Capítulo 6: El invierno más crudo
Levi Ackerman miraba con ojos llorosos la lápida de Petra Ral, el amor de su vida. Habían pasado veinte años, pero para el azabache era como si no hubiera pasado el tiempo; la herida seguía en carne viva y aún lo ahogaban la desesperanza y la tristeza. Colocó un ramo de lavandas en la tumba de la pelirroja, recordando cuánto le gustaban. Cuando Kenny compró Romarins, él había insistido en dejar intactos los cultivos de lavandas de la propiedad, a lo que su tío extrañamente asintió sin oponer resistencia.
En esa época había descubierto el amor secreto de Kenny por Manon Ral, y de alguna manera, aquello hizo que se acercara más a él: ambas eran almas perdidas sin la presencia del ser amado, y aunque sus infortunios amorosos se habían desarrollado de diferente manera y con distinto fin, el dolor del desamor era el mismo. Kenny había sufrido la fuerza del rechazo, y Levi, aún peor, había vivido la fuerza de un deseo y un amor correspondidos y arrebatados de sus manos.
Levi dio un suspiro quebrado mientras contemplaba la tumba de Petra en medio de la fría y espesa neblina matinal del cementerio, cuando distinguió una silueta alta que se aproximaba.
Era Kenny.
También traía un ramo de lavandas y paró en seco al ver a su sobrino a unas pocas lápidas de distancia de la que él iba a visitar.
-Mocoso, no sabía que te encontraría aquí. – dijo entre molesto y cohibido.
Levi volvió la mirada hacia la tumba de Petra.
-Siempre vengo a visitarla. – dijo con voz queda.
Kenny alzó una ceja. – Deberías hacer lo que el Viejo dice y casarte con alguien…
-Jamás. – lo cortó el azabache – Fue por ella que en un momento de mi vida fui feliz, y nadie volverá a lograr lo que ella hizo conmigo. Además, – miró a su tío – eso también iba dirigido a ti.
Ambos hombres se miraron largo y tendido, hasta que Kenny, con una pequeña sonrisa en los labios, se agachó para dejar el ramo de lavandas que llevaba sobre la tumba de Manon Ral.
-La vida hubiera sido tan diferente con ella a mi lado. – murmuró – Estamos condenados, mocoso. – dijo en voz alta mirando a su sobrino – A amar hasta la muerte a dos mujeres que ya no están en este mundo.
-Entonces que así sea.
-Sabes, tengo unos asuntos de negocios que resolver en Marsella y Toulon durante estos meses. – le dijo Kenny – Así que te voy a pedir que para el mes que viene vayas a París a declarar unas nuevas propiedades que adquirí cerca de Lyon. Me recomendaron una gran firma de abogados que se especializa en propiedades y esas cosas. Si hay algo que aprendí con los años, es a tener nuestros papeles en regla y de manera legal.
Levi suspiró fastidiado.
-Está bien. – dijo - ¿Qué firma de abogados es?
-Zacharius. – respondió Kenny – Están al frente Mike Zacharius y su esposa.
La Navidad había pasado de manera entretenida en casa de la familia Jäger en París, a pesar de la nieve y el frío, que al final de cuentas, le daban el toque extra de calidez familiar puertas adentro. Las luces y el ambiente en general convertían a la ciudad en una oda a la alegría y al espíritu navideño.
Aunque pasaron unas buenas fiestas, no podían negar que la ausencia de Colt pesaba entre ellos. Lo extrañaban horrores, y cada vez que llegaba una carta de él, la familia entera se apiñaba para poder leerla y enterarse de las novedades del hijo del medio de los Jäger. Petra era la más afectada de todos, llorando días enteros en su habitación con un mal presentimiento apretando su pecho, aunque con el correr de los días y las novedades de su hijo, llegó a recuperar algo de su habitual buen humor. Era ella quien llamaba con gritos eufóricos a su esposo e hijos para leer las cartas del muchachito.
Pero Zeke sabía que había otra cosa empañando la Navidad familiar además de la ausencia de su hijo, algo que empañaba esa época del año desde hacía veinte años. Y es que ese mismo día era el cumpleaños de Levi, y no hacía falta ser un genio para saber que su esposa se perdía en su pasado y evocaba al azabache en esas fechas. El rubio de barba y lentes apretó los puños: la sombra de Levi Ackerman nunca lo dejaría en paz. Miró por sobre la mesa familiar y contempló a sus otros dos hijos; por lo menos él tenía todo lo que el azabache nunca tendría y una vez quiso. Mientras pensaba en eso, sonrió de lado y observó a Mikasa regañando a Falco por atiborrarse de bombones mientras Petra reía.
