XXII
Valor y sacrificio
El titán acorazado, debido a su tamaño, no era tan veloz como la titán hembra, y pudimos mantener nuestra distancia. El líder nos indicó que nos dirigiéramos a Karanes a toda velocidad, y eso fue lo que hicimos. Por desgracia, el titán acorazado cambió de dirección, y comenzó a perseguirnos. Aquello significaba que nosotros poseíamos algo de importancia para él. Su comportamiento me indicó que debía tratarse de otro de aquellos titanes cambiantes, y asumí que el titán colosal también formaba parte de ese grupo. Me pregunté cuántos de ellos eran, pero aquel no era el punto en ese momento.
El titán acorazado se detuvo, y dio la impresión que se había rendido. Pero yo, recordando lo que me habían contado de la invasión a Shiganshina, supe que no se había rendido en absoluto. Se estaba preparando para alcanzarnos.
—¡No se dejen engañar! —exclamé a todo el grupo—. ¡Nos va a alcanzar! ¡Dispérsense, ahora!
Después de unos cuantos segundos de duda, el grupo me hizo caso y se separaron en diferentes direcciones, justo en el momento en que el titán acorazado reanudó la persecución. En esa ocasión, iba mucho más rápido que antes, levantando tierra y rocas detrás de él. Yo me había apartado del camino a tiempo, junto con otros soldados del Cuerpo de Exploración, pero unos pocos efectivos de la Policía Militar no fueron muy afortunados. El titán acorazado iba tan rápido que solamente el viento levantó caballos. No obstante, cuando me volteé para observar al titán, vi que había un hombre encima de uno de sus hombros. No pude ver de quién se trataba, pues se encontraba muy lejos, pero noté que había otra persona allá, atada de brazos y piernas. Decidí investigar más a fondo.
Lo malo era que no parecía haber ningún lugar al que me pudiera anclar, porque todo el cuerpo del titán estaba cubierto de un material que semejaba roca. No por nada le decían "titán acorazado". Pero luego, observándolo bien, me percaté de que había franjas y espacios que no estaban cubiertos. Si absolutamente todo su cuerpo estuviera protegido por aquella placa de roca, no podría moverse en absoluto. Pues, clavé la línea en un punto bajo la nuca, donde sabía que no había placa protectora, y ascendí rápidamente, de modo que pudiera treparme al hombro del titán. Fue cuando vi quiénes eran los tipos que había visto antes.
Eran Bertholdt y Eren. La consternación me invadió cuando entendí que era Eren el hombre atado de brazos y piernas. Bertholdt me miraba como si fuese una joven que no entendiese nada sobre cómo funcionaba el mundo. Pues todo lo que necesitaba entender era que estaba secuestrando a Eren, y que eso no podía permitirlo bajo ninguna circunstancia, no por algún impulso primigenio que me hiciera hervir la sangre, sino porque Eren era mi hermano adoptivo, y porque estaba segura que él haría lo mismo por mí.
—Suéltalo —dije, en voz baja, pero procurando que Bertholdt entendiera cada palabra—, o te irá muy mal.
—Deberías reconsiderar tus palabras —repuso Bertholdt, y vi en su mirada que era un tipo que había perdido la calma ante la situación. Era claro que nunca había secuestrado a alguien en su vida—. Esto no lo hacemos por gusto. ¿No lo entiendes? Necesitamos llevarnos a Eren. Es parte de nuestra misión.
—Oh, así que tenías un propósito oculto mientras considerabas entrar al Cuerpo de Exploración. Y ahora tienes la ocurrencia de aliarte con el enemigo.
—¡No somos el enemigo, Mikasa! —exclamó Bertholdt, con los ojos dilatados y una nota alta en su voz—. ¡Es necesario llevarnos a Eren! ¡Ahora que sabemos que es un titán cambiante, podría sernos de utilidad!
—No le harás nada mientras yo siga con vida —dije, desenvainando ambas espadas y acercándome a Bertholdt—. Te lo diré por última vez. Entrégame a Eren, o sufre la consecuencias.
—¡N-No puedo!
