IX
Rayos de luz
Cuando oí las palabras de Krista, me quedé en silencio. Era como si cualquier palabra que intentara pronunciar fuese demasiado grande para mi garganta. Krista me miraba como si yo me fuese a caer muerta en cualquier minuto, y tardé mucho tiempo en reaccionar. Me sentía como si hubiese fallado la misión más importante de mi vida, o como si la única razón que tenía para vivir me la hubieran arrebatado. Lo único que me quedaba por hacer, aunque no tuviese mucho sentido hacerlo, era saber cómo había ocurrido. Por eso, caminé hacia donde se encontraba Armin, y me arrodillé frente a él. Traté de disimular mi conmoción y mi falta de voluntad de vivir cuando le pregunté qué había pasado. Pero, al parecer, haber visto cómo Eren era devorado por un titán había sido demasiado para él. No obtuve una respuesta coherente de él, al menos hasta que se hubo calmado un poco.
—Él… él… dio su vida por mí —balbuceó Armin, sin mirarme a los ojos y luciendo como si nada en el mundo tuviera algún asidero para él—. N-No me-merezco… vi-vivir.
Me quedé en silencio, sin saber qué diablos decir. Por una parte, me alegraba que Eren valorara las vidas de sus amigos, pero por otra, sentía un vacío en mi interior, aparte de un horrible sabor de boca al entender que había fallado en protegerlo, cuando me había jurado a mí misma hacerlo a como diera lugar. Él había salvado mi vida, y yo no pude hacer lo mismo con la suya. A esas alturas, viendo todo lo que había ocurrido en los últimos minutos, ya no me quedaba alguna razón importante para seguir viviendo. Daba igual si moría a manos de un titán, total, Eren ya no existía. Miré hacia el resto de mis compañeros, quienes no lucían mucho mejor que Armin, a excepción de Annie, quien siempre ponía la misma cara, sin importar en qué situación se encontrara. Sin embargo, fue cuando mi mirada se encontró con la de Krista cuando supe que no todo estaba perdido. En mi afán por pensar en echar mi vida a la basura, había olvidado a esa chica de los ojos saltones que se había convertido en mi mejor amiga durante los años que pasé en el Cuerpo de Entrenamiento. En esos dos años de entrenamiento, sin saberlo, había encontrado una nueva razón para seguir viviendo en Krista. Fui lentamente recobrando la compostura, hasta que estuve en condiciones de pensar más o menos correctamente.
—¿Cómo están de gas? —pregunté a los demás. Obtuve respuestas variadas, pero me di cuenta que ninguno de los presentes tenía suficiente gas para regresar al muro interior. La evacuación había acabado ya, y no tenía sentido permanecer en la ciudad, pues los titanes los superaban en fuerza.
—¿Y entonces qué hacemos? —preguntó Jean, taladrándome con la mirada. En cualquier otra ocasión, le habría dicho que avanzaran hacia las barracas a como diera lugar, pero ya no tenía la cabeza nublada por la muerte de Eren, y podía pensar con un mínimo de sentido común. Para empezar, yo no era la persona idónea para elaborar planes, por lo que mi objetivo era hacer que Armin entrara en razón. Con eso en mente, caminé hacia donde se encontraba él, y volví a arrodillarme. Sabía que no iba a ganar nada con ponerme dura con él. Su experiencia había sido bastante dolorosa, y comportarme como el instructor promedio con Armin no me iba a reportar ningún beneficio.
—Armin —comencé, mientras notaba por el rabillo del ojo, que Krista se acercaba a mí a paso lento—, necesitamos reabastecernos de gas. Sé que aún te duele lo que le pasó a Eren, pero él habrá muerto en vano si no disponemos de un plan. Y tú eres el mejor en eso. No digas que no mereces vivir. Por algo Eren te salvó la vida, y él no hace eso con gente que no valga la pena.