Varios días después del Año Nuevo y recomenzando las actividades con el mejor de los ánimos de cara a un nuevo año, Zöe Hange llegó sonriente y tiritando con un café en la mano a su oficina en el Centro de Investigación Genética Karanese, bajo su dirección.
Su sonrisa desapareció y su café se amargó con lo que vio al entrar.
Era Erwin Smith esperándola con varias botellas de champagne y unos aperitivos para todo el mundo en el Centro. Los demás empleados, entre doctores, investigadores y personal de limpieza, estaban obnubilados con la fiesta que quería dar el jefe norteamericano en pleno día laboral.
-¿Qué es todo esto? – preguntó la castaña, aunque ya sabía de qué se trataba. Erwin Smith sonrió de manera amable, que a la mujer se le antojó sensual.
-Buenos días, Dra. Hange. – la saludó alegremente – Sólo estaba compartiendo una pequeña celebración aquí en el Centro de Investigaciones. Venga, únase a nosotros. – le tendió la mano.
A la pobre Zöe se le hizo muy sugestiva esa invitación con todo y mano extendida, como si quisiera llevarla al camino del pecado. Él la miraba intensamente, y ella no tuvo de otra que aceptar, ante la mirada ilusionada de sus empleados, que ya comían todo lo que Smith les había traído.
No se habían visto desde el cumpleaños de la pelirroja y por un momento con el correr de los días, Zöe pensaba que nunca iría al Centro a hacer el rastrillaje que tanto decía que haría, pero la verdad era que el hombre se había paseado por toda París en compañía de amigos y conocidos locales, además de hacer un viaje relámpago a Bruselas para pasar las fiestas en algún chateau de gente rica. La idea era disfrutar de los placeres mundanos durante las festividades y empezar a trabajar durante la primera semana de enero. Todo eso mientras la doctora castaña y su equipo trabajaban día y noche con sus investigaciones, pasando las fiestas dentro de los laboratorios y todo.
-Me imagino que sabrá que hoy se trabaja, ¿no? – preguntó ella desconfiada.
-¡Claro! Por eso, después de esta pequeña celebración, empezaremos con nuestra reunión de negocios. – respondió él sirviéndole champagne.
-Bueno, me imagino que al llegar se habrá puesto a observar lo bien que van las investigaciones y las buenas condiciones del lugar y el ambiente de trabajo. – sugirió la mujer – Además, ya se fue de vacaciones por ahí, así que prácticamente ya hizo todo lo que tenía que hacer. ¿Cuándo se vuelve para su casa?
Erwin Smith la miró divertido.
-Ah no, Dra. Hange. – le dijo en un ronroneo – Usted no se librará tan fácilmente de mí. Me quedaré mucho tiempo aquí, y no se preocupe, mis negocios familiares en Estados Unidos están en buenas manos como para que me ausente por un período considerable de tiempo. – a Hange se le vino el mundo encima – Y quiero empezar por hacerle una invitación, ¿saldría a cenar conmigo el sábado por la noche?
A la sonrojada doctora se le cayó la copa con champagne.
Al día siguiente llegó el día más frío del año, por lo que toda la familia, junto con los Jäger de Aubagne, estaba que no se despegaban de la chimenea y los calefactores, disfrutando de chocolate caliente y charlas amenas. Todos estaban absortos en sus conversaciones, menos Petra, que de a ratos se sentía inquieta: sentía un frío que nacía desde lo más hondo de su alma, no provenía de las condiciones climatológicas de afuera. Y no se lo podía explicar, cosa que la preocupaba. Ya en los últimos días había tenido pesadillas de las que no recordaba nada, haciendo que se levantara llorando en plena noche y sólo tranquilizándose después de un buen rato gracias a los mimos de Zeke, quien le susurraba que siempre la protegería a ella y a sus hijos.
Sus hijos.
Ahí radicaba el temor de Petra. Sentía que las cosas no irían bien con ellos, pero no se podía explicar qué. Estaba tan metida en esos pensamientos, que dio un respingo al escuchar el timbre de la casa.
Un criado llegó para avisar que buscaban al señor Zeke y a la señora Nina, a lo que marido y mujer se levantaron y fueron al encuentro con el visitante. En el hall, los esperaba un general de la Legión Extranjera que llevaba en las manos un uniforme cuidadosamente doblado junto con la bandera de Francia.
