Capítulo 12: Declaración de guerra
Erwin caminaba por la tupida selva sin rumbo, cuidando de sus pasos y mirando a su alrededor con creciente temor, pues parecía que en cualquier momento la espesura se cerraría sobre él tragándolo vivo. Se sentía atrapado y sofocado por esta nueva situación en la que se veía. Todo era diferente a lo que estaba acostumbrado: la gente, el lugar, el clima, las condiciones… él no quería saber nada de eso. Se sentía impotente, no era un hombre tan de hierro como él mismo pensaba.
De repente, la vio a su lado. Con su cabello rojizo y sus ojos verdes, Marie le sonreía radiante, tranquilizándolo sólo con esa bella mueca y sin necesidad de palabras. Sintiéndose más seguro, Erwin le tomó de la mano y empezaron a caminar juntos, hasta que, sin previo aviso, ella le soltó y empezó a alejarse. Con terror, el rubio se dio cuenta de que estaba paralizado, no podía moverse para seguir a su esposa. Ella se dio la vuelta para dedicarle una última mirada dulce y se despidió:
-Hora de despertar, Erwin.
-No… no me dejes, Marie… ¡MARIE! – gritó Erwin levantándose de golpe, asustado y sudoroso. Había pegado un grito tan fuerte que sintió la garganta arderle, además del rastro de lágrimas que tenía en las mejillas. Después de unos segundos, percibió que estaba sobre un catre y dentro de una carpa, y a pesar de que aún estaba oscuro, era ya de madrugada y la gente iba y venía afuera.
Así que su viaje y su consecuencia no habían sido un sueño, tenía la esperanza de despertar y estar en la cómoda cama de su departamento en París. Pero no.
Escuchó que alguien se aclaraba la garganta a su lado y levantó la vista para encontrarse a Zöe Hange mirándolo con cierta desilusión, con sus ojos reflejando decepción y tristeza. Se había levantado momentos antes de que él despertara, y había escuchado cómo llamaba desesperado a su difunta mujer.
-Buenos días, Erwin. – saludó secamente – Allá tienes café recién hecho y algunas galletas.
-No quiero nada de este lugar. – le espetó él, aún frustrado. – Usaré el radio. – se levantó de un brinco y fue rápidamente hacia el aparato.
-Te ayudaré. – dijo la doctora, más desanimada que antes. No podía negar que verlo llegar tan lejos por ella la había ilusionado de alguna manera, pero sólo duró un instante, pues el hecho de que el hombre sólo tuviera presenta a su esposa como motivo para su búsqueda le había destrozado el cuento. Y la probable pesadilla que tuvo y que culminó con él llamándola, sólo lo confirmaba. Se dio cuenta de que el hombre daría cualquier cosa por no estar allí con ella y resucitar a Marie.
Le ayudó con el uso del radio y las coordenadas para poder comunicarse con la Embajada de Estados Unidos, y cuando lo lograron, empezó el verdadero tormento para Erwin Smith. Pues le habían dicho que era imposible sacarlo de allí debido a la cuarentena y que harían todo lo posible para comunicarse con su señor padre, para ver si había alguna posibilidad a futuro. Al final, no le prometieron anda y cortaron la comunicación. Erwin se veía abatido. La doctora le sirvió una taza de café y le acercó un plato con galletitas.
-Vamos, come un poco. – le dijo suavemente – Hoy no va a ser necesario que me acompañes, puedes quedarte aquí. Pero si necesitas algo, debes ponerte aquel traje para poder salir. – le señaló un equipo de protección médica que ella había sacado para él.
-Gracias. – le dijo él sin ganas. Ella lo miró apesadumbrada y se marchó a trabajar.
Cuando la mañana avanzó, Erwin se cansó de carburar y lamentarse, y decidió explorar lo que había en la carpa. Encontró documentos académicos, libros de medicina, revistas de actualización y otras cosas que en otros tiempos no le habrían interesado en lo más mínimo, pero ahora, dadas las circunstancias, eran lo mejor que tenía para matar el tiempo e informarse un poco.
