Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.

Una dama de burdel

AL PRIMER ERROR

Angielizz (Anbeth Coro)


Ella

Martes, 18:20

He llegado a la conclusión que los días más horribles comienzan de la mejor manera. Esta mañana me desperté feliz al darme cuenta que Edward volvía al trabajo hoy y que eso significaba que podía llamar a Charlie.

El día anterior me había lamentado un poco, ante la posibilidad de volver a la rutina persiguiendo a Dolores entre todas las habitaciones, pero no era tan malo, Edward y yo coincidiríamos en el desayuno y en la cena. Podía con eso. Además, esperaba, de verdad que sí, que ese retorno a nuestra rutina anterior mantuviera al límite a mis sentimientos.

Respiré hondo frente al espejo del baño dándome una mirada reprobatoria. Nada buena puede salir del amor, nada. El amor te hace sufrir cuando pierdes a las personas que quieres, te hace sufrir cuando te engañan a tus espaldas, cuando te corren de tu casa, cuando buscas amor entre los desconocidos pervertidos de un burdel. El amor es una emoción corrupta. Lo mejor era no sentir. Nada.

Miré el post-it que tenía en el primer cajón del mueble del baño.

No le des vueltas al asunto.

Pero ahí estaba, sin poder evitarlo. Arrugué el papel entre mis dedos y lo lancé al bote de basura.

Cuando salí de la habitación hacia la cocina era aún temprano, faltaba una hora para entrar al café. Caminé a la cocina dispuesta a iniciar el desayuno, pero cuando miré hacia arriba perdí toda capacidad de hilar frases coherentes. Edward venía del cuarto de lavado, del segundo pasillo del apartamento. Dos pasillos. Un apartamento.

No me sorprendió encontrarlo tan temprano, sabía que hoy iba a regresar a trabajar, sino el hecho que llevara una toalla amarrada a la cintura y eso parecía ser todo.

-¿Te has estado bañando con agua fría? -preguntó Edward deteniéndose a mi lado, me obligué a mantener mis ojos en su cara en lugar de recorrer su piel desnuda con la mirada. Era uno de esos cuerpos de revistas con músculos que gritaban por ser tocados. No. Yo gritaba en silencio por tocarlos.

Contuve el aliento y me encogí de hombros.

¿Qué me había preguntado?

-El calentador de agua estaba desprogramado –explicó ante mi silencio, lo que a su vez explicaba la razón por la que él anduviera semidesnudo fuera de su habitación, posiblemente estaba en la ducha cuando descubrió que el agua a esta hora era como hielo descendiendo de la regadera.

-Oh, eso. Sí. Por las mañanas nunca hay agua caliente –expliqué de manera torpe. Cualquiera había presentado problemas de terminar una frase de esta manera: teniéndolo a él sin camisa y con todo mi autocontrol puesto en mantener los ojos encima del lunar sobre su cuello.

-¿Nunca?

No al menos desde que yo vivía aquí.

-Es tu piso, deberías saber que el agua caliente es por las tardes.

-Lo sé, yo acostumbro bañarme por las noches. ¿Pero y tú?

Yo me bañaba por las tardes. Aunque también lo hacía por las mañanas, porque necesitaba esa recarga de vida que sólo un balde de agua fría puede conseguir. Bien, me bañaba dos veces al día, ¿de acuerdo? El baño era un buen pretexto para mantener distancia de Dolores, además de que disfrutaba mucho de la sensación del agua caliente contra mi piel, aunque nunca duraba más de cinco minutos debajo del agua de la regadera porque no quería una demanda por desperdicio de agua.

-No tengo problemas con el agua fría -mentí. El agua fría tiene una finalidad, no significa que lo disfruto.

-¿Cómo puedes? -me encojo de hombros, no había una alternativa al agua fría.

-Pues así.

No pude sostener por más tiempo mis ojos sobre su cuello y cometí el error de mirar hacia abajo. A sus hombros anchos, sus brazos fuertes, su abdomen. Aceleré el recorrido de mi vista hacia mis pies como si eso fuera de pronto muy interesante.

