Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.
Una dama de burdel
DOS CENAS
Angielizz (Anbeth Coro)
Nota: acabo de llegar a casa, así que una disculpa por demorar en actualizar, gracias por el apoyo con sus comentarios, con recomendar esta historia, no tienen idea de lo mucho que me alegra que sea de su agrado.
Él
Miércoles, 07:48
Tinder.
Resulta que Tinder es una aplicación donde todos podemos salir felices sin perder tiempo en preparativos. Un par de fotos, detalles banales de uno mismo, y listo. Mientras Bella está de compras con mi hermanita, yo intento dejar atrás el rol de soltero, porque es lo correcto.
Así que Jasper me hizo un perfil e hizo match con la chica más guapa que le apareció, luego de una conversación entre él y ella, yo tenía una cita. Ella hablaba una lengua extranjera, estaba estudiando modelaje y tenía 27 años, un año más que Alice y los suficientes cerca de mí para no hacerme sentir mal al respecto. Y todo eso lo sabía solo con ver su perfil. Era así de simple.
Cinco años de diferencia era adecuado, no era terrible como diez años.
Si anoche había tenido alguna duda respecto a esta cita, la ducha fría de esta mañana reforzó mi compromiso con la desconocida de tinder. Necesitaba dejar de soñar con Bella. Eso estaba mal en muchos niveles, mi libido debía andar por los aires si mi subconsciente ponía el rostro de Bella en mis fantasías sexuales.
No tenía problemas en admitir que Bella era atractiva. El conflicto era que ya había demasiado entre nosotros como para añadir tensión sexual a la ecuación. Así que si debía liberarme de alguna manera no sería con ella. Era demasiado joven para mí, debería ser una universitaria y además estaba bajo mi… ¿tutela? No, ¿protección? Quizás, ¿Techo? Estaba bajo mi techo, y no iba a pasar de ser su anfitrión a un amante. Si ella no viviera conmigo tal vez podría considerar romper con la barrera de los años, pero ella vivía conmigo y la noche anterior me había demostrado lo vulnerable que era. Si lo nuestro no funcionaba ella no tenía a donde ir. Así que no sería yo quien pusiera en riesgo esa tranquilidad en su vida.
Hice una reservación en un bonito restaurante para presumir un poco mi posición y asegurarme una cita después de esta cita. Y ella era justo como en las fotos, tenía un acento francés y unos preciosos ojos grises tal y como anunciaba su perfil.
Era lo que necesitaba, alguien que no tuviera ninguna relación con la joven que vivía conmigo. Mientras yo la esperaba sentado en nuestra mesa, ella caminaba con algo digno de observarse, los hombres que la miraron pasar no tuvieron mayor opción que detener su vista en mi cita, Lucás había elegido con sabiduría. Alice estaba totalmente equivocada, lo que yo necesitaba era a esta mujer elegante y apasionada, ¿cierto? Ella sonrío mientras sus ojos hacían un recorrido de mi cuerpo parado al lado de nuestra mesa.
—Edward —acento francés.
—Pamela —sonreí con mi mejor sonrisa de seductor en acecho y funcionó porque la sonrisa de ella se volvió coqueta.
Apenas nos habíamos sentado cuando Pamela levantó la mano y apareció un mesero.
—¿Podría traernos una botella de vino? –pidió ella y en ese momento recuerdo haber pensado que así era como actuaba una mujer con determinación, el mesero me miró y yo señalé a Pamela para que le indicara el año y la botella que quería pedir.
—Sabes de vino —observé cuando el mesero se retiró, ella me sonrío presumida.
—Puede que no sepa de todo, pero sé elegir una buena cosecha.
El mesero regresó con la botella, dos copas y los menús. Nos sirvió a cada uno vino antes de retirarse en silencio.
—Por una bella velada —elevé mi copa y ella chocó la suya con la mía.
—La mejor velada de nuestras vidas —asentí antes de dar un pequeño trago a mi vino, pero Pamela parecía tener intenciones diferentes porque bebió toda su copa de un tirón— debo estar sedienta —le serví un poco más de vino.
Comenzamos a tantear el terreno con preguntas simples, la escuela en la que yo había estudiado, su música favorita, pasatiempos y viajes.
—Acabo de llegar de África, estaba en una organización —se detuvo para beber del vino— ¿sabes a lo que me refiero? —asentí y ella volvió a beber—, es hermoso ahí, la gente y su cultura. ¿Has ido alguna vez?
—¿A qué parte exactamente? —pregunté dejando de mirar el menú. Bell… Pamela. Pamela estaba sirviendo más vino a su copa.
—A África.
—Estuve en Marruecos hace un par de años.
—Ajá. Pero yo me refiero a África.
Negué con mi cabeza, sin añadir que África no era un país, sino un continente. Y que la cultura del continente era mucho más extensa que su visión racista. Respiro, necesitaba relajarme un poco.