Armin quedó en silencio, asumía, ponderando mis palabras, aunque dudaba que su cabeza pudiera ponderar cualquier cosa en ese momento. Sabía que debía sentirse como basura, que su vida no valía la pena, y que prefería haber muerto él antes que Eren, pero eso es lo que pensamos todos cuando alguien se sacrifica por nosotros, y sé, por experiencia propia, que eso no es siempre cierto.
—Armin, si pudieras revivir todo lo que pasó, ¿harías lo mismo por Eren?
Esta vez, él ni siquiera pensó la respuesta.
—Por supuesto que sí.
—Entonces hazlo por nosotros —dije, poniendo una mano en su hombro, tratando de mostrar una sonrisa, aunque todo lo que me salió fue un rictus tosco—. Porque nuestras vidas dependen de ti en este momento, dependen de lo que se te ocurra para que salgamos de esta situación. Está en tus manos salvarnos, Armin. Está en tus manos hacer que Eren no haya muerto en vano.
Me puse de pie y le tendí la mano a Armin. Él dudó por un momento antes de tomarla, y jalé hacia arriba. Armin se puso de pie, se limpió las lágrimas y miró en lontananza por un largo rato, y asumí que estaba pensando en el mejor curso de acción. Mientras miraba a Armin, sentí que alguien tomaba mi mano y entrelazaba sus dedos con los míos. Yo supe de inmediato que se trataba de Krista, pero no me imaginé que ella hiciera algo así conmigo. Di media vuelta y vi que tenía una sonrisa en la cara y le brillaban los ojos.
—Salvaste mi vida —dijo, con una voz suave, mientras que tomaba mi otra mano con la suya, también entrelazando dedos—. Gracias, Mikasa.
Krista dio un paso hacia mí, y yo no supe cómo reaccionar. Al parecer, aquella era una constante cada vez que ella daba muestras de cariño hacia mí, y solamente se me ocurría una razón por la que me pasaba eso cada vez que Krista lo hacía, pero, por lo mismo, era bastante improbable. Mientras trataba de comprender por qué mierda me ocurría eso, me percaté que Krista no se detenía. Sentí que ella abandonaba mis manos, y ponía las suyas sobre mis hombros y alrededor de mi cuello. Su ojos jamás se desviaron de los míos. Mi corazón aceleró su ritmo, a sabiendas que no debía comportarse de ese modo.
Mi cuerpo tembló de la cabeza a los pies cuando sentí los labios de Krista tocar los míos. Por mi parte, no tenía idea de por qué no me estaba resistiendo, como si mi cuerpo realmente quisiera ese beso, realmente quisiera sentir su piel rozando la mía. Pese a mi desconcierto, mis manos tomaron su cintura, como si alguien que se sintiera atraída por Krista hubiera tomado el control de mi mente. Y, mientras tanto, Krista se arrimó más a mí, profundizando el beso, respirando agitadamente, consiguiendo que yo lo hiciera también. Era increíble que me estuviera gustando tanto algo que no se hacía normalmente con otra chica, y, mientras el beso se prolongaba en el tiempo, entendí que no había forma de salir de aquella vorágine, y me dejé llevar, justo cuando sentí un dolor en mi mejilla derecha. Aquello consiguió romper la burbuja, y fui consciente de mi entorno nuevamente. Miré a mi derecha, y vi a Ymir, quien respiraba agitadamente. Tenía la cara contorsionada por la rabia, y se sobaba una de sus manos. Al parecer, Ymir me había golpeado con todas sus fuerzas.
—¿Pero qué diablos haces? —protestó Krista, luciendo alarmada y enojada al mismo tiempo—. ¡No tenías que haber hecho eso!
—¡Este no es el momento de andar haciendo esas cosas! —exclamó Ymir, aunque supe en el acto que aquella había sido solamente una excusa. Hace no mucho me había preguntado de lo que eran capaces de hacer los celos sin resolver, y ese golpe me dio una respuesta… digamos… contundente—. ¡Tenemos que salir de esta ratonera lo antes posible!
