XI
Disyuntivas
No recordaba sentirme tan cansada en lo que iba de mi vida. Pese a que el día de ayer estuve expuesta a más peligros que en los últimos cinco años de mi existencia, no lo sentí de ese modo. Fui testigo de cómo la Tropa de Guarnición casi eliminó a Eren, de cómo uno de sus comandantes detuvo al animal que lo quiso matar, y del desesperado plan para defender Trost de los titanes. Pese a que habíamos conseguido la primera victoria en contra de ellos, demasiadas vidas se habían perdido. Supongo que todos sabíamos a qué íbamos cuando nos enlistamos en el ejército, pero muchos de nosotros no esperamos lo terribles que podían ser los titanes.
Por desgracia, no tuve tiempo para intercambiar siquiera un par de palabras con Eren, porque se lo llevaron efectivos de la Policía Militar, diciendo que era demasiado peligroso para que estuviera libre. Por mi parte, yo tenía argumentos para decir que Eren no era el peligro que muchos creían que era, pero no era mi lugar protestar. En lugar de eso, escogí descansar, lavar mis heridas y, si era posible, dormir un poco.
La puerta de la habitación se abrió. Era Armin. Como yo lo había hecho, también se había limpiado la sangre y las heridas. No lucía demasiado exhausto, lo que no era extraño, porque no tuvo mucha participación activa en la batalla de ayer. Sin embargo, el plan que nos permitió alcanzar la victoria había provenido de su cabeza.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó, tomando asiento junto a mí.
—No puedo dormir —repuse, llevándome las manos a mis ojos, masajeándolos un poco—. No sin saber qué diablos quieren hacer con Eren.
—Pues yo tampoco lo sé —dijo Armin, mirando hacia la pared, como si estuviera pensando en algunas posibilidades sobre lo que la Policía Militar quería hacer con él—, pero sí sé que la Policía Militar pone el orden público por encima de todas las cosas. Y Eren es una amenaza a todo lo que la Policía Militar defiende. Son capaces de hacer lo que sea para mantener el orden.
No dije nada. ¿Qué podía decir? Eren era la única familia que me quedaba, y era posible que unos policías glorificados me lo arrebataran de mi vida. Había algo en mí que deseaba salir y rescatar a Eren de lo que fuese que le iban a hacer, pero había otra parte de mí que me decía que no hiciera nada temerario. Era ese conflicto entre aquellas dos partes de mi mente que me tenía así, sin poder conciliar el sueño. No quería que Eren perdiera la vida, pero, al mismo tiempo, tampoco podía impedir que eso ocurriera, si lo peor llegaba a pasar.
—No creo que la Policía Militar no tenga oposición en este asunto —dijo Armin, después de un prolongado silencio—. Algo me dice que hay gente que ve los poderes de Eren como una oportunidad más que como una amenaza.
—Es poco probable —dije en voz baja, como si no quisiera que Armin me viese demasiado esperanzada. Había ocasiones en las que me preguntaba por qué rehuía la esperanza, porque siempre pensaba en el peor escenario posible, porque nunca era capaz de creer en que las cosas podían ser mejores. ¿Era la esperanza algo malo? ¿Mis experiencias tenían algo que ver con mis creencias? De todas maneras, no creí que alguien fuese capaz de rescatarme de esos monstruos cuando era niña.
—Vamos, Mikasa, no seas tan pesimista —dijo Armin, poniendo una mano sobre mi hombro—. Eren no va a morir porque unos policías lo quieren así. De todas maneras, no es así como se maneja un asunto tan delicado como el que Eren va a enfrentar. Dentro de pocos sabremos qué es lo que le espera, y si podemos hacer algo para que Eren no tenga que sacrificarse por la humanidad.
No dije nada por un rato, pensando en Eren y su eventual destino. Sentí una sensación de vacío en mi estómago al imaginarle frente a un pelotón de soldados de la Policía Militar, apuntando sus fusiles en contra de él.
—Es que no quiero perderlo —dije, desviando la vista hacia la ventana, tratando de escapar, aunque fuese por un instante, del agobio que implicaba no poder ver a tu única familia en el mundo. Sin embargo, aquello no alivió mi malestar. Aún se podía ver el humo brotar de las casas, remanentes de la batalla que marcó un antes y un después en nuestro conflicto contra los titanes. También me hizo acordarme de la horrorosa cantidad de soldados que pagaron el más alto precio por alcanzar esta victoria. Normalmente, no me preocupaba por esta clase de asuntos, pero lo bueno, o lo malo, de pasar tiempo con alguien como Krista, era que te volvías un poco más compasiva, más sensible al sacrificio humano por alcanzar un objetivo.
Armin se puso de pie cuando escuchó un golpeteo en la puerta, y la abrió.
—No lo vas a perder —dijo, mostrándome una sonrisa antes de salir de la habitación. No quedé sola, sin embargo. Krista tomó el lugar de Armin, tomando asiento junto a mí, y mirándome con unos ojos penetrantes, y supe que quería hablar de un tema serio conmigo, así que le puse atención.
—¿Te pasa algo? —le pregunté, tratando de no sonar demasiado a la defensiva.
—Eh, no quiero que te tomes a mal esta pregunta —comenzó Krista, mirando brevemente hacia otro lado antes de volver a posar sus ojos sobre los míos—, pero me gustaría saber qué sientes por Eren.
Sus palabras me pusieron en alerta, aparte de retorcerme levemente las tripas. Seguramente, Krista fue testigo, o alguien le dijo, lo que había pasado cuando Eren salió del interior de aquel titán. La verdad es que no medí mis reacciones. Actué por instinto, como siempre hacía cuando Eren se encontraba en peligro, y lo más probable era que Krista lo interpretara como si yo me sintiera atraída por él… aunque no podía descartar aquella posibilidad, por mucho que no me gustara admitirlo.
