IV
Riesgos
Como dije, me había quedado de piedra al escuchar la decisión del instructor de apartar a Eren del Cuerpo de Entrenamiento, pero también pensé en Krista y en nuestra realmente corta amistad. Si decidía acompañar a Eren a las tierras de cultivo, ya no volvería a verla nuevamente. Pero, pensé, solamente llevaba dos días conociéndola, y Eren había hecho mucho más por mí que ella. No podía dejarlo solo, a su suerte, en un mundo que seguramente iba a acrecentar su frustración y su odio. Debía contar con una cara conocida para que no le fuese tan vergonzoso labrar las tierras.
Fue cuando tomé la decisión.
Me acerqué al instructor para solicitar formalmente mi renuncia al ejército. Él me miró con cierto desconcierto. Me dijo que yo era la candidata con más potencial que había visto en años, y que estaba cometiendo un error al dejar el ejército. Le dije que mis razones para hacer tal cosa eran estrictamente personales, y él, después de mucho deliberar, dijo que iba a pensarlo, y que me tendría una respuesta para mañana. Razonablemente conforme con la respuesta, di media vuelta hacia las barracas, pues se acercaba la hora del almuerzo.
Como esperaba, Eren estaba sentado en una mesa apartada del resto. Armin era su única compañía. Los demás parecían no percatarse de su presencia, y hablaban de él como si fuese una suerte de payaso. Una de las pocas personas que permanecían en silencio era, precisamente, Krista. Me acerqué a ella, juzgando que no iba a ser tan difícil decirle adiós. Después me ocuparía de que Eren se sintiera más tranquilo.
—Es una pena lo de Eren —dijo Krista en voz baja, mirando al suelo por alguna razón—. No me gustaría ser él en este momento.
—¿Por qué? —pregunté, aunque intuía que no iba a tener una respuesta.
—No puedo decírtelo —me dijo, alzando la cabeza y mirándome a los ojos—. Lamento tener que ocultarte cosas, pero… bueno… es necesario.
—No quiero saber tus secretos —le dije en un tono tranquilizador—. De todas formas, ya no voy a tener la oportunidad de saber nada más de ti.
Krista frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Krista, acabo de solicitar mi renuncia al Cuerpo de Entrenamiento.
No esperé la reacción de Krista. Esperaba que se pusiera un poco triste por la noticia, pero que no le iba a afectar demasiado. Pero cuando vi su expresión, me di cuenta que me había equivocado. Krista se lo había tomado peor de lo que había esperado.
—¿Por qué? —me preguntó, con un hilo de voz y los ojos brillantes.
—No quiero que Eren esté solo en los campos de cultivo —le respondí, a sabiendas de que estaba empeorando las cosas, pero necesitaba que supiera la verdad—. Le debo mucho a él, por eso me veo en la necesidad de hacerlo.
—Ya veo —dijo Krista, quien se esforzaba mucho en mantener contacto visual conmigo—. Entonces, ¿ya no te volveré a ver?
—Me temo que sí —dije, y en cuanto las palabras salieron de mi boca, me sentí como si hubiera tragado bilis. No tenía idea de por qué seguía diciendo esas cosas, pues sabía que estaba empeorando las cosas, pero sí tenía claro que debía ser honesta con ella—. No te preocupes, Krista. Ya no me necesitas. Puedes seguir tu camino en el Cuerpo de Entrenamiento sin muchos problemas.
Pero Krista seguía angustiada. Parecía ser que, sin importar lo que dijese, no había forma de animarla sin decirle una mentira. Decidí averiguar qué había tras sus lágrimas, las que habían comenzado a rodar por sus mejillas.
—¿Por qué te apena tanto que yo me vaya?
