VIII
Un grito de dolor

Había pasado un buen rato desde que asumí mi puesto en la retaguardia. Podía escuchar el estampido de los cañones de la Tropa de Guarnición, y los gritos de los soldados que se lanzaban en contra de los titanes. Sin embargo, no tuvo que pasar mucho rato para que los gritos y los estampidos fuesen muriendo. Pronto, la vanguardia tendría que hacer su trabajo. Pensar en eso me hizo recordar a Eren. Me preguntaba si tenía miedo, si iba a tratar de enmascarar ese miedo con temeridad, como siempre hacía cada vez que enfrentaba algo más grande que él. También pensé en Armin, quien estaba en el mismo escuadrón que Eren, junto a otros reclutas de la 104.

No fue hasta que comencé a ver humo brotando entre las casas que cobré conciencia de la gravedad de la situación. Pese a que estábamos más preparados que en Shiganshina, los titanes penetraban en la ciudad como si no hubiese ninguna oposición. Asumí que la mayoría de los soldados jamás había visto antes a un titán, mucho menos enfrentado a uno, lo que no era un pensamiento reconfortante, para nada. También pensé en Krista, en lo que seguramente debía estar pensando, y sintiendo, porque ni una década completa de entrenamiento podía preparar a alguien para el terror que inspiraban los titanes. Los gritos de horror llenaron las calles, pero no de los aldeanos, quienes estaban siendo evacuados hacia el lado interior del muro Rose, de modo que no hubiera bajas civiles durante la defensa de Trost.

La retaguardia no tenía mucho que hacer, aparte de mirar y estar atentos por si aparecía algún titán que amenazara a los aldeanos. Eso fue hasta que los gritos de los soldados en la vanguardia comenzaron a llenar el aire. La Tropa de Guarnición se estaba desmoronando como un castillo de naipes, porque la mayoría de sus hombres y mujeres jamás habían visto a un titán, y no tenían idea de lo terroríficos que podían llegar a ser. Esos ojos vacíos, esas bocas demasiado anchas, con dientes que sobresalían de las mejillas y que avanzaban sin ningún tipo de contemplación, indiferentes a las súplicas, a los ataques y a cualquier tipo de intimidación, conseguían asustar hasta al más curtido de los soldados. Parecían estatuas andantes, siempre mostrando las mismas caras, sin expresar ninguna emoción en absoluto, sin ser conscientes de los que les movía a comer gente. Aquello era lo que los soldados de Trost eran incapaces de comprender o dimensionar. Ver por primera vez a esos seres era una experiencia imborrable, y no en un muy buen sentido que digamos. Experiencias imborrables en el buen sentido vendrían después.

Mientras esperaba en la retaguardia, no sé qué diablos me pasó, pero sentí un retortijón de tripas que no supe cómo interpretar. Era como si hubiera una desesperación creciendo en mi interior, pero que no sabía de dónde provenía. Era tal la sensación que di un paso adelante, sin siquiera proponérmelo, lo que hizo que uno de mis superiores me advirtiera que permaneciese en mi posición. Obedecí, pero aquella desesperación sin nombre siguió invadiendo mi interior.

De pronto, escuché un grito a lo lejos. Un grito que desgarraba el alma y partía el corazón. Era un clamor tan extraño, y a la vez tan familiar, que, al menos en un principio, no supe —o no quise— ponerle nombre. Pero, a medida que aquel grito penetraba en mi cabeza, mi corazón pegó un doloroso brinco, y mis entrañas se revolvieron como culebras en mi interior. Les juro que me costó mucho trabajo mantener la compostura, porque, en el fondo, sabía que algo malo le había ocurrido a Eren. Sin embargo, pensé que podría tratarse de algo grave, pero que él seguía con vida, y traté de acompasar mi respiración, consiguiéndolo de a poco.

—Soldados, es hora de entrar en acción —dijo uno de los superiores, viendo cómo el humo brotaba en espirales desde casas muy cercanas a nuestra posición—. Traten de mantener a raya a los titanes, pero la prioridad es proveer cobertura a los ciudadanos. Si encuentran sobrevivientes provenientes de la vanguardia, asístanlos, pero solamente a los que puedan moverse por sus propios medios.

Todos hicimos el saludo militar, y yo me dediqué a mirar mi entorno. Vi a dos titanes que se acercaban a un grupo de civiles rezagados y, queriendo creer que Eren no se encontraba en peligro mortal, aparte que no me convenía contradecir las órdenes de mis superiores, avancé hacia los dos titanes, sorprendiéndolos por detrás. Hice lo mismo que siempre había hecho en mis entrenamientos: colgarme de la parte de atrás del cuello del titán, retraer la línea, usar un poco de gas para ganar inercia, y, por último, usar las dos espadas para realizarle el corte necesario en la nuca. Era muy importante no ganar demasiada inercia, de otro modo, las cuchillas me iban a durar muy poco. De ese modo, pude acabar con esos dos titanes, y los civiles pudieron escapar hacia la puerta posterior. Me aseguré que tuvieran el camino libre, antes de prestar más atención a lo que había pasado en la vanguardia. Iba de camino hacia el lugar desde donde había provenido el grito, cuando me topé con un titán que iba a toda marcha hacia la puerta posterior. Di media vuelta y perseguí al titán. Iba muy rápido, y asumí que se trataba de un excéntrico. Noté que iba un grupo de soldados tras el mismo titán, y aproveché la fuerza de mis piernas para ganar inercia y usar el mínimo de gas posible para impulsarme. Noté que apretaba la empuñadura de mis espadas con mucha fuerza, aunque no supe por qué en su momento.

