Sheika 360: En primer lugar, quisiera agradecerte de corazón las palabras llenas de cariño hacia la historia y a mi contenido en general. Me siento muy honrada, en serio. Y sí, por fin se vino actualización :) Creo que los estoy metiendo aun más profundo en el problemón jajaja! Pero no voy a decirte más, te dejo que lo leas :) Espero que te guste este capítulo. Saludos!


Capítulo 17: Víctimas

África. El sol despuntaba sus primeros rayos bañando las llanuras costeras y las mesetas del sur de Liberia. El clima seco estaba dando lugar al reinado del monzón africano, que ya comenzaba a ejercer su poder con copiosas lluvias, agravando la humedad con los 40°C que alcanzaba el termómetro. Comenzaba la estación húmeda, una tortura para quienes no estaban acostumbrados.

Entre ellos, el equipo médico del cual hacía parte una acalorada Hange.

Mientras se abanicaba con la mano, observando cómo las nubes amenazaban una nueva lluvia, reía divertida al ver momentos antes a Erwin Smith yendo a bañarse por tercera vez en la mañana ante la humedad sofocante.

—Hombre tonto, ¿quién te manda a dejar la comodidad de tus lujosas casas para venir a perderte en la selva africana? —refunfuñó para sí misma mientras se secaba la frente perlada de sudor, rogando que las nubes negras trajeran un poco de viento previo a la lluvia.

—Sucede, Hange, que tuve una razón muy poderosa para dejar mis lujosas casas y venir hasta aquí —le respondió una voz, haciendo que ella diera un respingo. Un mojado y colorado Erwin Smith la miraba de una manera que la doctora no supo cómo interpretar.

—Pues yo no hubiera hecho tal cosa, pero el deber es el deber —repuso ella—. Y tú no tienes obligaciones aquí.

—Claro que las tengo —replicó Erwin levantando las cejas—. Un deber para contigo y el Centro Karanese.

—Ay, ya vas a empezar con lo mismo…

—Y seguiré insistiendo hasta que esto termine y regreses conmigo a París —insistió el hombre mientras miraba a su alrededor—. ¿Dónde se encuentra el Dr. Shadis?

—Haciendo su guardia del día en la última carpa, John fue a Harper a- —Hange se vio súbitamente interrumpida por el sonido de un disparo. Su rostro, al igual que el de Erwin, palideció.

Ambos corrieron como alma que lleva el diablo hacia la carpa del fondo, de donde vino el disparo y en donde se encontraba Keith Shadis junto con su equipo médico y los pacientes más graves. Otra seguidilla de disparos hizo que los dos se detuvieran y quedaran paralizados a medio camino, sudando frío y con náuseas a causa de la terrible sospecha que se cernía sobre el campamento. Desde las otras carpas, los demás doctores se asomaban, más muertos del miedo que curiosos. Hange, sin tener idea de lo que pasaba, como los demás, temía venir una histeria colectiva.

¿Pero qué estaba sucediendo?

Aterrorizada, su pregunta obtuvo respuesta al ver salir de la carpa a un grupo de hombres armados, de aspecto amenazante y vestidos con prendas militares. Uno de ellos tenía un revólver encañonado contra la sien de Shadis, quien, con orgullo inglés, se mantenía la frente en alto e impasible, en un intento de no desesperarse él ni ninguno de los suyos. Al instante, Hange llegó a la conclusión de que era un grupo terrorista, a juzgar por las prendas y el aspecto descuidado de esas personas, como si hubiesen pasado meses o años escondidos en lo más profundo de la húmeda espesura africana. Eran casi una docena de hombres, y por el rabillo del ojo, la castaña pudo visualizar a una veintena más saliendo desde distintos puntos de la selva alrededor de la aldea aislada. Era evidente que desde hacía días estaban siendo vigilados y rodeados. A su lado, sintió como Erwin se tensaba.

Los cercaron y apuntaron con sus armas, con sendas sonrisas como si se hubieran ganado la lotería. Hange no entendía nada, estaban en un pueblo que en ese momento era evitado por todo el mundo. O esos hombres eran ignorantes o muy estúpidos. O tal vez había otra razón por la que arriesgar sus vidas de esa manera tan temeraria.

De repente, un pensamiento horrible cruzó por su mente.

—Esos disparos… —comenzó ella con cautela, mientras temblaba.

—Esa gente estaba sufriendo, no había motivos para que siguieran en semejante agonía —respondió en perfecto inglés un hombre alto y de piel más oscura que sus compañeros; Hange supuso que era el líder.

—¿Acaso… los mataron? —graznó aterrada.