—Hay muchas organizaciones para ayudar a esa pobre gente, ¿sabes? Solo quisiera hacer algo más por ellos. ¿Más vino? —Negué con mi cabeza y ella volvió a servirse en su copa. Miré mi propia copa que se mantenía casi intacta.
—¿Cómo qué? —levanté la mano para que se acercara el mesero.
—Una escuela de baile, por ejemplo —tuve que morder con fuerza mi lengua y apretar los labios para ahogar la carcajada que amenazaba con salir. Eso solucionaría la paz y el hambre, claro que sí. Pero sólo sonreí.
—¿Listos para ordenar?
Estaba listo para irme de aquí, aunque en su lugar pedí la especialidad de la casa sin siquiera molestarme a preguntar qué era. Pamela por su parte eligió lo más caro del menú. Encantadora. Para añadir que necesitaba otra botella para su filete. Miré al mesero retirarse en silencio.
—¿Y bailas?
—Desde niña, tengo unas pantorrillas firmes por los años de ballet —sonrío seductora lamiéndose los labios.
—¿Ballet profesional? —asintió—, debe ser impresionante.
—Impresionante, por supuesto —volvió a beber más— lo impresionante es lo que puedo hacer en la cama.
—¡Edward!
Miré hacia un lado y me encontré con James. De todas las personas inapropiadas para encontrarme en ese momento y tenía que ser él.
—James.
James iba de la mano de una chica, no era su novia oficial, pero ¿Quién era yo para juzgar? Pamela tampoco era mi novia falsa de acuerdo a James.
—Algunos habitos nunca mueren —dijo agachando la cabeza como saludo y luego le sonrío a Pamela que se río totalmente fuera de sí. Tuve que esforzarme en reír.
—De eso hablábamos, nos veremos el sábado ¿cierto?
James asintió y se alejó con su compañera.
—¿Qué me decías? —pregunté intentando olvidar a James y retomando mi cita.
—De lo que puedo hacer en la cama —parpadeé, ¿de verdad? Sonreí. Aunque cuando corroboré con disimulo me di cuenta que ni siquiera esa frase o la manera en que pasó su mano sobre su escotado vestido consiguieron provocar ningún efecto en mí.
Cuando llegué al apartamento eran las nueve en punto de la noche.
Bella estaba sentada en el suelo dibujando en la mesita de centro de la sala principal.
—Hola, Dolores tuvo que irse antes, ¿cómo estuvo tu día? —me quité los zapatos dejándolos al lado del sofá.
—No voy a repetirlo, es todo lo que diré al respecto. ¿El tuyo?
No había que adivinar que las dos botellas de vino se las había bebido sola y que antes del postre ella estaba demasiado encimosa y borracha pretendiendo ser divertida. Tuve que pedir que retiraran nuestras ordenes antes y me trajeran la elevada cuenta. Lo siguiente que hice fue llevar a mi ebria cita al domicilio que indicaba su identificación.
—Hicimos papas al horno —respondió alegre sin dejar su trabajo en el dibujo.
—¿Así que seguiste mi consejo de aprender a cocinar con Dolores? —asintió
Me senté en el sillón lo suficientemente cerca de ella para poder ver lo que dibujaba, estaba dibujando a exactitud la puerta principal frente a nosotros, posiblemente con mejores lápices habría conseguido un efecto aún más realista.
—¿Qué piensas de África? —pregunté intentando sonar casual. Bella siguió dibujando sin levantar la vista.
—¿Qué parte exactamente? —sonreí al darme cuenta que esa había sido mi pregunta en la cena.
—¿Tienes algún país en mente?
—Oh, Marruecos —sonó soñadora—, tienen toda esta mezcla de lenguas e historia detrás, su comida es de otro mundo ¿no? Y sus colores, lo que daría por poder pintar un paisaje ahí.
No iba a ponerme a presumir que había estado ahí antes.
—¿Y tú?
—Supongo que también.
—¿Has estado ahí? —me apresuré a negar con mi cabeza—, lo siento.
—¿Por qué? —pregunté frunciendo el ceño.
—Por pensar que eras de esos niños ricos que iban a todas partes del mundo en sus vacaciones —me reí, me gustaba su franqueza.
—Yo prefiero quedarme encerrado en este apartamento —ahora ella se río, aunque aún sin dejar de dibujar. Parecía muy entretenida creando las sombras.
—Es un edificio bonito, si yo tuviera uno jamás saldría de aquí.
—Al menos eres coherente, porque no sales de aquí —me miró un par de segundos, pero decidió no decir nada y seguir dibujando.
—¿Lo soy, no? —el cabello de Bella estaba recogido en una coleta alta dejándome ver su cuello expuesto.
—Sí —en su nuca tenía dos lunares demasiado cerca, podía imaginarme dibujando una sonrisa debajo de ellos.