Y los temores de Petra se hicieron realidad. Abrió los ojos del terror y se quedó clavada a medio camino con el rostro desencajado, mientras Zeke se acercaba al militar con la desconfianza reflejada en el rostro y sudando frío. En cuanto los vio, el hombre hizo un saludo militar y les dijo:
-Señor Zeke Jäger, señora Nina Jäger. Se me ha encomendado la tarea de comunicarles, con gran dolor, del fallecimiento del cabo Colt Grice, nacido Colton Jäger. Pereció valientemente en batalla. – le extendió su uniforme al padre del chico – Su cuerpo será traído en breve.
Zeke tomó el bulto de ropa con manos temblorosas y los ojos salidos de las órbitas. Lágrimas gruesas empezaron a correr por sus mejillas cuando ya no pudo más.
-¡NOOOOOOOOO! – bramó como un animal herido. Grisha y el resto de la familia salieron disparados en dirección a ellos, encontrándose con el más desolador de los panoramas: Zeke doblado por el dolor y aullando desesperadamente mientras se aferraba a las ropas del hijo, y Petra empotrada en su sitio y con el rostro deformado y paralizado, parecía que no terminaba de asumir lo que había sucedido.
En el momento en que Mikasa y Carla se acercaron a ella, la pelirroja se desmayó en brazos de ambas.
Cuando Petra volvió en sí, estaba postrada en su cama con Nanaba, Carla, Mikasa y Falco alrededor, además de Zöe, quien había sido llamada de emergencia en calidad de médica y amiga. Al principio se sentía algo atontada, pero a medida que su mente se aclaraba, las imágenes previas a su desmayo volvían como si fuera una horripilante película de terror. Sintió mucho frío y náuseas de repente, a pesar del ambiente cálido del hogar, estaba pálida como la muerte y sentía que su corazón explotaría de tristeza y desolación.
Primero sus padres, sus hermanos y su prima… y ahora su hijo. Estaba desgarrada.
Todo era un deja vú… ¿acaso nunca dejaría de sufrir?
-Mi hijo… no puede estar muerto… no… - sollozaba con una angustia jamás vista, como si una gran parte de ella también hubiera muerto. Ante el ataque de histeria que se veía venir, la castaña optó por inyectarle un tranquilizante para que pudiera descansar un par de horas.
Mientras Petra se desvanecía presa del efecto del somnífero, los demás presentes también expresaron su dolor.
-El pequeño Colt… - murmuraba Nanaba entre lágrimas mientras se abrazaba con una entristecida Carla.
-Todavía era un niño… no merecía ese final. – dijo Hange con voz ronca, conteniendo su llanto.
Con el rostro sumido en lágrimas, Mikasa abrazaba a su hermanito Falco, quien no paraba de llorar contra su pecho al entender que nunca más vería a su hermano mayor.
-No temas, Falco. – gemía Mikasa besándole la coronilla – Yo te protegeré… a ti nadie te va a hacer daño… y nuestros padres siempre estarán con nosotros… nada ni nadie nos separará…
Abajo, el panorama no era mejor. Un desconsolado Zeke, quien todavía afianzaba su agarre a las prendas de su hijo, tenía la mirada fija y perdida mientras temblaba debido a los espasmos del dolor. Se había negado a tomar los calmantes de Hange y parecía un loco, sentado en posición fetal y diciéndose a sí mismo que todo era una pesadilla, que pronto despertaría. Grisha, Eren y Mike lo miraban gravemente y con pena, cada uno atravesando su procesión interna como podían. Colt había sido un chico muy querido por todos.
Dentro de todo ese delirio producto del tomento y el desconsuelo, Zeke era consciente de que la vida daba muchas vueltas, y así como hoy se había llevado a Colt, mañana podría hacer lo propio con el resto de su familia. No lo permitiría… no dejaría que nada ni nadie lo separara de los suyos.
Tenía un muy mal presentimiento de cómo las cosas irían de aquí en más.
A la mañana siguiente, en Aubagne, Levi Ackerman se preparaba para salir a Marsella y tomar desde allí un vuelo para París. Suspiraba molesto ante ese viaje tan largo y esa estadía seguramente aburrida en la Ciudad Luz, todo por culpa de Kenny. Ya bastante se amargaba con cualquier cosa en la vida como para tener que aguantar papeleos y demás trivialidades.
Se había levantado muy temprano, ya que antes de partir, quedó con su madre Kuchel de ir a visitar las tumbas de los Ral y de su propio padre, Levi Rivaille.