En ese momento, Keith Shadis hizo nuevamente su aparición en la carpa de la doctora.
-Buenos días, Dr. – lo recibió el rubio con el ceño fruncido. - ¿Se le ofrece algo? La Dra. Hange está con sus pacientes.
-No vengo a verla a ella, vengo a verlo a usted. – le informó el hombre con severidad mientras se acercaba al empresario – Por lo poco que supe, usted vino aquí en busca de Zöe. No sé qué es lo que pretende con ella, pero le advierto que no dejaré que sea víctima de los caprichos de un niño rico. Es una mujer que merece respeto… y a un hombre de verdad.
-Supe que ustedes tuvieron una relación. – le contestó el otro – Pero que ya es cosa del pasado, así que permítame decirle que la Dra. Hange es una mujer adulta que sabe lo que hace. Además, no debería meterse en su vida, le busque quien le busque en este fin del mundo.
-¡¿Qué es lo que quiere usted de ella?! – se alteró Shadis. - ¡¿Acaso está enamorado de ella?! ¡Esa es la única explicación plausible para esta locura de viaje que hizo!
Erwin quedó congelado de la impresión. Nunca lo había pensado de ese modo; ahora todo el mundo pensaría que sentía cosas por la castaña. No era que no las sintiese, pero no estaba enamorado de ella, no estaba enamorado de nadie. Sólo de Marie, de ella y para siempre.
Sería un insulto a su memoria siquiera imaginarse rehaciendo su vida con otra mujer. Simplemente no podía.
Pero Keith Shadis le caía mal, y si podía utilizar eso para atormentarlo (pues se daba cuenta de que el hombre seguía enamorado de la médica), lo confundiría con gusto.
-Las razones que me trajeron hasta aquí sólo nos competen a ella y a mí y lo que dejamos en París. – le soltó con frialdad – No hay motivo para que usted se altere y se interese por nosotros y por nuestra relación. Así que le pido que no se meta entre ella y yo. – finalizó con desdén.
Era tanta la rabia en el Dr. Keith Shadis que por poco no le creció pelo en la cabeza del coraje. No sólo había contactado con la castaña por su impoluta profesionalidad, sino también porque en el fondo, quería hacer las paces y retomar su relación con ella aprovechando que estarían solos y lejos del mundanal ruido. Una decisión egoísta teniendo en cuenta el heraldo de muerte que acosaba a la zona, pero un riesgo válido para Keith Shadis, quien no le temía a nada y sabía que ella tampoco.
-Pues la última palabra la tiene ella. – le desafió – No estoy dispuesto a dejar que sea carne de cañón para buitres millonarios como usted, y créame que sé tratar con alimañas de su tipo. – y añadió – Así que es usted quien no se meterá entre nosotros, Erwin Smith. Esto es una declaración de guerra.
-Entonces que así sea. – contestó Erwin. Esto se había tornado personal de un momento a otro.
Mientras tanto y a pocos metros, el motivo de la discordia, mientras trabajaba a las corridas en pos del bienestar de sus pacientes, sentía que extrañamente le ardían las orejas.
En Aubagne, una mujer se preparaba para salir de la posada en donde se hospedaba para ir rumbo a Stohess. Pues hoy sería el día en que se enfrentaría con el actual dueño de Romarins. Durante años había buscado a su única hermana sin cesar, desde que pudo contar con algo de dinero para contratar investigadores. Uno de ellos pudo seguir el rastro desde la villa donde habían crecido hasta el pueblo de Aubagne, de paso enterándose de que una tía suya vivía allí, razón por la cual su hermana había decidido ir hasta tan lejos. Lamentaba haber abandonado a su familia siendo tan joven, pero simplemente estaba tan cansada de la pobreza que se vio obligada a tomar el primer tren con sus pocas pertenencias para salir de allí y procurar por una nueva vida. Le había costado, y aunque hoy en día no era rica ni mucho menos, podía vivir holgadamente, por lo que juntó finalmente valor para volver por su familia, sólo para encontrarse con que sus padres habían muerto y su hermana desaparecido años atrás. Y ahora todas las pistas la llevaban hacia este lugar, en donde se perdía el rastro de su hermana para descubrir otras cosas. Cosas que iban desde la muerte de la familia de su tía hasta la compra de Romarins a manos de los Ackerman.
