VII
Caos
Al día siguiente, sin embargo, hubo mucha gente que deseaba ingresar al Cuerpo de Exploración. El acalorado discurso de Eren la noche pasada había hecho bien su trabajo. En todo caso, a mí no necesitaba convencerme. Si él iba al Cuerpo de Exploración, yo lo iba a seguir de forma incondicional.
Yo me encontraba en las barracas de Trost, haciendo inventario de armas, mientras que Eren estaba en lo alto del muro, revisando los cañones, junto a otros compañeros de promoción. Ese día, aquellos que habían decidido entrar a la Policía Militar debían viajar al interior para reunirse con el resto del contingente. De los diez primeros, solamente uno había decidido unirse a las filas de la Policía Militar. Honestamente, pensaba que Annie también iba a unirse a Krista, pues no tenía ningún interés por el Cuerpo de Exploración o la Tropa de Guarnición. No quería creer que lo había hecho solamente porque, probablemente, yo fuese un interés romántico para ella, porque, si así fuese, sería el motivo más ridículo para entrar al Cuerpo de Exploración que jamás hubiese conocido. Tenía que haber algo más de peso detrás de su incomprensible decisión, pero no valía la pena machacarme el cerebro por eso de momento. En cuanto a Krista, ella ya había tomado su decisión, y yo no iba a influir en eso. De hecho, ella también estaba haciendo inventario de armas, pero en otra sección de las barracas. Había otros que, aunque no estaban entre los diez primeros, también decidieron entrar al Cuerpo de Exploración, como Armin y, por desgracia, Ymir. Ignoraba la forma en que ella había enfrentado la decisión de Krista de unirse a la Policía Militar, pero asumía que no lo había tomado para nada bien. Pero después de un rato, supe con certeza que así había sido, porque vino a encararme, diciendo que había sido mi culpa que Krista hubiera optado por irse al interior.
—Ella lo había decidido desde que llegó aquí —le dije, tratando de tranquilizarla, pero no había caso—. No me culpes a mí de sus decisiones, así que, por favor, deja de molestarme. Estoy tratando de trabajar.
Noté que Ymir tenía el ceño fruncido, pero nada más podía hacer. Había personal de la Tropa de Guarnición en el lugar, y causar problemas, por la razón que fuese, podía tener serias sanciones. Ymir no tuvo más elección que retirarse, y yo continué realizando mis labores.
Fue cuando ocurrió.
Un temblor sacudió todo el edificio, y las balas de cañón, espadas, cilindros de gas, todo cayó al suelo, dejando un desorden de aquellos y arruinando todo el trabajo del día. Muchos pensábamos que aquel había sido un evento de la tierra misma, pero cuando escuchamos a la gente murmurar en señal de nerviosismo, todos abandonamos nuestras labores y salimos al exterior. Notamos que la gente miraba hacia lo alto del muro, y miramos en esa dirección.
El titán colosal había vuelto a aparecer.
Enseguida me vi asaltada por una sensación de urgencia, una que trataba de hacer que acudiera al muro lo antes posible. Pero antes que pudiera hacer nada, el capitán nos ordenó replegarnos de vuelta a las barracas, pues ya se estaba formulando un plan de acción en contra del titán colosal. Pero apenas terminó de hablar, otro estruendo se escuchó a lo lejos, y todos supimos lo que había pasado.
Era como volver a Shiganshina, hace cinco años atrás.
Realmente esperábamos que nuestros superiores tuvieran un plan para enfrentar la emergencia, porque si no era así, mucha gente iba a perder la vida, soldados y civiles por igual. Por mi parte, aún sentía el retortijón en mi estómago, sin saber qué diablos había pasado con Eren, si había sobrevivido al ataque del titán colosal, o si había sido barrido por éste. No fue hasta que llegó un soldado con el reporte de los efectivos en el muro que me sentí más tranquila. En ese reporte supe que Eren había enfrentado al titán colosal y sobrevivido para contarlo. De hecho, venía en camino hacia las barracas. Todos los soldados, reclutas y veteranos, se dirigían hacia ese lugar. Al parecer, un plan ya había sido formulado.
Todos escuchamos al capitán recitar el plan. Básicamente, consistía en dividir a los efectivos en tres grupos: un grupo de avanzada, compuesto básicamente por veteranos, escoltados por reclutas, un grupo intermedio, integrado más que nada por reclutas, y un grupo ubicado en la retaguardia, al que fueron asignados solamente los soldados más hábiles y fuertes, por lo que no esperaba que hubiera reclutas entre sus filas.
Hallaba extraño que nos dividieran en grupos. Si lo habían hecho, era porque los titanes ya habían penetrado en la ciudad. Fue cuando comencé a escuchar los gritos de la gente, huyendo de aquellos monstruos, o siendo devorados por ellos. Entonces, deambulando por las barracas, vi a Eren y a varios de nuestros compañeros de promoción. Eren no lucía herido, o asustado, pero no sabía si sentirme tranquila o no por ello.
—¡Eren! —llamé, aproximándome a él a la carrera—. Eren, ¿te encuentras bien?
Él dio media vuelta, aunque no mostró ninguna expresión al verme.
—Estoy bien, no te preocupes tanto —me regañó Eren. Quedé en silencio por un momento, procesando sus palabras, antes que volviera a tomar la palabra—. Me destinaron a la vanguardia. Tendré mi propio escuadrón. Armin decidió acompañarme. ¿Vendrás también?