—Aunque hoy no lo fui. Hoy estuve de compras con Alice —dejó de dibujar y me miró.
Sonreí atrapado.
—¿Te convenció de comprar ropa?
—Ella no conoce límites, pero tengo los tickets para devolver algunas prendas —vamos de nuevo con eso.
—¿No son tu talla?
—No son mi precio —rodeé los ojos.
—¿Consiguieron mis camisas blancas?
Conseguí que se ruborizara y asintió.
—También tengo los tickets de esas.
—¿Puedo verlos?
Ella se levantó llevándose consigo el cuaderno de dibujo para mi decepción, me habría gustado saber qué tanto había estado dibujando a lo largo de estos días, pero intuí que un cuaderno de dibujo podía ser tan íntimo como un diario personal.
Bella regreso al menos con una docena de tickets, me los entregó en la mano.
Separé aquellos que eran de tiendas de caballero de las boutiques.
—¿Te quedó toda tu ropa? —me aseguré antes. Bella asintió. Seguí separando los tickets.
—Pero Alice ni siquiera miró el precio, sólo pasó la tarjeta.
Eso sonaba a Alice.
Lo siguiente que hice fue comenzar a romper en pequeños pedazos los tickets de la ropa de Bella sin mirar la suma total.
—¿Qué crees que haces? —tenía la boca semiabierta de asombro.
—Ya no los necesitamos —me encogí de hombros, rompiendo los pequeños pedazos en diminutos fragmentos.
—Edward, yo no puedo pagar esa ropa —ahora parecía estar por entrar en un ataque de pánico
—No estoy cobrándote la ropa.
Se cubrió la cara con una de las almohadas del sillón y ahogo ahí un grito. Me reí.
—Además, tengo un pequeño favor que pedirte y ahora no podrás negarte.
—¿Y ese cual sería? —preguntó mostrando sus ojos detrás de la almohada. Sonreí ante la imagen que ya imaginaba de su reacción. No era el plan de esta mañana, pero quizás lo que yo necesitaba era comenzar a verla como una amiga más. ¿Cierto?
Ella
Sábado, 20:02
Lo mantengo casual, un pantalón de mezclilla, unas zapatillas de suelo negras y una blusa rosa. No tengo maquillaje, así que hice lo que pude para arreglar mi rebelde cabello, me gustaría mucho una plancha para el cabello o una secadora, así que en su lugar agarré la mitad de mi cabello como mejor pude para poder hacer una media cola. Demasiado casual.
Tiré la coleta y decidí por llevarlo suelto.
Demasiado normal.
Solo un poco de cabello de la parte superior. Ahora un poco de cabello en la frente.
Soy un desastre. Si solo tuviera maquillaje sería más simple. Me veía demasiado juvenil sin siquiera un poco de rímel. Edward tiene treinta y dos años, seguramente sus amigos tengan su edad y las novias de ellos también serán mayores, lo que solo hará más notorio que él podría ser más mi niñera que mi novio.
Me quito la blusa floreada y la lanzo al suelo. Necesito encontrar algo diferente. Algo que no me haga parecer una chiquilla a su lado.
No hemos coincidido estos días fuera del apartamento, y no tendríamos porqué. Pero esto de alguna manera se sentirá como real real. Cuando entro al edificio o salgo de éste me aseguro que nadie excepto los porteros se den cuenta de mí.
Alice había insistido en que eligiera esta blusa en especial. La miro arrugando la nariz, no quiero usarla.
Y por otro lado es la más adecuada para lo que necesito.
Una blusa negra semitransparente de red con un top negro debajo. Es descarado, aunque sexi, no vulgar, solo moderno.
Resulta que Alice era muy simpática fuera del trabajo, el miércoles todo había sido un poco incómodo hacia el centro comercial dentro de su camioneta, sí, ella es la chica que anda encima de una camioneta negra gigante contrastando su apariencia pequeña e inofensiva. Pero la camioneta le va bien, porque ella en realidad es todo menos inofensiva.
Honestamente si tuviera que elegir una personalidad, me quedaría con la de Alice.
El miércoles mientras buscábamos camisas para Edward en tiendas de marca, Alice confesó la razón para mi presencia.
—Necesitas más ropa.
—No es así —Alice ladeó su rostro mirando otra camisa de vestir blanca, idéntica a la anterior y que tampoco le gustó porque la dejó en su lugar. ¿Qué tan difícil es escoger camisas blancas de vestir? Todas son lo mismo. Aunque ella no pensaba de esa manera.
—No puedes vivir con una prenda para cada día de la semana. Vas a desgastar tu ropa y parecerás fotografía pronto.
—Si no lo has notado, esto vale el doble de lo que yo gano a la semana —dije señalando una de las camisas de hombre que yo llevaba entre mis manos y que íbamos a pagar.
—Déjate consentir un poco, a Edward le sobra el dinero.
