por dinero!

-¿De qué hablas? – le preguntó la rubia.

-¡De Erwin Smith! ¡Ese yanqui que paga mis investigaciones! – respondió airada Zöe - ¡Se le ocurrió que quiere "controlar" lo que hacemos y de paso darse unas vacaciones en París! ¡Y lo tengo que aguantar!

-Dale una oportunidad. – dijo Petra – Tal vez sea buena persona y tú estás exagerando que es un típico rico estirado. – y agregó con una mueca – Mientras no sea como los de mi familia política…

-Pues me sorprende que aguantes a los Fritz, Nina. – repuso la de anteojos – Yo ya les hubiera mandado a freír espárragos.

-Es cuestión de tener paciencia… - respondió la pelirroja dando un sorbo a su café.

-Bueno chicas, ¡me voy! ¡Maldito tipo! – exclamó Zöe dándoles un beso de despedida y dejando a sus dos amigas conversar sobre el próximo campamento de invierno en el que irían Falco y Zofía.


Petra llegó a su casa algo desanimada, pero sabía que tendría que recuperar el buen humor para organizar el cóctel de la noche. Le llamó la atención y alarmó escuchar gritos provenientes del despacho de Zeke; distinguió la voz de su esposo y también la de su suegro Grisha (él y su familia habían llegado esa misma tarde). Con terror supuso que ambos estaban dándole una reprimenda a Colt. Se plantó frente a la puerta a esperar.

Cuando la puerta se abrió, vio salir a Colt con una mejilla roja pero con una mirada de satisfacción. Petra pudo ver que no había flaqueado con el acorralamiento de su padre y su abuelo. El chico le sonrió y subió a su habitación.

Grisha y Zeke salieron coléricos, pero al ver a Petra, la expresión del rubio pasó a una de tristeza y abrazó a su mujer.

-No quiero perder a Colt… - le decía mientras la abrazaba.

Ella le tomó de la cara delicadamente con sus dos manos.

-Entiende que es lo que quiere. – trató de conciliar – Además, esas intervenciones militares no son tan arriesgadas como las guerras. – dijo en un intento por convencerse a sí misma de ello – Y no durará tanto; cuando nos demos cuenta volverá con nosotros e ingresará a la universidad. – terminó de tranquilizarlo – Pero no quiero que sigan peleados; hablen bien, por favor…

-Sí… - dijo Zeke aspirando su perfume de lavandas, más tranquilo gracias a ella.


Mientras tanto, Mikasa irrumpía en el dormitorio de su hermano.

-¡Sí que eres imbécil! – le espetó - ¡Dejar a la familia por conflictos de gentuza! ¡Tú no tienes que andar mezclándote con esas cosas, Colt!

Colt le dirigió una mirada serena.

-Mikasa, siempre fuiste la más cabeza fría de la familia. – le dijo – Y por eso tengo la seguridad que me comprenderás mejor que nadie en lo que quiero para mí.

-Pero si te vas lejos ya no podré protegerte… - le dijo su hermana con lágrimas en los ojos.

-Siempre fuiste la más protectora de todos. – señaló su hermano con una sonrisa – Pero ya no soy el niñito que andaba detrás de ti y de las faldas de Mater. Además, quiero que sigas cuidando de Falco en mi ausencia. Él sí te necesita.

A pesar de la angustia, la azabache no podía dejar de estar enojada con su hermano, por lo que de un portazo se fue de su habitación.


Zöe Hange bostezó fastidiada en el Aeropuerto Charles DeGaulle. El tal Erwin Smith había pedido exclusivamente que fuera ella a recibirlo y a guiarlo por la ciudad, haciendo que tuviera que dejar de sopetón a sus amigas en el cumpleaños de una de ellas. Maldito hombre, y pensar que tenía que aguantarse.

Anunciaron el arribo del avión procedente de la ciudad de Nueva York y ella se levantó de la silla para dirigirse perezosamente hacia la zona de llegada de pasajeros. No podía ver entre el gentío que salía y recibía a los suyos, hasta que sintió que alguien le tocaba el hombro. ¡Lo que le faltaba! ¡Que la molestaran mientras ella estaba buscando al motivo de su fastidio! Sin mirar a la persona que la tocó, movió el hombro queriendo librarse del agarre.

-Espera. – le espetó mientras escudriñaba alrededor.

De vuelta la tocaron en el hombro.

-¡Espérate, hijo! -exclamó molesta dando un manotazo para atrás.

-Señorita Hange, si busca bien, verá que he llegado. – le dijo una voz por detrás. Ella se dio la vuelta lentamente, abochornada. Y se quedó sin palabras al verlo.