—Mikasa —comenzó Krista, limpiándose las lágrimas con la manga de su camisa—, no quiero que pienses que tengo algo especial contigo. La razón de estas lágrimas es porque, gracias a ti, pude pasar la prueba. Tú me diste la fuerza que yo necesitaba para seguir adelante. Recuerdo que tú me dijiste que tratara de imitarte, hicieras lo que hicieras, de forma que yo no muriera. Si no estás, ¿a quién voy a imitar? Ya me demostraste que eres una chica fuerte, más fuerte de lo que me imaginé en un principio.
—¿Me estás diciendo que soy una inspiración para ti?
—En cierto modo, lo eres —repuso Krista, luciendo un poco menos angustiada que antes—. No quiero morir aquí, Mikasa, y si tú no estás presente, es probable que ese sea mi destino. —Krista no dijo nada por un momento, durante el cual la miré, evaluándola. Me había preguntado por qué pensaba que ella iba a morir durante el entrenamiento. ¿Acaso se consideraba débil? Reí en mi interior. Esa pregunta era estúpida. Por supuesto que se consideraba débil. No tendría tanto miedo de morir durante los entrenamientos si no se viera a sí misma de ese modo. Decidí dejar que siguiera hablando, pero me sorprendió que hubiese cambiado de tema de forma tan radical cuando abrió la boca—. Me parece extraño que yo haya podido pasar y Eren no. Ambos recibimos la misma ayuda. Eren debió haberlo hecho mejor, pero fue como si no hubiera mejorado en nada desde la primera vez que realizó la prueba.
Las palabras de Krista me hicieron recordar mis sospechas sobre el fracaso de Eren en la prueba. ¿Valdría la pena mencionarlo al instructor? Sabía que eso ya no importaba. Eren había sido expulsado, y la decisión era incontrovertible. No obstante, no haría nada mal que se lo dijera a Krista. Tenía la certeza de que ella no tenía el coraje para contradecir al instructor, por lo que no incurría en ningún riesgo al decírselo.
—¿Sabes? Pienso que tienes razón. Eren debió haberlo hecho mejor.
—¿Por qué lo dices? —me preguntó Krista, con el ceño fruncido. Sus ojos aún brillaban, pero ya no derramaba lágrimas.
—Porque pienso que el equipo de Eren no funcionaba correctamente —dije, en un tono confidencial, de modo que nadie más escuchara—. Noté que él siempre inclinaba hacia el mismo lado cada vez que realizaba la prueba, sin importar lo que hiciera para recobrar el equilibrio.
Krista se quedó en silencio, asumo que ponderando mis palabras. ¿Cómo podría imaginar lo que vendría a continuación?
—¿No funcionaba correctamente? —dijo, notando que su expresión había pasado de sorpresa a indignación en menos tiempo que el me que me tomaría parpadear—. Si eso es cierto, entonces Eren fue expulsado de forma injusta. ¿Estás segura de que estás en lo cierto? ¿Hay forma de comprobarlo?
—¿Pero qué estás diciendo? —le dije, sin saber si sentirme impresionada o asustada por la actitud de Krista—. El instructor ya tomó la decisión. Ya no importa si el equipo de Eren tiene un defecto. ¿Crees que él se arriesgaría a un sumario si admite que no hubo una debida comprobación de equipos antes de que se llevaran a cabo las pruebas? Nos estaríamos metiendo en un lío, Krista. Incluso puede que nosotras seamos las siguientes.
Pero la indignación en la cara de Krista no desapareció.
—Mikasa, se supone que Eren es tu hermano adoptivo, y que le debes mucho a él. ¿Qué clase de honor le estarías haciendo si permites que se vaya del ejército? Por lo que me has contado, se nota que él quiere estar aquí. ¿Cómo crees que se sentiría si se entera que tú sabías que el equipo se encontraba estropeado, y que fue expulsado de todas formas?
—No se trata de que él sepa o no si algo andaba mal con el equipo —dije, sin saber muy bien por qué estaba defendiendo mi idea de acompañarlo a las tierras de cultivo—. Se trata de si podemos hacer algo al respecto o no. Si le digo algo como eso al instructor, ¿quién sabe lo que me hará?