—No veo por qué no —repuse, componiendo una sonrisa. Sin importar si el infierno se estuviera desatando allá afuera, no podía soportar dejar a Eren a su suerte. En ese preciso momento, uno de los superiores de la Tropa de Guarnición se aproximó y me llamó por mi apellido.
—¿Qué quiere, señor?
—Vengo a comunicarte que acabas de ser destinada a la retaguardia.
Tragué saliva, no por nervios, sino porque me estaban alejando de Eren.
—Pero, señor, solamente soy una recluta.
—Sí, el recluta más competente de tu promoción. Ahora, anda. No te estaba pidiendo permiso para eso.
El superior se alejó, y miré a Eren como si fuese la última vez que lo viera con vida.
—Deberías obedecer, Mikasa.
—No puedo dejarte solo allá afuera —dije, sintiendo la desesperación hacer que mi corazón latiera más rápido—. Si no estoy contigo, vas a morir pronto.
—¿Vas a desobedecer una orden, solamente para protegerme?
—Haría cosas peores por protegerte.
Por desgracia, Eren no reaccionó bien a esas palabras. Me tomó por los hombros, apretándomelos, sintiendo dolor en ellos. Me miró con el ceño arrugado y una expresión de fiera determinación en sus ojos.
—¡No digas tonterías, Mikasa! —exclamó Eren con la voz ronca. No fui capaz de decir nada para defenderme—. ¡Ya no soy un niño! ¡Tampoco soy tu hijo o tu hermano menor, que anda necesitando que lo protejan! ¡Puedo cuidarme por mi cuenta!
Eren dejó de tomarme por los hombros, y bajé la cabeza, sintiéndome derrotada. Por una parte, no quería que partiera sin mí hacia la vanguardia, donde era muy probable que acabara muerto. Por la otra, tampoco quería llevarle la contraria a sus deseos. Después de todo, no podía protegerle si él no deseaba que lo hiciera. No impedía que me sintiera mal al respecto, sin embargo.
—Está bien —dije, en voz baja, sin mirar a Eren, y tomándole una mano—. Ve, anda con ellos. Pero, por favor, no te mueras.
Hubo un rato de silencio antes que Eren soltara con violencia mi mano, alejándose hacia el otro lado, murmurando cosas que no alcancé a entender. Para recuperarme de aquella conversación, paseé un rato por el patio de las barracas, viendo a soldados arrodillados, con las cabezas entre sus piernas, murmurando cosas como "no quiero" o "voy a morir". Otros se paseaban de un lado a otro, espadas en mano, las cuales temblaban violentamente. Había personas, como Krista, que consolaban a soldados que hubieran sido presas del pánico, o que se sintieran extremadamente mal a causa de los nervios.
—¿Te sientes bien? —le pregunté a Krista, quien ayudaba a un hombre que acababa de vomitar el desayuno sobre el suelo.
—Todos tienen miedo —dijo ella, quien también temblaba de la cabeza a los pies, pero hacía esfuerzos heroicos por hablar de forma normal—. Todos menos tú —añadió, mirándome a los ojos, sorprendida—. ¿Cómo lo haces para no sentir miedo?
—La verdad, no lo sé —repuse, y era la verdad. Desde el incidente que acabó con la vida de mis padres, había enfrentado amenazas sin ninguna clase de vacilación o miedo. Algo había pasado en esa ocasión que me dio no solamente fuerza sobrehumana y concentración por encima de la media, sino que también me había robado el miedo del cuerpo.
—Tienes mucha suerte —dijo Krista, mirando al hombre que había vomitado, quien tenía los ojos dilatados y caminaba como si llevara unas pesas arrastrándose de sus tobillos—. Todos estos pobres soldados, incluyéndome, no pueden pelear en estas condiciones. Nunca han visto a los titanes de cerca, y cuando vean a uno, no van a pelear. Van a huir, y yo los voy a seguir.
—Krista —le dije, poniendo una mano sobre su hombro—, no hay nada malo en huir. Uno tiene que saber dónde, cuándo y contra quién pelear. Pero recuerda; no entrenaste por dos años para darle la espalda a los titanes. He visto que te preocupas genuinamente por las personas, las consolas cuando tienen miedo, o cuando sienten que deben cargar con el mundo a sus espaldas. Pues, usa tus espadas para demostrar esa misma preocupación por las personas. Defiéndelas, con tu vida si es necesario.
—Pero…
—Lo entiendo, Krista, no quieres morir —le dije, mostrándole una sonrisa—. Todo el mundo piensa de ese modo. Pero, ¿qué prefieres? ¿Entregarles tu vida en bandeja de plata a los titanes, o hacer que trabajen por ello, y si puedes, llevarte a unos cuantos contigo?
Krista me miró como si yo fuese la única persona presente en las barracas. No tenía idea de lo que podría estar pensando, pero, a juzgar por la forma en que tragó saliva, pareció llegar a una conclusión sobre lo que le acababa de decir.
—No hay honor en dejarse matar por miedo —dijo Krista, y esta vez, fue ella quien puso una mano sobre mi hombro, mientras fruncía el ceño—. No voy a entregar mi vida así de fácil.
—Esa es mi chica —le dije, y, sin siquiera pensarlo, la tomé por la espalda y le di un abrazo bien apretado—. Ahora, sal allá afuera, y pon en práctica todo lo que aprendiste en esos años.
Krista asintió en señal de aceptación, justo cuando el capitán dio la orden de salir afuera de las barracas y ejecutar el plan. Por mi parte, dediqué una última mirada a Krista antes de irme a la retaguardia, cobrando conciencia que no me estaba alejando de dos personas a las que les tenía mucho aprecio, sino que de tres.
