Capítulo 11: ¿África mía?
Al mismo tiempo que sucedían los acontecimientos de París…
Después de casi 10 horas de viaje, el avión de Erwin Smith por fin aterrizó en el Aeropuerto Monrovia-Roberts, en la capital de Liberia. Las horas de la travesía, más la preocupación, la incertidumbre y la molestia, sólo habían incrementado su enojo hacia Zöe Hange. Si bien había entendido en París que ella era así y que el deber era el deber, seguía picándole al empresario el hecho de que ella no le hubiera dirigido ni una palabra de despedida o aviso. Nuevamente consideró que huía de él por alguna razón.
Además, estaba fastidiado por haber tenido que viajar en un vuelo comercial y no haber tenido el buen tino de contratar uno privado. Otro punto más para agregar a la lista de culpas de la doctora Hange: hacer que se olvidara de cosas tan básicas y obvias para él y recurrir a soluciones de gente común. Esa mujer le hacía perder la cabeza y olvidarse de quién era y su importancia.
Subió a un taxi y empezó a dar órdenes en inglés. Primero pasaría la noche en el mejor hotel de la ciudad, y a la mañana siguiente se dirigiría a la Embajada de Estados Unidos a utilizar sus conexiones y estrategias para conseguir información y recursos para llegar a donde estaba la doctora.
Una vez despuntado el alba al día siguiente, el imponente rubio entró en el edificio de la embajada como Juan por su casa, como si fuera el dueño del lugar y jefe del mismísimo embajador. Con aire arrogante y autoritario, ordenó que se le permitiera una audiencia con el representante de su patria en ese país. Así de insoportable era Erwin Smith cuando quería conseguir algo y le costaba; podía ser prepotente hasta causar terror.
Apenas le dijeron que podía entrar en el despacho del embajador, abrió la puerta con semblante imperioso, asombrando a guardias, trabajadores y al mismo embajador, quien sabía que se trataba del hijo de Erwin Smith Sr., uno de los hombres más poderosos del mundo.
El rubio no le dio tiempo ni para saludar y le colocó una maleta con dinero en el escritorio.
-Quiero que me dé más información sobre la nueva cepa de Ébola y dónde es. – exigió – También quiero un vuelo privado hacia ese lugar.
Se suponía que esos datos eran confidenciales y no debían salir ni del país ni de las organizaciones a cargo mientras se contuviera al virus. Cosa que hasta el momento seguía bajo control. Pero el embajador sabía que era cuestión de tiempo para que todo se descontrolara, dada la situación sanitaria penosa de la región. Pero tampoco podía permitirse negarle algo a ese millonario: su empresa era proveedora de armas a todos los tipos de entidades en el continente africano, ya fueran del gobierno o de la guerrilla, y no le convenía contrariar a ese príncipe de la muerte. Además de que esa maleta repleta de dinero era más que tentadora.
Le dijo todo lo que sabía y se comprometió en poner a su disposición un jet privado siempre y cuando el rubio tuviera paciencia, ya que esas cosas no se conseguían de la noche a la mañana. Por lo que, unos días después, Erwin Smith volvió al aeropuerto para subirse a su vuelo particular con destino a la pequeña ciudad costera de Harper, donde una camioneta con escolta policial local lo esperaría para llevarlo al asentamiento de Woleke, a orillas del río Cavalla.
Así, el niño malcriado iba en busca de la doctora que lo confundía, moviendo cielo y tierra.
Cientos de kilómetros al sur, en una zona selvática y a orillas del río Cavalla, que dividía Liberia con Costa de Marfil, estaban las pequeñas villas de Woleke 1 y 2, donde hacía unas semanas se habían manifestado los primeros casos de esta nueva enfermedad del Ébola, mucho más fuerte y temible que las anteriores. También se veía afectado el asentamiento de Kablekeh, a pocos kilómetros de los antes mencionados poblados. Afortunadamente en cierto sentido, esas aldeas componían el punto final de las rutas a zonas urbanizadas, por lo que aún no había peligro inmediato de que la enfermedad se dispara. La cuarentena había sido impuesta a tiempo en la zona y se mantendría hasta que todo se controlara o murieran en el intento.
