XVIII
Incerteza y engaño

El juez se quedó mirándome con una insistencia que me estaba poniendo nerviosa, mientras que Krista hacía lo mismo. Era el momento de hacer que la parte acusadora se tragara sus palabras.

—Señorita Ackerman, responda la pregunta —insistió el juez, inclinándose hacia delante, me imagino que con el fin de intimidarme. Yo, sabiendo que aquella acusación era una falacia del tamaño del muro Sina, respiré hondo y procedí a responder.

—Eso no es, en absoluto, cierto —dije, lo que hizo que la audiencia quedara en silencio. La parte acusadora no dijo nada. Era como si estuvieran esperando qué clase de justificación iba a entregar, pero eso no me disuadió de decir la verdad—. Annie Leonhart jamás hizo algo como lo que la parte acusadora describió. Me gustaría ver la evidencia que prueba que yo fui abusada sexualmente por ella.

La parte acusadora permaneció en silencio por unos momentos, después de los cuales, uno de los soldados extrajo unos documentos de una carpeta bastante voluminosa. Parecían ser exámenes físicos, a juzgar por el formato de los documentos. Si mi memoria no me fallaba, todos los soldados que participamos de la expedición 57 fuera de los muros recibimos unos exámenes para comprobar nuestro estado físico y de salud de manera de establecer si requeríamos tratamiento y en qué medida era necesario. Era una práctica común en el Cuerpo de Exploración cuyo propósito era agilizar el proceso de recuperación, de manera que pudiéramos estar listos para la siguiente misión en el menor tiempo posible. El soldado de la Policía Militar me entregó uno de estos documentos, el que examiné con detenimiento.

—Me gustaría que leyera las observaciones del examen físico, señorita Ackerman —dijo el juez, que más que una petición, sonó como una orden, y fue así como lo interpreté, así que obedecí, no sin sentirme irritada por el contenido del informe.

—El examen físico halló indicios de que la paciente fue violada —leí, tratando de usar una voz imparcial, fallando miserablemente—. El médico que efectuó la revisión halló laceraciones y evidencia de entrada forzada en los genitales de la señorita Ackerman, evidenciando una posible violación. Caso de extremo cuidado, pues la paciente puede exhibir secuelas psicológicas de la experiencia.

Cuando terminé de leer, me quedé muda. No era vergüenza lo que me tenía estremeciéndome en el estrado. Era furia. Furia por haber sido víctima de una desvergonzada mentira por parte de la Policía Militar. Era tal la rabia que me tomó más de tres minutos calmarme y volver al leer el reporte médico que tenía frente a mí. Fue cuando noté que había algo fuera de lugar en el reporte.

El nombre de quien me hizo el examen físico.

Recuerdo claramente el nombre de quién me examinó. Se trataba de una mujer de unos treinta y tantos que había pasado una década trabajando para el Cuerpo de Exploración en asuntos médicos. Sin embargo, el nombre que figuraba en el reporte era otro. También se trataba de una mujer (y no creo que la Policía Militar sea tan incompetente para haber usado un nombre de hombre), pero se trataba de alguien más joven, a juzgar por los datos de quién supuestamente me examinó. Tal vez la Policía Militar esperaba que yo no recordara esos detalles, y que aceptase la evidencia sin hacer muchas preguntas. Tal vez sí eran incompetentes, al menos para falsificar evidencia. No obstante, eso no era suficiente para probar mi inocencia. Debía hallar el reporte verdadero, el que no debía ser difícil de obtener para el comandante o Hange.

—Este informe fue falsificado —anuncié, con una voz clara para que todos los presentes escucharan bien.

Hubo un murmullo de conmoción entre los presentes. Los miembros de la Policía Militar se miraban entre ellos, claramente confundidos por mis palabras. Bajando un poco la cabeza, noté que el comandante Erwin había levantado el brazo, y el juez asintió con la cabeza, permitiendo que tomara la palabra.

—Con todo respeto, señor juez, si lo que dice la señorita Ackerman es cierto, entonces creo que es necesario encontrar el reporte verdadero, de manera de aclarar el asunto. Por lo mismo, solicito que el juicio entre en receso, de manera que nuestros soldados puedan hacer su trabajo. Si el reporte existe, y el que presentó la Policía Militar fue, en efecto, falsificado, entonces deberemos proceder de manera acorde.

El juez quedó en silencio por un momento, durante el cual, uno de los efectivos de la Policía Militar se aproximó a él y le susurró algo al oído. Después de eso, el juez se dispuso a emitir su respuesta.

