Leidy RC: Ya te contesté el review por privado. Si te soy sincera, pensé que me tardaría más en tener nuevo capítulo, pero aquí está. Espero que lo disfrutes y te reitero mi agradecimiento.
Capítulo 7: Una cuestión de confianza
-¡Me parece una vergüenza y una falta de responsabilidad enorme de parte de ustedes! – le espeto Ymir Fritz a la pareja de padres desconsolados desde el gran asiento en el despacho de Zeke, al día siguiente del último adiós a Colt. - ¡¿Dónde se ha visto que un joven de su posición y abolengo se meta en semejantes tonterías?! En un lugar como ese, en un puesto como ese… ¡ese niño era un Fritz, por Dios!
Zeke se mantenía callado e ido, mirando fijamente hacia algún punto cualquiera mientras su bisabuela les regañaba de manera mordaz. Las ojeras y los ojos rojos daban cuenta de la noche de terror que había pasado, y en su rostro ya eran notables los rasgos demacrados. Pero él no decía nada, simplemente asentía a todo lo que le decía la anciana como un autómata.
Petra, en cambio, estaba harta de la alharaca de la mujer. Había pasado por la experiencia más espantosa que pudiera pasarle a una persona, y su bisabuela política venía a gritarles sobre la falta de responsabilidades y demás cosas que sólo le importaban a ella. A medida que escuchaba, más fruncía el ceño y empalidecía el rostro… ¿cómo se atrevía a insinuar que era una madre irresponsable? Ella, para quien sus hijos eran lo primero en la vida, cuya felicidad estaba por encima de la suya… incluso había ignorado durante años el hecho de que se había casado sin amor con el hombre que tenía al lado, con quien había desarrollado una entrañable amistad con el correr del tiempo, por lo menos de parte de ella, ya que compartían ese amor desmedido por los chicos y aquello era algo que los unía cada vez más.
Y ahora esta señora venía a echarle sal a una herida que jamás se cerraría ni dejaría de sangrar, diciendo que era mala madre por dejar que su hijo luchara por lo que creía justo.
-¡Pues yo no le voy a permitir semejante atrevimiento! – exclamó furiosa, cansada y atribulada. ¿Por qué simplemente no la dejaba vivir su luto en paz, como todo el mundo? Merecía un tiempo de llanto y dolor en soledad. Ymir Fritz la miraba estupefacta. - ¡Si mi hijo creyó hasta el último minuto de su vida que hacía lo correcto, con todo el dolor de mi corazón no pienso mancillar su memoria arrepintiéndome de dejarlo ir! ¡Usted, que toda su vida ha visto morir a sus seres queridos, debería de tener un poco de empatía, por lo menos hacia Zeke, respetando nuestro dolor, y no viniendo a hacernos sentir más culpables de lo que ya nos sentimos! ¡USTED NO TIENE DERECHO A LLAMARME MALA MADRE CUANDO SÓLO VIVO POR MIS HIJOS! ¡POR LO MENOS TENGO SANGRE EN LAS VENAS PARA DEMOSTRARLES CUÁNTO LOS AMO, NO COMO USTED QUE…
-¡BASTA, NINA! ¡NO LE HABLES ASÍ A MATER! – bramó Zeke saliendo de su letargo y mirando a su mujer con furia. Luego se volvió hacia la vieja. – Mater… perdón… no debí permitir que Colt se uniera a esa Legión… - sollozaba – Pero te prometo que la historia no se repetirá con Falco… Mikasa empezará este año una carrera acorde a la administración de empresas, por lo que no me preocupo por ese lado…
-Más te vale que el pequeño Falco no tome decisiones tontas en el futuro. – siseó Ymir Fritz, haciendo énfasis en que sólo se preocupaba por el niño – En cuanto termine su colegio, sería bueno que pasase una larga temporada con nosotros en Austria. Rod tiene hijos de su edad, así que estará más que bien acompañado de sus primos. Sólo tenemos que ser discretos con eso, ya que a Grisha no le hará ninguna gracia.
