V
Más cerca
No sé cómo diablos pude dormir de la forma en que lo hice, con eso de Eren siendo expulsado del Cuerpo de Entrenamiento, pero cuando desperté, noté que tenía una pierna afuera de los cobertores, colgando por la litera. Me froté los ojos, estiré mis brazos y piernas, y descendí de la litera, rumbo a las duchas. Lo primero que noté, fue que Annie se hallaba presente, desnuda, bañándose. Daba la impresión que llevase un tiempo apreciable en la ducha, pero no le presté demasiada atención. Me quité mi propia ropa y me tomé una ducha rápida, lo más alejada posible de Annie.
Cuando hube acabado, me vestí nuevamente, y acudí al comedor. No vi a Eren por ningún sitio. Mi corazón saltó desde mi pecho hasta mi garganta. Así que había pasado. Finalmente, Eren había sido enviado a las tierras de cultivo. Sintiéndome como si cada extremidad de mi cuerpo pesase toneladas, tomé asiento en una de las mesas, procurando estar sola. No quería compañía en ese momento, ni siquiera la de Armin, quien se había ofrecido a darme un poco de consuelo. A decir verdad, no había consuelo posible, salvo esperar a que el instructor me diera buenas noticias con respecto a mi renuncia al Cuerpo de Entrenamiento.
La puerta se abrió, y vi entrar a Krista. Lo primero que me llamó la atención fue su aspecto. Tenía ojeras, y cojeaba con la pierna derecha. No sé por qué sentí aquella sensación de indignación en mi interior, pero me imaginaba que tenía que ver con la presunción de que Krista había sido castigada de forma extraoficial. La razón no me parecía, en absoluto, foránea, pero también estaba de acuerdo en que el castigo había sido desproporcionado.
Krista me buscó con la mirada, y se fue a sentar conmigo. Por alguna razón, no le impedí que se sentara frente a mi. Más sorprendente aún, fue que ella compuso una amplia sonrisa.
De acuerdo, en esa ocasión, me hallaba completamente perdida. Nada estaba teniendo sentido. No obstante, cuando la puerta se abrió nuevamente, mi confusión se hizo aún mayor, porque la persona que entró al comedor no era otra que Eren. Pero, en esta ocasión, yo no era la única que no podía hallar una explicación a su presencia en el comedor. Se suponía que había sido enviado a las tierras de cultivo, junto con los otros reclutas que no habían pasado la primera prueba. Pero ahí estaba, con una sonrisa como la de Krista, como si no hubiera sido expulsado en absoluto.
—Hola, Mikasa —me saludó Krista alegremente.
Yo no respondí de inmediato. Mi mirada se enfocó en las ojeras que ostentaba ella. No había dormido en toda la noche. ¿Cómo diablos podía sonreír de ese modo?
—¿Qué te pasó?
—Fue mala suerte, la verdad —explicó Krista, tomando una taza de avena con leche, una cuchara, y comiendo como si no hubiera pasado una noche en vela—. Estuve hablando con el instructor, a propósito de la expulsión de Eren, justo en el momento en que el supervisor nos encontró. Yo le expliqué a él que, probablemente, el equipo de Eren tuviese alguna descompostura, y los tres nos dirigimos a la bodega a realizar un control extraordinario de equipo. El supervisor me instruyó a que buscara el equipo de Eren, y la mala suerte quiso que la caja en la que se encontraba el equipo estuviera en una parte alta. En realidad, yo fui la tonta. No cuidé bien mi postura, me resbalé y me lastimé la pierna, no sin obtener el equipo. Fue allí cuando el supervisor comprobó que el equipo de Eren se encontraba defectuoso. Me habría gustado que hubieras estado allá, Mikasa, porque el supervisor no estaba para nada contento, y le ordenó al instructor a que repitiera la prueba con Eren. Por eso no lo viste aquí antes, porque estaba en la oficina del instructor, seguramente discutiendo sobre la repetición de la prueba Por cierto, pasó sin ningún problema. Ya no tendrás que renunciar al Cuerpo de Entrenamiento.
Cuando Krista acabó de hablar, quedé en completo silencio. Me había imaginado una cadena de acontecimientos completamente distinta, pero luego, me di cuenta que estaba siendo demasiado pesimista. Tonta de mí. No vi a Eren en el campo y de inmediato asumí lo peor. Vi a Krista rengueando, y asumí lo peor. Pero me di cuenta que su cuento había omitido un detalle, y éste no había que buscarlo más allá de sus ojos.
—¿Y por qué las ojeras?