—Esta corte no acepta la petición del comandante Smith —dijo, haciendo que la audiencia volviese a murmurar en señal de desasosiego—. De acuerdo a la Policía Militar, el reporte que la señorita Ackerman tiene entre manos fue obtenido por medios legales, a través del mismo Cuerpo de Exploración. Es más probable que la señorita Ackerman esté mintiendo para cubrir sus errores de juicio—. Después de esas palabras, el juez desvió su mirada en mi dirección, y supe que me iba a dirigir la palabra—. Señorita Ackerman, ¿es consciente de que mentir durante un juicio puede acarrearle consecuencias penales?

—Lo estoy —dije, cada vez más convencida de que este juicio era una farsa, con una clara agenda en contra del Cuerpo de Exploración. No podía decir que no entendía sus motivaciones, y aquellas eran completamente económicas. Las expediciones del Cuerpo de Exploración costaban recursos, recursos que, en opinión de la Policía Militar, eran mejor destinados a proteger la paz dentro de los muros—. Y reafirmo mi postura de que este informe fue falsificado.

Aunque estuviese segura de lo que estaba diciendo, igualmente tragué saliva. La posibilidad de que yo hubiese recordado mal, y el reporte fuese, en efecto, genuino, existía. Me había comprometido con mi respuesta, y solamente esperaba que mi jugada rindiera frutos.

—Debo añadir que no hay forma de probar que la parte acusadora obtuvo aquel documento por medios legales —dijo el comandante Erwin, sin perder la calma que le caracterizaba en ese tipo de situaciones—. Insisto en que la mejor forma de demostrar si la señorita Ackerman está diciendo la verdad o no es comprobar si el documento es fidedigno o no. Y la única forma de hacer eso es buscar en los archivos del Cuerpo de Exploración.

Hubo un silencio prolongado en la corte, mientras los miembros de la parte acusadora se miraban entre ellos nuevamente. La confusión era evidente, y podía atreverme a pensar que el juicio no estaba saliendo como ellos querían. La lógica del comandante era inquebrantable, a menos que el juicio no se rigiera por la lógica, como yo creía.

—De acuerdo —concedió el juez, visiblemente exasperado—. Sin embargo, para asegurar que no haya juego sucio, efectivos de la Policía Militar acompañarán al Cuerpo de Exploración para recuperar el documento, si es que existe. Mientras tanto, la acusada deberá permanecer en prisión preventiva.

De acuerdo, aquello me lo esperaba. No podía pretender que me dejaran libre mientras el documento era buscado, pero no podía evitar sentirme un poco deprimida por el hecho que debía pasar más tiempo encerrada en un calabozo. No hice ninguna clase de forcejeo mientras me conducían hacia el subterráneo, apresada de manos y pies.

Cuando me encerraron, tomé asiento sobre la cama, con la cara entre mis manos. Se suponía que ni siquiera debería pasar por aquella pantomima de juicio. El reporte del capitán Levi debía ser suficiente para haber evitado todo el proceso, pero no, tenía que intervenir esos malditos de la Policía Militar, y todo por que quieren más recursos para hacer un trabajo que ya puede hacer sin problemas.

No supe cuánto tiempo estuve despotricando en mi mente en contra de la Policía Militar, pero recuerdo que en algún momento, brotó un olor a gas que me llamó bastante la atención. Los dos guardias que custodiaban mi celda abandonaron sus puestos, protestando acerca de una fuga de gas y que podría hacer estallar todo el complejo. Pero aquello no fue lo más extraño de todo el asunto. Creo que pasó un minuto desde que los guardias salieron a controlar la fuga hasta que escuché el chirrido de metal con metal. La reja se había abierto, y pude ver la silueta de una persona delante de mí. No podía verla apropiadamente a causa del juego de luz y sombra, pero sabía que se trataba de alguien de baja estatura. No supe por qué, pero mi corazón pegó un brinco, sin que hubiera razón para ello. De algún modo, no necesitaba verle la cara para saber de quién se trataba.

—Hola, Mikasa —dijo Krista con una voz suave, que no concordaba con la expresión que había mostrado a lo largo de todo el juicio.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, y realmente no sabía por qué Krista había venido a verme. Las regulaciones de la Policía Militar no permitían encuentros como el que estaba teniendo—. Si te ve cualquiera de tus compañeros…

—No vengo a liberarte, si es eso lo que estás pensando —dijo Krista, pero no lucía ni remotamente triste por eso. De hecho, su sonrisa se hizo un poco más amplia—. Vengo a hacer de tu estadía en prisión un poco más llevadera.

