Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.
Una dama de burdel
ESTÁS FUERA
Angielizz (Anbeth Coro)
Un agradecimiento especial a: Yani, Fiora, LunaCullen, ForcitaCullen, Patricia Luguera, Narraly, Adriu, Melissa Belaqua, AleCas, Wenday14, Geminis1206, Sara, Daniela, Erika, Ana, OnlyRobPatti, Rosiichita, 027aleja, Cinti77 y a las siete personas que comentaron dejando el pseudonimo de Guest
Ella
Unos tenis viejos más tarde
Fallen - Gert Taberner
Me levanto del suelo con mis viejos zapatos puestos, doy una última larga respiración, vuelvo a limpiar mis mejillas, tallar mis ojos antes de abrir la puerta. Edward está aquí. Posiblemente solo quiere asegurarse que me iré sin dramas ni resistencia. Mi labio tiembla y lo muerdo para mantenerme al margen. Soy fuerte.
—¿Qué estás haciendo? —su mirada está en mimano que sujeta con fuerza mi vieja mochila con ropa.
—¿No es obvio?
—No —dice con voz cortante, está enojado, y sé que si me atreviera a mirar algo más que su lunar en el cuello me encontraría con sus ojos helados mirando hacia mí. Esa mirada puede partirme en pedazos, lo sé, así que no miro a sus ojos.
Él no dice más y supongo que solo quiere que quede en voz alta que todo esto es mi culpa. Puedo darle eso. ¿Cierto? Sí. Aunque eso me destruya.
—Acabo de arruinar toda tu ropa. Te prometí que no daría problemas, y ese es un costoso problema. Me estoy yendo antes de que tú me saques a patadas de aquí.
—¿De qué hablas? —parece confundido o quizás insatisfecho con mi respuesta, es muy posible que sea esto último. Me hará decirlo. Aprieto los labios antes de encontrar el valor que requiero para hablar. Necesita una disculpa de mi parte.
—Esta es una gigantesca pila de ropa rosada y –se me corta la voz, una gigantesca pila de problemas, se me llenan los ojos de lágrimas de nuevo, todo él se vuelve borroso en mi visión, no pensé que fuese a equivocarme tan pronto, mucho menos intentando hacer algo bien. Miro a mis tenis viejos que he sacado debajo de la cama, sabía que serían útiles en algún momento. Pero tampoco esperaba que fuese tan pronto.
Al primer error estás fuera, había dicho la noche en que me permitió vivir aquí. Estoy fuera o en camino a estarlo. Me concentro en las manchas de mis zapatos, desconozco en que momento fue imposible devolverles el color, era como si un día fueran blancos y al siguiente tenis sucios y viejos. Justo como yo. Por eso no he podido quedarme con los tenis nuevos.
—Es solo ropa.
Tengo grabada la cantidad de dinero que le debo por la ropa que me compró, y esos son cambios para una semana. La ropa de él es el doble de eso y se ve más cara que la mía.
—No es sólo ropa.
Quizás él espera que pague mi deuda por todas esas prendas y entonces podría arreglar el problema y quedarme. Pero no hay manera. Necesitaría dos o tres meses enteros para pagarle por la ropa que eché a perder, e incluso teniendo esos tres meses sería imposible juntar el dinero con los gastos de Charlie. Necesitaría cinco, quizás cuatro si hiciera horas extras, y estoy muy segura que él no espera que compartamos piso por tanto tiempo, así que si tengo que pagar los gastos de un apartamento barato el tiempo para devolver el dinero será aún más largo e imposible.
Pagarlo no entra en las posibilidades ni es un plan para mí.
Pero no hay un plan B. Nunca ha existido un plan B. Estas dos semanas no son ni siquiera el plan A. No tengo ningún plan. Solo vivo dejándome guiar, completamente a la deriva, por eso todo me sale siempre mal.
Mi labio comienza a temblar.
Cuando Tía me echó de su casa ella ya era una bruja conmigo, lo había visto venir. Cuando Eric lo hizo me pareció lógico, había sido distante conmigo desde que llegué a su apartamento sin avisar, incluso unos días antes lo escuché quejarse con uno de sus compañeros de cuarto sobre mis lloridos infantiles. Pero Edward ha sido bueno, ha sido más de lo que esperaría de un completo extraño. Así que el problema soy yo, siempre soy yo.
Tengo que recomponerme.
Estás fuera.
No voy a irme de aquí a rastras, lo haré con dignidad. Aunque no estoy segura que llorar y temblar intentando ahogar los sollozos dentro de mí tenga algo de digno. Tengo que irme. Tengo treinta y dos pisos para pensar en algún plan, si tomo las escaleras en lugar del elevador puedo alargar mi despedida, tendría tiempo para considerar las opciones.
¿Qué opciones?
De pronto tengo mi cara enterrada en su pecho. Sus brazos detrás de mi espalda y su barbilla sobre mi frente. Con timidez e insegura paso mis manos detrás de su espalda por debajo de sus brazos. Me aferro a él como si fuese un salvavidas y lo es, realmente lo es. No dice nada mientras yo sigo intentando dejar de llorar.