—Es que el dolor en la pierna no me dejó dormir. Los medicamentos hicieron efecto muy tarde para que pudiera tener un buen sueño.
Bueno, aquello explicaba todo el maldito asunto. Todo había sido mucho menos traumático de lo que había imaginado, pero, aun así, me sentí horriblemente mal, no porque hubiera pensado en el peor escenario posible, sino porque Krista había logrado conseguir algo que yo, en mi derrotismo, no pude. Desde ese momento, estuve eternamente agradecida de ella, y me prometí a mí misma ayudarla en lo que fuese que necesitara, incluso defenderla de otras personas.
Poco podía anticipar que haber tomado esta decisión fue lo mejor que me pudo haber pasado.
Dos años habían transcurrido desde que ingresé en el Cuerpo de Entrenamiento, y algunas cosas habían cambiado, otras permanecieron iguales. Me alegro de mencionar que mi relación con Krista cambió para mejor, aunque más de una vez tuve que interceder en su favor, pues su papel en el regreso de Eren al Cuerpo de Entrenamiento no cayó bien a algunas personas. Demás está decir que anulé mi solicitud de renuncia en cuanto supe que Eren había vuelto.
Krista era una chica adorable, muy correcta y amable con todo el mundo. Aquello le hacía una chica muy querida en el grupo, pero todos sabemos que aquello siempre acarreaba envidia. A Annie no le simpatizaba Krista, por ejemplo, pues creía que había venido al Cuerpo de Entrenamiento a hacer amigos, no a convertirse en un soldado, y había algunas ocasiones en las que Annie taladraba con la mirada a Krista, sin ningún tipo de vergüenza. Por fortuna, Krista jamás se separaba demasiado de mí, y era todo lo que ella podía hacer. Annie no era tan tonta como para enfrentarse con Krista en una pelea fuera del entrenamiento. Sin embargo, yo había observado que cada vez que practicábamos combate cuerpo a cuerpo, había ocasiones en las que me tocaba entrenar con ella, y en cada encuentro, ella ponía mucho más empeño que con el resto de sus oponentes. Hasta el momento, ninguna de las dos había prevalecido por encima de la otra. Pese a que yo era más fuerte, Annie tenía una técnica y agilidad increíbles. No sabía quién diablos le había enseñado a combatir de ese modo. Era casi como si disfrutar entrenar conmigo, claro que no lo decía explícitamente, y, siempre que acabábamos de entrenar, ella se marchaba en silencio, sin siquiera mirar atrás.
Aparte en Annie, había otras personas que, celosas de Krista, hacían todo tipo de cosas para dejarla en ridículo, pero, por fortuna, yo no era la única que la defendía en esas ocasiones. Prácticamente todos a quienes ella les caía bien, salían en su defensa, lo que para mí era un alivio tremendo. Sin embargo, no entendía por qué había gente a la que Krista no le caía bien. Me imaginaba que por las mismas razones que Annie, pero, viendo el esfuerzo que Krista hacía para convertirse en un buen soldado, no creía que fuesen celos con fundamento. Ni siquiera sabía cuál era la raíz de tales celos. No creía que fuese porque buena parte del tiempo la pasaba conmigo. Esto no era un colegio, donde Krista era la chica popular y toda esa mierda. Esto era el ejército, y había que tomarse las cosas en serio.
No obstante, era cierto que pasaba más tiempo con Krista que antes. Cualquier momento que no estuviese dedicado al entrenamiento, conversábamos de todo tipo de cosas, las cuales iban tornándose más personales conforme pasaba el tiempo. Por alguna razón, Krista seguía evitando temas relacionados con su familia o las razones que la llevaron a enlistarse en el ejército, pero no tenía reparos para hablarme de otros asuntos más… digamos… privados.
—¿Y te gusta un chico en este momento? —me preguntó Krista en una ocasión, después de la cena. Ambas estábamos sentadas afuera del campo de entrenamiento, media hora antes de que tuviéramos que entrar a nuestros respectivos dormitorios—. Recuerdo que se te acercó un tipo con cara de caballo cuando llegamos al Cuerpo de Entrenamiento.
—No creo que alguien me guste de verdad —respondí, sin pensar realmente. Aún recuerdo que Jean me dedicó un cumplido en esa ocasión, pero me pareció un poco pretencioso, aunque su voz se quebrara a ratos. De todas maneras, él no era mi tipo. La verdad, los únicos chicos con los que había interactuado hasta el momento eran Armin y Eren. Yo no era capaz de ver a Armin como algo más que un amigo, pero Eren era harina de otro costal. La verdad, no quise admitir que no me molestaría ser algo más que una hermana adoptiva para él—. ¿Qué hay de ti?