Ahora lo importante era no dejar que la enfermedad llegara a la ciudad de Cavala, de lo contrario, podían empezar a dar por perdida la batalla contra ese microscópico monstruo.
El epidemiólogo Keith Shadis, el infectólogo John Onyankopon y la genetista Zöe Hange componían el tridente al mando del equipo médico que se estaba haciendo cargo de la situación. Si bien la labor de investigación de los tres era sobresaliente, el hecho de que cada día había más infectados hacía que su equipo no diera abasto y que ni siquiera ellos pudieran rendir como médicos y como investigadores. Era una situación que los tenía al límite, llegándose a repartir en las tres villas, reduciendo aún más el personal, pero luchando por hacer lo posible para revertir este mal.
La doctora Zöe Hange se dejó caer sobre la silla con cansancio y frustración. Habían pasado unos días desde su llegada y parecía que había estado sin parar por meses. Apenas puso un pie en la villa y ya la habían vestido y metido al área de pacientes en la carpa que le correspondía. Era el tercer fallecimiento en lo que iba del largo y caluroso día, y lo peor era que había otras dos personas que no pasarían de las próximas horas. Esto se estaba saliendo de control en la diminuta aldea a su cargo, y los pocos médicos que eran ya no daban abasto. Ojalá Keith lograra conseguir más recursos y personal para aplacar la fuerza de la enfermedad y poder desarrollar una vacuna lo más pronto posible.
Suspiró y se levantó. No tenía tiempo ni para asearse ni para comer. Las personas la requerían y el tiempo era oro.
No había lugar para preocupaciones banales.
El lujoso Range Rover en el que un par de agentes llevaban a Erwin Smith, llegó cerca del atardecer a Woleke 1. El rubio de cejas gruesas palideció al ver el panorama que se cernía frente a él, n sólo por las corridas de médicos y aldeanos voluntarios de carpa en carpa, sino también por el nivel de pobreza que había. Algo que él jamás en su vida había visto de cerca.
Vio que un hombre vestido con protección médica salía de una de las carpas para recibirlo.
-Buenos días, soy el Dr. John Onyankopon – lo saludó – Usted no debería estar aquí, pero si lo acompañan las autoridades, supongo que trae algún mensaje del gobierno.
Erwin sudó frío. Él pensando en sus propios objetivos cuando había asuntos más urgentes.
-Mucho gusto, Dr., me llamo Erwin Smith – se presentó – Y no, no soy del gobierno. Vengo en busca de la Doctora Hange.
El médico se desinfló. Se había ilusionado con que él fuera algún nuevo especialista enviado para ayudarles.
-Pues le reitero que no debería estar aquí. – le dijo con seriedad – Y la Doctora Hange no se encuentra en esta aldea, sino en la siguiente. Pero no debe ir…
-¿Ustedes la conocen? – interrumpió el rubio dirigiéndose a los policías que lo acompañaban; ellos asintieron – Entonces, vamos para allá. – volvió a mirar a John - Muchas gracias, Dr. – y se dio la vuelta para irse.
John Onyankopon miraba el vehículo alejarse en dirección a Woleke 2. Justo hoy que el radio no funcionaba y estaba en plena reparación y que Shadis se había dado una escapada a Cavala para requerir más instrumentos y personal.
Suspiró.
Cuando Keith llegara y se enterara de que alguien había llegado alegremente preguntando por Zöe Hange, se cabrearía.
Recién entrada la noche, la castaña pudo hacerse un tiempo para darse un breve baño y alimentarse un poco en su carpa, para luego dar las últimas indicaciones antes de dormir un rato. Ya vestida y dejando la toalla a un lado, comía un sándwich mientras leía algunos documentos cuando escuchó que un vehículo se acercaba. No se inmutó, tal vez era Keith.