—No si sólo sigues escogiendo lo más caro para él —ella se río y negó con su cabeza.
—Cruza a la tienda del frente y ve eligiendo para ti, y si no lo haces yo lo haré y entonces si le saldrá caro a Edward. Es una orden —añadió cuando pareció ver que iba a negarme.
Le di las prendas de caballero y salí de la tienda como niña regañada. La boutique del frente era envidiable, estaba segura que cualquier mujer asesinaría por comprar aquí.
Y como excelente compradora comencé a revisar las etiquetas de las prendas. Miré hacia la tienda del frente donde aún seguía Alice, seguramente se había equivocado al enviarme aquí.
—¿Puedo ayudarte en algo? —se acercó una joven posiblemente de mi edad, negué con mi cabeza, ella miró mi mano que sujetaba la etiqueta de precio de un vestido. Solté la etiqueta.
—Solo estoy viendo.
—Entonces no toques —y sonrió con falsedad. Parpadee mientras ella daba media vuelta con sus tacones y se alejaba para volver tras la computadora. Recorrí la tienda con la vista sin atreverme a acercarme a la ropa. Se veía cara y debía ser aun más costosa de lo que podía imaginarme.
Sabía que debería salir de ahí, pero honestamente temía más la ira de Alice que las miradas envenenadas del par de empleadas.
—No tenemos rebajas —me informó la misma joven que se había acercado antes desde su lugar, haciendo que las otras dos personas en la tienda me miraran. Entrecerré los ojos y pretendí ignorarlas.
—Ahora dejan entrar a cualquiera a esta plaza —dijo a modo de disculpa la otra empleada a una de las clientes, una mujer posiblemente de treinta años que no me quitaba los ojos de encima como si fuera atraparme robando.
—A cualquiera con mal gusto —se acercó Alice con cuatro bolsas de ropa de diferentes marcas y se quedó a mi lado mirando a las dos mujeres tras la caja con su ceja levantada—. Te equivocaste de tienda, Bella, la tienda de al lado no apesta a mercancía de imitación.
Entre ninguna de las dos cajeras consiguieron hilar una frase coherente, abriendo y cerrando sus bocas sin decir nada.
—Si fuera tú, iría a un lugar donde no vendan clones —añadió Alice mirando a una de las clientes que sostenía un bolso. Después ella pasó su brazo debajo del mío y me sacó a risas de ahí—, esas zorras pesadas.
No me lo pienso, me pongo la blusa de red negra y acomodo el top sobre mi ropa interior. Si Alice había insistido en esta blusa, supuse que debía seguir su intuición y sentido de la moda.
Me calzo los zapatos bajos negros y salgo de la habitación.
—¿Estás seguro?
Edward está sentado en el sillón amarrando las agujetas de sus zapatos, levanta la mirada hacia mí y podría casi jurar que mantuvo su vista un segundo más en mi blusa. ¿Es demasiado casual? Lo último que necesito es avergonzarlo frente a sus amigos.
—Puedo cambiarme –le aviso.
—Tonterías.
Eso no quiere decir que me vea bien o mal, de hecho, no quiere decir nada.
—¿A dónde iremos?
—Un restaurante en el centro. ¿Llevas bolso? —negué con mi cabeza, sin celular, ni llaves o dinero un bolso sería solo un gran estorbo.
—Tengo mi identificación en el pantalón, descuida.
El restaurante es de esos sitios que tú los ves y sabes que no podrías costearlo. Hay algo en ellos que tiene signo de dinero por todas partes, así que lo admiras de lejos y sigues de largo porque no es para ti. Pero era para Edward. Porque estaciono frente al restaurante y luego un joven se acercó por las llaves.
—¿Seguro? —pregunto mientras Edward abre la puerta y asiente, yo no consigo encontrar incomodidad en su rostro. Así que bajo del automóvil tomando la mano que ofrece para mí.
—Serán solo mis amigos, y sus parejas.
—Pudiste haber dicho que terminamos.
—¿Y cuándo te encontraran en mi apartamento? –claro, y yo estaría ahí. Tenía lógica. Excepto que el sentido común a veces es un poco más complicado de lo que debería— y no tenía intenciones de explicarle nuestra situación.
Situación.
Bueno, situación suena mejor que "el gran aprieto en que me metí al rescatarte de la calle".
—¿Y qué les diremos si preguntan?
—No les diremos nada, solo te encojes de hombros y les sacas el dedo medio.
Me reí. Y lo miré con seriedad al darme cuenta que él no estaba riendo, negó con su cabeza con una media sonrisa, se estaba burlando de mí.
—Te encojes de hombros y yo les hago una peineta.
Bien, podía con eso.
Por dentro el restaurante era incluso mejor, caminé cerca de Edward aunque sin tomar su mano o su brazo, solo cerca.
