XII
El Cuerpo de Exploración

No sabía cómo sentirme.

En mi corazón había dicha, por pasar buena parte de esos días con Krista, preocupación por el destino de Eren, y rabia por ese maldito enano que se atrevió a golpearlo como si fuese un saco de papas. Por lo menos sabía que el juicio había sido favorable para Eren, pero no tenía idea de cuál iba a ser su destino. Se había hablado del Cuerpo de Exploración, pero no de una ubicación física, y, aunque entendía el motivo del secretismo, igual me provocaba una sensación de incomodidad no saber adónde lo iban a llevar.

Sin embargo, había un rayo de luz ante tanta nube negra.

Al día siguiente teníamos que decidir a qué rama militar queríamos pertenecer. Sabía que Eren, de acuerdo al dictamen del juez, iba a participar en una misión junto al Cuerpo de Exploración. Era lógico que yo escogiera ir a la misma rama del ejército. No sabía si mis compañeros de la 104 tomarían la misma decisión que yo, pero estaba segura que Armin también iría al Cuerpo de Exploración. No obstante, pensar en eso me trajo un considerable nudo en la garganta. Recordé la conversación que sostuve con Krista antes que los titanes penetraran en Trost, y supe que mañana iba a ser el último día que la viera, quizás en mucho tiempo.

De repente, no quería que ese día terminara, pero lo hizo, y de forma muy rápida. Es curioso que las cosas que temes lleguen más rápido que las cosas que deseas. No debería ser así, pero es lo que ocurre, y no había nada que pudiera hacer al respecto. Lo único que estaba en mi poder, relativamente, era dormir cuanto me fuese posible, y enfrentar el día de mañana.

Como esperaba, dormí mal. Me revolcaba de un lado a otro de la cama, pensando, pensando y volviendo a pensar en lo que iba a pasar. Para serles honesta, jamás creí que algo como esto me podía ocurrir, no con alguien distinto a Eren, pero pasó. Al parecer, pasar el suficiente tiempo con otra persona podía hacer que la extrañaras cuando se iba. Volviendo a lo que nos ocupa, me masajeé los ojos, me mojé la cara antes de darme un baño, me puse mi uniforme y partí al campo de entrenamiento. Noté que había soldados montando un escenario improvisado, y que había muchos reclutas hablando entre ellos. Unos lucían emocionados, otros nerviosos, y había unos pocos que no decían nada, asumía que por miedo a vomitar. Por mi parte, si no fuese por el hecho que dormí como la mierda, habría estado relativamente bien.

Para ganar tiempo, busqué a Armin, pero, mientras caminaba por el campo, me encontré cara a cara con Krista. Por un momento pensé en evitar mirarla a los ojos, pero luego me percaté que aquello habría sido un error. Necesitaba enfrentar mis temores, no huir de ellos.

—Hola, Mikasa —dijo ella. Noté, a juzgar por el tono de su voz, que tampoco lucía muy contenta. Cuando la miré con más detalle, vi que derramaba lágrimas.

—Krista —le dije, poniendo una mano sobre su mejilla y, con un dedo, le limpié las lágrimas—, sé qué es lo que te pasa, porque a mí me ocurre lo mismo. Aquí nos vamos a separar, aunque no quiero creer que estemos lejos para siempre.

—Mikasa, ya sabes cómo son los de la Policía Militar. Odian al Cuerpo de Exploración. Piensan que pelean por una causa perdida y, por ello, creen que derrochan recursos que podrían emplearse para mantener el orden público. Dudo que permitan que me vayas a ver.

—Entonces, ¿por qué no te unes al Cuerpo de Exploración? De ese modo, estaremos juntas.

—No puedo, Mikasa —dijo Krista, y vi que lucía realmente apenada por la decisión que debía tomar—. Algo más grande que tú hace que deba tomar este camino. Es parte de los secretos que te estoy ocultando—. Krista me dedicó una mirada que parecía mostrar súplica, y volvió a retomar la palabra—. ¿Por qué no vienes conmigo? Eres la mejor soldado de nuestra promoción. Te recibirían con honores… y estarías conmigo.

—Sabes que no puedo hacer eso —le dije, sintiéndome horrible por esas palabras, pero eran necesarias—. No puedo dejar a Eren solo en el Cuerpo de Exploración. Tú, por otro lado, estarás segura entre las filas de la Policía Militar. Te prometo que volveré por ti, y, si es posible, podríamos ver adonde nos llevará lo que hicimos el otro día en mi habitación.

Los ojos de Krista brillaron.

—¿En serio?

—Por supuesto. Ymir me dio algunas pistas sobre el tema, aunque le dije que lo había preguntado porque me interesaba otra mujer, ya que nosotras ya no vamos a estar juntas.

Krista soltó una carcajada.

—¿Y te creyó?

—Al parecer sí, de otro modo, no me habría dicho nada. Me felicitó porque finalmente me iba a separar de ti, aunque también dijo que era una pena que no hubiera quedado entre los diez primeros.

Krista se llevó una mano a la frente, negando con la cabeza.

—Ay, Ymir. ¿Por qué eres tan testaruda? No sé a qué juega, creyendo que puede conquistarme con sus maneras. Sabe que no tiene oportunidad, y menos ahora que te tengo a ti.

—Me siento halagada —dije, acercando mis labios a los suyos—. Procura cuidarte de ella, ¿quieres? No quiero tener que atravesar el muro Sina para rescatarte.

—¿Lo harías?

—No. Era solamente una broma. —Aproveché el momento de desconcierto de Krista para encajarle un beso suave y breve en sus labios. Cuando me separé de ella, me miró con una sonrisa en su cara, mientras que yo le tomaba ambas manos.