Krista arrugó la cara y se puso de pie.
—Bueno, si no quieres hacerlo, yo lo haré.
Y ella se puso de pie, dejándome paralizada. Ni siquiera pude reaccionar a tiempo para detenerla, o al menos para que recobrara la compostura. De todos modos, ya era demasiado tarde para eso. Me quedé sentada por un rato, pensando en lo que Krista estaba a punto de hacer, sintiéndome contrariada. Había creído que ella no tendría el coraje para enfrentar al instructor, pero me había equivocado. Le quería decir que estaba arriesgando su permanencia en el ejército, lo que, a fin de cuentas, era lo que deseaba evitar a toda costa. Me encontraba tan extraviada en mis pensamientos que no me percaté que alguien se había plantado frente a mí. Sin embargo, no se trataba de Krista. Era esa chica del cabello castaño y ojos de rendija. Creo que se llamaba Ymir, o algo así.
—¿Se te ofrece algo? —pregunté, con toda la educación que pude reunir.
—De hecho, sí —repuso Ymir, mirándome con un poco de animosidad. Yo, en ese momento, ignoraba por qué me miraba de ese modo, por lo que compuse una expresión de perplejidad—. Te quiero pedir que no te acerques demasiado a Krista. Es buena para ocultar cosas, sobre todo aquellas relacionadas con su pasado.
Rodé los ojos. Me daba la impresión que Ymir me estaba diciendo esas cosas a causa de celos, más que a modo de advertencia.
—No alcanzo a imaginar en qué me afecta eso —le espeté, juzgando que no se había dirigido a mí con educación, lo que parecía reforzar la idea de los celos—. Además, por lo que he visto, eres tú a la que le gusta rodearse de chicas, no a mí. Si tu verdadera intención es hacerte amiga mía, entonces me temo que escogiste una mala forma de romper el hielo. Ahora, si me disculpas.
Me puse de pie y me alejé de Ymir, afanándome en no meterme en problemas. Mientras salía de las barracas para tomar un poco de aire, recordé que ella parecía alimentar cierto desdén por los chicos. De hecho, siempre que la veía, ella se encontraba con una chica diferente, como si estuviera coqueteando con ellas. La verdad, sus preferencias románticas me importaban una reverenda mierda. Lo que me tenía preocupada era su actitud al verme hablar con Krista. Los celos pasionales pueden hacer mucho daño si no se manejan correctamente. De todas formas, no me sentía ni remotamente atraída por Krista, y me imagino que una chica es lo suficientemente perceptiva para darse cuenta de esas cosas.
Y hablando de Krista…
A lo lejos podía verla discutir con el instructor, quien parecía estar perdiendo la paciencia rápidamente. Al final, él la tomó de los brazos y pareció arrastrarla hacia su despacho, cuando se encontró con el supervisor del Cuerpo de Entrenamiento. El instructor parecía darle una explicación sobre lo que estaba ocurriendo, y el supervisor asentía ligeramente con la cabeza. Después, él, Krista y el instructor se dirigieron no al despacho de este último, sino que al depósito de suministros. Ignoraba qué iba a ser de Krista, pero asumí que no iba a ser nada bueno. Después de todo, acusar al instructor de no comprobar debidamente el equipo era algo no menor, y estaba segura que tanto el instructor como el supervisor tratarían de ocultar la falta. Por último, decidí encaminar mis pasos hacia los dormitorios, pues la noche estaba cayendo, y no tenía ganas de merodear por los campos a esas horas.
Me recosté sobre la cama, percatándome que la única otra persona presente era esa chica llamada Annie. Recordé la forma en que me había mirado el día de ayer, y me aseguré que ella se quedara dormida. No quería encontrarme con ninguna sorpresa.
Sin embargo, las sorpresas no podían llamarse como tales si uno supiera cuándo ocurrirían.