-Lo solucioné, aunque aún puedes seguir eligiendo el agua fría en la regadera -sonreí, era un alivio. No hay sentido común para meterme a esa regadera helada cuando podría sentir la tibia piel contra mi piel.

-Eso es una buena noticia. ¿Desayunas?

Edward siguió caminando hacia su habitación y descubrí que de espaldas se veía mucho mejor. No mucho mejor, pero muy bien. Tan bien como… Basta.

-Sólo un café, tengo una reunión en la oficina esta mañana y llevaran desayuno.

-¿En la oficina? -asintió, entrecerré los ojos repensando en su respuesta-¿Sabes? Si Irina supiera que tú les lleves desayuno a tus empleados para reuniones, ella estaría cambiando de empleo —él frunció el entrecejo en lugar de reírse de mi broma, supuse que había sido mala, sobre todo cuando su única respuesta fue mirar hacia el techo como si estuviese intentando entender a lo que me refería, así que se lo expliqué—, vas a hacer un desayuno como reunión en tu cafetería. Eso es muy amable de tu parte.

Pareció que iba a negarlo, pero a ultimo segundo forzó una sonrisa y añadió:

—Sería bueno que Irina no se enterara en ese caso, ¿no?

Asentí.

Media hora más tarde estaba dentro del elevador. Era un poco lamentable de mi parte estar tan consciente de lo que hacía o no hacía Edward. Por ejemplo, él estaba sentado frente a su cocina con café humeante entre sus dedos mirando a la nada de la pared, y no estaba aquí en el elevador.

Hoy me esperaba un día tranquilo y eso parecía no darme la suficiente satisfacción, trabajaría en la cafetería toda la mañana y luego volvería al apartamento para estar con Dolores, me agrada Dolores, lo digo en serio, ¿es tan terrible preferir a mi otra compañía de esta semana?, lo bueno de todo era que a las seis de la tarde llamaría a Charlie, usualmente Tía nos dejaba hablar por más tiempo sin hacer que mi hermano colgara el teléfono una vez que tenía el dinero de la manutención.

Ella ahora lo tenía, me había encargado de enviárselo desde el sábado por la tarde cuando salí de trabajar con el sobre en mano, así que eso debería tenerla tranquila por unos cuantos días.

—Buenos días, señorita Bella —apenas tenía un paso afuera y ya tenía al portero matutino saludando. Entre los tres porteros, el de la mañana era de mi mayor agrado, aunque eso se debía a que era el más joven y el menos formal.

—Buenos días —dije animada, correspondiendo su tono de voz.

—Hoy está lloviendo —anunció y tuve que mirar hacia afuera, esperando que el portero que llevaba horas al lado de unas puertas de cristal que miraban hacia la calle estuviera equivocado. Pero no era así, llovía como si hubiese un diluvio.

—¿No tienes un paraguas detrás de esa puerta? —pregunté acercándome a la zona de recepción, Rodolfo negó con un poco de lamentación en su cara— ¿crees que se detenga pronto? —Rodolfo miró hacia la calle unos segundos y de nuevo a mí, su ceño estaba fruncido y tenía los labios escondidos dentro de su boca. Ugh.

—Que tengas un bonito día —me despedí con la mano. Y salí hacia la calle.

El problema de la lluvia en invierno no es terminar empapado. Es que su temperatura se compara con el hielo que desciende de la regadera por las mañanas en la ducha del apartamento de Edward, o debería decir que descendía porque ese problema ya está solucionado. Y no planeó correr con esa agua helada por seis cuadras.

Revisé los bolsillos de mi pantalón, pero no tenía nada en ellos. Sabía que debía regresar, no iba a conseguir nada más que un resfriado si me ponía tacaña en lugar de pagar un taxi.

Así que di un paso hacia atrás y luego media vuelta para volver a subir al elevador. Diana estaba bajando, parecía muy ocupada al teléfono.