Tragué saliva. Seguramente no estaría pensando en hacer lo que yo creía que iba a hacer. Estaba a punto de decirle que era una mala idea tener un encuentro íntimo en una celda, pero, nuevamente, me había equivocado. Krista no tenía ninguna intención de hacer el amor conmigo, porque tomó asiento a mi lado y me tomó ambas manos.

—Sé que estás pasando por un momento complicado. Ni siquiera debiste haber sido llevada a juicio.

Miré a Krista, completamente agradecida de que hubiese al menos una persona en toda la Policía Militar que no creía que el juicio fuese necesario en primer lugar. Darme cuenta de eso me hizo sentir una oleada de agradecimiento hacia ella.

—Te he echado de menos —le dije a Krista. Ella me sonrió.

—Yo también —repuso, aunque noté que su sonrisa lucia un poco forzada.

—¿Te pasa algo? —pregunté, y Krista desvió la mirada. En ese momento supe que algo le había ocurrido, y también supe que no ganaba nada con ocultarme las cosas. Insistí en mirarla a los ojos, y, al final Krista cedió. Tal vez llegó a la misma conclusión que yo, a juzgar por lo que dijo después.

—¿Recuerdas cuando me dijiste que Ymir te había explicado cómo dos chicas podían interactuar sexualmente?

—Sí —repuse—. ¿Qué hay con eso? ¿También estás interesada en eso?

—Bueno, sí —contestó Krista en un tono evasivo.

—¿Y te enteraste sobre cómo dos chicas podían hacerlo?

Krista me dedicó una mirada de tristeza. No sabía por qué, pero aquella expresión hizo que se me apretara el estómago.

—De la misma forma en que tú supiste cómo dos chicas podían tener sexo —repuso Krista, y noté que ella se había sonrojado un poco—. Bueno, no de la misma forma. Ymir no me lo dijo… bueno… —Krista separó sus manos de las mías y las juntó, como si estuviera muy nerviosa—… más que decirme… me lo mostró. Ella solía colarse en las barracas de la Policía Militar en las noches, y… bueno…

Me sentí como si hubiera tragado una bala de cañón. No había que ser muy inteligente para entender qué era lo que había ocurrido. De pronto, la visita ya no se me antojó muy agradable que digamos. Quería imperiosamente que Krista se largara de una vez de mi celda y me dejara sola.

—¿Mikasa? —me dijo Krista, pensando que mi mente había ido a las nubes, cuando en realidad, había descendido hasta el mismo infierno.

—Dijiste que cuando nos encontráramos nuevamente, continuaríamos lo que dejamos inconcluso en mi habitación —dije, tratando de mantener la amargura al mínimo—, pero parece que ya hallaste a alguien más con quien hacerlo.

Krista puso cara de pena, y, cosa rara, no me conmovió para nada. Me sentía como si jamás la hubiera conocido en mi vida.

—Lo siento —dijo Krista, luciendo honestamente apenada, bajando la cabeza y evitando mi mirada—. Es que pensé que jamás volvería a verte otra vez. Los de la Policía Militar sabían de nuestra relación, y me amenazaron con echarme a la cárcel si mostraba cualquier intención de verte otra vez. E Ymir estaba muy interesada en mí. Cambió bastante desde que comenzó a visitarme a escondidas, y me mostró que podía ser una mujer sensible, pese a que es una chica dura.

Pese a que quería escuchar sus razones, igualmente no habría podido entender, porque cada vez que Krista hablaba, un zumbido penetrante me impedía comprender cualquier cosa que dijese. Como dije, lo único que quería era que se fuera de mi celda. Y, por desgracia, mis pensamientos se convirtieron en palabras.

—Vete —dije, en voz baja, pero me imaginé que iban cargadas con furia, porque Krista no dijo nada, y salió de mi celda, cerrándola con candado.

Aquel había sido un día para el olvido. No tenía idea sobre cuál iba a ser el desenlace del juicio, y, para colmo, Krista había compartido su cama con una mujer que no era yo. Aunque debí haber pensado en ese momento en lo que seguramente tuvo que haber enfrentado para tomar la decisión de dejarme atrás, lo que estaba al frente de mi cabeza era el dolor del engaño.

Bueno, tal vez, esto del amor no sea para mí, o no esté destinada a encontrarlo nunca, especialmente en un mundo donde la muerte acechaba afuera de los muros. Quizás era mejor cerrar esa puerta, para jamás volverla a abrir. No quería volver a sentir el dolor que estaba sintiendo en ese momento… nunca más.

Pero todos sabemos que la vida da muchas vueltas, y, con frecuencia, nos obliga a comernos nuestras palabras.