XXI
El secreto de Krista
Había amanecido, y todos en el grupo teníamos ojeras, pero continuamos buscando cualquier rastro del paso de dos personas, pero la labor era similar a encontrar una aguja en un pajar del tamaño de Trost. De hecho, tan difícil era la misión a mano que el soldado a cargo de la búsqueda dijo que solamente avanzaríamos unos diez kilómetros más, y luego, regresaríamos a casa. Pues seguimos buscando, pero nos dispersamos para cubrir más terreno. Sin embargo, yo permanecí cerca de Nifa. Era muy iluminador hablar con otra mujer a la que le gustaran las chicas.
—¿Y has hecho… ya sabes… cosas íntimas con otra chica? —pregunté, pensando que iba a poner roja a Nifa. No lo hizo.
—Claro que sí —repuso, sorprendiéndome una vez más—. Dos veces ya, con dos chicas diferentes. La primera vez fue un experimento que hicimos cuando nos pasamos un poco de copas en una fiesta. La segunda vez lo hice con mi actual pareja.
—¿Tienes pareja?
—Desde hace dos años ya —dijo Nifa, quien se puso ligeramente colorada al recuerdo de su novia—. Es soldado en la Tropa de Guarnición en Trost, por lo que nos vemos a menudo. Ella no me criticó cuando quise entrar al Cuerpo de Exploración, pero siempre me dice que tenga cuidado cada vez que voy a una expedición.
—No lo dice sin razón —dije, y ambas soltamos unas carcajadas, justo cuando el líder del grupo nos hizo detener. Cuando vimos lo que hizo que frenáramos nuestro avance, todos fruncimos el ceño.
Eran huellas. Huellas más grandes que las que dejaría un humano. Iban directamente hacia el sur.
—¡Todos hacia el sur! —ordenó el líder de la expedición—. ¡A todo galope!
Aquella fue, por desgracia, la última vez que pude hablar con Nifa en lo que iba de la cabalgata. La misión era la prioridad, y seguí a los demás a la carrera, esperando alcanzar a quienquiera que fuese el secuestrador.
Creo que pasaron unos veinte minutos desde que encontramos las huellas hasta que alcanzamos al secuestrador. Como era obvio, estábamos persiguiendo a un titán, y uno muy rápido. Usaba las cuatro extremidades para correr, pero no podíamos ver a ninguna persona encima o en las manos del titán. Noté que muchos de los que me acompañaban tenían caras de estupor, y razoné que debían estar preguntándose por qué un titán secuestraría a un miembro de la Policía Militar. Yo, por supuesto, sabía que perseguíamos a otro de esos titanes cambiantes, pero no podía imaginar quién haría algo así. El aspecto de ese titán no se parecía a nada que hubiera visto antes. Era bastante pequeño en comparación a los otros dos titanes cambiantes que conocía, y tenía los dientes muy afilados.
—¡Necesitamos que alguien se encargue de ese titán! —exclamó el líder, y dos miembros del Cuerpo de Exploración, como era obvio, se aproximaron al titán, uno por cada lado, y emplearon sus equipos de maniobras. No obstante, el titán era muy ágil. Frenó casi en seco, y ambos soldados se catapultaron al suelo, rodando por el pasto. Aquella era una oportunidad de atacar, y no la iba a desaprovechar.
Tratando de imitar la sensación que tuve cuando me enfrenté a Annie, salté de mi caballo, y clavé ambas líneas en la espalda del titán. Anticipando cualquier movimiento sorpresivo, no me dirigí directamente al cuerpo del titán, sino que un poco desviado hacia la izquierda. Cuando el titán dio media vuelta para encararme, yo había ganado suficiente inercia para columpiarme horizontalmente, y su movimiento ayudó a que yo ganara aún más velocidad. Sabiendo que ver al titán había cambiado los parámetros de la misión, necesitaba sacar a la persona dentro del titán con vida, por lo que apunté a las piernas, y corté ambos tendones al mismo tiempo, claro que había un espacio más reducido entre las piernas, lo que hizo que yo tocara el suelo, y rodara por éste, haciéndome daño en las rodillas. Eso no me detuvo, sin embargo.