—Ofrécele dos millones, y si no acepta declina mi oferta. No voy a regatear con personas de ese tipo –hablaba a gritos en el teléfono. Como si necesitara hacerse oír no solo por la persona del otro lado de la línea, sino por cualquiera con oídos a cinco metros a la redonda.

Entré al elevador y cuando las puertas se abrieron en el piso 32, Edward estaba esperando en el pasillo.

—¿Ocupas entrar? –asentí sintiéndome avergonzada por tener que hacer que regresara al apartamento.

—Está lloviendo y no me llevé dinero al trabajo para el taxi. ¿No tendrás de casualidad un paraguas que te sobre?

—No uso paraguas.

No usa paraguas.

Ese día había decidido estrenar mis nuevos zapatos bajos negros, no iba a sacrificarlos de esta manera contra los charcos de las banquetas.

—¿Puedo cambiar de zapatos? —pregunté mientras Edward introducía la llave, esperando que él no anduviera corto de tiempo.

—Seguro.

Corrí hacia la recamara, quitándome los zapatos y buscando unas calcetas limpias. Nota mental: comprarme más calcetines. Tener cuatro pares de calcetas no era suficiente para existir, así que cuando agarré el dinero, decidí tomar un poco extra para el taxi de ida y vuelta y más calcetas. Aunque del café al edificio no había ninguna tienda económica.

Me puse los calcetines del día anterior y apenas logré abrochar mis agujetas salí disparada hacia la sala. Edward seguía esperando por mí al lado de la puerta.

Cuando llegamos a recepción, me despedí de Edward, mientras él le pedía al portero que trajera del estacionamiento su automóvil.

—Puedo dejarte en la cafetería —invitó, pero estúpida y masoquista, decidí negar con la cabeza.

—Iré en taxi —se encogió de hombros sin volver a insistir.

—Suerte encontrando taxi —no puedo negar que esperaba un poco más de insistencia de su parte, aunque luego reflexioné que una persona como él no debía estar acostumbrada a insistir, mucho menos por alguien como yo. Solita me lo había buscado.

Bah. Respiré hondo antes de salir afuera. Parecía que la lluvia había aminorado, aunque aún caían gotas heladas, me acerqué al borde de la banqueta y escanee con mis ojos algún taxi. Nunca había utilizado uno, no al menos en estas dos semanas, bueno… no en muchos meses, pero se supone que en las películas salir y conseguir uno es relativamente sencillo cuando nadie más busca taxi en la banqueta.

Vi uno a media cuadra así que comencé a hacerle señas, pero cuando estuvo lo suficiente cerca fue notorio que venía ocupado, pasaron tres, cuatro, cinco, siete taxis en menos de medio minuto y no conseguí que ninguno prestara atención a la joven que daba brincos y levantaba el brazo para hacerse notar.

Para este punto el automóvil de Edward ya estaba en el frente del edificio, la lluvia había vuelto a ser más constante y estaba segura que en un minuto más estaría goteando de pies a cabeza. Rodolfo bajó del vehículo viéndome con una expresión de diversión.

—Va a contraer un resfriado como se exponga de ese modo.

—¿Sabes que tenemos la misma edad, no?

Eso lo hace reír y detenerse mientras juguetea con las llaves del vehículo, me parece incluso menor a mí en ese momento, ¿veinte quizás?

—Si gusta puedo llamar a una agencia de taxi para usted.

Seguía con el asunto de usted.

—¿Es más costoso así?

—No, el precio es el mismo.

—Entonces yo creo que… -pero justo en ese momento sentí una mano en mi espalda, Edward. Rodolfo le pasó las llaves de manera veloz a la mano extendida de Edward hacia él.

—¿Voy llamando a la agencia de taxis? —volvió a repetir Rodolfo mientras le hacía mala cara al cielo nublado.

Asentí, pero Edward decidió volver a intervenir.

—Yo te llevaré —dijo hacia mí y luego miró al portero— Gracias, Rodolfo.

—Estamos para servir —añadió Rodolfo antes de volver al edificio en silencio.

—Solo es una cuadra de desviación. Sube.