La pelirroja miraba a uno y a otra sin poder creer lo que escuchaba y veía. ¿Acaso Zeke la había desautorizado como señora de la casa y madre de familia? ¿Y no la había defendido? Su rabia se redoblaba aún más mientras escuchaba los planes que hacían para Falco, ignorándola. Obviamente no lo permitiría, y sabía que Grisha sería un gran aliado para ella, y si las cosas iban más lejos, también los Zacharius. Masticando su ira, se levantó bruscamente de la silla y salió del despacho dando un portazo.
Ofreciendo disculpas a la matriarca de la familia, Zeke salió de inmediato detrás de ella llamándola.
Cuando llegaron a su habitación, al fin Petra se dio la vuelta para encararlo.
-¡¿Cómo te atreviste a hacerme eso, Zeke?! – inquirió airada mientras paseaba por todo el cuarto tomando cosas de aquí y allá - ¡¿Cómo te atreviste a desautorizarme y a dejar que haga lo que quiera con Falco?!
-¡Entiende que fue un error dejar ir a Colt a ese lugar donde era seguro que moriría! – se defendió Zeke – Además, comparto lo que Mater dijo. Mikasa es más grande, ella prácticamente tiene una vida hecha aquí y amigos, y pronto comenzará la universidad. Pero Falco aún es un niño y todo esto será muy difícil para él… lo mejor será que termine el colegio y pase un tiempo para recuperarse en otro ambiente… ¿qué haces?
-¡Pues ni creas que voy a separarme de mi hijo! ¡Antes muerta! ¡Además, él también tiene una vida hecha aquí, no lo subestimes por ser un niño! – le rebatió – Desde ahora me iré a una de las habitaciones de huéspedes. – contestó a su pregunta.
Zeke estaba tan furioso por lo que estaba pasando, que no midió sus palabras.
-¡Pues te recuerdo, mi querida esposa Petra Ral, que tú ya estás muerta! – siseó – Ahora eres Nina Jäger y no tienes a nadie más que a mí. – no parecía él - ¿Qué harás? Yo te lo di todo y también puedo quitártelo con facilidad.
Petra lo miró pasmada. ¿La estaba amenazando? Era obvio que no estaba siendo él mismo… la muerte de su hijo lo había dejado bastante perturbado.
-Si tanto te molesta que Mater tenga influencia en la crianza de nuestros hijos, te recuerdo también que no lo hubieras pasado mejor con los Ackerman. – la mención de ese apellido hizo que la pelirroja se mareara – Imagínate, ver que Kenny y el Viejo Jon sean los que estén a cargo de tus hijos, haciendo de ellos unos pequeños salvajes, tal y como Lev-
No terminó de hablar debido a la bofetada que le propinó su mujer.
-¡Te prohíbo que digas ese nombre y hables de esa gente! – masculló con lágrimas en los ojos para luego salir de la habitación.
Zeke sobaba su mejilla mientras la luz del entendimiento se abría paso por su mente. ¿Qué diablos había hecho?
-¡Nina, perdóname! ¡NINA!
El día avanzaba, y mientras la casa se mantenía como si estuviera vacía (algunos se la pasaban en sus dormitorios, otros preferían salir a despejarse aunque hubiera tormenta de nieve, con tal de no quedarse encerrados), Petra se encontraba en el jardín de invierno de la casa tomando un té tranquilizante mientras se ponía a mirar álbumes de la infancia de sus hijos con los ojos llorosos. Cada tanto su cuerpo se sacudía con pequeños espasmos de desconsuelo producto de sus sollozos, y trataba de beber su infusión como podía a pesar de su garganta cerrada.
Mikasa pasaba por ahí cuando la vio. La chica también había sufrido lo indecible con la pérdida de su hermano, pero manteniéndose implacable en su expresión fría e impredecible. Además, todo esto había provocado una enfermiza sobreprotección con su hermanito Falco. El taciturno niño no daba un paso si no era seguido por su mirada atenta y apagada. En cuanto la joven azabache vio a su madre sentada sola y abstraída, supo que algo más la molestaba. Por lo que se acercó.