Me trepé a la espalda del titán y, haciendo lo mismo que hice con Annie en la primera oportunidad que me enfrenté a ella, hice dos cortes verticales, e hice palanca con las espadas…
No esperé ver lo que vi cuando extraje a la persona que manejaba al titán.
Se trataba de un soldado de la Tropa de Guarnición, y tampoco era cualquier soldado.
—¿Qué mierda? —dije, cuando vi a Ymir, consciente a medias. Sabiendo que el cuerpo del titán ya se estaba evaporando, arrastré a Ymir hacia el suelo, y pedí a uno de mis compañeros que la atara de brazos y piernas. Necesitaba saber dónde estaba la persona a la que había secuestrado, y por qué lo había hecho. Pero esas preguntas debían esperar, porque yo no era quien estaba a la cabeza de la misión.
—¡Señor! —exclamó uno de los soldados, y vi que se encontraba junto al titán, del cual solamente se podían ver sus huesos—. ¡Encontré algo!
El líder apartó la mirada de Ymir, y caminó a paso raudo hacia los huesos del titán. Cuando vio lo que el soldado le había indicado, se quedó mudo por unos segundos, y asumí que había encontrado a la persona que Ymir había secuestrado. No sabía por qué sentía una urgencia en mi pecho, como si algo muy importante estuviera a punto de ocurrir. Mientras veía a un grupo de soldados recoger el cuerpo de una persona, quien usaba el uniforme de la Policía Militar, noté un detalle de ese cuerpo que me robó el aire de los pulmones.
Ese cabello rubio y largo lo podía reconocer en cualquier parte.
Con mi corazón latiendo como si no hubiera un mañana, me aproximé al grupo de soldados, solamente para comprobar que, en efecto, se trataba de Krista. Fue cuando entendí que Nifa siempre había tenido la razón sobre mí. Se suponía que debía mostrar indiferencia ante el hecho, pero mi corazón contradecía todo lo que me había propuesto hacer si es que la volvía a ver. Era como si los eventos inmediatamente después del juicio jamás hubieran ocurrido.
Recostaron a Krista sobre una camilla improvisada, y uno de los soldados le tomó el pulso. Asintió con la cabeza.
El líder de la expedición, a sabiendas que no era su jurisdicción, indicó a un integrante de la Policía Militar a que le hiciera un interrogatorio rápido a Ymir, para luego regresar a Karanes. Desde allí, la Policía Militar se encargaría de llevarla hasta Stohess, donde probablemente sería ejecutada por su crimen. Yo, sabiendo que Ymir era un titán cambiante, una ejecución no resolvería el problema en absoluto. Solamente haría las cosas peor.
El efectivo de la Policía Militar acabó con la ronda de preguntas, y el grupo se preparó para el regreso, pero yo necesitaba saber algunas cosas, porque sabía que la Policía Militar no tenía idea de que la revelación de Ymir como titán cambiante tenía más implicaciones de lo que ellos podían imaginar. Con ese afán, le pedí al líder formularle unas preguntas adicionales, que no me tomaría mucho tiempo hacerlo, y que podrían prepararse para la partida mientras tanto. Él no se opuso.
Me acerqué a Ymir, y noté que ella tenía una sonrisa de petulancia en su cara. Había varias razones por las que ella pondría esa cara, y ninguna de ellas me importaba en ese momento.
—¿Por qué secuestraste a Krista?
Ymir se quedó en silencio por un breve instante, mirándome con un aire de suficiencia que decía claramente "yo la tuve en mis brazos antes que tú". Lo que ella no sabía era que a mí me importaba una mierda en los brazos de quién estuvo antes que yo. Al ver que yo no reaccioné de la forma en que esperaba, contestó mi pregunta.
—Veo que no tienes ego —dijo Ymir, quien no parecía estar al tanto de la gravedad de su situación—. Está bien, te lo diré, pero primero, déjame preguntarte algo. ¿Alguna vez Krista te dijo por qué llegó al Cuerpo de Entrenamiento?