Reconocí en la mesa a los tres hombres que había visto en el apartamento, James, Jasper y Mat, y un cuarto rostro familiar: Alice.
—No sabía que Alice estaría aquí –dije bajo, y cuando miré a Edward supe por su expresión que él tampoco esperaba encontrarla.
Alice se levantó de su lugar y caminó a nosotros, ella tenía una gracia sacada de algún salón de ballet para caminar, se veía feliz y no perdió su sonrisa incluso cuando me vio al lado de Edward, aunque supongo ya me esperaba.
—No hagas una escena –dijo ella tomándole la mano a Edward, dejando un beso en su mejilla— y pórtate bien.
Edward le lanzó una mirada helada pero no surtió ningún efecto en su hermana.
—Bella, que bueno volver a verte –me abrazó Alice tomándome desprevenida, demasiado amistosa. Entendí lo que estaba pasando hasta ese momento. La única persona que podía desenmascarar nuestra mentira era ella, pero también podía ser una aliada ideal para hacer pasar nuestra mentira como algo real.
—Esto es chantaje –se quejó por lo bajo Edward mirando con un poco de enojo en sus ojos a su hermana.
Pero Alice seguía dándome un abrazo, le devolví lo mejor que pude el gesto y me apresuré a fingir junto a ella.
Me tomó del brazo y caminamos hacia la mesa, había una rubia al lado de quien era Emmet, tenía un cabello brillante y perfectamente ordenado, como si alguien hubiese acomodado su cabellera y fijado con aerosol, excepto que se veía suave a la vista y debía serlo aún más al tacto. A su lado otra mujer parecía sacada de una revista de modelaje, una pelirroja de ojos verdes con el cabello rizado haciendo todo esa cantidad de cabello revuelto en algo precioso y natural.
—Bella, ya conoces a James, su novia Victoria –la pelirroja que tenía una perforación en la nariz—, Emmet–un tipo agradable que no paraba de sonreír teniendo grandes hoyuelos en sus mejillas—, Rose, esposa de Emmet–la rubia hermosa—, Jasper –el chico rubio tímido— mi novio.
El rubio tímido miró a Edward de manera nerviosa y luego se encogió de hombros, como dándose por vencido a la situación.
—Te lo íbamos a decir hace un mes –se excusó Jasper.
—Pero lo estamos haciendo ahora, porque por fin todos tenemos pareja. ¿No se ven adorables juntos? —Alice sonrío sentándose en una silla y palmeando la silla vacía a su lado para mí, miré a Edward que mantenía su rostro serio, asintió simplemente.
—Emmet dice que dibujas –la rubia se acercó hacia la mesa poniendo sus largas pestañas hacia mí, asentí.
—Solo un poco.
—Está siendo modesta, es increíble –dijo Edward a mi lado, sentí los colores subiendo a mi rostro y solo pude forzar una pequeña sonrisa a salir.
—Emmet y yo estamos por cumplir tres años juntos, ¿crees que podrías hacer un retrato de nosotros? —yo jamás había hecho un retrato como un pedido para alguien más— te pagaré, por supuesto.
—No podría aceptarlo. No soy tan buena.
—Pues espero que seas mejor que James –todos en la mesa rieron y yo solo pude fruncir el ceño perdiéndome por completo ese chiste íntimo, Edward se acercó a mí para explicar la gracia.
—James quiso dibujar a Victoria para su fiesta de cumpleaños, pero él no sabe dibujar –oh. James rodó sus ojos y la chica pelirroja le dio un suave manotazo.
—Fue un tacaño —explico ella— y no sólo no sabe dibujar, además pensó que sería buena idea poner esa cosa en la recepción de mi fiesta.
—Oh nena, te veías preciosa.
—Tenía una nariz con forma de grano, y unos ojos bizcos –dijo Victoria, mordí mis mejillas para no reír de eso.
—No olvides las tetas caídas —remató Rose.
—Uh, horrible.
—¿No fue el cumpleaños al que asistió el senador, el amigo de tu papá? —preguntó Jasper al lado de Alice, tenían sus manos unidas por encima de la mesa. Edward se río a mi lado mientras yo no paraba de jugar con la servilleta de tela sobre mis piernas.
—Doblemente horrible, se suponía que iba a contratarme y se topó con la peor versión de mí. En un cuadro a escala de mi tamaño real. Gracias, querido.
James besó una mejilla de ella.
—No hay manera que ninguna persona pueda retratar tu belleza.
—Eso no es excusa para dibujar tan mal.
—¿Y el dibujo de Edward es tan bueno como dicen? —preguntó Alice, al parecer el dibujo de Edward había sido tema de conversación de todos los presentes, lo que me hizo sentir cohibida. Quizá debí seguir dibujando manzanas en lugar de poner todas mis habilidades en Edward.