De verdad Erwin Smith era un hombre guapísimo. Alto, rubio, bien plantado, elegante, ojos azules profundos, un dominio perfecto del francés y esas cejotas… pero de repente la castaña recordó que no le caía bien y sacudió la cabeza rechazando la atracción. Además, aunque se veía que el hombre era de su edad, ella ya no se sentía "dentro del mercado" como para que alguien como él se fijara en ella. Seguro que era casado: hombres como esos ya no estaban disponibles llegados a cierta edad.

-Disculpe, Sr. Smith. – dijo de mala gana – No lo había reconocido.

-Qué mal, yo sí la había reconocido a usted. – dijo él amablemente – Es más, conozco todo de usted: Zöe Hange, médica e investigadora genetista, graduada de la Universidad de la Sorbonne, 39 años de edad y soltera. Tengo que saber sobre las personas con quienes trabajo y a quienes financio. Cosas del oficio.

-Ah… - dijo ella algo desilusionada.

-Bueno, si no le importa, vayámonos de aquí y hagamos un tour por la ciudad luz antes de llevarme a mi departamento. – sugirió él.

-Me temo que sólo lo llevaré hasta su departamento, una de mis mejores amigas cumple años hoy y tengo que asistir a su fiesta esta noche. – explicó la doctora – Es más, deberíamos apresurarnos o no tendré tiempo para prepararme. Tendremos que dejar el tour para otro día.

-Entonces iré con usted al cumpleaños de su amiga. – sentenció Erwin – Puedo ir en calidad de acompañante, ¿no?

¡Qué atrevido y majadero! ¡Cómo se atrevía a auto invitarse al cumpleaños de alguien a quien no conocía! Zöe estaba controlándose para no propinarle un puñetazo al tipo ése. ¡De verdad, qué engreído!

-Aaaahhh… está bien… - fue lo único que pudo decir al final, suspirando derrotada.


Esa noche, aprovechando que los invitados de su esposa todavía no llegaban, Zeke decidió ir a la habitación de Colt para hablar con su hijo.

El chico lo miró entrar y siguió vistiéndose tranquilamente.

-Pater, si viniste a darme otra bofetada por lo de… - no terminó de decir lo que quería porque su padre lo estaba abrazando sumido en lágrimas.

-Colt, perdóname… pero es que no soporto la idea de perderte… - sollozaba Zeke.

Conmovido, Colt le correspondió el abrazo.

-Ya verás que volveré a ustedes… - le aseguró con cariño.

Ya reconciliados, bajaron hasta la planta baja de su mansión, donde Petra, Mikasa y Falco los esperaban con amplias sonrisas. Los invitados empezaron a llegar, así que los chicos junto con Eren empezaron a asaltar las bandejas con bocadillos (antes de que llegara Sasha) mientras los padres saludaban a los comensales.

Nanaba y Mike Zacharius, junto con la pequeña Zofía, fueron de los primeros en llegar. Mike no podía dejar de olfatear el perfume floral de su mujer.

-Y yo que pensaba que llegaríamos tarde. – observó al rubia – Sin duda las correrías del trabajo nos hizo más puntuales de lo que desearíamos.

-Sean bienvenidos. – saludó Zeke con una sonrisa mientras Zofía corría hacia donde estaba Falco.

La gente llegaba y seguía llegando, y mientras todos la pasaban bien, las amigas se dieron cuenta de que la tercera mosquetera se estaba tardando.

-¿Qué le pasará a Zöe? – se preguntó Nanaba – Si hubiese tenido un inconveniente, te hubiera avisado.

-Me preocupa que no haya llamado. – decía Petra. Y justo en ese momento, la castaña de lentes llegaba ataviada en un sencillo pero bonito vestido azul. Y no estaba sola.

Junto a ella y vestido de traje, estaba el hombre más apuesto que habían visto las otras dos (a excepción de sus maridos). Si no fuera porque ya eran mujeres casadas y con hijos, la hubieran invadido a preguntas como colegialas, entre risitas y miradas coquetas. ¿De dónde había sacado su amiga semejante hombre?

Pero a Zöe Hange más que animada se la veía con un humor de los mil demonios.

-¡Sean bienvenidos! – exclamo una sonriente y confundida Petra. - ¡Qué bueno que llegaste, Zöe! Y el señor…

-Erwin Smith, a su servicio. – dijo el otro dándoles un beso en la mano a ella y a Nanaba – Soy el colaborador de la señorita Hange en su nuevo proyecto de investigación.