Tal vez ya no encontraría a su hermana Nifa, pero se había topado con una gran oportunidad. Por lo que llamó a su abogado para sopesar los pros y los contras de lo que pretendía hacer. Y aquí estaba, lista para enfrentar a la familia más poderosa de Aubagne, los Ackerman.
Kenny Ackerman desayunaba tranquilamente en Stohess. Hacía unos días, Levi había llamado para avisar que la documentación de su propiedad en Lyon estaba en regla, pero que se quedaría en París de forma indefinida. Tal vez por fin el enano se animó a disfrutar de una vez por todas de los placeres mundanos, ya parecía un monje ermitaño encerrado en Aubagne. Pero no dejó de notar su tono amenazante y frío detrás del teléfono. Más de lo normal… bah, cosas de él.
Una empleada llegó a las corridas en ese momento.
-¡¿Por qué entras así, mujer?! – la regañó Ackerman - ¡¿No ves que estoy comiendo?!
-¡Lo siento, señor Kenny! – farfulló la mujer - ¡Hay una mujer en la sala que exige hablar con usted! ¡Dice que no se irá hasta verlo!
Kenny hizo una mueca de fastidio y se levantó para ver quién era la dichosa dama que quería verlo. Esperaba que no fuera otra de esas mujerzuelas que le adjudicaban la paternidad de sus retoños, lo cual siempre era falso. Si había algo de lo que Kenny Ackerman se podía jactar con orgullo, era de cuidarse para justamente no dejar bastardos regados por el mundo. A estas alturas, el único feliz con algún bastardo Ackerman sería Jon, no él. A la mierda la herencia y el linaje.
Pero al llegar en la sala, no reconoció a la visitante. Se extrañó.
Era una mujer que sobrepasaba un poco en edad a Levi, pero aún con el encanto de la juventud. Su cabello corto y negro como la noche resaltaba su pálido rostro adornado por pecas y sus ojos ambarinos se le hacían muy conocidos a Kenny. Ella le sonrió amablemente, lo cual no condecía con su mirada llena de desafío.
-Buenos días. – lo saludó - ¿Es usted Kenny Ackerman?
-¡¿Quién eres tú?! – ladró el hombre - ¡No recuerdo haberme acostado contigo!
Qué tipo ordinario, pensó. Pero mantuvo su sonrisa, porque disfrutaría de su cara cuando le dijera a lo que había venido.
-Permítame presentarme. – saboreó cada palabra a medida que lo decía – Me llamo Ilse Langnar. Soy sobrina de la esposa del último dueño de Romarins, la señora Manon Ral. – Kenny quedó pasmado y con los ojos como platos – Vengo a dejarle documentación que acredita mi identidad y que lo cita a usted y a su abogado a tratar cierto asunto que nos incumbe a ambos.
Kenny se recuperó y le dirigió una mirada filosa.
-¡¿Qué asunto?!
-El asunto que me deja a mí como única heredera política de Romarins a falta de herederos naturales. – decretó ella con voz alta – Y tengo todo preparado y listo para reclamar las tierras y el manantial.
Kenny temblaba de la ira. Se acercó y le arrebató los papeles que ella le extendía para poder leerlos. Era verdad, la tipa esa hablaba en serio.