Segundos después, escuchó que uno de sus médicos asistentes asignados discutía con el recién llegado. Frunció el ceño, ya que no era el tono de voz de ninguno de sus colegas. Discutían en inglés y el acento de uno de ellos era insoportablemente americano.
Justo en ese momento, de sopetón y sin darle tiempo a siquiera levantarse para ver qué pasaba, Erwin Smith se apersonó dentro de la carpa con gesto serio y lleno de reproche. También tenía el rostro algo demacrado y una barba incipiente, más por la preocupación, que hacía que no tuviera cabeza para otra cosa, que por falta de tiempo o de aseo. La doctora casi se atragantó y dejó caer su preciado sándwich. No... no podía ser... tenía que ser una pesadilla...
Simplemente no lo podía creer. De todos los lugares del mundo, ¿qué hacía Erwin Smith en África? Y no en el África donde los millonarios iban a cazar, a disfrutar de los hoteles exóticos y a pasear en safaris. No. Estaba en una de las zonas más vulnerables, inhóspitas y pobres, con sus aires de niño rico y seguramente sin imaginar cómo era vivir y trabajar así. La castaña no entendía nada y sólo balbuceaba sin entender. En ese instante, uno de los doctores llegó jadeando detrás de él.
-¡Perdone, doctora... pero... no pude... detenerlo! - resollaba.
Zöe dio un respingo para luego prestarle atención, ante la mirada fija y enojada del rubio.
-Está bien... puedes dejarnos solos.
Una vez que se quedaron a solas, en un silencio incómodo y en donde la tensión se podía cortar hasta con una cuchara, la mujer preguntó con tranquila pero fría seriedad:
-¿Qué hace aquí, Sr. Smith?
El permanente ceño fruncido del hombre sólo se profundizó aún más, dando a entender lo disgustado que estaba.
-¡¿Se puede saber, Dra. Hange, qué pretendía abandonando sus obligaciones para venir a este fin del mundo?! - le gritó con autoridad - ¡Vengo a llevármela de vuelta a París, de donde nunca debió haber salido! ¡En donde tiene un compromiso como investigadora y socia!
Hange no podía creer lo que escuchaba. ¿Erwin Smith viajando miles de kilómetros a una villa olvidada por Dios sólo para llevarla de vuelta? Imposible, seguramente tenía cera en los oídos.
-Sr. Smith - empezó molesta y con fría urbanidad – Justamente son mis obligaciones como investigadora y sobre todo como médica, las que me trajeron a este lugar. No veo el porqué de su queja: he dejado todo en orden y organizado en el Centro de Investigaciones como para que usted pudiera seguir trabajando cómodamente en mi ausencia con mis asistentes. - y agregó, aún más enojada por la imprudencia del hombre - Además... ¿cómo pudo venir aquí, con lo peligroso que es? ¡¿No se da cuenta de que a pocos metros hay gente gravemente enferma debido a un virus infeccioso? ¡Porque me imagino que ya estará al tanto de las circunstancias!
Erwin seguía con su cara de piedra.
-En efecto. - le respondió con el mismo tono – He recolectado gran información con suma facilidad, lo cual demuestra que no hay nada que el dinero no pueda comprar. - agregó con arrogancia - ¡Pero he de decirle que nada le da el derecho de dejarme solo para venir aquí! ¡No me importa lo que suceda en este lugar! ¡Que sean otros los que se encarguen! ¡Vengo a llevármela y de paso a salvarla de todo esto!
-¡A MÍ NADIE ME TIENE QUE SALVAR DE NADA! ¡YO SÉ CUIDARME SOLA! ¡Y SI ME MUERO NO ES DE SU INCUMBENCIA!
-¡CLARO QUE ES DE MI INCUMBENCIA! ¡USTED TIENE QUE ESTAR AL FRENTE DEL EVENTO DE MARIE!
La doctora palideció y sintió náuseas... ¿en serio él le estaba diciendo esas cosas tan frívolas en medio de ese infierno? Parecía cosa de comedia.