A medida que se acercaba se sorprendía al percatarse cuán pequeña y delgada era, como si nunca se hubiera fijado en eso antes. Su largo camisón y el chal que envolvía su espalda junto con sus largos y pelirrojos cabellos, le daban un aire muy frágil, como si fuera una niña desamparada. Con el corazón estrujado, Mikasa se juró protegerla de todo.
-¿Sucede algo, Mater? – le preguntó mientras se sentaba junto a ella. Petra le dedicó una sonrisa triste.
-Mira. – le tendió unos álbumes – Son fotos de ustedes cuando eran más pequeños. Me gusta mucho esta. – señaló una en donde estaban los tres, ella y Colt eran unos pequeñines que cargaban a un recién nacido Falco.
Mikasa mostró el atisbo de una pequeña sonrisa.
-¿Puedo quedarme con esta? – consultó, tomando una foto reciente de Colt y Falco abrazándose. Había sido tomada en el último cumpleaños de su desafortunado hermano.
-Claro. – le dijo su madre – Recuerdo que ese día Zoë le hizo un postre borracho a Colt… bastante borracho…
-Sí, y Falco se comió una porción entera sin saber qué era. – se empezó a animar Mikasa.
Así, ambas estuvieron un rato recordando viejos tiempos en los que la vida transcurría sin preocupaciones. Siempre atenta, Mikasa no dejaba de observar a Petra.
-No me respondiste. – le dijo de sopetón.
-¿Qué cosa? – preguntó la pelirroja confundida.
-Si te sucede algo, porque es obvio que algo más te tiene afectada.
Qué chica tan directa.
-Es que… esta mañana hablamos con tu tatarabuela y… ella dejó deslizar la posibilidad de llevarse a Falco después del año escolar. – admitió.
Ante lo dicho, Mikasa entornó los ojos peligrosamente.
-No lo voy a permitir. – dijo con voz ronca.
-Quédate tranquila, yo tampoco. – la calmó su madre – Además, no creo que suceda. Estamos todos muy alterados y decimos lo primero que se nos viene a la mente. Nosotros tenemos que permanecer juntos como familia para superar esto.
-¿Y qué dice Pater de todo esto? – la chica no dejaba pasar la conversación.
-Él está de acuerdo…
La azabache no pudo evitar sentir algo de resquemor hacia su padre.
-No importa. Tenemos al abuelo Grisha con nosotras; nos apoyará si llegara a ocasionarse una discusión.
-Me gustaría que no le dijeras esto a nadie, Mikasa. Como te dije, todo lo que ahora hacemos y decimos es producto del dolor. Ese asunto ya se olvidará. – le pidió Petra.
-Está bien. – concordó la chica – No me has dicho nada. – pero en el fondo, no estaba dispuesta a dejar que la separasen de Falco.
Nuevamente concentrada en sus álbumes, Petra no vio la mirada de odio en los ojos de su hija en dirección hacia los aposentos de Ymir Fritz, mientras apretaba la foto que llevaba en las manos.
Había llegado el sábado, y con ello, la cita de Zöe Hange con Erwin Smith.
Después de haberse pasado el resto de la semana llorando por Colt y yendo a casa de los Jäger para cerciorarse de que su amiga estaba bien, la castaña miraba con algo de decepción su imagen en el espejo. El discreto vestido negro que se había puesto en vez de disimularle las formas, lo único que hacía era acentuar esas incipientes llantas que tenía en las caderas. Hasta parecía a propósito. Suspiró, malditas las horas en las que se la había pasaba comiendo y tomando idioteces cuando trasnochaba.
Para colmo, el día anterior había recibido una llamada desde África de su colega y ex pareja Keith Shadis, quien le comunicó algo grave y en consecuencia le hizo una petición. Le dijo que era urgente pero que le daba unos días para pensarlo. Ella no se sentía segura y en el fondo sentía algo de miedo.