-¡Encantada! – replicó la pelirroja intercambiándose miraditas con la rubia. La castaña de lentes no decía nada. Es más, se sintió liberada cuando Zeke hizo acto de presencia para presentarse al nuevo e inesperado invitado y se lo llevó para tomar algo.

-¡Es un insoportable! – se quejó ella con sus amigas - ¡Disculpa Nina, pero ese hombre quiso venir y no pude hacer nada! ¡Hasta se fue a buscarme y se quedó a esperarme fuera de mi edificio (yo planeaba escaparme y salir antes para perderlo)!

-Para nada, no me molesta. – dijo la pelirroja, todavía impresionada.

-Creo que es tu oportunidad. – le dijo Nanaba con una risita. Petra la imitó.

-¡Cállense las dos!


Amanecía en Aubagne, y el sol posaba sus primeros rayos sobre un pueblo que no había cambiado nada con los años. La gente seguía levantándose temprano para trabajar en los negocios y en las tierras, y la vida seguía de una manera bastante extraña. La única diferencia radicaba en que había personas que ya no eran nombradas: los Ral. El parte oficial había declarado en ese entonces un incendio producto de la chimenea cuyo fuego no se había extinto del todo y que por desgracia el viento ayudó a propagar. Y no se dio lugar a otra teoría más. Aunque los habitantes de Aubagne tenían sus propias dudas, callaban ante el miedo.

En la alejada y cada vez más tenebrosa y lúgubre finca Stohess, cuatro personas estaban sentadas en silencio tomando el desayuno.

Los Ackerman.

Al principio, tanto Kenny como Jon se mostraron felices al adquirir Romarins a precio bajo en la subasta, pero como lo material al fin y al cabo no vale nada, sus semblantes y caracteres se fueron amargando con los años, con cuidado de ocultar bien su crimen de Levi y Kuchel. Estos últimos tomaban té con gesto grave: Kuchel estaba triste como siempre y Levi parecía no importarle nada. Desde la muerte de Petra se sentía un muerto en vida: al principio no comía ni dormía y no hablaba con nadie, al punto que en una ocasión tuvieron que mandarlo de emergencia a Marsella por un cuadro de desnutrición; Kuchel veía angustiada cómo su hijo se estaba dejando morir poco a poco.

Por suerte, Levi vio la luz y decidió seguir vivo aunque sea por su madre. Sabía que nunca fue feliz bajo las garras de Kenny y Jon, y se juró estar con ella hasta el día de su muerte. Luego tal vez quizás pudiera volver a su lento suicidio.

Y allí se encontraba el hombre desayunando: con ojeras, actitud indiferente y más irritante que antes, todo agravado con los años. Hasta él se daba cuenta que se estaba convirtiendo en Kenny y Jon. Un ser amargado y acabado, con la diferencia de que su motor de vida no era un manantial, como en el caso de su tío y su abuelo.

Kenny por lo menos aparentaba ser feliz con sus tierras fecundas y maravillosas, pero él sabía que estaba lejos de serlo en realidad. La culpa interna por la muerte de Manon lo carcomía vivo, y no había día que no pensara en ella y fantaseara con el "hubiera" para escapar de la realidad.

Y el patriarca de la familia y nonagenario Jon no estaba mejor. A pesar de su edad y de ya estar en silla de ruedas, seguía siendo un viejo vigoroso y sano, y al contrario de muchos ancianos, para él eso era una maldición. Veía por sí mismo cómo su familia se estaba acabando.

Ése era el triste retrato familiar que se veía en casa de los Ackerman, con los miembros tomando su desayuno en silencio tenso y pesado, odiándose entre ellos.

Como todas las mañanas, era hora de que Jon destilara su veneno contra sus parientes.

-Dios me está castigando. – gruñó – Si me está dejando sano y vivo a estas alturas es porque quiere que vea el fin de mi familia. ¡Tuve dos hijos y un nieto para nada! ¡No veo descendencia! ¡No veo niños y jóvenes correteando por la casa y los alrededores! ¡De qué sirven estás tierras de mierda si no hay nadie a quien dejarlas! ¡Tú! – miró a Kuchel - ¡Nunca más te dignaste a casarte como correspondía! ¡A más de uno no le hubiera importado que ya tuvieses a Levi! ¡Y ustedes dos! – se dirigió a Kenny y Levi - ¡Me tienen harto con sus papeles de viudos dignos por esas dos mujeres de las que ya no quedan ni los huesos! ¡Y tú Levi, eras mi esperanza como heredero de Stohess y Romarins! ¡Pero te la pasaste lloriqueando todos estos años como una niña en vez seguir adelante y formar una familia! ¡QUÉ DECEPCIÓN! ¡A ESTE PASO TE VERÉ MORIR Y SERÉ EL ÚLTIMO ACKERMAN! ¡MALDITA SEA!

