XXIII
Lágrimas de victoria
El polvo se disipó, y vi que el titán bestia estaba muy cerca de nuestra posición. No había margen para escapar. La única alternativa era pelear.
Con el corazón en un puño por no saber nada de Eren, me puse de pie y empleé el equipo de maniobras para luchar contra el titán bestia. Trató de agarrarme, pero me escurrí entre sus manos, y subí a toda velocidad, con las espadas preparadas.
El primer corte fue profundo, pero no lo suficiente para frenarlo. Por eso, aproveché la inercia del impulso inicial, y clavé la línea en la nuca, de modo que pudiera columpiarme y cortar los tendones de sus piernas. Todo iba bien, hasta que el titán bestia dio media vuelta, demasiado rápido para mi gusto, y eso hizo que me desviara, errando sus piernas por varios metros. Sin embargo, la línea seguía clavada en su nuca, así que volví a columpiarme, esta vez hacia el frente. Cuando estaba a medio camino, solté la línea, y dejé que la inercia hiciera todo el trabajo. En el momento que iba cayendo, preparé las espadas para el corte en la nuca, pero, como ocurría con la titán hembra, sabía que yo iba por su punto débil. Fue cuando cobré conciencia de que el titán bestia era otro de aquellos titanes cambiantes. Sin embargo, aunque no pudiera acabar con mi oponente, sí podía inmovilizarlo, de forma que no fuese una amenaza.
Iba a clavar la línea en la espalda del titán bestia, cuando sentí que algo me apretó con una fuerza que no era humana. Mis huesos crujieron, y varios de ellos se rompieron, lo que me ocasionó un dolor insoportable. Lagrimeando a causa de mis heridas, vi que un titán común me había agarrado. Por mucha fuerza que poseyera, el agarre de un titán era aún más poderoso. Eso no impidió que tratara de zafarme, aunque fuese un esfuerzo inútil. Desvié la vista del titán que me tenía atrapada, y vi que los titanes que perseguían a Reiner habían llegado ya, y los soldados peleaban de forma desesperada en contra de sus enemigos. Unos metros más allá, pude ver a Eren, quien estaba solo frente al titán bestia, y, sin poder transformarse, era presa fácil.
Cuando me di cuenta que Eren estaba en peligro, traté con más ahínco de zafarme, mientras que el titán que me había atrapado me llevaba lentamente a su boca, y, en ese momento, creí que iba a ser mi fin, al menos hasta que escuché un grito de mujer, un grito ronco.
—¡SUÉLTALA!
Al principio, no supe de quién se trataba, pero sí noté que el agarre del titán se iba tornando más flojo, hasta que pude soltarme. Ignorando el dolor que sentía en mi torso, clavé la línea en una de las manos del titán bestia, la que estaba más cerca de Eren, y, usando un poco más de gas, me columpié como un péndulo, y agarré a Eren por la cintura, alejándome lo más posible del campo de batalla. Todo eso había ocurrido antes que el titán que me había agarrado cayese al suelo, y vi la estela de gas que dejaba el equipo de maniobras de un soldado de la Policía Militar, que tenía el cabello rubio y largo. Había pasado el tiempo suficiente con Krista para entender que ella me había rescatado del titán, y una oleada de agradecimiento hizo que casi dejara caer a Eren.
La alegría no duró mucho, sin embargo. Cuando creí que estaba a punto de escapar, otra roca cayó cerca de mi posición, y ambos caímos al suelo, rodando por éste, hasta detenernos junto a un árbol. El dolor en mi pecho era tal que ni siquiera podía ponerme de pie. Eren ya se había incorporado, pero parecía extraviado, como si no supiera qué hacer. Unos segundos después, una figura aterrizó cerca de mí, y vi que se trataba de Krista. Traté de ponerme de pie, pero el dolor me lo hizo imposible.
—No te muevas —dijo Krista con una voz suave pero audible—. Es mi turno para protegerte.
Después de decirme esas palabras, se acercó a Eren, asumo que para animarlo, porque lucía como el capitán de un barco que estuviera a la deriva en medio de una tormenta. Y mientras tanto, los titanes seguían acercándose, y Reiner lidiaba con el resto del Cuerpo de Exploración. Erwin había ordenado que lo distrajeran hasta que Eren estuviera a salvo, pero aquella había sido una maniobra bastante arriesgada. Parecía ser que tomar riesgos formaba parte de la forma de operar de Erwin Smith.
—Eren —escuché decir a Krista, poniendo una mano sobre su hombro a modo de apoyo moral—, sé lo que se siente no tener opciones, pero, si algo he aprendido de todo lo que me ha pasado, es que siempre hay una opción. Y sé qué es lo que una persona como tú escogería: pelear, hasta el final, hasta que ya no tengas fuerzas. ¿No era eso lo que te motivó a entrar al Cuerpo de Exploración?
Vi que Eren se mantenía quieto, pero había algo en su postura que me decía que había entendido las palabras de Krista, pero, a esas alturas, no tenía forma de entender lo que realmente había ocurrido con él.
Los titanes al fin habían llegado donde estábamos nosotros, y, por desgracia, a Krista le quedaba poco gas. No había lugar hacia el cual escapar, y si pudiéramos, los titanes nos agarrarían y nos comerían. Solamente era cuestión de tiempo…
—¡DÉJENLOS EN PAZ! —exclamó Eren, y, como si alguna clase de hechizo hubiera caído sobre los titanes, se detuvieron en seco, como si hubieran perdido todo deseo de comernos.