Por un momento, me refrené de actuar. En lugar de eso, medí las reacciones de mi oponente. Sus palabras y sus acciones parecían ser concordantes. Era obvio que no hacía lo que estaba haciendo por gusto. Aquello me trajo un paralelismo con Ymir, quien temía lo que le podía pasar si no secuestraba a Krista. Me pregunté qué tenían de especial ella y Eren para que despertaran tanto interés en personas que ni siquiera sabía quiénes eran. Luego, recordé lo que Krista me había dicho cuando nos conocimos, eso de que ella escondía muchos secretos. ¿Podrían esos secretos ser peligrosos para alguien, o para algún grupo de personas? También recordé que Annie también tenía intenciones de secuestrar a Eren. ¿Por qué había tanta gente interesada en Eren? ¿Era por su condición de titán cambiante, como había dicho Bertholdt, o tenía valor político para una facción de la que no teníamos conocimiento? Las respuestas, sin embargo, debían esperar. Tenía que hallar una forma de rescatar a Eren, y pronto.
Mientras pensaba, escuché el sonido de un montón de cascos. Di media vuelta, y vi a toda una tropa de caballos aproximarse a mi posición, todos liderados por un hombre de cabello rubio. Solamente podía tratarse del comandante Erwin Smith. Aquello pareció cambiar las prioridades del titán acorazado, porque cambió de dirección, trazando una amplia U hacia el sur. Toda la división del Cuerpo de Exploración le siguió, y yo supe que había llegado el momento de rescatar a Eren. Bertholdt, pese a que era un miedoso de pacotilla, no iba a cambiar de opinión. Sujeta por los cables del equipo de maniobras, di un impulso muy breve, y le propiné una patada doble a Bertholdt, quien perdió el equilibrio y hubiera encontrado un triste final de no haber sido rescatado por el mismo titán acorazado. Sin perder tiempo, desaté a Eren, y lo cargué en mi espalda, para luego descender hasta el suelo, donde estaría relativamente a salvo.
El grueso del Cuerpo de Exploración se acercó a mí, y Erwin ordenó que me asignaran un caballo, y, de paso, felicitándome por rescatar a Eren. Sin embargo, esto solamente hizo que el titán acorazado volviera sobre sus pasos, hacia nosotros.
—¡Tenemos que llegar a Karanes! —exclamó Erwin, dando media vuelta y enfilando hacia el noreste—. ¡No permitan que Eren vuelva a caer en manos del enemigo!
La mayor parte de los soldados se puso detrás de mí, de modo de protegernos del titán acorazado.
—Malditos —dijo Eren por primera vez desde que lo rescaté de las manos de Bertholdt. Noté que todo su cuerpo lucía tenso, tenía los dientes apretados y el ceño arrugado—. Malditos traidores.
Me quedé mirando a Eren. ¿Era yo, o él sabía quién era el titán acorazado?
—¿A qué te refieres?
—Siempre estuvieron delante de nosotros —continuó Eren, con la cara contorsionada por la rabia—, pretendiendo ser nuestros amigos, compañeros… cuando en realidad son lo peor que puede haber en este mundo.
—¿Sabes quién es el titán acorazado?
—Por supuesto que lo sé —gruñó Eren, notando que tenía muñones en lugar de manos, y asumí que tenía ganas de crispar los puños—. Es Reiner, siempre fue Reiner. Y Bertholdt es el titán colosal, el mismo que nos arruinó la vida en Shiganshina. ¡Él es el responsable de la muerte de mi madre!
Lo que eran las vueltas de la vida. Bertholdt y Reiner nunca me cayeron mal o algo por el estilo. Pero saber que ambos habían sido responsables de que nosotros nos quedáramos sin familia era algo de lo que no resultaba fácil librarse, especialmente cuando pasaste tres años compartiendo con ellos. Pese a que no tenía la misma rabia en mi interior que Eren, de igual forma quería verlos muertos. Sin embargo, en ese preciso momento, necesitábamos escapar de Reiner, porque no era posible matarlo con nuestras armas, y Eren aún no se había recuperado (tenía sus manos y pies cortados, y se estaban regenerando).