Cruzó la habitación de tres zancadas hasta llegar al rubio para propinarle una cachetada que resonó hasta en la selva.
-¡¿CÓMO SE ATREVE A HABLARME DE ESA ESTÚPIDA GALA EN MEDIO DE ESTA TRAGEDIA?! - vociferó con furia mientras él la miraba atónito - ¡HAY GENTE MURIENDO Y MÉDICOS ARRIESGANDO SUS VIDAS PARA QUE ESTA MIERDA NO SE SALGA DE CONTROL Y USTED VIENE A HACER UN BERRINCHE PORQUE SU FACHADA VIAJÓ SIN SU PERMISO Y LO DEJÓ SOLO CON SU FIESTITA! ¡Y TODO PARA QUEDAR BIEN CON LA GENTE Y CON LA MEMORIA DE UNA MUERTA! ¡USTED NO VALE EL DINERO QUE GASTA, ERWIN SMITH!
-¡NO LE PERMITO QUE...!
-¡NO! ¡YO NO LE PERMITO QUE VENGA AQUÍ A REGAÑARME POR NO CUMPLIRLE LOS CAPRICHOS! ¡DESPIERTE, HOMBRE! ¡HAY EN EL MUNDO COSAS MÁS IMPORTANTES QUE GALAS BENÉFICAS Y MÁS PELIGROSAS QUE SUS CONTRATOS! - y luego agregó con sorna - Qué ironía... usted y su padre tan tranquilos con sus mansiones y con sus idioteces, mientras que con sus poderosas manos firman sentencias de muerte vendiendo armas a los gobiernos y a los terroristas, con tal de que las guerras nunca terminen...
-¡CÁLLESE, MUJER!
-¡NO ME CALLO NADA! ¿Y SABE QUÉ? ¡LE VOY A DECIR LO QUE PIENSO DE USTED Y SU PADRE! ¡LOS DOS SON UN PAR DE ASESINOS! ¡SIN UNA MANCHA DE SANGRE EN SUS MANOS, PERO SÍ EN SUS CONCIENCIAS! ¡USTEDES SON LOS QUE MATAN A SOLDADOS Y CIVILES, Y VIOLAN A LAS MUJERES A PUNTA DE REVÓLVER! ¡SON USTEDES LOS QUE...! - se detuvo al ver que Erwin levantaba la mano, listo para abofetearla, lo cual hizo que riera a carcajadas. El rubio bajó la mano, enfurecido y avergonzado por tal impulso, y se dedicó a apuñalarla con la mirada mientras ella se reía.
-No le perdono que haya insultado a mi padre y a mi esposa de esa manera. - masculló con cólera - A mí puede decirme todo lo que quiera, pero a ellos no. - y se irguió, orgulloso - Después de esto, me doy cuenta de que hice mal en confiar en usted... volveré a París y retiraré el apoyo financiero a su centro. Sin duda otros lo aprovecharán mejor. - se dio la vuelta y al abrir la carpa para salir, se quedó congelado en su sitio: ni el Range Rover ni los agentes que lo habían traído estaban allí. Sólo su par de maletas Louis Vuitton que estaban en medio de la polvareda. Lo habían dejado.
Hange se aproximó a sus espaldas.
-Ay, Erwin Smith... - le dijo con burla ya recuperada de su ataque de risa – Lo que hace tu egoísmo. Sobornaste a Dios y medio mundo para ir en busca de una pobre ingrata y te dejaron a tu suerte.
-¡Tengo que volver! ¡Présteme su radio!
-Allá está, puedes usarlo cuando quieras. - señaló con indiferencia – Pero no podrás salir: ahora estás en cuarentena con nosotros. Tu padre tendrá que hacer malabares para sacarte de aquí, y creo que no quedará muy contento con el viaje que hiciste sólo para hacerme una escenita.
Erwin se quedó de una pieza.
-¡¿Qué?!