—¡MÁTENLOS! —volvió a gritar, y los titanes normales dieron media vuelta, y, en lugar de atacar a los soldados, se dirigieron hacia donde estaban el titán bestia y Reiner. No tuvo que pasar mucho tiempo para que un soldado, quien llevaba un par de caballos, se acercara a nosotros. Eren montó uno de los caballos (ya se había recuperado de sus heridas), mientras que yo y Krista compartimos el otro. Ella fue quien tomó las riendas, porque yo no estaba en condiciones de hacer movimientos bruscos.
Al parecer, Erwin había ordenado que nos llevaran caballos, porque había comprendido temprano que los titanes habían dejado de atacar a los humanos. Cuando pasé cerca de él, noté que había perdido uno de sus brazos, pero lideraba el escape como si no le hubiera ocurrido nada. Los sobrevivientes seguimos al comandante hacia el nororiente, lejos de la refriega entre los titanes comunes y los cambiantes. No fue hasta que el sol se puso en el poniente cuando nos sentimos más seguros.
Una hora más tarde, entramos en Karanes, comimos y descansamos un poco, antes de reanudar nuestro camino hacía Stohess, donde entregarían a Ymir a la Policía Militar, los que finalmente tenían la atribución de decidir qué hacer con ella. Me imaginé que la iban a diseccionar, tal como pretendían hacer con Eren durante ese maldito juicio, porque ellos sabían a estas alturas que ella era un titán cambiante.
En el breve tiempo que estuvimos en Stohess, noté que Krista había solicitado hablar con Nile y Erwin al mismo tiempo. Desconocía el motivo por el que ella haría tal cosa, al menos mientras descansaba un poco en las barracas de Stohess. Era claro como el agua que los de la Policía Militar no les gustaba tenernos de huéspedes, pero el capitán general había ordenado que el Cuerpo de Exploración pudiera quedarse dos horas en los cuarteles de la Policía Militar, antes del regreso a Trost.
Cuando estuvimos listos para la partida (y yo había recibido atención médica a causa de mis heridas), yo y Krista volvimos a montar el mismo caballo, y yo ardía en preguntarle qué le había pedido a Nile y a Erwin. Por fortuna, no tuve que preguntarle nada, porque ella misma me dijo la respuesta. Aparentemente, Krista también tenía ganas de compartir aquella noticia conmigo.
—Pensé que debías saberlo —dijo, mientras salíamos de Stohess, rumbo hacia el sur—. Hablé con Nile y con Erwin para discutir una posibilidad de que me trasladen desde la Policía Militar al Cuerpo de Exploración. Aquello normalmente no ocurre, porque la gente quiere estar en la Policía Militar por un asunto de estatus socioeconómico. Admito que mis razones eran otras, pero, después de lo que pasó en Stohess, bueno, pensé que había cometido un error al entrar a la Policía Militar. Me estaba convirtiendo en una persona que yo no quería ser, sobre todo después de todo lo que me enseñaste durante nuestro entrenamiento.
—Y el hecho que estés aquí me dice que te permitieron unirte al Cuerpo de Exploración.
—Nile no puso muchos problemas —dijo Krista, sonriendo—. Dijo que era muy inusual que un soldado decida dejar la Policía Militar, pero como yo había estado entre los diez primeros de nuestra promoción, dijo que era mi decisión, y que solamente debía presentar el papeleo correspondiente tanto a él como a Erwin. Él aceptó de buen grado que yo entrara al Cuerpo de Exploración, y ahora tengo las Alas de la Libertad en mi uniforme.
Yo, entre el jolgorio que había en mi corazón al volver a ver a Krista, recordé que ella había escogido entrar a la Policía Militar a causa de los secretos que ella ocultaba.
—¿Y qué hay de las razones que te empujaron a irte a Stohess?
—Es una fortuna que hubiera pasado un tiempo en la Policía Militar —repuso Krista, dedicándome esa mirada que había dañado los muros de mi corazón—. Me dieron el tiempo que necesitaba para decidir cuáles eran mis prioridades. Y descubrí que mis secretos no son tan importantes cada vez que me iba a acostar. Tal vez Ymir fuese una buena amante, pero nuestra relación era más que nada sexo. Contigo siento que puedo tener algo mucho más importante que solamente contacto físico. Me lo has demostrado varias veces ya. Además, pese a que Ymir también estaba honestamente interesada en mí, también me demostró que podía usar eso para lograr sus propios objetivos.
—Se merece todo lo que asumo que le van a hacer —dije, con un poco de enojo debo añadir—. Usó tus sentimientos para su beneficio.
—Pero no creo que se merezca nada —dijo Krista, y yo fruncí el ceño, creyendo que ella se había vuelto loca—. Ella me explicó que si no me secuestraba, iba a morir pronto. Supongo que cuando llegó la noticia de que titanes habían sido vistos dentro del muro Rose, Ymir se dio cuenta que solamente era cuestión de tiempo para que Reiner y Bertholdt la encontraran. Aunque haya sido algo atroz lo que me hizo, tampoco hay que olvidar que Ymir estaba bajo una presión enorme.
Me quedé mirando a Krista, sorprendida por sus palabras. Realmente ella tenía la virtud de ver lo mejor de las personas, sin importar lo que hubieran hecho. Yo misma había sido tratada de la misma forma, y, de forma invariable, te hacía sentir mejor contigo mismo. Me sentía afortunada de hacer conocido a una chica como Krista.
—¿Y me vas a contar de una buena vez tu historia? —le pregunté, intuyendo que Krista debía estar lista para ser honesta conmigo. Ella soltó una pequeña carcajada.
—Me llamaste por mi verdadero nombre.
—¿A qué te refieres?
—Eso es lo primero que debes saber sobre mí —dijo Krista, mirando al horizonte con una sonrisa amplia, y asumí que, por primera vez en su vida, iba a hablar sobre sus secretos—. Mi verdadero nombre es Historia, Historia Reiss.