Con firmeza, pero apenas dejándome sentir la presión de su piel contra la mía es que terminé caminando del lado del copiloto. Abrió la puerta para mí y no me quedó mayor alternativa que subir, aunque no me habría negado.

A veces, Alice se quedaba algún rato detrás de la barra atendiendo clientes, era fácil notar su gusto por el producto que ella vendía, pero era más sencillo darse cuenta de que realmente disfrutaba de atender a sus clientes.

Hoy, Susana faltó al trabajo por cuestiones de salud y para cubrir su ausencia Alice decidió ser la encargada de las bebidas.

Eran las diez de la mañana cuando nos quedamos juntas detrás de la barra, la cafetería solo tenía un par de clientes con sus computadoras y bebidas, así que no había nada más que hacer. A esta hora siempre ocurría lo mismo, al menos de manera general.

—¿Cómo está Edward? —preguntó Alice mientras reorganizaba los estantes de las paredes tras la barra. No había nadie cerca, solo nosotras, los otros dos meseros estaban en el área de cocina socializando con los demás.

—Hoy regresó al trabajo.

—Lucas dice que dibujas.

Sentí mis mejillas arder, deseando que Lucas no hubiera visto la caricatura de Alice, eso era seguro que me dejaría fuera de aquí.

—Solo un poco.

—Pues… él dice que eres muy buena, y Lucas nunca exagera en esas cosas.

—Gracias, pero creo que sí lo está haciendo en esta única ocasión.

—¿No has pensado en ir a clases de dibujo profesional? ¿quiza como una carrera? —sonreí condescendiente. En el mundo de ellos eso era demasiado simple. No tenían que preocuparse por gastos de inscripción, material y cuota mensual.

—Es caro —es todo lo que digo al respecto.

Ambas miramos hacia la puerta en silencio pero eso no parece funcionar para atraer más clientes a la cafetería.

—Seguro que Edward podría ayudarte con eso —insiste y yo no puedo evitar entrecerrar los ojos ante su insinuación.

—Jamás lo permitiría.

Además, ¿de qué me serviría estudiar arte por muy buena que pudiera ser? Ser buena no iba a pagar mis deudas.

Ocho horas más tarde, descubro que ningún trabajo será capaz de hacerme pagar mis deudas.

Dolores era tan simpática como de costumbre, excepto que ahora no me dejé disuadir con la limpieza y quise ayudarle con los muebles, y después a meter la ropa blanca de Leonardo a la lavadora porque sentía un pinchazo en su espalda baja. Era algo sencillo.

Dolores me sirvió de comer, aunque me detuve antes frente al teléfono para escuchar a Charlie unos minutos. Reímos en el teléfono mientras me escondía en el baño de mi recamara. Solo diez minutos porque tenía demasiadas tareas, pero eso era más de lo que había tenido de él en los últimos días. Mientras comía la lavadora comenzó a pitar anunciando que había concluido el ciclo de lavado, me bajé del banco evitando que Dolores lo hiciera.

—Lo tengo bajo control.

—Sigue la ropa de color —me avisó sin protestar.

Todo iba bien, claro, siempre todo va bien hasta que deja de estarlo.

Carajo.

Carajo.

Carajo.

Lo único que veo salir de la lavadora es una prenda tras otra, color rosado.

No habría nada de malo con el rosa si no fuera la lavadora donde metí la ropa blanca de Edward. Mi insistencia en ser útil hará que termine en la calle de nuevo. Siento lágrimas aparecer en mis ojos, me agacho y sigo sacando las prendas, rosa, rosa, rosa, más rosa.

¿Cómo pudo pasarme esto?

Un pedazo de franela rojo.

Lo saco. No puede ser.

Es la franela con la que había estado limpiando los muebles antes.

Esto es mi culpa doblemente.

Miro la montaña de ropa rosada en el suelo y de nuevo a la franela.

Escucho a Dolores acercarse. Abro la secadora y meto toda la ropa rosada ahí. Ya buscaré que hacer con todo esto después.

