II
Forma y función
—¿Qué? ¿Quieres que te corte el pelo?
Krista lucía bastante desconcertada cuando le planteé la idea, pero ésta no me parecía ilógica, por las razones que ya mencioné. Tampoco se trataba de un asunto de confianza, porque noté que ella, pese a que no lucía ni remotamente como un soldado, sí sabía cómo cuidar su apariencia. De hecho, la habría hallado bonita, de no ser porque lucía como una niña de doce años.
—¿Hay un problema? —pregunté, pero luego me di cuenta que había malinterpretado la pregunta.
—No, no hay problema —repuso Krista con una voz un poco más aguda de lo usual—. Es solamente que me tomaste por sorpresa. ¿Cómo lo quieres?
—Corto, que me llegue hasta el mentón —expliqué, recordando lo que Eren me había dicho hace un rato atrás—. No quiero que mi cabello se enrede mientras practicamos con equipos de maniobras tridimensionales.
—P-Podrías tomártelo —sugirió Krista, mirando, asumí, la forma de mi cabello, y noté que ella y yo teníamos el mismo peinado, el mismo flequillo curvado que caía sobre nuestras narices—. Tienes bonito peinado. Odiaría arruinarlo cortándotelo.
—No me gusta tomarme el pelo —dije inmediatamente. La verdad, no podía decir con certeza que no me gustaba hacer eso, pues jamás me había tomado el pelo alguna vez. En retrospectiva, pienso que justificaba cortarme el pelo porque Eren me había dicho que lo hiciera, pero no lo pensé en su momento.
—Yo lo hago de ese modo —dijo Krista con timidez, y yo asumí que había puesto cara de trasero—, pero si tú quieres cortártelo, es tu decisión.
—Lo es —dije, a sabiendas de que había sido una mera sugerencia de Eren, pero que yo tomé en serio por alguna razón. En ese momento, no sabía la razón de por qué me pasaban esa clase de cosas con Eren.
—En ese caso… toma asiento mientras yo voy a buscar unas tijeras.
Me senté sobre una silla un tanto destartalada, pues crujió bajo mi peso. A decir verdad, todas las sillas de las barracas sonaban de ese modo. Era como un maldito carnaval de crujidos cada vez que había mucha gente reunida, como hace media hora atrás. Era tan molesto el sonido que traté de no hacer movimientos innecesarios. Por fortuna, no tuvo que pasar mucho tiempo para que Krista regresara con unas tijeras y una cubeta con agua. La cubeta era demasiado grande para llevarla con una mano, por eso, llevabas las tijeras en su boca, apretándolas con sus dientes.
—Tengo que mojar tu cabello antes de cortártelo. Voy a necesitar que te cubras con una toalla o algo.
Por fortuna, estábamos cerca de los baños. Me ofrecí a buscar una toalla, y volví con la más limpia. Krista me pidió que me cubriera los hombros con ella, y, mientras lo hacía, me di cuenta que ella no era una chica a la que le gustara dar órdenes. Su apariencia tampoco le daba muchos puntos para ejercer alguna autoridad, menos el tono de su voz. Ella era una chica amable, de buena voluntad y muy educada, como si fuese criada como una señorita de alta alcurnia por algún rey.
—¿Te sientes cómoda? —preguntó Krista, mientras humedecía mi cabello con sus propias manos.
—¿Por qué quieres saberlo?
—No me gusta que la gente se sienta incómoda cuando está conmigo —explicó ella, y entendí que a Krista le importaba mucho lo que la gente dijese de su persona. Debí haberme imaginado, por la expresión de su cara, que ella era una chica insegura, incapaz de tomar sus propias decisiones.
No lo sabía en su momento, pero aquella fue la primera cosa en común que descubrí sobre nosotras.
Di gracias a la toalla, porque el agua resbalaba por mis cabellos y se asentaba en la toalla en lugar de en mis hombros, algo que habría resultado muy molesto.
—¿Quieres que tu cabello caiga por sí solo, o quieres darle una curva hacia dentro? —me preguntó Krista, pero yo quedé en blanco. Soy mala para las abstracciones, por lo que no podía imaginarme cómo luciría en ambos casos. Al parecer, Krista notó mis dudas, porque añadió—. Te recomiendo que te dejes la curva hacia dentro. Queda mejor con la forma de tu cara.