Pero Reiner no era el único problema con el que debíamos lidiar.
Directamente al frente, había un grupo de diez titanes que se acercaban a nosotros a toda velocidad. Iba a ser muy difícil escapar de ellos sin que se perdieran vidas humanas. Y pensé que había visto suficiente muerte entre la invasión de Shiganshina, la defensa de Trost y la batalla de Stohess.
—¿Órdenes, comandante? —preguntó uno de los soldados, mientras Erwin miraba con atención al grupo de titanes, que debían estar a menos de medio kilómetro de distancia. Al parecer, se le había ocurrido una idea.
—¡Tenemos que acercarnos al grupo de titanes lo más que se pueda! —gritó el comandante—. ¡Actuaremos de cebo para que se ocupen de Reiner y ganemos tiempo para que Eren llegue sano y salvo a Karanes! ¡Él es todo lo que importa! ¡No podemos perder nuestra mejor arma en esta guerra!
Sin embargo, a juzgar por la mirada de los demás soldados, varios de ellos siendo efectivos de la Policía Militar, muy pocos de ellos estaban dispuestos a arriesgar sus vidas por alguien cuyos poderes aún eran inciertos. Pero Erwin Smith no había llegado a ser comandante del Cuerpo de Exploración solamente por disciplina, como lo comprobaría a continuación.
—¡Sé que vidas se van a perder en esta misión, pero si no protegemos a Eren, todas esas muertes serán en vano! —exclamó Erwin, a medida que los titanes se acercaban cada vez más a nuestra posición—. ¿Qué es lo que prefieren? ¿Sacrificar sus vidas para que otros puedan ser realmente libres, o vivir con la vergüenza de no haber hecho algo para lograr la libertad de la humanidad? ¡Así que, por nuestros hijos, por nuestra libertad y la de toda la humanidad, solamente les pido una cosa! ¡Entreguen sus corazones, por nosotros mismos y por los demás!
Hubo un momento en el que solamente se escucharon los cascos de los caballos. Luego, uno a uno, los soldados, al menos los que pertenecían al Cuerpo de Exploración, alzaron sus espadas y gritaron a coro. Noté que los efectivos de la Policía Militar presentes no parecían compartir la misma dedicación de los demás, pero no me importaba en absoluto. Todo lo que estaba en mi cabeza era proteger a Eren de los titanes.
Liderados por Erwin, la caballería viró hacia el oriente, cuando los titanes se encontraban a unos doscientos metros de nosotros. Como era de esperarse, nos siguieron, pero al menos se interponían entre nosotros y Reiner. Varios soldados usaron sus equipos de maniobras para distraer a los titanes y enlentecerlos. Todos perdieron sus vidas a manos de ellos, pero lograron algo que nos benefició bastante. Gracias al sacrificio de aquellos soldados, los titanes se retrasaron lo suficiente para que se percataran de la presencia de Reiner, y empezaran a atacarlo a él en lugar de a nosotros.
Estábamos a punto de cantar victoria, cuando, a lo lejos, vimos a otro titán emerger entre unos árboles, pero era muy diferente a todos los titanes que habíamos visto hasta ese entonces. Tenía un rostro simiesco, orejas puntiagudas y estaba cubierto de pelo, aparte de tener los brazos extrañamente delgados. En una de sus manos sostenía una roca enorme, y daba la impresión que iba a lanzarla.
No me equivoqué.
—¡Dispérsense! —exclamó Erwin, justo cuando el titán peludo arrojó la roca.
Hubo un sonido ominoso, como el que haría el viento cuando uno cabalga muy rápido, y, mientras todos nos alejábamos del punto de impacto, la roca cayó al suelo, haciendo temblar la tierra, y varios de nosotros caímos al suelo por la onda de choque. El polvo no me permitió ver nada de lo que estaba ocurriendo.
—¡Eren! —exclamé al tope de mi voz, pero no escuché a nadie llamar de vuelta—. ¡Eren, ¿dónde estás?!
Mientras tanto, podía sentir los pasos del titán bestia acercarse.