—Están exagerando, fue solo un boceto —intenté quitarle importancia al asunto. Aunque la siguiente serie de dibujos de Edward eran mucho mejores que el primero si debía añadir.
—Está mintiendo, eso debería estar en un museo, propongo que hagas un museo con tu cuadro, Edward –James levantó un tarro de cerveza hacia nosotros. Edward se río aunque su risa se detuvo cuando James me guiño un ojo con camarería. Forcé una sonrisa, sintiéndome como una intrusa en el grupo.
Justo en ese momento apareció el mesero con los menús. Lo abrí intentando distraerme para dejar de sentir mis mejillas arder.
Entendí al abrir el menú que este lugar no sólo se veía costoso e inalcanzable. Lo era. Una orden de papás francesas estaba cuatro veces su valor usual, ni hablar de la comida italiana o los cortes de carnes.
¿Por qué había aceptado venir? Edward me había preguntado antes de salir si llevaría bolsa, quizás había sido su manera sutil de decir dinero. No podía solo asumir que él iba a pagar, aunque yo no podía pagarlo. No sólo por los elevados precios, sino porque de hecho no había traído dinero conmigo.
Pasé de una hoja a otra con la vista, deteniéndome con la mirada en los precios. Intenté prestar atención a la conversación. Los cuatro hombres parecían estar hablando de la próxima temporada de deportes. Rose y Victoria estaban hablando de un próximo evento de modas. Volví a mirar el menú intentando encontrar algo que pudiera pagar, en vano, me rehusaba a pedir papas fritas como una niña. Alice a mi lado me dio un golpecito con sus rodillas en mi pierna, la miré.
—Es una tradición que el cumpleañero pague —miré de Alice a Jasper. Si no me sentía cómoda pensando que Edward lo haría mucho menos Jasper, a quien apenas conocía.
—Es la peor tradición, pero lleva años con nosotros —confirmó Jasper sin mostrarse preocupado por la suma de dinero que tendrá que desembolsar.
—¿Por qué?
Eso no tiene ningún sentido.
—Creo que inició hace unos diez años —Jasper frunció el ceño y Alice a su lado lo miró con unos ojos brillantes y una sonrisa de boba enamorada— ¿Cuándo inicio lo del cumpleañero paga? —Emmeta su otro lado deja de hablar sobre béisbol.
—El cumpleaños de James.
—El veintitresavo —añadió James—, todos olvidaron la cartera —me explica mirándome risueño y algo en el modo en que atrapa mi mirada con la suya me hace sentir acorralada.
—Nadie la olvidó —interrumpió Edward, liberándome de la mirada de James—, terminamos tan borrachos que nadie recordaba las contraseñas de las tarjetas.
—Oh cierto, mucho más honorable —refunfuñó James sin dejar de sonreírme. ¿Por qué me sonreía a mí cierto? Había pasado demasiado tiempo en un bar como mesera para saber cuando alguien te da una mirada como esa.
—En lugar de cobrarnos la cuenta, decidimos que podíamos hacerlo una tradición —explico Mat.
—La más estúpida tradición —remató Jasper—, pero somos hombres y esto es una cuestión de honor.
—Una parrillada saldría más barato —añadió entonces Victoria negando con su cabeza.
Alice a mi lado asintió, lo mismo que las otras dos mujeres. Así que era evidente que esta tontería nos parecía una locura a las cuatro.
—La mejor parte de la tradición, es que cada cumpleaños debe ser más elevado que el anterior —Rose parecía bastante molesta con toda esa tradición inmadura.
Tradiciones de niños ricos.
—Jasper invita —repitió Alice apretando mi mano debajo de la mesa y cuando la miré me pareció más amistosa que todas las veces antes, sonrío de vuelta. Jasper vuelve a hablar.
—E insisto, no te resistas a los precios. El siguiente cumpleaños es el de Edward. Y voy a hacer valer cada centavo de este festejo.
Edward se acercó un poco más a mí, ahora nuestros brazos podían tocarse.
—¿Recuerdas que te dije que Jasper lo planeaba todo con un mes de anticipación? Ha estado persiguiendo una reservación para este restaurante desde hace un año.
—Y por poco no hay disponibilidad. El año pasado pudo ser aquí —añadió Jasper, pero yo seguía atenta a los ojos azules de Edward que seguían sobre mí. ¿De qué estaba hablándome? Ni idea, asentí.
Volví a mirar el menú, aunque era imposible pensar en nada más que los precios. El siguiente cumpleaños era el de Edward, y dependía de esta cuenta lo que él tendría que gastar.
—Olvídalo, Bella —Edward puso la servilleta de tela encima de los precios. Con su otra mano tomó mi mano izquierda que estaba jugueteando con la servilleta de tela sobre las piernas y la llevó a la mesa, al menú. Agarró mi mano entre las suyas, haciendo que mi dedo índice apuntara hacia las opciones de cena.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté ruborizada, no se me escapaba que justo en ese momento teníamos seis pares de ojos encima de nosotros.