-¡¿Y tú quién te crees que eres para venir a reclamar después de veinte años?! – empezó a intimidarla - ¡Nadie se mete con los Ackerman y sale ileso, mocosa! ¡Así que lárgate y no molestes! – era su último intento para meterle miedo y desistiera de hacer un juicio, pero no le resultó.
-Me iré ahora, Sr. Ackerman, pues sólo vine a dejarle estas copias de los papeles que demuestran la veracidad de mi reclamo. – le advirtió – Pero sepa que nos volveremos a ver, y si no es de manera pacífica y llegando a un acuerdo, será en tribunales. Tengo todas las de ganar, ya que no hay nadie vivo de los Ral y soy la única pariente viva de la fallecida dueña. Así que le aconsejaría que se lo piense mejor y no se estrese insistiendo en algo que no tiene caso. Pero si quiere guerra, guerra tendrá. Hasta luego. – caminó directamente hacia la puerta y como llegó se fue.
Kenny vociferaba detrás de ella.
-¡PUES NI CREAS QUE ME DARÉ POR VENCIDO! ¡ROMARINS ES MÍA! ¡NO ME ESFORCÉ TANTO POR ELLA PARA NADA! ¡ADEMÁS, NO TE PARECES EN NADA A TU TÍA!
A continuación corrió escaleras arriba hacia la habitación de Jon, quien ajeno a todo, comía plácidamente en su cama mientras Kuchel tejía junto a la chimenea del aposento en lo que le hacía compañía. Ambos dieron un respingo cuando el hijo mayor entró violentamente.
-¡Kenny! ¿Qué sucede? – se alarmó su hermana al verlo hecho un diablo.
-¡¿Por qué entras así, mocoso?! – le espetó Jon, quien casi se atragantó.
-¡NOS VAN A QUITAR ROMARINS! ¡VOY A MATAR A ESA MUJER!
Ya eran las 11 de la mañana, y Levi esperaba impaciente en el punto de encuentro. Era en un espacio poco concurrido frente al dichoso restaurante citado en plena Torre Eiffel. Algo bueno para él, porque lo único que quería era que llegara Zeke para pegarle un puñetazo, amenazarlo e irse, y entre menos personas lo presenciaran, mejor. Aunque no podía negar que el lugar permitía apreciar la estructura de la torre, así como también la mejor vista de toda París.
Escuchó a sus espaldas un carraspeo muy conocido, y, preparando el puño con creciente odio, se dio la vuelta bruscamente para encarar a Zeke. Pero en vez de avanzar hacia él para ajusticiarlo, se quedó paralizado en su sitio. Porque el rubio de lentes no venía solo.
Mikasa había llegado junto a él.
Y Zeke sonreía como nunca.
El muy maldito lo había planeado muy bien. No sólo así se escudaba de algún posible ataque de Levi, sino que también daría comienzo a la tortura emocional. El rubio no era nada tonto: sabía que el azabache ataría cabos al ver a la chica, o por lo menos lo haría dudar. Además, él sabía que Petra le había mentido, ya que después de haberle dicho de la llegada de Levi a París, había mandado a seguirla, descubriendo que en efecto se encontraban a escondidas. Casi cayó presa de una crisis de rabia, pero se serenó… su gran carta de triunfo era Mikasa, y estaba seguro de que si Levi no sabía que era su hija, lo sabría pronto. Y el martirio comenzaba ahora.
Levi, por su parte, no podía dejar de mirar atónito a la joven que había llegado junto a su enemigo. Su propia hija. Ahora que podía verla mejor, esa chica era Ackerman de la cabeza a los pies: cabello azabache, ojos grises, piel pálida… además, era tan alta como Kenny y Jon (aunque también pudo haberlo heredado de Pierre Ral) y su belleza era idéntica a la de Kuchel en su juventud. Si ella llegara a presentarse en Aubagne de sopetón, medio pueblo caería desmayado de la impresión.