—A ellos y a unos doctores que no quisieron cooperar en entregarse pacíficamente —se justificó el hombre con una sonrisa maligna.

El miedo de la mujer comenzó a mezclarse con ira, desembocando en una cuasi histeria.

—¿QUIÉNES SE CREEN QUE SON? —les increpó con los ojos desorbitados mientras Erwin, olvidándose de su propio miedo, la rodeó con sus grandes brazos para evitar que se lanzara de lleno hacia la muerte a manos de uno de esos sujetos—. ¿QUÉ ES LO QUE QUIEREN? ¡ESTAMOS TODOS METIDOS EN UN RIESGO MÁS GRANDE QUE UN ASALTO, POR DIOS!

—¡Hange! —trató de tranquilizarla Erwin mientras la presionaba contra su pecho. Ella comenzó a sollozar desesperada contra él. Los extraños visitantes comenzaron a reír a carcajadas mientras apuntaban a todo el campamento y se disponían a hurgar dentro de las carpas y casas en busca de objetos valiosos y comida.

—Esas no son formas, señora —la regañó con cinismo el líder del tenebroso grupo—. Pero despejaré sus dudas presentando a mi familia: mi nombre es Joseph Tembo, y junto con mi pueblo, conformamos el Honorable Grupo Militar Marley.

Todos los presentes, salvo los implicados, se estremecieron, incluidos Hange y Erwin. Marley…

Marley, grupo terrorista africano, que entre sus actividades delictivas principales, se encontraban el tráfico de diamantes, personas y armas. Era un grupo que comenzó siendo una rama más del Boko Haram nigeriano, del cual lograron independizarse para lograr sus propios objetivos sin rendir cuentas a nadie más. Sus intereses iban más allá de la religión, era una cuestión social y territorial: la financiación del grupo para algún día lograr tener el control político e ideológico de toda África. Era un sueño a lo grande, pero para Marley, era algo perfectamente posible y viable si tenían los recursos necesarios. Así tuvieran que eliminar a gran parte de la población para cumplir ese sueño de no globalización en el continente africano. Un continente que sólo respondiera a los tratados y enseñanzas de sus ancestros y no a la doctrina de otras religiones y estructuras sociales traídas de afuera.

Y ahora se les cruzaba una oportunidad sin precedentes.

—¡¿Pero qué es lo pretenden al venir hasta este lugar?! —exclamó Erwin, también entre aterrorizado y furioso—. ¡No hay nada aquí que pueda interesarles, sólo enfermedad y muerte!

La sonrisa de Joseph Tembo se acrecentó aún más, así como las de sus seguidores, si es que podía ser posible. Le dirigió una mirada significativa al rubio norteamericano.

—¿Olvida, Sr. Smith, a qué nos dedicamos la gente de Marley? —le preguntó con intención.

Y entonces, la sombra de la sospecha cayó sobre Erwin… ¿Cómo diablos sabían quién era él?

En ese momento, un brillante y peligrosamente cercano rayo cayó más allá de la meseta que los rodeaba por tierra.

Marley, grupo terrorista africano, que entre sus actividades delictivas principales, se encontraban el tráfico de diamantes, personas y… armas.

Y entonces Erwin abrió los ojos con horror, al fin entendiendo todo.

—Sin duda, descubrir que el hijo de Erwin Smith, Sr. está aquí pasando una temporada en nuestro país, fue como una bendición para nosotros —gorjeó contento Tembo mientras respondía su propia pregunta dirigida al empresario—. Será interesante cuánto es capaz de dar su padre por su rescate, señor…


Los días pasaban, de manera preocupantemente tranquila, como si todo el mundo estuviera dentro del ojo de la tormenta; tormenta que en cualquier momento alcanzaría su punto más álgido y peligroso. Esa incertidumbre disfrazada de calma afectaba a todos los involucrados de alguna manera: Petra, con el apoyo de Levi, acababa de presentarle la demanda de divorcio a Zeke, con la consecuente custodia de su único hijo en común… pero el terror la invadía, pues a pesar de estar acompañada por el hombre que amaba y de contar con uno de los mejores abogados del país, tenía un presentimiento espantoso sobre cómo podría acabar todo su conflicto con el rubio de lentes. Ni las palabras tranquilizadoras del azabache lograban darle sosiego a su alarmado corazón. Su esposo no había dado una respuesta furiosa, como se había imaginado, sino que permaneció en silencio, sumiendo a la pelirroja en una temerosa duda. Conocía a Zeke y sabía que algo tendría entre manos para contraatacar.