—¿Me debería importar?
—Lo tomaré con un no. La verdad es que no me sorprende. Si supieras las cosas que sé de Krista, tal vez no la verías del mismo modo. Es por las cosas que sé sobre ella que la secuestré. Hay gente que está interesada en sus secretos… o mejor dicho, en asegurarse de que sigan siendo secretos.
Me quedé mirando a Ymir con saña. No podía creer lo que acababa de escuchar. El hecho que ella hubiera raptado a Krista no solamente podría tener ramificaciones sentimentales, sino que también podría tener repercusiones políticas.
—Por eso cambiaste después de la graduación —dije, arrodillándome frente a ella y dedicándole una mirada de puro veneno—. Te aseguraste de conquistar a Krista, solamente para que no opusiera resistencia. Abusaste de su confianza, te aprovechaste de su inocencia para tu propio beneficio.
—¡No lo entiendes, ¿verdad?! —exclamó Ymir, y noté que su rostro había cambiado. Ya no expresaba suficiencia, sino desesperación—. ¡Tengo que hacer esto, o voy a morir! ¡Ellos se van a asegurar de eso!
—¿Ellos?
—¡No importa en este momento! ¡Con que amenacen mi vida es suficiente!
—¿Y se supone que debo creerte?
—Cree lo que quieras —repuso Ymir, recuperando un poco la compostura—. Si no les entrego a Krista, me puedo dar por muerta. Además, no creo que sigas interesada en ella si supieras la verdad. Ese ni siquiera es su verdadero nombre. Podrías ahorrarte la molestia de preguntarle tú misma y permitir que me la lleve.
—No voy a alzar mi espada en contra de mis compañeros —dije, poniéndome de pie nuevamente, desviando la mirada hacia Krista, quien ya había despertado, aunque lucía un poco débil—. En cuanto a ti, vas a ser procesada como manda la ley. Esos de la Policía Militar son bastante inflexibles cuando se trata de deserciones. ¿Estás arrepentida de haber entrado al ejército?
Ymir no dijo nada, pero tampoco esperaba que respondiese. Di media vuelta y me aproximé a Krista, quien descansaba sobre la camilla improvisada. Me arrodillé a su lado, tratando de mirarla como si no me importase mucho. Mostrar necesidad, sobre todo en ese tipo de situaciones, no era un buen consejo.
—Hola, Mikasa —dijo ella en voz baja—. Pensé que no volvería a verte.
—Antes que todo, necesito saber si es verdad lo que Ymir me dijo de ti —dije, sin preámbulos. Krista tragó saliva, pero sostuvo mi mirada—. ¿Cuál es tu verdadero nombre? Quiero que seas honesta conmigo, porque parece que hay gente que quiere usarte para propósitos políticos. Así que, no solamente quiero que respondas ante mí, sino que ante la población dentro de los muros.
Krista se quedó en silencio por lo que pareció un minuto completo, durante el cual tragó saliva en más de una ocasión. Daba la impresión que estaba reuniendo el valor necesario para decir lo que debía decir.
—Está bien, te lo diré —dijo, dedicándome una mirada triste—, pero solamente porque eres tú, y te debo lo suficiente para ser honesta contigo. Verás, Mikasa, mi verdadero nombre no es Krista Lenz. En verdad me llamo…
Krista se detuvo. Me imagino que ella sintió los temblores en la tierra. Eran del mismo tipo que cuando enfrentamos a la titán hembra, con la diferencia que no podía ser ella. Asumí que se trataba de titanes comunes y corrientes, pero eso no cambiaba los hechos: debíamos escapar, y pronto.
Solamente en dos minutos montamos nuestros caballos y nos preparamos para la partida. Sin embargo, cuando miré hacia la fuente de los temblores, me di cuenta que era solamente un titán. Tampoco era cualquier titán, a juzgar por la suerte de armadura que rodeaba su cuerpo.
Se trataba del titán acorazado.