—No hay nadie que me guste —repuso Krista con seriedad—. Pero veo que Ymir hace muchos esfuerzos para llamar mi atención. Y Annie hace lo mismo contigo, pero de manera más sutil.
—¿Eso crees que está haciendo Annie? —pregunté, pero luego me di cuenta que Krista no andaba dando palos de ciego. Recordé todas esas sesiones de entrenamiento que tuve con Annie, y me di cuenta que ella peleaba con más ganas cada vez que lo hacía conmigo—. Espera un momento. ¿Me estás diciendo que yo le gusto a Annie?
—Probablemente —dijo Krista, quien no parecía afectada por el tema—. Honestamente, no me molesta que yo le guste a otra chica.
—¿Aunque a ti no te gusten?
—Bueno, soy muy joven para decir con certeza si me gustan los chicos o las chicas… o ambos —dijo Krista, encogiéndose de hombros—. De todas maneras, no he socializado lo suficiente para tener las cosas claras de momento.
—Me parece justo —dije, pensando que sería igualmente justo que me dijera si había alguien que le gustara. Estaba pensando en eso cuando recordé algo de lo que me había dado cuenta antes, pero que no se lo había mencionado a Krista, y juzgué que debería saberlo, pues le concernía a ella—. Por cierto, he notado que Reiner te mira bastante. Desde la primera prueba que me di cuenta de eso.
Krista se llevó una mano al mentón, pensando, para luego darme una respuesta.
—No me he dado cuenta de eso.
—Al principio no le di importancia, pero ahora que estamos hablando sobre el tema, pensé que sería relevante —dije, pero Krista no parecía muy interesada en hablar del asunto.
—No he hablado con él —dijo, cruzándose de brazos—. No es mi tipo, en todo caso.
—¿Y qué clase de personas te gustan?
Krista reflexionó por un rato antes de darme una respuesta.
—Bueno, tengo una debilidad por personas que son fuertes, con confianza en sí mismas, leales y que me valoren como persona.
Krista dijo esas palabras de manera casual, pero noté que ella me estaba mirando a los ojos cuando las dijo. No vi rubor alguno en sus mejillas, pero distinto era el caso mío. Sentía un leve ardor en mis mejillas cuando me di cuenta que yo cumplía con varias de aquellas cualidades. No seas tonta, Mikasa. Es solamente una coincidencia. Respiré hondo para calmarme, y, de a poco, el ardor fue desapareciendo.
—Bueno, ojalá que encuentres a una persona así —dije, ofreciéndole una muy leve sonrisa.
—Si es que sobrevivo al entrenamiento —dijo Krista, esta vez, en un tono lúgubre y mirando al suelo. Viendo que iba a deprimirse nuevamente, la tomé por los hombros, haciendo mi sonrisa un poco más amplia.
—Vas a sobrevivir al entrenamiento, y a todo lo que se te ponga por delante —le dije, sin crispaciones de tono—. Me tienes a mí. Soy tu amiga. Puedes apoyarte en mí cuando quieras.
Krista alzó la mirada, encontrándose con la mía.
—Gracias —dijo, componiendo una sonrisa.
No sé por qué, pero me dio la impresión que Krista sonó un poco decepcionada por alguna razón, pero no dijo nada más. Después de eso, decidimos irnos a nuestros respectivos dormitorios, pues se acercaba el toque de queda.
Después de esa conversación, los días fueron transcurriendo de forma normal. Ninguna de las dos volvió a hablar del tema, aunque sí notaba que Krista me miraba con un poco más de frecuencia que antes, sonriéndome más a menudo. Tal vez esa conversación obró algún efecto en ella, tal vez se sentía con más confianza porque yo la consideraba una amiga, y porque le había dicho que podía contar conmigo.
Un día, acabábamos de salir de un duro entrenamiento en el bosque. Krista me estuvo observando todo el tiempo, e incluso me había visto entrenar fuera de las horas regulares. Más encima, se propuso imitar mis rutinas de entrenamiento, aunque le costó mucho trabajo hacerlo, porque ella no era una chica que hubiera hecho algún esfuerzo físico significativo antes de entrar al Cuerpo de Entrenamiento.
—¿Y siempre has tenido esos abdominales tan marcados? —me preguntó Krista en una ocasión. Por un momento, la pregunta me sorprendió, pero luego recordé que ella me había visto entrenando, y no llevaba mucha ropa en esa ocasión.