Los días pasaban, y era precisamente Mikasa la que lucía mucho más inquieta, sin poder dejar de fingir que no tenía preocupaciones de ningún tipo ni sospechas. Después de descubrir a Thomas Wagner fisgoneando entre cosas tan absurdas como una servilleta o una pajilla usadas por ella recientemente, su sagaz mente no podía más que considerar posibilidades horribles que no quería aceptar. Posibilidades que, de ser ciertas, jamás verían la luz en lo que a ella respectaba.

Y por ello, tomó una decisión.

—Hola, Thomas… —saludó con voz jovial una vez que el rubio atendió su llamada—. ¿Sabes? Necesito verte… podríamos ir al Viaduc des Arts a comer algo y ver una obra de teatro en la zona… ¿A las 21 hs está bien? Genial, te espero —cortó la llamada con un largo pero decidido suspiro. Estaba dispuesta a saber qué diablos estaba pasando a su alrededor.


Si bien no había demostrado su desesperada ira cuando recibió la demanda de Petra de mano de nada y nada menos que de Willy Tybur, Zeke se sentía como un león enjaulado. Como si se tratase de una maldición que no creía merecer, el destino le estaba arrebatando a la mujer que amaba y al hijo que ambos habían procreado. No, no… jamás permitiría que Falco pasara el resto de su niñez y adolescencia viviendo junto a Levi, creciendo bajo su influencia. Jamás lo permitiría, así tuviera que recurrir a su última carta; aquella a la que desearía no tener que recurrir nunca, pero que ahora era de importancia vital.

Y como un tornado, se dirigió en un viaje corto hacia Suiza a ver a Theo Magath, uno de los mejores abogados del mundo. Cruel, despiadado, muy influyente y muchas veces amigo del juego sucio, Magath no era una persona con quien uno debía involucrarse mucho, para bien o para mal… pero allí iba Zeke; ya que Mike decidió no llevar esa carga sobre los hombros a causa del embarazo de Nanaba, quien llevaría las riendas de ese salvaje juicio que se avecinaba sería el mismísimo Magath.

—Es sólo que me pone nervioso y temeroso que mi propio hijo crezca bajo la influencia de Levi Ackerman —explicaba Zeke en la oficina de Magath en Ginebra mientras miraba por los grandes ventanales—. Imagínate, Theo, que vuelvan a Aubagne… tengo buenos recuerdos de ese lugar, ¡pero no deja de ser algo parecido a una zona endémica! Tengo que evitar que mi hijo tenga tratos con esa gente Ackerman… si llegara a entrar en la adolescencia en ese pueblo, no sé si sería demasiado tarde…

—Te olvidas de la madre, Zeke, por lo que me contaste ella es de allí junto con Ackerman —puntualizó Magath—. Si desea recuperar su nombre, no le será tan difícil volver a relacionarse con sus antiguos conocidos en ese pueblo que tanta repulsa te provoca.

—De la madre me encargaré a su debido tiempo, pero lamentablemente su punto débil también es el mío: Falco —replicó el rubio acomodándose los lentes—. Y si tengo que alejarlo hasta de mí mismo para evitar el ridículo cuadro familiar con Petra y Levi, pues que así sea. Eso también les enseñará a ellos que con Zeke Jäger no se juega. Y Levi parece que no aprende: ya le arrebaté una hija y piensa que podrá hacerme lo mismo… que no me haga reír, por favor.

Magath levantó las cejas, asombrado. Sin duda, Zeke era capaz de cualquier cosa por hacer infeliz a Petra.

—Entonces, ¿concretarás ese viaje definitivo de tu hijo a Austria con tu familia Fritz? —le preguntó con curiosidad.

—Por supuesto, y allí es donde te necesito —señaló Zeke con una mirada significativa—. El mayor logro de Petra no será divorciarse de mí, sino que lo será el quedarse con mi único hijo. Quiero que dediques tus días y tus noches en hacer lo que creas necesario para declarar a mi esposa incompetente en su labor de madre. Necesito la tenencia de Falco como sea; y ella, puede largarse con Levi, si es que pueden vivir felices con semejante escarmiento que pienso darles.

—Declararla incompetente… —reflexionó Magath, ya imaginándose un modus operandi para triunfar sobre Willy Tybur en ese caso.

—Luego me reuniré con él en Austria y nuca más volveremos, de eso puedes estar seguro —sentenció Zeke con una sonrisa maligna—. Falco jamás volverá a tener contacto con Petra y con el vagabundo de Levi.