El azabache temblaba. Temblaba de la emoción y de la cólera. Emoción por al fin conocer a su hija aunque no fuera en las mejores circunstancias, y cólera por ver cómo Zeke se había apropiado de lo que le correspondía a él. Verlo después de tantos años hizo que renacieran en Ackerman el antiguo odio de la rivalidad y la melancolía de la amistad perdida. Moría por golpear a Zeke allí mismo para después llevarse a Mikasa y buscar a Petra para conversar los tres. Pero no podía, tenía que ser paciente pese al sufrimiento.
Pero mientras Zeke se relamía con la escena y Levi sufría en silencio, Mikasa estaba en un estado de confusión e indignación total. Su padre le había dicho que necesitaba que lo acompañara a un encuentro del que no quiso darle más detalles, todo para venir a reencontrarse con ese hombre que se había comportado como un atrevido y majadero en el estudio de los Zacharius. Era el mismo sujeto que había exigido a los gritos hablar a solas con su madre, haciendo que en la mente de la chica se hilaran teorías de todo tipo, las cuales la llevaron considerarlo como una amenaza a su armonía familiar. Y para rematar, no entendía por qué su padre tenía que encontrarse con él, pues a primera vista parecían no estar en buenos términos. Menos entendía qué parte le tocaba a ella de todo esto.
De lo único que estaba segura es de lo mal que le caía ese hombre. Pero por lo menos la tranquilizaba el hecho de que su padre lo conociera, lo cual echaba por tierra que su madre estuviera en peligro.
-¡Cuánto tiempo sin vernos, Levi, amigo! – clamó Zeke con una sonrisa de oreja a oreja. – Deja que te presente a mi hija Mikasa Jäger. Mikasa, él es Levi Ackerman, amigo de la infancia mío y de tu madre.
-Mucho gusto, Sr. Ackerman. – saludó Mikasa sin expresión.
Levi dio un respingo y recuperó la compostura. No podía perderla en esta prueba impuesta por Zeke.
-El gusto es mío, Mikasa. – respondió amablemente.
-Ya que nos íbamos a ver aquí, le pedí a mi adorada hija que me acompañara un momento. – se dirigió a la joven – Mika, ¿podrías ir por favor a esa chocolatería tan buena que visitamos en familia hace poco? Podríamos llevarle unos chocolates a tu madre y a tu hermano. Y cuando termine de hablar con mi amigo, tú yo almorzaremos aquí en el restaurante, encanto. – y agregó – Un almuerzo de padre e hija.
La azabache suavizó su mirada al dirigirse a quien consideraba su progenitor.
-Como digas, Pater. – miró a Levi – Con permiso. – se alejó rápidamente de los dos hombres, dejándolos solos.
Levi miró a Zeke con odio.
-Muy astuto de tu parte Zeke. – masculló conteniendo las ganas de matarlo – Cubrirte las espaldas de esa manera, miserable. – y exclamó lleno de amargura - ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué hiciste esto conmigo?! ¡Te aprovechaste, Zeke! ¡Te aprovechaste del incendio para llevarte a Petra lejos!
Zeke lo contemplaba impasible.
-Eso sólo demuestra, Levi, que si uno hace bien su parte, el llamado universo conspira para ayudarle. ¿Quién diría que el amigo relegado a ser espectador de su amor, terminaría siendo el marido y el padre de los hijos de la bella Petra? – gorjeó contento ante su triunfo.
-Eres un desgraciado… ¡¿dónde está el amigo en el que siempre podía confiar?! – reclamó Levi con ojos brillantes de decepción y tristeza.
-Muerto y enterrado, como corresponde. – respondió Zeke – A partir de ese fatídico día soy un hombre nuevo, por el bien de mi familia. – vio que Levi estaba a punto de lanzarse sobre él – Cuidado amigo, no querrás que Mikasa vea tu naturaleza salvaje. – se burló - Ella menos que nadie.
-Ella es mi hija, maldito… - empezó a decir Levi entre dientes, muerto de la desesperación y el odio.