-Así es. Y ya que rompimos relaciones laborales, te aviso que aquí mando yo, y tendrás que hacer todo lo que te diga si quieres salir vivo y sano de este lugar. - le advirtió - Así que tú eliges: puedes quedarte lloriqueando aquí adentro a la espera de que tu papi mande un ejército en tu búsqueda, eso sí, sin siquiera asomar la nariz afuera... o puedes ayudarnos como voluntario en esta cruzada contra la enfermedad. Tenemos trajes especiales de sobra, así que no te preocupes.
La mandíbula del empresario llegó hasta el suelo. Siempre había sido un hombre muy valiente y arrojado, severo y con un poder de decisión sin igual en el mundo de los negocios, pero esta nueva situación simplemente lo superaba. Jamás había tenido que lidiar con la enfermedad, la pobreza y la prisa, él no estaba hecho para eso. Y ahora, por culpa de un impulso tonto por esa mujer, estaba hundido hasta el cuello de problemas. Problemas con ella, con su padre y hasta diplomáticos. Todo por haberse enojado con ella... todo por sentirse atraído por ella, queriendo dárselas de salvador sacándola de ese agujero y llevándosela a París para que pudiera acompañarlo a esa gala y para que, sobre todo, ella por fin lo mirara como el centro de atención que él se consideraba que era. Quería que lo viera como él quería. Y ahora era él quien la miraba desde abajo.
Estaba aturdido.
Hange lo miraba con algo de empatía. Había salido un rato de la carpa para buscar las maletas del hombre y regresó cargándolas hasta un lado de la entrada. Lamentaba un poco haber sido tan brusca con él, pero el tipo se lo había buscado. Ahora que se pusiera los pantalones y se enfrentara al mundo real, basta de jugar al dueño del mundo detrás de un escritorio. Y ella lo ayudaría en este desafío.
-Ven, siéntate... - le dijo mientras lo llevaba hasta su catre - Dormirás aquí, no tengo otro catre de sobra.
Erwin la miró atontado.
-¿Y tú?
-Tengo una hamaca, dormiré allí. - respondió ella sin darle importancia al asunto – El radio está siempre prendido, puedes usarlo cuando quieras. Y por allá atrás hay una latona en la que puedes lavarte. Aquí pasamos por mucha escasez, así que no esperes algo a lo que estés acostumbrado.
El rubio no se atrevía a mirarla. Estaba totalmente avergonzado, cosa que se manifestaba con el ligero rubor en sus mejillas. Ella lo miraba algo divertida.
-Ahhhh... - suspiró - Hiciste que dejara caer mi sándwich... tendré que hacerme otro y supongo que tienes hambre, así que haré otro más para ti...
-¡¿Qué es esto?! - retumbó una voz grave desde la entrada.
Era Keith Shadis.
Había llegado de Cavala para dar las noticias de nuevos elementos de trabajo y recursos sanitarios, pasando primero por la aldea de Hange. Quería darle una sorpresa y el sorprendido resultó ser él.
Pues un hombre rubio y bien parecido estaba sentado en su cama con gesto cansado y un par de maletas de lujo al lado.
Erwin, en cambio, vio ante sí a un hombre calvo, alto y de buen porte, de rostro severo y curtido por la vida y el mundo. Por el acento, era británico. Estaba ataviado en una típica camisa de safari, pantalones de lana oscura color caqui, borcegos de cuero, cazadora estilo Wested Leather y sombrero fedora en la cabeza. Le faltaba el látigo y era Indiana Jones.
-¡Keith! - chilló la castaña sudando la gota gorda – Te presento a Erwin Smith, el nuevo voluntario de Woleke 2. Erwin, él es el Dr. Keith Shadis, mi jefe y el médico que me convocó.
Ambos hombres se miraron con desconfianza. Erwin se puso de pie, y con suma elegancia se acercó al médico para ofrecerle la mano. El otro se la estrechó, aplicando fuerza de más y demostrando que no era del todo bienvenido. Pero el rubio no se quedó atrás, lo miró desafiante y también procedió a apretar el agarre de su mano. Se estaban tirando rayos láser con las miradas.