—El señor Edward llegó.

Me limpio las rodillas y las mejillas antes de girarme hacia Dolores, me mira con una ceja interrogante, yo sólo niego repetidamente con la cabeza y ella se despide con la mano sin decir palabra.

—Señor, que tenga una buena noche.

—¿Está Bella? —siento un gran golpe al estómago. Él ha sido demasiado bueno conmigo y yo acabo de arruinarle todas sus camisas blancas. Sé que debo darle una explicación, pero no quiero testigos del momento en que me eche a patadas de aquí. Si será algo humillante, me gustaría estar a solas.

Cuando salgo al pasillo Edward camina hacia mí y sonríe. Últimamente sonríe. Toda clase de bichos revolotea en mi estómago cuando lo veo sonreír, aunque no puedo devolverle la sonrisa.

Frunce el ceño y entonces pregunta

—¿Un día difícil?

Presiento que mi día difícil apenas está por comenzar. Pienso en lo que haré en cuanto me quede sin techo para esta noche, tengo el dinero de las dos semanas así que podría buscar un motel y mañana encontrar un apartamento. Tengo un buen trabajo, tal vez podría buscar un compañero de cuarto entre alguno de mis compañeros de trabajo.

Miro al suelo para evadir su ceja interrogante y así poder ocultar mis ojos que van llenándose de nuevo con lágrimas.

Lo tengo resuelto, no volveré al bar de Don, ¿entonces por qué me siento tan miserable?

Levanto la mirada, lo miro y lo sé.

—¿Pasa algo? —avanza hacia mí.

—Soy tan estúpida, lo siento tanto –venga, podría haber intentado hacer que mi partida sea con más dignidad, ¿no?

—¿Bella? —él deja de avanzar y espera una explicación de mi parte, siento que él siempre está a la defensiva y en espera del peor escenario. Y a mí no se me ocurre nada peor que todo su armario color rosado.

Bueno, se me ocurre una cosa: que descubra de dónde he salido.

—Fue un accidente. Yo sólo quería ayudar a Dolores, ella no tiene la culpa, yo insistí.

Lo veo dejar salir el aire como si estuviera aliviado y cierta serenidad vuelve a su rostro, vuelve a caminar hacia mí hasta estar a unos centímetros de distancia. Las lágrimas comienzan a bajar por mis mejillas, así que me cubro la cara y miro de nuevo al suelo. Soy tan estúpida.

—¿Qué pasa? No puede ser tan malo.

Sollozo.

—Shh.

Torpemente termina con la distancia entre nosotros y me sostiene en un abrazo superficial, no lo merezco.

—Lo siento —contra todos mis deseos tengo que separarme de él.

Doy unos pasos hacia atrás y vuelvo a entrar al cuarto de lavado, él me sigue a unos pasos de distancia, abro la secadora y la señalo.

—Lo siento.

Edward camina a la máquina plateada y mira dentro de ella.

Silencio.

Este es un gran gigantesco y rosado problema.

Al primer problema estás fuera.

Me limpió las lágrimas. Necesito mantener mi dignidad tan intacta como me sea posible, y lo cierto es que no me estoy esforzando en conseguirlo.

—¿Cómo?

—Una franela roja.

—¿Cómo?

Vuelvo a sentir mis mejillas mojadas.

—Estaba intentando ayudar con la limpieza de los muebles, debió caerse cuando metí la ropa dentro.

Silencio. Edward mantiene su mirada fija en la ropa dentro de la secadora, mete una mano y saca lo que parece ser una de sus camisas de vestir de manga larga.

Rosada de la muñeca al cuello.

—¿Puede arreglarse?

Niego con mi cabeza. No tiene solución, si creyera que lo tiene no habría confesado mi error.

Silencio. Lo único que se escucha entre nosotros es un suspiro de su parte, pasó saliva y doy media vuelta.

Salgo del cuarto de lavado y camino a mi rec... a la habitación de invitados.