—Si tú lo dices —dije, encogiéndome de hombros.
Fue entonces cuando Krista comenzó a usar las tijeras. Debo reconocer que me sentía un poco aprensiva por la forma despreocupada con la que movía las manos. No sabía si estaba tratando de insuflarse confianza o si había hecho algo semejante en otras oportunidades. Pronto, vi un montón de cabellos desparramados por el suelo y noté que Krista hacía movimientos de manos más sutiles. No le faltaba mucho para acabar con su trabajo. Me imaginé que se encontraba cortando puntas partidas o algo por el estilo. Al final, me echó algo húmedo y pringoso sobre mi cabeza y me la envolvió con lo que parecía una bolsa.
—Tienes que dejarte eso puesto durante toda la noche —dijo Krista, guardando los utensilios y tomando asiento frente a mí—. Procura dormir de espaldas, sin inclinarte hacia los lados. Eso va a arruinar tu peinado.
Iba a decirle que estaba de acuerdo con sus instrucciones, pero algo más se inmiscuyó en mi cabeza, algo que tenía que ver con lo que Krista me acababa de hacer.
—¿Cómo sabes de esto?
—Ah, eso —repuso ella con un poco de nerviosismo—. Lo que pasa es que alguien me enseñó todas estas cosas, pero no puedo recordar quién.
—¿No puedes recordar quién te enseñó a cortar el cabello? ¿Y entonces, cómo diablos puedes hacerlo?
—No lo sé —dijo Krista, luciendo confundida—. Es como… como si alguien me hubiera hecho olvidar a esa persona, pero no lo que me enseñó. Ni siquiera sé por qué mi padre me puso Krista como nombre.
—No me has platicado de tus padres.
—No creo que sea sensato hablar de ellos —dijo Krista en voz baja, como si el recuerdo de sus padres le causara cierta vergüenza—No aún. Apenas estoy conociéndote y, por como van las cosas, no creo que haya algún momento en que pueda hablarte de ellos.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué dices eso?
—Porque voy a morir pronto —repuso Krista en un tono aún más bajo, tanto que apenas pude oírla—. Puede que lo haga durante los entrenamientos o peleando contra los titanes. De igual forma, voy a morir. Ya te dije que no escogí entrar en el ejército. Fui obligada a hacerlo.
—¿Por qué?
—Lo siento, Mikasa, pero no puedo decírtelo.
Y Krista tragó saliva. Yo, por mi parte, la miré, y no pude evitar sentir pena por ella, pero no sabía cómo expresarlo. No podía creer lo que estaba viendo. La había conocido hace unas pocas horas, y ya se perfilaba como una chica de muchos secretos. Me pregunté qué clase de poder debía estar ejerciendo presión sobre ella.
No tenía forma de saber que, mucho tiempo después, iba a descubrir la terrible respuesta a esa interrogante.
—No vas a morir —le dije, en un tono tranquilo y parejo, de modo que ella se lo creyera también.
—¿Qué? —dijo Krista, visiblemente perdida.
—No vas a morir —le repetí, con un poco más de firmeza que antes—. Solamente debes tener más confianza en ti misma. De todas maneras, si te sientes insegura o no sabes qué hacer, siempre puedes tratar de imitarme.
Pero Krista seguía mirándome como si no estuviera segura en qué lugar del mundo se encontraba.
—¿Imitarte? ¿Por qué haría tal cosa? Eres una recluta, como el resto.
Le mostré una sonrisa tranquilizadora, pero Krista seguía con la cabeza en otra parte.
—Bueno, es cosa tuya si quieres hacerlo o no. Yo solamente te estoy ofreciendo ayuda.
Krista no dijo nada más.
Al día siguiente, me levanté con buenos ánimos. El instructor nos hizo levantarnos a las cinco de la mañana. Traté de seguir al pie de la letra las instrucciones de Krista en cuanto a mi cabello, pero no podía asegurar que hubiera mantenido mi postura durante mis horas de sueño. Queriendo creer que así fue, me dirigí a los baños de las mujeres, me planté delante del espejo y me quité la bolsa de la cabeza.