Y es que en ese escaso mes que había pasado, se había ilusionado con Erwin Smith, aunque no quería admitirlo, ni siquiera a sí misma.
Y todo ello se le reflejaba en su rostro cansado.
Por lo menos recordó cómo maquillarse, viendo que había hecho un excelente trabajo ocultando sus ojeras e imperfecciones. Se sentía decente, pero sabía que no era ni Nina ni Nanaba cuando se ponían despampanantes. Basta, tonta. ¡Ni que fueras a seducirlo! Sólo somos socios… se regañó mentalmente y dejando de preocuparse por si se veía bien o no. Igualmente le pediría a Nanaba (la más fitness de las tres) que le pasara unos tips de posturas para mujeres altas.
Tocaron su timbre y la doctora bajó inmediatamente hacia la entrada de su edificio para irse con el rubio cejón.
Cuando Erwin la vio salir del edificio tosió algo incómodo, como conteniendo la risa. Zöe no sabía cómo interpretar eso.
-¿Por qué de negro, Dra. Hange? – le preguntó divertido.
-Le recuerdo que estoy de luto. Aunque no era pariente mío, vi nacer a Colt y lo adoré como su tía que era. – contestó ella de manera hostil.
-Disculpe, tiene razón. Mi error. – dijo Erwin recuperando la amabilidad. - ¿Me haría el honor? – le ofreció un brazo.
Sonrojada, la genetista lo tomó y ambos se dirigieron hacia el Rolls Royce del hombre para dirigirse al lugar de la cena. Ella miró el auto estupefacta. Hacía mucho que no entraba en un auto, ni siquiera en un taxi, teniendo su bicicleta para ir a trabajar y el metro como segunda opción.
-Y bueno, ¿adónde vamos? – preguntó nerviosa. Seguramente irían a esos lugares de ricos. Recordaba que había asistido a algún cumpleaños de Zeke en el Pavillon Ledoyen, años atrás. Era un lugar muy lindo.
-A mi departamento. – contestó el otro con una sonrisa, como si hablara del clima.
-¡¿QUÉ?!
En la mansión Jäger todos terminaban de comer en silencio tenso. Petra no miraba a nadie mientras comía como pajarito; Zeke no le sacaba la vista de encima a su esposa con la culpa reflejada en el rostro; Grisha, Carla, Eren y Falco jugueteaban con su comida cabizbajos; mientras que Ymir Fritz y algunos de los Reiss que se quedaron en la residencia engullían como si nada. Quien no tocó su comida fue Mikasa, quien tenía la mirada fija en la noble anciana.
La vieja se dio cuenta.
-¿Te sucede algo, Mikasa? – preguntó con frialdad.
-Nada, Mater. – respondió ella con el mismo tono – Es sólo que hace mucho que no te veía y me sorprende lo sana y fuerte que te ves.
La mujer sabía que eso no era lo que la joven quería decir.
-Pues una de las características de la familia Fritz es la longevidad y la salud. – le dijo con intención – Habría que ver si tú llegas, como buena Fritz, claro.
Un destello de alarma cruzó por los ojos de los dos matrimonios Jäger. Pero Mikasa no se inmutó.
-Me retiro. – dijo levantándose – Con permis…
-No puedes. – le cortó la matriarca desde el extremo de la mesa – Tienes que esperar a que la cabeza de la familia termine de comer.
Con gesto agrio, la azabache volvió a sentarse para esperar a que su tatarabuela se cansara de humillar a toda la familia reteniéndolos en una simple cena. Cuando la noble terminó y se retiró, se levantó como tiro hacia las escaleras.
Al llegar a su habitación empezó a tirar sus almohadas como una posesa mientras despotricaba.
-¡Maldita vieja centenaria que se olvidó de morir! – mascullaba con saña.