-¡CÁLLATE! – rugió Levi para luego levantarse tirando la silla e ir a trabajar hecho un demonio.

Kenny levantó las cejas con indiferencia. Ya estaba acostumbrado a los reproches de su padre.

-Bueno, Viejo, terminado tu discurso, tengo que irme a velar por mi querida Romarins. – dijo con una sonrisa penosa – Adiós. – se levantó y se fue.

-¡Con un demonio! – seguía Jon – Mocosa, llévame al jardín. – le ordenó a Kuchel – Quiero contemplar las vastas tierras Ackerman que pronto no serán de nadie. – dijo con ironía y amargura.

Kuchel suspiró y se dispuso a empujar la silla de ruedas en la que su padre estaba postrado.


La semana pasó y llegó el día de la partida de Colt. Era un día triste para la familia Jäger, ya que el jovencito era muy querido por su amabilidad y sentido del deber. Mismo sentido del deber que ahora lo llevaba a luchar por causas que él creía justas.

Petra no lo quería decir, pero desde el momento en que su hijo anunció su alistamiento en la Legión Extranjera, tenía un mal presentimiento que le oprimía el pecho hasta el punto de dolerle. Pero no quería preocupar a nadie; seguro eran las típicas cosas exageradas de las madres. En la mañana, mientras se despedían del muchachito, lo abrazaba y besaba por todo el rostro con lágrimas en los ojos.

-Sé que allá no tendrán comodidades y facilidades como internet y cobertura de teléfono. – le dijo – Pero por lo menos trata de mandar cartas, mi amor.

-Lo haré, Mater, les escribiré cada semana. – prometió Colt, que a pesar de estar triste por separarse de su familia, no podía ocultar su emoción. – Prometo que volveré, Pater. – le dijo a Zeke, luego se dirigió a sus hermanos – Falco, sigue siendo estudioso. Y Mikasa… cuida a todos por mí, por favor…

-Tienes mi palabra. – respondió su hermana angustiada.

Colt volvió a abrazar a todos una vez más, además de Eren, Carla y su abuelo Grisha (éste lloraba desconsolado), y fue entonces que se fue sin mirar atrás.

Petra sentía una urgencia y una necesidad terribles de correr y detenerlo, de decirle que no la dejara, que algo malo le pasaría si ella no estaba con él, pero se contuvo. Se limitó a sollozar mientras su esposo y sus otros dos hijos la abrazaban.


Para la tarde y estando todos un poco más calmados, Mikasa decidió ir a ver a su amiga Sasha Blouse. Habían quedado de ir a recorrer juntas las instalaciones de la Sorbona, en donde se inscribirían luego de pasar un año sabático después de terminar el colegio. Quería distraerse con eso, además, Sasha era muy graciosa y seguro le levantaría el ánimo.

Mikasa Jäger era una joven muy orgullosa de su familia, posición y apellido. Había sido educada con lo mejor de lo mejor, lo que le daba cierto aire de arrogancia; y no lo negaba: a veces salía a relucir esa personalidad orgullosa y fría digna de un Fritz. Le encantaba pensar en el privilegio de haber nacido siendo parte de tan noble familia y en el seno de un hogar con padres amorosos y hermanos que adoraba.

Era capaz de cualquier cosa por su familia.

Tampoco era que todo fuera miel sobre hojuelas, pues por alguna razón, sentía el desprecio de Ymir Fritz, su casi centenaria tatarabuela, y de la mayoría de los Reiss. Todo porque no había nacido con los rasgos típicos de ellos, aunque sabía la razón: era por ser más Jäger, y era sabida la animosidad entre ambas familias a causa de su abuela Dina y Carla. Aunque le dolía ese desprecio, no lo expresaría. Además, no tenía anda en contra de Carla y su tío Eren (de casi su misma edad). Es más, muchas veces se había encontrado a sí misma mirándolo como una mujer mira a un hombre que le gusta. ¡Pero era su tío! Cuando cayó en la cuenta de que estaba enamorada de él trató de alejarse un poco de ellos, aunque casi ni era necesario, pues sus propios padres no permitían que pasara temporadas en Aubagne. Una vez que quiso ir, a su padre se le cayó una taza de café y a su madre casi le dio un desmayo, lo cual le pareció raro. Por lo que por el momento decidió posponer ese deseo de ir al sur.

Mikasa Jäger era una joven orgullosa de todo lo que tenía. Y no dejaría que nada ni nadie se metiera con su familia y en su camino.