Abrí los ojos y la boca.
Mi cabello caía en un arco amplio hacia dentro, casi rozando mi mentón. Claro, me hacía ver la cabeza bastante más pequeña de lo normal, pero me imaginé que lucía así porque aún estaba pegajoso con la sustancia que Krista me había echado en el cabello. Cuando ganara volumen, supuse, iba a lucir mejor. Decidí tomarme una ducha después de mirarme en el espejo, notando que había otra chica rubia de ojos celestes, desnuda, bañándose con agua helada. Sin embargo, tenía el cabello un poco más corto y no tenía la mirada inocente y tímida de Krista. Era una mirada dura, como si nadie le cayese bien, y tenía una expresión como si todo en el mundo fuese aburrido.
Me quité la ropa, la dejé en un colgador, y me puse a su lado, bañándome, como si la chica del cabello rubio no existiera. No obstante mis esfuerzos por permanecer en silencio, ella me dirigió la palabra.
—Ten cuidado con esa tal Krista —dijo la chica rubia. Hablaba con una voz monocorde, como si le diera lo mismo el efecto de sus palabras en los demás—. Escuché que alguien de nuestra promoción anda tras ella, y no le gusta la competencia.
No dije nada, recordando que había visto a esa chica en el primer día en el campo de entrenamiento. Creo que se llamaba Annie, o algo así. Yo creía que ponía esa cara para impresionar al instructor, pero me había equivocado. Ella siempre ponía esa misma cara de trasero. Luego, noté que ella me miraba de arriba abajo, componiendo la más leve de las sonrisas. Eso me desconcertó. Creí que Annie era demasiado tosca como para hacer un gesto semejante. Por último, ella terminó de bañarse, se secó, se vistió y se alejó del baño sin decir ni una palabra más, cosa que agradecí bastante.
Cuando terminé con mi aseo personal, salí al campo de entrenamiento, notando que muchos ojos me miraban atentamente, sobre todo aquel idiota pretencioso de la cara de caballo. De hecho, mis ojos buscaban a Eren, y él me vio, luciendo complacido con mi nuevo corte de cabello. Fue eso, más que ninguna otra cosa, lo que me hizo sentir más tranquila con el cambio que había sufrido.
—Todos te miran ahora —dijo una voz aguda a mi izquierda, y me di cuenta que era Krista. Tenía el cabello reluciente. Se había tomado una ducha recientemente—. Te ves linda con ese corte, tal como pensé.
—Estás más tranquila —observé, notando que Krista ya no lucía nerviosa o tragaba saliva—. ¿Buen sueño?
Krista no dijo nada por un buen rato, pero respondió a mi pregunta de todas formas.
—De hecho, me sentí más tranquila después de hablar contigo.
Dejé pasar ese comentario por el momento, pues noté que Sasha se acercaba al campo, con visibles ojeras y un ánimo que podría matar a un payaso, acompañada de una chica con el rostro en forma de corazón, ojos de rendija y cabello castaño, el cual estaba tomado en un moño bastante apretado. No sabía su nombre, pero sí me había dado cuenta que siempre parecía querer acompañar a otras chicas.
—Me encontré con ella ayer —dijo Krista, mirando significativamente a la chica que acompañaba a Sasha—, mientras le traía algo de comer y beber a la pobre que estuvo trotando todo el día. Parece tomárselo todo a la ligera, pero creo que hay algo pesando sobre ella. No sé qué podrá ser.
—Deberíamos comenzar el entrenamiento —le dije a Krista, indicándole las estructuras en los cuales íbamos a probar si éramos aptos para usar equipos de maniobras tridimensionales—. Al instructor no le gusta esperar.
—Tienes razón —dijo Krista, mirándome con una pequeña sonrisa—. Al menos ya no vas a enredarte con los cables y vas a lucirte por ello al mismo tiempo. A eso le llamo "forma y función."
No dije nada, pero sí compuse una pequeña sonrisa antes de comenzar con el entrenamiento.