—Sin culpas, solo cierra los ojos y elige una opción.
Miré sus ojos azules un par de segundos antes de seguir su indicación y cerrar los ojos. Sin el sentido de la vista era demasiado consciente de su mano sobre la mía, de su brazo rozando mi piel, y de su aliento cerca de mi cara. Pasé saliva. Mi dedo pasaba encima del menú guiándose con Edward.
—¿Lista? —negué con mi cabeza ocasionando que riera. Detuve mi mano y abrí los ojos.
—Es carísimo —se burló Alice a mi lado, me acerqué para ver mi elección. Un filete de carne y un filete de salmón acompañados de verduras, ensaladas de frambuesa y gravy. ¿Sonaba caro, no?
Miré a Edward y negó con su cabeza.
—No se vale cambiar.
Lo que tampoco cambio fue el hecho de que mantuvo su mano tomando la mía a partir de ese momento, incluso cuando llegó la comida comenzó a comer con su mano derecha. Tal vez no se daba cuenta, o a lo mejor era tan consciente como yo que los ojos de sus amigos estaban puestos en nuestras manos. Así que pretendí normalidad como si toda mi atención no estuviera puesta a nuestros dedos entrelazados.
No sé qué esperaba de esta cena, quizá preguntas, muecas por mi repentina aparición en la vida de Edward, un interrogatorio sobre nosotros, o preguntas intimas hacia mí. Pero la noche fue solo una cena de risas, copas y anécdotas graciosas.
—Necesitamos volver a nuestra tradición —dijo Emmet mientras el mesero servía la comida frente a nosotros.
Y ya que nadie secundó su comentario me encontré en la necesidad de preguntar.
—¿Tradición? —¿había otra tradición más extraña que la de hacer pagar al festejado?
—Llevamos un año sin reunirnos así.
—¿Un año? —sonaba a un gran lapso de tiempo, pensé que esto era una costumbre entre ellos. No me pasó desapercibida la tensión que sentí en la mano de Edward. Y Emmet debió ver algo en los ojos de él porque se acomodó el cuello de la camisa repentinamente incomodo con su posición.
Miré a Edward.
—¿Un año no es mucho tiempo? —lo cierto es que podría haberlo dejado pasar, pero ya que estábamos ahí pues qué mejor que satisfacer mi propia curiosidad.
—Salía con una snob –dijo Jasper a lado de Alice.
—¿Una snob? — ¿eso era algo bueno o no? Venga, estábamos en un lugar snob, aunque ellos pensaban que no lo era. Una snob debía estar muy bien.
—Ya sabes, la típica que necesita la cena en un crucero y codearse con personas importantes –demasiado bien.
—Somos importantes –dijo James dándole una mordida a su filete para seguir hablando con comida en la boca—, sólo que no somos dignos de cenar con el presidente –sonreí.
—Ni con tu madre, cariño —Victoria le dio un beso en la mejilla—. Nuestro único viaje con ella, y pasó más tiempo desfilando sus trajes de baño que en el agua.
—Conté quince –dijo Rose asintiendo.
—Pero esos eran solo los nuevos –dijo Alice riendo— compró quince trajes de baños para un fin de semana.
—Las dejas solas un segundo y ellas hacen fuego con la primera persona que pueden –dijo Jasper a mí. Tampoco me pasó desapercibido que entre él y Edward estaba habiendo un pequeño intercambio de miradas. Miré a Edward, no parecía cabizbajo ni nostálgico por la chica, tampoco parecía que iba a sumarse a ese juego de insultar a su ex, sino incómodo y pensativo.
Le di un apretón en la mano y me miró, me dio una sonrisa de lado. Tuve que tomar una bocanada de valentía antes de decir:
—Pues es una suerte que yo no sea una snob —y la sonrisa de Edward se volvió un poco más amplia y juguetona. Me devolvió el apretón en la mano antes de ser interrumpidos por Emmethablando de gente millonaria en bancarrota.
—¿Y cómo se conocieron?
Me encogí de hombros intentando hacer pasar mi falta de respuestas por timidez.
—Aquí estamos muriendo de curiosidad y no queremos ver nuestras cabezas rodar con Edward cerca. Pero eres simpática, sé que nos dirás —mi pie repiqueteó contra el suelo, intentando pensar en qué decir.
—Supongo que sólo pasó. Nos conocimos y bum.
Eso no decía nada. Rose y Victoria me miraban expectantes a escuchar más. Miré a Alice en busca de ayuda, pero ella fingía estar buscando su labial en el pequeñísimo bolso. Así que estaba sola en esto.
—¿Dónde?
En una horrible calle.
—En la cafetería de Alice.
Ahora miraron a Alice en espera de respuestas.
—¿Ven? Deberían visitarme más seguido. Todo puede ocurrir ahí.