Aunque tenía muchas ganas de golpear a Ymir por su atrevimiento, no dejaba de tener razón. Respirando hondo para calmarme, le dediqué una mirada tranquilizadora a Krista, y, mientras desviaba mi vista hacia Armin, pude captar un vistazo a Reiner. Lucía más pálido que una estatua de mármol. Entendía la razón por la que ostentaba esa expresión, dado lo que había pasado hace unos minutos atrás. Pero pronto dejé de darle importancia y miré a Armin. Por la forma en que había dejado de mirar en lontananza, asumí que había tenido una idea.
—¿Armin?
El aludido no dijo nada. Tenía la mirada fija en algo que estaba ocurriendo a unos cien metros de su posición. Cuando vi lo que estaba mirando Armin, me di cuenta que teníamos una buena oportunidad para llegar a las barracas y reabastecernos de gas.
—Ese titán se comporta de una forma muy extraña —dijo Armin, señalando a un titán que estaba matando a otros titanes sin compasión alguna—. Tal vez sea un excéntrico, pero parece saber mucho de combate cuerpo a cuerpo como para ser un simple titán. Tal vez podríamos usarlo como cobertura para llegar a las barracas con un mínimo de pérdidas.
—Pero no parece ser consciente de que está matando titanes.
—Eso es lo de menos —dijo Armin, luciendo un poco más confiado que cuando se lamentaba por la muerte de Eren—. Lo que importa es que está matando titanes. Estuve contemplando la escena, y me percaté que hay más titanes cerca de las barracas que en los alrededores. Si matamos a los que aún pululan por aquí, podríamos hacer que ese excéntrico se dirija hacia las barracas y nos abra un camino por el cual podamos entrar. ¿Cómo andas de gas?
—Tengo como la mitad.
—Con eso basta, porque vamos a necesitar de tu ayuda para matar a los titanes en este sector. Con que elimines a los que se interpongan en nuestro camino basta. ¿Puedes hacer eso?
—Por supuesto —dije, sonriendo porque Armin al fin se encontraba en su elemento—. ¿Quieres que reúna a los demás?
—Descuida. Yo iré.
El resto de los presentes escucharon el plan de Armin y, aunque la mayoría se mostró conforme, a Jean no le convencía mucho mi habilidad para matar titanes. Sus preocupaciones no eran infundadas. Él no había visto cómo me había deshecho de esos tres titanes y, a juzgar por lo que había ocurrido en la ciudad, no tenía razones para pensar que yo sería diferente al resto de los que fueron víctimas de los titanes, por mucho que hubiera obtenido el primer lugar de mi promoción.
—¿Y confías en que Mikasa podrá acabar con esos titanes ella sola?
—Es el soldado más competente de nuestra promoción, ¿recuerdas?
—Soldados más competentes que ella acabaron en la boca de un titán, todos fuimos testigos de ello —arguyó Jean, aunque no tenía mucho apoyo de parte de los demás, especialmente de Connie y Sasha.
—Puede ser, pero Mikasa es distinta a todos esos soldados que murieron aquí.
—¿En qué es diferente?
—Ella ha sido testigo del terror que infunden los titanes —dijo Armin con una firmeza que había deseado tener hace una media hora atrás—. Recuerda que ella, como Eren y yo, es de Shiganshina. Vio morir a su madre adoptiva a manos de un titán. ¿De verdad crees que se va a acobardar cuando uno esté amenazándola?
—Deberías hacerle caso a Armin —le dijo Reiner a Jean. Reiner, por supuesto, había visto (y experimentado) mi fuerza y habilidad durante los años que pasó en el Cuerpo de Entrenamiento—. Creo que Mikasa puede hacer bien su trabajo.
Jean se quedó en silencio, pensando en las palabras de Armin y Reiner. Después de un par de minutos, aceptó la derrota. Aquel era el mejor plan que disponíamos para escapar de la ciudad con vida.
—Es hora —dijo Armin, y todos desenvainamos nuestras espadas—. Salgamos de este infierno.