-Adelante. – le dijo Erwin Smith a Zöe Hange mientras le abría la puerta para pasar al lujoso departamento del hombre, con vista a la Torre Eiffel. Ella estaba asombrada.
Su propio departamento era del tamaño del hall que estaba pisando.
-Dra. Hange, le presento al chef de confianza de Alain Ducasse. – un hombre se presentó ante la castaña, quien lo saludó amablemente – ¿Qué tendremos hoy?
-El menú consiste en sopa de tomate como entrada, filete de Turbot y langostino con ensalada Riviera como platos principales, y de postre tiramisú. Acompañado por un Pavillon Blanc del Chateau Margaux, cosecha 1988. – informó el hombre.
Erwin daba el visto bueno mientras ella simplemente no entendía nada. El rubio la miró intensamente y le extendió la mano para llevarla hasta la mesa para dos que estaba dispuesta en la terraza. Esto va demasiado rápido, se decía Zöe con las mejillas arreboladas, mitad nerviosa, mitad emocionada.
Tan turulata iba siguiendo a Erwin, que no había notado la cantidad de portarretratos en distintos puntos del departamento, enmarcando la belleza de una mujer desconocida.
En Darmstadt, Alemania, un joven llamado Armin Arlert y su abuelo cenaban tranquilamente.
-¿Y ya te decidiste a qué universidad quieres ir? – le preguntó el anciano – Sabes que con tus altas calificaciones puedes entrar a la que quieras, particularmente te recomiendo la Sorbonne. Tu padre hizo su carrera allí y fue maravilloso para él; además su programa de Historia es excelente.
-Ya estoy entre la de Heidelberg y la de Mannheim, Opa. – y agregó - No quiero salir de Alemania, mucho menos alejarme de ti.
-¡No seas tonto! – protestó el viejo con el corazón conmovido – Además, París está a cuatro horas en tren de Darmstadt; puedo ir y venir para verte y tú también. Tampoco es que te irás al otro lado del mundo.
Armin sólo lo miró con una sonrisa. Sabía que su viejito tenía razón y que quería lo mejor para él, pero en el fondo no quería dejarlo solo. Había vivido con él desde el trágico accidente de sus padres cuando tenía 3 años y jamás se había separado de él. En un momento había dado gracias de tener a dos de las mejores universidades de Alemania cerca de su ciudad, pero su abuelo estaba empeñado en que fuera a París a prepararse en la misma casa de estudios en la que asistió su difunto hijo. Trataría de manejar la situación de manera que su Opa no tuviera de otra que dejarlo quedarse.
Era un joven rubio con corte taza, ojos azules detrás de unos grandes anteojos, y algo bajo y enclenque. Había destacado por sus mejores notas prácticamente desde que comenzó a leer y con 19 años, estaba destinado a ser un genio en cualquier cosa que hiciera. Su pasión era la Historia y la investigación, al igual que su padre, por lo que se había propuesto seguir enorgulleciendo a su abuelo mediante sus decisiones de vida.
Cuando terminaron, Armin fue directamente a prender la televisión en la sala, esperando con paciencia a que comenzara el programa que lo tenía interesado.
-¿Qué vas a ver ahora, Armin? – le preguntó su abuelo divertido.
-¡Hoy es la pelea de Annie Leonhart, campeona peso gallo de UFC! – exclamó Armin sonrojado y con un brillo de ilusión en los ojos. Annie Leonhart había sido su ídolo desde que despuntó en las artes marciales mixtas a muy corta edad, era su modelo a seguir en cuanto a cumplir los sueños. - ¡Es la campeona más joven de la historia con sólo 19 años!
-Pareces un tonto enamorado.
-¡Opa!
-Ya, era una broma. ¿A qué hora es? – preguntó – Creo que podría acompañarte a mirar estas cosas. Recuerdo que en mi juventud me gustaba mucho mirar Boxeo, así que esto debe de ser más o menos lo mismo.
-Ahora mismo está por comenzar. – le dijo Armin, acomodándose los anteojos y concentrándose en su evento de lucha.