Dejo de lamentarme en voz alta. Necesito tranquilizarme. Solo necesito recomponerme. Me concentro en Edward. En sus brazos fuertes a mi alrededor, en los latidos de su corazón en mi oído, en el olor de su colonia, no tengo una idea clara de con que aroma asociarlo, pero sé que jamás dejaré de asociar este olor a Edward. Ahora son uno en mis recuerdos. Lo que es aún más doloroso, porque lo más sencillo sería ser capaz de olvidar estas dos últimas y magnificas semanas.
Intento pensar en algo más, intento pensar en la última persona que me abrazó de esta manera.
No fue Eric. Incluso en el funeral de mis padres se había limitado a sostener mi mano y recargar su brazo contra mis hombros como si estuviera agotado, dejando caer todo su peso sobre mí. Ni siquiera recibí un abrazo así de ninguna de esas personas que asistió al entierro. Todo era una serie de abrazos rápidos e incomodos como si temieran que pudiera pasarles mi dolor.
No recuerdo haber sido abrazada así incluso cuando todo iba bien. Ningún chico antes que Eric se tomaba el tiempo en sólo abrazarme. Me apretaban a ellos como si quisieran presionar únicamente mis pechos contra sus cuerpos. Y jamás permití que ningún cliente me tuviera así de cerca. Tenía muy grabada la frase de mi exnovio universitario en que aseguraba que abrazarme le daba acceso a un buen faje conmigo. No entiendo porque duré tanto tiempo con ese idiota.
Pero Edward me abraza, no con flojera, ni con otras intenciones, me abraza como si pudiera volver a armarme, todos los pedazos sueltos de mí se reconstruyen mientras estoy entre sus brazos.
Tampoco parece impaciente, se queda quieto solo sosteniéndome cerca de él mientras yo consigo volver a calmarme. Mis sollozos se convierten en llanto, luego en lágrimas, hasta que solo estoy parpadeando intentando despejar la humedad de mis ojos con mi mejilla contra el ruido de su corazón. Limpio los últimos rastros de mi llanto con el dorso de mi mano y me quedo quieta, ahora solo esperando.
—Olvídate de eso, Bella —habla al fin. Paso saliva sin atreverme a mirarlo. Miro hacia su camisa aun sin romper el abrazo. Sus labios ahora chocan contra mi frente, no me está besando, pero la cercanía entre nosotros y su altura hacen que sus labios cálidos choquen contra mi piel. Cierro los ojos al tiempo que respiro hondo.
—¿De qué exactamente? —pregunto separando las silabas, hablando cautelosa sin animarme a sentir esperanza.
—Sobre eso que has dicho —no respondo así que él continua—, tienes derecho a cometer errores sin que eso signifique que voy a sacarte de aquí —tengo que echar mi cabeza hacia atrás para mirarlo, necesito asegurarme que esto es en serio—. No lo haré, ¿de acuerdo? Puede que incendies la cocina un día de estos, y aun así —deja la frase inconclusa y yo me río y lloro al mismo tiempo—. No lo hagas, por favor —bromea.
Niego con mi cabeza, nunca quemaría su apartamento.
—Siento mucho lo de tu ropa, fue un accidente —vuelvo a dejar caer mi cabeza contra su pecho, sus brazos siguen en mi espalda así que los míos siguen cruzados detrás de la suya.
—Lo sé.
Respiro una vez más su colonia antes de romper con el abrazo dando un paso hacia atrás. Nos miramos hasta que él rompe el silencio.
—¿Puedo preguntar cuánta ropa puede caber en esa mochila?
Miro hacia mi mano. Es una mochila escolar vieja.
—Es la misma ropa con la que llegue —intento aclarar esperando que no crea que iba a irme de aquí con toda la ropa que él compró para mí.
—¿Así que hay un armario con ropa de mujer para sustituir mi ropa blanca?
—Yo no diría un armario, es ropa de una semana. Pero no iba a ser tan cínica para llevarme todo eso después de lo que hice con tu ropa.
La expresión de Edward es incluso más confusa que antes, parece que va a decir algo más pero en su lugar solo niega con su cabeza.
—Lo justo es que quedemos a mano —extiende su brazo en dirección a mi mochila. Levanto una ceja interrogante—, si yo voy a enviar a donación mi ropa rosa, tú harás lo mismo con tu ropa vieja.
Niego con mi cabeza agarrando con más fuerza la mochila. Esto es lo único que me queda. Si el día de mañana vuelvo a equivocarme de alguna peor manera ni siquiera tendré un cambio de ropa extra.
Parece que lee mi mente porque frunce el ceño, nuevamente molesto.
—El día —se detiene intentando encontrar las palabras correctas‑. Cuando seas capaz de independizarte, no necesito quedarme con un armario lleno de ropa de mujer. Es tuyo.
Me cuesta más de lo que puedo describir estirar mi mano y entregarle la mochila rota.
—Y te toca calentar la cena —dice dando media vuelta y caminando con mi bolso viejo, supongo, hacia el cuarto de lavandería.