—Cuídate, ¿de acuerdo?

—Lo mismo te digo —me dijo Krista, tomando una de mis mejillas con una mano—. Estaré pensando en ti.

Yo no dije nada. Solamente la besé en la frente y solté sus manos, para luego dar media vuelta y seguir buscando a Armin. No miré hacia atrás en ningún momento, aunque asumí que Krista seguía en el mismo lugar, mirando cómo yo me alejaba de ella… o al menos eso quería creer.

La buena fortuna quiso que me encontrara con Armin minutos más tarde. Estaba solo, lo que no me extrañaba demasiado, porque Eren ya se encontraba lejos de nosotros, en alguno de los cuarteles del Cuerpo de Exploración, y Armin no hablaba mucho con el resto de la 104.

—Te estuve viendo —dijo Armin, mostrando una pequeña sonrisa—. Lucías feliz, realmente feliz, algo que no te había visto desde que te conocí.

—Era feliz con mis padres, pero ellos ya no están conmigo.

—Y ahora estás con Krista —dijo Armin, poniéndome una mano sobre mi hombro y mostrando una sonrisa más amplia—. Me alegra que seas feliz, aunque tengas que alejarte de ella.

—Estoy segura que la volveré a ver —dije, mirando hacia ningún punto en particular, pensando en ese último beso y en lo que me esperaba cuando me encontrara nuevamente con Krista—. La vida no me ha sonreído últimamente, pero sé que lo hará en algún momento.

Noté que Armin tenía el ceño fruncido, como si hubiera visto un detalle en mi cara que no le cuadraba mucho.

—¿Qué?

—Bueno, es que es la primera vez que ves el lado bueno de las cosas —dijo Armin, mirándome como si yo hubiera caído gravemente enferma—. Vaya. Creo que Krista te cambió bastante. Has pasado mucho tiempo con ella, ¿verdad?

—No me digas que no lo notaste.

—Una cosa era compartir en las barracas, otra muy distinta es cuando están en los dormitorios de las chicas. Apuesto que conversaban mucho después de los entrenamientos. Aunque me cuesta creer que una chica como Krista haya podido entrar en tu corazón. Pensé que estabas demasiado dañada por lo que te ocurrió cuando eras niña como para abrir tu corazón nuevamente.

—Ella nunca me juzgó, nunca me hizo a un lado —dije, percatándome de cómo estaba hablando, aunque no hice nada para cambiar mi tono de voz—. Me aceptó tal y como era, y yo, bueno, no fui capaz de decirle que no. Es tan inocente y amable, tan dulce y bienintencionada, que ni siquiera supe en qué momento comencé a sentirme atraída por ella. Jamás había experimentado algo así.

—Y es algo bueno —dijo Armin, mirando hacia el escenario, y noté que los soldados ya se estaban agrupando frente a éste—. Los demás aprueban tu relación, bueno, a excepción de Ymir. Annie tampoco lucía muy contenta por eso.

Los dos comenzamos a acercarnos al escenario, mientras que el resto de la 104 nos siguió.

—Por favor, no me lo recuerdes.

En mi caso, no era necesario que el comandante del Cuerpo de Exploración, Erwin Smith, diera semejante discurso para convencerme de entrar. Pero sí lo había sido para el resto de los que se unieron. Casi todos mis compañeros de la 104 entraron conmigo, a excepción de Ymir, quien decidió unirse a la Tropa de Guarnición, por alguna razón. Lo que más me sorprendió, sin embargo, fue que Annie también nos acompañó. Yo creía que tenía intenciones de unirse a la Policía Militar, porque había dado muchas razones por las que deseaba hacerlo. Dudo mucho que hubiese tomado tal decisión por estar más cerca de mí, porque Annie no era de esas personas que se exponían al peligro por un capricho. Como lo pensé en su momento, debía haber otra razón por la que hizo ese movimiento, pero, tal como la primera vez, no le di importancia.

Después de una breve introducción a lo que era el Cuerpo de Exploración y qué representaba, nos enviaron a uno de los pocos cuarteles que poseía aquella rama militar. Era el mismo edificio al que había sido destinado Eren, y me sentí curiosamente alegre, como una niña que esperaba por un regalo muy anticipado y que ya sabía en qué consistía. Noté que, de los pocos miembros del Cuerpo de Exploración que había visto hasta ese momento, muchos de ellos eran muy excéntricos, pero lucían bastante más que determinados en cumplir con su misión principal: explorar.

De todos ellos, los que más destacaban eran tres: uno era el mismo comandante del Cuerpo de Exploración, Erwin Smith. Rígido, carismático y con una inteligencia y voluntad rayando en la excelencia, se veía como el tipo de persona que se necesitaba para librar una batalla. El segundo de ellos era aquel enano que había golpeado a Eren durante el juicio. Resultaba que su nombre era Levi, y me di cuenta rápidamente que nadie lo llamaba por su apellido. Otra cosa que me llamó la atención de Levi era su compulsión suicida por la limpieza. Ponía cara de asco cada vez que su uniforme se manchaba con un poco de barro. La última persona peculiar en el grupo era una mujer de unos treinta y tantos a la que, por alguna extraña razón, le encantaba hablar de titanes. Tal vez era la única persona que había conocido que no sentía un acceso de odio cada vez que pensaba en ellos. Su nombre era Hange Zoë, y a veces podía dar un poco de miedo.

Sin embargo, estos tres personajes, pese a sus peculiaridades, tenían una cosa muy importante en común.

Eran los mejores en lo que hacían.