Un par de horas y varias luchas después, llegó el momento en que Annie Leonhart defendía su campeonato. Era una joven rubia y bajita, de ojos celestes y mirada amenazante, mientras que su figura era atlética y musculosa. A pesar de su baja estatura, su aura intimidante la hacía ver más maciza de lo que era.
Con sorpresa, abuelo y nieto miraron cómo a la campeona le bastó menos de un minuto para noquear a su retadora, reteniendo así su campeonato. La chica estaba fresca como una lechuga y ahora se venía el momento de la entrevista post pelea. El anuncio que hizo Annie Leonhart dejó a más de uno helado.
-He decidido retirarme temporalmente de las Artes Marciales Mixtas para empezar nuevos proyectos. Por lo tanto, luego de retener mi título, lo dejaré vacante a partir de este mismo momento. – se escuchó un jadeo general proveniente del público, y el entrevistador le hizo algunas preguntas.
-No quise decirlo antes porque me hubieran obligado a perder, y eso es algo que no está en el diccionario de Annie Leonhart. – respondió la joven con su voz de ultratumba – Por eso lo dejo vacante, para que nadie presuma de derrotarme y para volver algún día a recuperar el título que nunca perdí.
Luego respondió a una última pregunta, que hizo que los ojos de Armin brillaran. – Me asentaré en París por un tiempo para empezar a estudiar y seguir entrenando junto a mi padre.
Armin y su abuelo no dijeron nada pero sabían lo que el otro estaba pensando. El anciano esbozó una sonrisa de satisfacción, mientras que el joven rubio pensaba en hacer caso a la sugerencia de su abuelo.
Cuando terminaron de comer y procedieron con los postres, el semblante de Erwin se puso serio, con un brillo extraño en la mirada. Durante toda la velada había sido simpático, hablador, se había interesado por la vida de la doctora y habían llegado a un punto en el que reían como si no fueran socios ni científica/benefactor: eran un hombre y una mujer que estaban pasándola bien en su cita.
Zöe jamás se había sentido así con ningún hombre, pues ninguno de sus prospectos había sido así de guapo, atento, simpático y solícito como Erwin Smith. Era verdad que sentía cierto prejuicio al dedicarse él al negocio de la muerte, pero esa actitud tan angelical de él había barrido con todas las malas impresiones. Sintió al mismo tiempo una pequeña desazón en el pecho, pues también se daba cuenta de que ya cerca de sus cuarenta, nunca se había sentido plena como mujer.
Él era el primer hombre que la tenía así.
-Dra. Hange, ahora pasaremos a lo que nos interesa. – dijo el rubio mientras la guiaba hacia la sala del departamento. El personal que los había atendido ya se había ido, dejándolos solos.
-¿Eh? – balbuceó ella sin entender, sonrojada a más no poder.
-Quiero hacerle una propuesta muy personal. – la abordó con voz ronca.
La mujer hiperventilaba, pero lo escuchaba atentamente.
-He visto que usted es una mujer como pocas: dedicada a su trabajo, responsable, y sobre todo con un gran nivel de empatía hacia los demás. Por eso me atrevo a pedirle su amistad y su ayuda para organizar una gala benéfica en nombre de mi difunta esposa Marie. – le dijo el hombre.
Silencio incómodo.
-¿Q-q-qué? – farfulló Zöe - ¿Usted es viudo?
-Sigo casado. – le corrigió él gravemente – Sólo que mi esposa ya no se encuentra en este mundo. Pero esa no es razón para olvidarme de ella y por ello, sigo haciendo mi vida y tomando decisiones como si siguiera a mi lado. – luego prosiguió – Ella era galerista y tenía un sentido del arte finísimo, por eso quiero hacer el evento en una subasta de arte… aquí en París, donde nos casamos. – la miró – Por eso quiero que usted sea la encargada de representar y ser la voz cantante del acto. Es una cuestión de confianza.