-Ella y Petra son mías, y no las pienso perder por nada del mundo. – le advirtió el rubio – El matrimonio y la familia son para toda la vida, y nadie va a destruir lo que he construido en estos años, más aún después de todo lo que hice por mi esposa. – y añadió – Mucho menos tú, Levi. Tu realidad es que estás solo por tus propias culpas y las de tu familia, y la mía son Petra, mis hijos y la familia que conformé con ellos. No te metas donde no tienes lugar.
-Me meto porque todo fue conspiración tuya para alejarnos. – rebatió el azabache – Te aprovechaste del incendio y de la muerte de la familia de Petra para alejarla de mí. Y voy a llegar al fondo de todo esto, porque a mí no me convence esa casualidad en la que te la llevaste a tu casa ese día. Algo sabes y algo tramaste, y así como pienso averiguar la parte de mi familia en este embrollo, también terminaré descubriendo la tuya. Así que vete preparando, Zeke, que de mí no te libras.
-No sé de qué me hablas. – se desentendió Zeke – Eso fue el destino que quiso que la salvara y que ella, agradecida y sin nada , se quedara a mi lado. Así que ilusiónate e ilusiónala todo lo que quieras, pero ella no se separará de mí.
-¿Y tú quién te crees que eres para asegurar tal cosa? – inquirió Levi - ¿Qué crees que hará que Petra no regrese a mí y te mande al diablo?
-Hombre precavido vale por dos, Levi – respondió Zeke con calma – Durante todos estos años reforcé mis lazos con Petra por medio de nuestros hijos, sobre todo de Mikasa. – y empezó a sisear con maldad – Es una buena chica, orgullosa de ser una Jäger y de su familia. Mejor hija no pude pedir: bella, agradecida, leal, cariñosa… e implacable con quien amenace con peligrar nuestra familia. Así la hice, Levi. Quiero ver cómo sorteas eso.
-Eres un cobarde. – le soltó el azabache, trémulo de ira. – Una basura.
-Di todo lo que quieras, Levi. – repuso Zeke con una sonrisa – Soy un hombre totalmente realizado en todos los sentidos, y ese tipo de hombres somos difíciles de derrumbar. De verdad quiero verte intentándolo.
-Pues verás que esto recién comienza, Zeke. – manifestó Levi con voz segura y ojos afilados – Voy a recuperar toda la felicidad que me quitaste, voy a recuperar a Petra y a Mikasa. Te declaro la guerra, Zeke Jäger.
-Y la acepto con gusto, mi querido Levi. – concordó el rubio de lentes – Sólo recuerda que ya no estamos en el campo para que hagas tus salvajadas. Estamos en un ambiente más civilizado, con dos niños de por medio y la herida abierta de un hijo muerto. – le recordó – Donde Mikasa es temperamental, mi pequeño Falco es un ser lleno de inocencia y dulzura. Imagina lo destrozado que quedaría si su madre lo abandona por otro, y la culpa de la propia Petra por dejar a su familia con la muerte de nuestro Colt muy reciente. No quieras llenar de más peso los hombros de nuestra amada.
Pero Levi ya no estaba dispuesto a seguir escuchándolo ni a caer en sus manipulaciones. – No tengo nada más que hablar contigo. – dijo a modo de despedida – Nos vemos en el campo de batalla… amigo. – y se retiró del lugar hecho un tornado.
En el camino se cruzó con Mikasa, quien justo a tiempo regresaba con una bolsa de chocolates.
-Oiga. – le dijo ella con tono sepulcral y ojos gélidos. – Aléjese de mi familia si sabe lo que le conviene. Yo no me trago el cuentito del amigo de mis padres: algo quiere de mi madre, así que le pido por favor que se aleje de ella. – retomó su camino para encontrarse con Zeke, dejando a Levi atribulado y sin poder creer en la clase de persona que Jäger había hecho de ella.
Esto sería mucho, mucho más difícil de lo que imaginaba.