Me quedo parada como idiota unos segundos más apreciando la sensación de calma tras la tormenta. No va a sacarme de su apartamento. Una sonrisa comienza a crecer involuntaria y sin permiso.
Cuando Edward vuelve a aparecer en mi campo de visión lleva una bolsa de plástico negra en la mano, intento pretender que sigo calentando la comida que Dolores preparó temprano. Va a la puerta principal y escucho la voz de Teodoro, el portero nocturno del edificio.
—¿A donde lo envío señor?
—Algún centro de acopio, no tengo idea.
—Me haré cargo.
Edward cierra la puerta tras de sí y camina hacia donde me encuentro, intento pretender normalidad. Aunque es difícil, porque no puedes derrumbarte de la manera en que yo lo hice antes y luego pretender que nada sucedió.
Mientras él saca los platos y cubiertos, yo me dedico a seguir girando la olla con la comida. No tengo idea de qué es esto, aunque huele delicioso.
—¿Qué tal tu regreso al trabajo? —pregunto esperando que ese tema pueda ser lo suficiente ameno para romper con el silencio entre nosotros.
Por el modo en que la nariz de Edward se arruga, sé que ha sido un mal día.
—¿Te refieres a la reunión con pastel, comida chatarra y sombreros ridículos de fiesta?
No puedo evitar sonreír, aunque parece que él se la pasó fatal.
—¿Te hicieron una fiesta de bienvenida?
—Yo lo llamaría de muchas otras maneras.
Edward da una cucharada y mira hacia mí con genuina sorpresa.
—Estás mejorando en la cocina.
Niego con la cabeza.
—¿Dolores? —asiento y él también asiente—. No perdía nada con preguntar.
—Dolores no tuvo la culpa de lo que pasó hoy —lo último que quiero es que ella terminé despedida o cargando con la culpa de mis errores.
—Solo fue un accidente. Aunque espero que disfrutes tu día de compras con Alice.
—¿Mi… qué?
—Tengo una semana pesada y tengo que ponerme al día con pendientes.
—No creo que Alice me quiera cerca, mucho menos si ya sabe lo de tu ropa.
—A Alice le encanta ir de compras, y ella insistió -parpadeo sorprendida.
—¿Ella insistió?, ¿en que yo fuera? —asiente, ¿acaso este mundo se había vuelto loco?
—Supongo que necesita un par de manos extra para cargar las bolsas —se encoge de hombros pretendiendo en exceso inocencia y sé que debe haber más detrás, pero no insisto y tampoco me rehúso a ir. Esto es mi culpa y si ir de compras con su hermana es mi manera de compensarlo un poco, entonces lo haré.
El resto de la cena fue una conversación de temas superficiales que de alguna manera concluyeron en la historia de Dolores y los años que llevaba trabajando aquí, información que ya sabía por ella pero que pretendí ignorar solo queriendo alargar más la cena incluso cuando los platos de ambos estaban vacíos.
Cuando Edward miró hacia el reloj, pareció darse cuenta que nuestra cena se había extendido, levantó los platos de la barra y los dejó bajo el chorro de agua, intento mantenerme serena en lugar de mostrarme decepcionada.
—Estoy un poco atrasado con el trabajo —se disculpa mientras me dejaba a mí la tarea de terminar la limpieza de la cocina, algo que en realidad yo ya hacía antes sin problemas.
—No te preocupes -le doy la peor sonrisa convincente de la historia, asi que intento componerlo-. Suerte con eso.
Él sonríe despidiéndose.
—Buenas noches, Bella.
—Buenas noches, Edward.
Y me quedé a solas en la cocina, enjabonando los trastes sucios mientras me sentía en paz en ese lugar. Edward era mucho más que un golpe de buena suerte, era todo lo que había esperado. Pasé mis manos sobre mi cara intentando quitar la sonrisa, debía tener cuidado. Puede que él lo fuera todo para mí, pero yo jamás sería siquiera suficiente para un hombre como él.
Está siendo amable, eso es todo.
Ojalá que mi corazón también pudiera entenderlo.
Hasta hoy volví a entrar a la página y descubrí los comentarios, no había pensado que fueran a cumplir el reto tan pronto. Pero lo prometido es deuda.
Les doy un pequeño spoiler del próximo capitulo: Será el mismo día, pero ahora narrado por Edward.
Me pondré al día respondiendo comentarios del anterior capítulo, pero no quería dejar pasar más tiempo para subir la actualización.
Lo cierto es que ya tengo listos los siguientes cinco capítulos desde hace semanas, fueron de los primeros que escribí. Así que mi oferta de actualización sigue en pie:
Veinte comentarios o en una semana. Déjame saber qué esperas que siga ahora.
Y para animarlas a comentar, aquí un pequeño avance del siguiente párrafo:
Siempre he escuchado que un baño frío es el método efectivo para quitar una erección matutina. Excepto que nunca lo había utilizado hasta ahora. E increíblemente funciona. O tal vez se debe a que estoy más concentrado en la frialdad del agua que en el cuerpo de la Bella de mis fantasías… pesadillas.