—No es amor, o atracción, lo que siento por él —dije, sintiéndome como si me estuviera traicionando a mí misma, pero traté de que ese sentimiento no saliera al exterior en forma de una mueca u otra forma de gesto—. Él es la única familia que me queda, Krista, y recuerdo que te lo dije en una ocasión.
Krista no pareció conforme con mi explicación, pero la forma de expresar su inconformidad no era congruente con lo que, posiblemente, estaba tratando de decir.
—Es que… bueno… no me pareció como si él fuese un hermano para ti.
Entendía a la perfección por qué Krista llegaría a esa conclusión, pero, no era realmente fácil explicar toda la historia entre nosotros dos, especialmente para alguien que era ajena a nuestro entorno, como lo era Krista.
—Es… complicado.
—¿Acaso no te gusto? ¿Acaso no soy suficiente para ti? —preguntó Krist débilmente, con un notorio quiebre en la voz.
—No es eso —le dije, no sin cierta brusquedad, y ella tembló un poco a causa de lo mismo—. No sé qué es lo que me pasa cada vez que Eren se encuentra en peligro, pero sé lo que me pasa cuando estoy contigo. Sé que no puedo rechazarte cada vez que quieres darme una muestra de afecto, pero no pensé que pudiera pasarme lo mismo con un beso en mis labios. Nunca me había ocurrido eso en mi vida, ni siquiera con Eren. Por favor, Krista, créeme.
Ninguna de las dos dijo algo por un buen rato. Lo único que hacíamos era mirarnos las caras, como si no nos hubiéramos visto en varios años. No obstante, sabía que Krista estaba pensando en lo mismo que yo. Quizás era la primera vez que pensaba positivo en mi vida.
—Te creo —dijo ella al final, y se acercó a mí lentamente. Aunque supiera qué era lo que iba a hacer, también estaba al tanto que, posiblemente, no pudiera evitarlo, aunque así lo quisiese. La duda hizo que me quedara enraizada en el piso, y fui presa fácil del afecto de Krista.
El beso fue igual de dulce y tierno que la primera vez. No sabía si Krista lo hacía por timidez o porque era su naturaleza hacerme sentir cómoda, pero al final, las razones comenzaron a carecer de importancia. La abracé por la cintura, apretándola contra mí, y ella envolvió mi cuello con sus manos, también jalándome hacia sí. Nuestras respiraciones se estaban haciendo cada vez más superficiales, a medida que el beso se hacía más intenso. Dábamos vueltas en medio de la habitación, sin ser conscientes de dónde estábamos, o en qué situación nos encontrábamos, cuando ambas tropezamos con algo desconocido, y caímos sobre una superficie blanda.
Nos detuvimos.
Me separé un poco de Krista, notando que yo estaba encima de ella, y que respirábamos como si acabáramos de correr varios kilómetros sin parar. Había algo en la situación que no me permitía separarme de ella, una imperiosa necesidad de continuar con ese juego hasta las últimas consecuencias, pero no pude. Era como si hubiera una barrera invisible que nos impedía seguir adelante, fuese cual fuese el desenlace de aquel juego. Al final, caí de lado, recuperando el aire y mirando a Krista con un poco de aprensión.
—Descuida —dijo, sonriendo y poniéndome una mano en mi mejilla, acariciándola suavemente—. Ni siquiera sé que se supone que es lo que viene.
—Para serte honesta, yo tampoco tengo idea —dije, soltando una carcajada. Krista también comenzó a reír, y yo la abracé nuevamente, acariciando su mejilla y mirándola como si no hubiera otra persona en el planeta—. Nunca esperé sentirme de esta forma alguna vez.
—Yo tampoco —dijo Krista suavemente, tomando una de mis mejillas con una mano—. Tanto así que casi perdimos el sentido. Mi corazón late ferozmente dentro de mi pecho, y siento un calor agradable brotando de mi interior. Con sólo mirarte, mi cuerpo pierde el control.
—Me siento igual que tu —dije, respirando profundamente y mostrando una amplia sonrisa—. Creo que hay una sola explicación por la que me siento de este modo—. Volví a respirar hondo, y noté que los ojos de Krista brillaban con anticipación—. Me gustas mucho, Krista.
—Gracias, Mikasa. Tú también me gustas mucho. No hay otra razón por la que me siento así —repuso Krista dulcemente. Al escuchar sus palabras, sentí un dulce cosquilleo en mis entrañas, lo que hizo que me estremeciera brevemente.
Cuando Krista acabó de hablar, me sentí extrañamente ligera, como si pudiera saltar muy alto. Era capaz de pasar por encima del muro Rose sin necesidad de equipos de maniobras.
—Me haces sentir muy bien —dije, con suavidad. Era la primera vez en mi vida que le hablaba a alguien de ese modo, de una forma cálida e íntima. Con Krista había experimentado varias primeras veces, casi todas ellas agradables. Con ella, no me sentía en la obligación de ir corriendo a su ayuda, como si algo superior a ti te lo ordenara. Con ella, era libre.
—Contigo me siento segura —susurró Krista, cerrando lentamente los ojos—. Eres fuerte, segura de ti misma, hábil, y ahora descubrí que puedes ser suave.
Era curioso, pero antes que llegara Krista a mi habitación, me era imposible conciliar el sueño, preocupada como estaba de lo que le pudiera pasar a Eren. Pero ahora, que ella estaba junto a mí, el sueño fue lentamente haciendo que mis párpados se tornaran pesados, hasta que comencé a perder la noción del tiempo. Su calor me estaba dando lo que las palabras de Armin no pudieron.
La posibilidad de dormir tranquila.