Voy hacia el closet y encuentro en el fondo la mochila vieja en la que entraron todas mis prendas cuando llegué aquí. Miro el closet con todas esas prendas, ¿podré llevarme algo? Por todos los cielos, le debo un maldito guardarropa, sería cínico considerar que tengo derecho sobre alguna de estas prendas.

Siento como si una pelota con púas estuviera creciendo dentro de mí, lastimando todo lo que toca desde mi estómago a mis pulmones. No puedo respirar.

Me siento en la cama y comienzo a forzar respiraciones, mis pulmones se hacen grandes con el paso del aire, pero sigo sintiendo como si me ahogara. ¿Me estoy ahogando en realidad?

Sigo respirando así agarrada al borde de la cama con ambas manos. Voy a estar bien, voy a estar bien, voy a estar bien.

Aquí y ahora.

Aquí y ahora.

Esto no está funcionando.

Aún tengo dinero de las dos primeras semanas. Dos semanas. Eso me ha durado esta falsa vida. Las lágrimas descienden lentas por mis mejillas. Una tras otra, como si fuera una cascada silenciosa.

Mi mochila con la ropa vieja está en el suelo frente a mis pies. Miro mis tenis nuevos y sé que no puedo llevarlos conmigo. No sólo porque ha sido mi culpa todo esto, sino porque será un constante recordatorio de lo que perdí.

¿A dónde voy a ir?

Ahora ni siquiera tengo un departamento horrible al cual volver. No conseguí hacer amigos en la cafetería. No conozco a nadie. No soy nadie.

Pienso en esa vida de la que creí haber escapado y me doy cuenta con horror que estoy por volver a ella.

No quiero.

¿Por qué he tenido que arruinarlo todo?

Edward está tocando a la puerta, no me sale la voz para pedirle un minuto más aquí. No es posible hacer que nada salga de mi boca excepto respiraciones ruidosas intentando deshacer la pelota con púas que amenaza con explotar dentro de mí.

Aquí y ahora.

—Bella.

Eric también me había hablado así antes de sacarme de su vida: Eres una carga, Bella. Pides demasiado tiempo, quieres que esté ahí todo el día para escucharte, ni siquiera puedo ir a dormir sin que estés lloriqueando por tu hermano o tus padres.

Y tía había sido incluso peor:

Eres igual a tu madre. Terminarás embarazada o muerta, pequeña niña estúpida. Te quiero fuera de mi casa, Bella. Y no lo diré una vez más.

Las personas que me desechan están decididas a pisotearme hasta que solo puedo salir a rastras de sus vidas. ¿Qué tan horrible será esta vez?

Edward sigue tocando a la puerta. Ha sido tan bueno conmigo, sin exigir nada a cambio y sin esperar nada más de mí. Quizá solo esperaba que no quemara su departamento mientras yo intentaba aprender a cocinar, pero incluso en eso ha sido amable. Y no lo merezco, porque al parecer sólo soy buena para arruinarlo todo. Incluida toda su ropa blanca.

Y sé que en cuanto abra esa puerta todo habrá terminado. Tendré que volver a preocuparme por cuánto comer, a qué hora comer, o si comeré. Renunciar a la comida es más fácil que renunciar a la posibilidad de tener a Charlie algún día para mí.

Me levanto de la cama, aun temblorosa, limpió las lágrimas de mis mejillas y tomo la mochila del suelo. Voy a ser fuerte. Tengo un buen empleo. Sólo necesito descubrir donde quedarme esta noche y las siguientes. ¿Aún tengo ese empleo, cierto?

Alice había sido simpática conmigo esta tarde. Aunque es muy probable que la única razón por la cual estoy contratada es por su hermano. Demonios.

¿Por qué no pude sólo perseguir a Dolores en lugar de intentar fingir no ser una completa inútil?

Aquí y ahora.


Hola, muchas gracias por leer y comentar. La dinámica para el siguiente capitulo es muy simple:

Actualizo el próximo lunes o en veinte comentarios.

Recuerda que al comentar te llevas un adelanto del prox capitulo. Ya listo para estrenarse.