—No siempre —le respondí, mientras jugaba con mi cena, pues no tenía mucha hambre—, pero desde que cobré conciencia de que este mundo era cruel, decidí tomar cartas en el asunto.
Nuevamente, juzgué prudente no revelar la verdadera razón por la que tenía el físico que tenía, pues Krista tampoco me había revelado nada sobre sus padres y acerca del real motivo por el que había ingresado al ejército. Pese a que le había preguntado en varias ocasiones sobre el tema, su respuesta siempre era la misma. No fue hasta hace poco que aprendí a respetar sus secretos, y ella hizo lo mismo con los míos. Ambas creíamos que, tarde o temprano, íbamos a tener la suficiente confianza para ser completamente honestas la una con la otra.
—Veo que te llevas bien con esa tal Ymir —dije, mirando hacia atrás, viendo que la aludida tenía la mirada fija en Krista, sonriéndole de lado.
—Es graciosa —repuso Krista, componiendo una cara de sospecha—, y siempre me desafía a hacer cosas que yo jamás había hecho antes. Algunas me gustan, otras… bueno, no tanto. Pero al menos no me obliga a hacerlas.
—Al menos es considerada —dije, volviendo a posar mis ojos sobre los de Krista. Me sorprendí. La vi tranquila y contenta. Nunca la había visto en ese estado, ni siquiera desde que comenzó el entrenamiento. Asumí que se sentía así porque Ymir le había ayudado a sentirse más en casa que antes, aparte de otras cosas. No obstante, también sabía que ella era un poco celosa. Recordaba la forma en que me había hablado cuando me vio dialogando con Krista—. Creo que le gustas.
—No seas tonta —me dijo Krista, aunque noté que se había puesto un poco roja.
—No sería malo si fuese verdad —le dije, tratando de componer una sonrisa sincera, lo que asumí que conseguí, porque el rubor de Krista desapareció—. ¿Por qué no lo intentas?
—Es que… no creo que deba hacerlo. Se supone que estamos aquí para convertirnos en soldados, no para buscar pareja.
Arqueé una ceja. Esa no era la Krista que había conocido hace dos años atrás. Claro, seguía siendo la chica amable y bienintencionada de siempre, pero noté que, en ese tiempo, había un compromiso creciente en ella por ser más hábil y más fuerte. Pero nunca lo había manifestado de forma textual.
—Eso es bueno —le dije, dando otra cucharada a mi comida.
—Gracias a ti pienso de ese modo —dijo Krista. Eso consiguió estremecerme un poco, pero la impresión desapareció al cabo de un rato. En esos dos años, ella siempre me observó de cerca, tratando de imitar mis movimientos, replicar mis rutinas de entrenamiento, y como resultado, se estaba convirtiendo en un mejor soldado.
—Has cambiado.
—Lo sé, pero no quiero que esto defina lo que soy. Me gusta agradar a la gente, pero no quiero que eso me haga débil. —Krista hizo una pausa breve, crispó los puños y miró al suelo, estremeciéndose levemente antes de continuar hablando, en un tono más bajo—. Ya estoy harta de ser débil. Quiero ser fuerte, como tú, y te agradezco que me hayas ayudado con esto. No habría podido hacerlo sin ti.
Yo creía que Krista se iba a conformar con las palabras, pero no esperé lo que hizo a continuación. Se puso de pie, se acercó a mi, y me abrazó. Les juro que me quedé enraizada al piso, sin saber cómo diablos reaccionar. Una parte de mi cabeza quería devolverle el abrazo, y la otra se preguntaba por qué lo había hecho. Al final, para cuando me animé a devolverle el favor, ella ya se había separado de mi.
—Gracias —dijo Krista, suave y dulcemente, mirándome brevemente antes de irse del comedor hacia los dormitorios. Yo seguía sin poder moverme, y tuvo que pasar un rato para que pudiera hacerlo. Cuando lo hice, noté que Ymir tenía la mirada puesta en mi, sus ojos como rendijas y el entrecejo arrugado.
Al final, decidí ignorar a Ymir, y me fui a sentar con Eren y Armin, quienes dialogaban con Sasha y Connie acerca del entrenamiento de esa tarde. Jean lucía como si él pudiera derrotar al titán colosal y al titán acorazado por su propia cuenta. Asumí que lo hacía para impresionar a alguien, y no le di demasiada importancia.
Lo que sí me importaba, era no quedar atrapada en un triángulo amoroso.