-Bueno... - farfulló Hange. Los dos volvieron a la realidad y se soltaron.
-¿Se puede saber cómo pasó todo esto? - inquirió Shadis - ¿De dónde salió este señor y por qué está aquí? - le dirigió una mirada filosa al nuevo integrante del campamento, quien se la devolvió. Se cayeron mal desde el primer instante.
-Ah... es una historia larga, después te la cuento... - respondió Zöe nerviosa – Por lo pronto se quedará conmigo en mi carpa, ya nos organizamos.
-¡¿Cómo que en tu carpa?!
-Usted no debería cuestionar mucho las decisiones de la Doctora Hange. - intervino Erwin - Más aún cuando son personales... cosas de nosotros dos.
-Pues todo lo que pasa aquí, ya sea personal o no, es de mi incumbencia, hijo. - le espetó el otro – En fin, sólo vine a avisar que en los próximos días vendrán más insumos y personal para auxiliarnos en lo que nosotros investigamos. - miró a Erwin con veneno – Y mañana quiero una buena explicación de todo esto. Ahora tengo que irme, tengo que ver cómo están las cosas en Kablekeh y darle la noticia a John... hasta luego. - salió hecho una furia de la carpa.
-¡Gracias Keith! - exclamó la castaña - ¡Nos vemos!
-Ese hombre se toma muchas libertades contigo. - observó Erwin una vez solos – Da la impresión de que le perteneces.
-No lo culpes. Fue mi novio por algunos años.
Erwin giró bruscamente la cabeza para mirarla con asombro.
-¡¿Cómo que novio?! - exclamó.
Ella simplemente se encogió de hombros.
-Fue mi profesor en la universidad... y clase va, clase viene, cuando me di cuenta ya estaba enredada con él. - le explicó ella como si nada – Y ya ves, simplemente no funcionó. Pero es asunto pasado.
-Pues para él no parece cosa del pasado. - repuso Erwin celoso.
-Vamos, Erwin, ni mi padre fue tan castroso como tú pareces serlo. - le regañó dulcemente la doctora – Anda, lávate en lo que yo hago los sándwiches y luego nos acostamos a dormir. Mañana hay mucho trabajo por hacer si es que no nos levantan antes; por suerte esta noche no me toca hacer guardia.
Erwin palideció.
-¿Pero aquí adentro?
-Ay, no voy a ver nada que no haya visto antes en un hombre. - rezongó Hange – Y no seas remilgoso; estaré de espaldas, así que no te veré.
Erwin suspiró. Era un hombre de 40 años y se estaba empezando a comportar como un niño de 15 ante su primera experiencia. Tenía que poner la mente en blanco y encauzarla como lo hacía en sus reuniones y conferencias. Pero con ella no se podía hacer tal cosa. Era de otro mundo.
Y así, Erwin se "bañó" en una gran latona, cuidándose de no mostrar de más; comió un improvisado sándwich de ingredientes de dudosa procedencia hecho por Zöe Hange y al final de todo, se acostó a dormir en un duro catre en medio del calor húmedo africano. El ventilador no les daba abasto, pero por lo menos estaban protegidos de los mosquitos.
Mientras la noche avanzaba y antes de caer dormido, Erwin observó la durmiente silueta de la doctora colgando de una hamaca. Hacía unos ruiditos nasales muy graciosos. Se preguntó si realmente todo lo que le había dicho sobre lo que pensaba de él y de su padre era verdad, y algo en su interior se removió incómodo. Tal vez era lo que todo el mundo pensaba, sólo que él prefería mantenerse ajeno a las opiniones negativas y pensar que era adorado por todos, hasta por sus detractores. Decidió que llamaría a la embajada por la mañana y pensaría mejor las cosas. Por lo pronto, era mejor conciliar el sueño.
Mañana sería un día muy agitado.