—Lo siento linda, pero el café tiene demasiada azúcar.
—Está el café negro.
—Y cafeína.
—¿Y después qué pasó?
—Comenzamos a conversar y sólo pasó.
—¿Cuándo? —me encogí de hombros, ¿Dónde mierda se había metido Edward?
—Hace unas semanas.
—Seguro que pasó contigo todas sus vacaciones, ¿no? Él parece ser del tipo que no te deja salir de la cama en unas semanas.
—¡Iugg! Es mi hermano, Victoria.
Me sonrojé y eso sólo ocasionó las risas de ellas.
—¡Lo sabía! —grita Rose señalando mis mejillas.
—¿Aun sigue teniendo todos esos músculos debajo de la camisa? —este fue nuestro turno de levantar una ceja interrogante nosotras tres sobre Victoria— ¡Lo siento por tener ojos! El verano pasado fuimos a las islas canarias, por España —aclaró para mí— y solo lo vi con traje de baño. ¿Entonces, sí?
Asentí, recordando cuando lo encontré sin camisa unos días atrás. Sentí calor entre mis piernas así que me limité a asentir intentando pensar en cualquier otra cosa que no fuera Edward sin camisa.
—¿Van en serio?
—Rose –Alice uso un tono de voz de advertencia.
—Yo, no lo sé —¿debería decir que no? ¿debería mostrarme muy enamorada y decir que sí?
—Te está llevando a su piso, nunca hace eso.
—A excepción que quiera casarse contigo –me reí ante aquella ocurrencia de Victoria, pero tanto Alice como Rose le lanzaron dagas con sus ojos a ella. Así que mi risa se detuvo, ¿me estaba perdiendo de algo aquí?
—Se están conociendo, déjala ya –dijo Alice dándome un apretón en la mano.
—Por favor, James dijo que la llevó este miércoles a The Moon, ¿sabes lo difícil que es conseguir un lugar ahí? –no respondí y Victoria parecía tener cero capacidades para leer a la gente— para de pisar mi zapatilla, Rose –Rose me miró con una disculpa grabada en su rostro. Pero yo tenía que saberlo.
—¿Este miércoles?
—Sí, el restaurante francés.
El miércoles Edward había llegado un poco más tarde al apartamento. ¿Sería posible que esta semana él hubiera tenido una cita? ¿Tenía acaso algún derecho para sentirme enojada al respecto? No. ¿Entonces por qué estaba tan molesta?
—No sé de qué estás hablando.
—The Moon —insistió Victoria—, venga, James los vio ahí, ¿no lo recuerdas? —negué con mi cabeza, mordiendo con fuerza mi lengua— Rosalie, vuelves a pisarme y te lo devolveré —Rosalie seguía mirándome con algo muy cercano a la lástima.
Pasé el nudo que se había formado en mi garganta a la fuerza, sintiéndome de pronto muy estúpida.
—Necesito ir al baño.
Me levanté ignorando a Alice cuando intentó detenerme, yo lo sabía pero eso no evitaba que doliera menos, un hombre como Edward no podía estar solo sin más. ¿De verdad había sido tan tonta para pensar que podía tener alguna oportunidad?
Cuando pensé que no iba a recibir más comentarios, volvía a entrar desde el celular y la cantidad se iba duplicando, realmente asombrada de la recepción silenciosa que había estado teniendo sin saber.
Un agradecimiento por leer y sobre todo por comentar a: Daniela, Erika, Ana, Sara, Narraly, Rosiichita, Lolis, TeamEdward, Alecas, ZharyBell, FlorcitaCullen, Nenita, MayJhonsonD, Nana, Miop, Wenday14, Terewee, Geminis1206, Cinti77, LunaCullen, DianaGarcía, Analy, AliCullen, LauryD, Karlanicolepa, Catita1999, Lore562, Angryc, Viridianaconticruz y a las 16 personas anonimas que comentaron entre hoy y ayer.
Tengo el siguiente capitulo listo, solo estoy terminando de editarlo y añadir descripciones, pero como estoy un poco corta de tiempo.
Así que si tu me apoyas dejando tu comentario, yo me apuro a concluirlo para antes del domingo.
Y un avance más largo que los otros solo para hacerles enloquecer:
—Necesitas un teléfono –dice con simpleza. Bufo con exasperación, por supuesto que necesito un teléfono, aunque no es tan simple como parece hacerse de uno, no con todas mis deudas.
—Si tuviera uno también estaría en Tinder, ¿sabes?
Yo y mi bocota de ebria.
—No pareces de ese tipo —dice sin dejar de caminar, frunzo el ceño mientras intento alejarme de él, pero me da alcance rápido y me sostiene de la cintura. ¿Por qué tengo que estar tan borracha?
—Pero tú sí pareces, ¿no?
—¿Detecto celos en tu voz?