¡MIERDA!
Y fue allí que la castaña se percató del anillo que el rubio llevaba en el anular izquierdo. Nunca le había hecho caso a esa sortija, pues era de un diseño muy personalizado y supuso entonces que era uno de esos caprichos que tenían los ricos, o una de esas joyas familiares que se pasaban de generación en generación. Pero jamás se imaginó que era una alianza. Además, algo en su mente le ordenó que mirara a su alrededor y eso hizo, para ver un montón de retratos de una extremadamente bella mujer, algunas veces sola, otras con Erwin. Tenía una larga cortina de cabello castaño rojizo y unos impresionantes ojos verdes, parecía una criatura de esas que salen en los cuentos de fantasía, un hada. En las fotos con su marido, él se veía mirándola con devoción y con una sonrisa de oreja a oreja. Feliz.
Con tristeza también se dio cuenta de que toda esa parafernalia amistosa y hasta coqueta de Erwin era para ganarse su confianza y dormirla con palabras de persuasión dignas del empresario que era. Se preguntaba por qué la necesidad de aquello. Pero la respuesta vino sola: al dedicarse a la fabricación de armas, no sería bien visto si hiciera un evento benéfico así como si nada; necesitaba una carta de presentación y aceptación, alguien como ella… una científica y abanderada de la investigación en pos de la salud del ser humano. También sospechaba que lo había hecho por ego: era un hombre acostumbrado a encandilar a todo el mundo y ella se había resistido a él desde el primer momento, y sin duda aquello fue para el rubio una afrenta a sus encantos y su "yo". Aunque esto último era más una suposición.
Como si hubiese sido electrocutada, la doctora Hange se puso de pie de un brinco. Tenía el rostro colorado, y no del vino, sino de la vergüenza y la rabia consigo misma. Buscó su bolso mientras Erwin la miraba extrañado.
-¿Le sucede algo, Dra. Hange? – se preocupó.
-Es que… necesito volver a mi casa. – respondió ella sin mirarlo – Es que no suelo tomar mucho y no estoy acostumbrada a esas comidas… mi estómago sólo acepta chatarra…
-La llevaré. – le propuso él. Ella lo cortó.
-¡No hace falta! – luego se dio cuenta de que prácticamente le había salido un graznido – Perdón, pero voy a tomarme un taxi… yo…
-¡No me discuta! – se molestó Erwin - ¡La llevaré y me aseguraré de que llegue bien!
Media hora después llegaron al edificio de Zöe.
-Sé que es una mujer muy ocupada. – dijo Erwin al despedirse – También sé que todo esto es muy repentino y que usted no está pasando por un buen momento, pero le daré unos días para que lo piense mejor. Por favor, téngalo en cuenta y deme ese gusto. - Luego se fue.
Como un robot automático, Zöe Hange llegó a su departamento para desplomarse sobre su cama mirando el techo. ¡Eres una tonta! ¡Ya parecía raro que él se pusiera coqueto y te invitara a cenar y tú de tonta ilusionándote! ¡Y ahora no sólo quedaste como una estúpida, sino que perdiste una batalla que ni siquiera comenzó contra una muerta! Le decía su mente mientras ella se levantaba para bañarse e intentar dormir. Se miró al espejo y recordó la belleza etérea de Marie Smith y suspiró antes de tomar una ducha y tumbarse nuevamente sobre su cama con el pijama puesto.
Sonrió con ironía. En los últimos días, había recibido dos llamadas de dos hombres significativos en su vida, pero con intenciones que nada tenían que ver con lo personal. Y ambos le habían dado días para pensarlo.
Pero se había decidido. Mañana a primera hora le devolvería la llamada a Keith Shadis.
Nota: Perdón que no hay nada de Levi, pero es que en el entorno de Petra es donde hay más terreno para preparar en lo concerniente en todo el conflicto de la trama, sabrán comprender. Además, hay que ir abriendo camino a las otras historias anexas. Nos vemos en la próxima!