Otro titán cayó, justo cuando estaba a punto de llegar a la puerta posterior. Caí sobre su cabeza, mirando el tumulto que se había formado allí. Al parecer, un mercader había decidido que su mercancía era más importante que la vida humana, y me las arreglé para cambiar sus prioridades a punta de espada.

Después de un doloroso viaje al pasado por parte de mi mente, por fin fui libre de investigar lo que había pasado en la vanguardia. Aquel grito aún laceraba mis oídos, y lo escuchaba una y otra vez, mientras me acercaba al techo donde, asumía, que había ocurrido todo. Me sorprendió ver a tantos soldados en el mismo techo: estaban Annie, Reiner, Bertholdt, Jean, Sasha y Connie. Junto a una pared, se hallaba Armin, quien lucía como si hubiera visto a un fantasma. Tenía las manos sobre su cabeza, y parecía como fascinado con el tejado bajo sus pies. Iba a ver qué le ocurría, cuando escuché otro grito, uno más agudo que el otro. Noté cómo mi corazón me saltaba a la garganta cuando supe a quién le pertenecía esa voz.

Había un titán de cinco metros que se movía de un lado a otro, como tratando de sacarse un insecto de encima. Una mirada más de cerca, y me di cuenta que Ymir trataba de atinarle a la nuca del titán, pero éste se movía en círculos, seguramente un excéntrico, y ella siempre erraba el blanco. Por un momento, me pregunté por qué Ymir estaría tratando de matar a un titán con tanto ahínco, cuando recordé el grito, y vi, con horror, que sostenía a Krista con ambas manos, dispuesta a echársela entera a la boca.

Fue como si mis entrañas hubieran desaparecido. Me quedé inmóvil por un par de segundos antes de entrar en acción. Sabía que no iba a ganar nada con engancharme a la nuca del titán, pues sus movimientos me iban a impedir tener un blanco fijo. Pensando rápido, disparé la línea hacia un edificio cercano, y esperé hasta que el titán estuviera razonablemente cerca. Fue ahí cuando me lancé, columpiándome con la línea y retrayéndola al mismo tiempo, de modo de ganar suficiente inercia para el corte. Llegué a la altura de su nuca justo cuando el titán pasó por debajo de la línea, y rebané su nuca con alevosía. Me dejé caer, rodando por el suelo para amortiguar la caída, y corrí en dirección al titán, y justo cuando iba a morder el polvo, soltó a Krista, y, resbalando sobre el suelo, la agarré, procurando bajar los brazos para que la caída no fuese tan traumática para ella. Subí al techo, con ella en brazos, y la deposité gentilmente sobre el tejado. Para sorpresa de nadie, Krista comenzó a llorar, y yo la abracé, acariciándole la cabeza con suavidad.

—Ya pasó, Krista —le dije con mi voz más dulce, aunque asumo que no tengo una voz dulce, salvo cuando me refiero a Eren, o pronuncio su nombre—. Ya pasó. Ese titán ya está muerto. Estás a salvo.

Los llantos de Krista fueron calmándose, hasta que solamente derramaba lágrimas. Me separé de ella, mirándola fijamente a los ojos, tratando de tranquilizarla y darle fuerzas. Poco a poco, sus lágrimas fueron desapareciendo, hasta que solamente el brillo de sus ojos daba un indicio de que, en algún momento, hubo llorado.

—Lo siento, Mikasa —me dijo ella, desviando la mirada hacia el tejado—. Iba a rescatar a Armin de ser devorado por un titán, pero cuando estuve frente a él, me detuve. No podía mover ningún músculo… mis espadas temblaban, y mis piernas también. No podía decir nada… lo lamento… lo lamento, Mikasa. Es mi culpa lo que le pasó a Eren.

Enseguida, un violento retortijón de tripas casi me hizo vomitar el desayuno, pero lo disimulé lo mejor que pude.

—¿Y qué le pasó a Eren?

Krista se quedó en silencio, mirándome con una expresión similar a la que tenía Armin. Asumí que algo terrible le había pasado, y, por poco, le obligué por las malas a que dijera qué diablos había ocurrido. Pero no tuve que esperar mucho por la respuesta.

—Mikasa —dijo Krista en una voz apenas más alta que un susurro—. Eren… Eren f-fue devorado por un t-titán.