Abrazados frente a las lápidas esparcidas en el camposanto cubierto de escarcha y neblina, madre e hijo contemplaban en silencio las últimas moradas de sus seres queridos, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
-La extraño tanto... – dijo de repente Levi con voz quebrada, para a continuación largarse a llorar. Sorprendida, ya que raras veces lo había visto así, Kuchel profundizó el abrazo a su hijo, susurrándole que todo iría bien y que estaba segura de que Petra lo estaba cuidando.
Se quedaron allí un rato más y luego volvieron para Stohess, tenían que terminar los preparativos del viaje y tomar un buen desayuno. Después de desahogarse, Levi se sentía mucho más liviano; era como si su corazón se librara de una gran piedra que por años lo había comprimido.
Por primera vez en veinte años, tenía un buen presentimiento de cómo las cosas irían de aquí en más.
En la nevada París, finalmente velaban el cuerpo de Colt en una gran parroquia rodeados sólo de parientes y amistades cercanas. Con ojos rojos y llorosos desde los brazos de su marido, Petra contemplaba el rostro tranquilo de su hijo, tan bello y amable incluso en la muerte. Sentía que se le desgarraría la garganta de tanto controlar el llanto, por lo que volvió a llorar libremente contra el pecho de Zeke, quien miraba y acariciaba la mejilla de su fallecido muchachito. Cómo lo extrañarían…
A unos bancos a distancia, una anonadada Zöe Hange veía incrédula cómo Erwin Smith entraba a la iglesia. Salió como bala para interceptarlo.
-¿Se puede saber qué pretende viniendo aquí? – inquirió molesta. Qué tipo metiche.
-Vine a ofrecer mis condolencias a los Jäger, Dra. Hange. – respondió él muy gravemente. – Además, aunque es un momento íntimo entre familia y amigos, me tomé la libertad de venir al ser tan bien recibido y tratado por el Sr. Jäger en el cumpleaños de su esposa. – y agregó – Veo el comienzo de una gran amistad.
Zöe bufó, nada impresionada.
-Como quiera. – dijo.
-¿Se sabe qué pasó a ciencia cierta? – quiso saber el rubio de gruesas cejas.
-A parecer estaban en medio de un tiroteo en Malí, soldados contra terroristas. – explicó la doctora – Y el pequeño Colt… - empezó a sollozar - …cubrió con su cuerpo a un compañero para protegerlo de un balazo de parte del enemigo… ay, él era tan bueno…
-Shhh… tranquila. – intentó calmarla Erwin abrazándola y dándole palmaditas en la espalda.
-¡Oiga, no se aproveche! – siseó ella a la defensiva. – No es para que me ande tocando.
Erwin levantó los brazos en señal de paz.
-Prometo no volver a tocarla a menos que usted me lo pida. – dijo.
Pero la castaña no estaba para bromas en un momento tan doloroso.
-Vamos a los bancos. – le indicó - ¡Y se queda calladito!
Los Fritz y los Reiss habían llegado de emergencia en sendos jets privados para asistir al sepelio del joven Colt. Sus miradas graves y gestos estoicos contrastaban con el gran dolor demostrado por el resto de la familia. Apoyándose en su bastón, pero muy segura de sí misma y con una voluntad de hierro, Ymir Fritz se mantenía fuerte ante la pérdida como lo que siempre había sido, el pilar de la familia. Además, estaba furiosa con Zeke y su esposa por haber permitido que uno de sus tataranietos se mezclase en asuntos que no le concernían a gente de las altas esferas. Ese chico en vez de estar muerto, tendría que haber comenzado una carrera acorde a su posición y herencia familiar.
Más tarde les reprocharía a los padres por semejante decisión. Como matriarca que era, no dejaría que Falco corriera la misma suerte. La chica esa, Mikasa, no le importaba. Tenía sus dudas en cuanto a su tataranieta, dudas que se incrementaban cada vez que la veía.
Mikasa observaba con suma concentración el cuerpo inerte de su hermano en el ataúd, sabiendo que nunca más se levantaría de allí. Mientras abrazaba a Falco de manera posesiva, la joven azabache miraba el cadáver con ojos desorbitados y quietos, lo que le daba aspecto de estar loca, o, de estar camino a la locura.
-Juro que no volveré a perder a nadie de mi familia. – se juró en un murmullo. – Mi familia estará junta por siempre y nadie se irá de mi lado… nada ni nadie se meterá en mi camino.