Después de asistir a una función en la Ópera de la Bastilla y de cenar en el cercano restaurant Amarante, Mikasa y un sonrojado Thomas decidieron dar un paseo por la zona del Viaduc des Arts, antigua vía ferroviaria devenida en un centro de recreación y artes. Era casi de madrugada y el lugar se hallaba casi desierto por ser un día de semana. El sonrojo de Thomas delataba el nerviosismo por lo que podría ocurrir allí, cuando sería mucho más fácil rentar una habitación de hotel, pero no opondría resistencia si la joven azabache quisiera hacerlo ocultos en un lugar público. Total, estaban solos…

El rubio comenzó a darse bofetadas metales por fantasear de esa manera con Mikasa. ¿Cómo era esto posible? Jamás se había comportado así a causa de una mujer, y sus años como agente secreto le habían dado la fortaleza necesaria para no caer ante ningún tipo de encantamiento. Ahora se daba cuenta de que le faltaba mucha práctica para considerarse un profesional idóneo. Pero su trabajo ya estaba hecho: había conseguido lo que Ymir Fritz le pidió y lo había recompensado generosamente; podría largarse de vuelta a casa, pero si podía tener algo con su "víctima" antes de aquello, mejor para él.

En la oscuridad del camino Coulée verte René-Dumont y abrigados por la frondosa vegetación del lugar, Thomas se dio la vuelta esperando a una Mikasa ruborizada pidiéndole besos y caricias bajo el manto de la noche parisina. Pero no se encontró con eso…

Mikasa lo observaba con una mirada fría e implacable que brillaba tanto o más que las luces de la Ciudad Luz, pero con un dejo peligroso y amenazante que hizo que el joven se estremeciera. Lo tenía acorralado, pues él se encontraba entre ella y el pretil del puente de siete metros de altura.

—¿Qué sucede, Mikasa? —preguntó con nerviosismo.

—Eso es lo que yo debería estar preguntándote a ti, Thomas —respondió ella con voz ronca—. ¿Qué sucede, Thomas? ¿Quién eres? ¿Qué hacías siguiéndome? Ni creas que no me di cuenta de que lo hacías, incluso desde antes de conocernos al fin —y agregó—. No quiero pensar que tienes tratos con la vieja bruja de Ymir… ¿o sí? O con la insoportable de Yelena. Todo comenzó cuando esas dos vinieron a molestar aquí.

Thomas quedó de piedra. Mikasa era de mente muy aguda y se había dado cuenta de todas sus artimañas. Pero si todavía podía negarlo…

—¡No tengo nada que ver con esas mujeres! —se defendió él dando un paso atrás.

—¡Claro que tienes que ver! ¡Eres ingenuo si piensas que no me percaté! —exclamó la azabache sin temor, pues nadie podía verlos o escucharlos—. ¡Exijo que me digas qué quiere Ymir Fritz de mí! —Dio un paso hacia él, como un depredador rodeando a su presa. Thomas tragó en seco y a su vez dio otro paso hacia atrás—. ¡HABLA!

—¡Ella quiere hacer un examen de ADN para demostrar que no eres hija de Zeke Jäger! —parloteó Thomas, recriminándose al instante y lamentando ser tan poca cosa como agente, pues había cedido al miedo que le había provocado el aura oscura de una simple joven como la que tenía ante sí.

Mikasa paró en seco, sorprendida por lo que acababa de escuchar.

—¿Y por qué yo no debiera ser hija de mi padre? —cuestionó con ira, reanudando sus pasos hacia Wagner. Meterse con su familia superaba su propio juicio y cordura.

—¡No sé, no sé! ¡La señora Ymir no me explicó nada más! —exclamaba Thomas, quien seguía retrocediendo, casi tocando el pretil—. Sólo me pidió espiarte y conseguir algo que sirviera para hacerse un estudio de esos… ¡AHHHH!

Su explicación fue interrumpida por un mal paso que provocó la caída del joven hacia el vacío, hacia la Avenida Daumesnil. Como si fuera una escena en cámara lenta, Mikasa contempló el lamentable y súbito accidente con los ojos desorbitados, intentando, en vano y con una mueca de terror, alcanzar a tomarle un brazo para evitar semejante catástrofe. Cuando pudo comprenderlo todo, vio desde arriba el cuerpo sin vida de Thomas Wagner sobre el asfalto de la avenida, con las extremidades en posiciones imposibles. Unos autos lejanos detectaron que alguien había caído, y comenzaron a acercarse.

Mikasa, muda y pálida de la impresión, balbuceaba incoherencias.

—Él se cayó solo… yo no lo empujé… no tengo nada que ver con esto… —se decía a sí misma mientras seguía fijando la mirada hacia el cadáver del espía, con las manos cubriéndole el rostro a medias.

Al escuchar a los pocos curiosos que se acercaban junto a los restos de Thomas, decidió escabullirse entre la oscuridad y no dejar rastro de su presencia en el lugar.