XXIV
La historia de Historia
Historia había decidido revelarme sus secretos cuando estuviéramos a solas. La idea era que yo los supiera primero, porque, eventualmente, tendría que comunicárselo a Erwin y al resto del Cuerpo de Exploración. Sin embargo, ella había adelantado que aquella información podría ser perjudicial para ciertos elementos de la monarquía. Después me enteré que aquello formaba parte de sus razones para dejar la Policía Militar, porque ellos, con toda seguridad, iban a tratar de proteger al gobierno, y estaba segura que no verían con buenos ojos cualquier cosa que desestabilizara la estructura de poder que regía a la población dentro de los muros. Pero, como dije antes, Historia me había prometido, por decirlo de algún modo, la primicia de saber sus secretos antes que nadie más.
Cuando llegamos a Trost, la idea era descansar apropiadamente de la misión que había culminado con el rescate de Eren y la revelación de cuatro titanes cambiantes. Pero Erwin dijo que necesitaba hacerle unas preguntas a Eren antes que pudiera irse a su habitación a descansar. Como yo estaba presente cuando Eren hizo que los titanes comunes atacaran a los cambiantes, e Historia también, nos llamó para prestar declaración complementaria.
Por suerte, al menos para mí e Historia, no estuvimos mucho rato compareciendo ante el comandante, porque la mayoría de las preguntas iban dirigidas a Eren, por lo que nos dirigimos a nuestras habitaciones. Pero Historia no parecía tener muchas ganas de estar sola, a juzgar por lo que me dijo a continuación.
—Necesito compañía—me dijo, pero se quedó callada después, mirándome fijamente a los ojos. Yo lo interpreté como que quería estar conmigo, más que nada para compartirme sus secretos. No tenía forma de anticipar que aquello no era lo único que ella iba a compartir conmigo. De cualquier modo, asentí a modo de aceptación, y la invité a que me acompañara a mi propia habitación.
Una vez allí, nos sentamos sobre la cama, y miré a Historia, invitándola a que me contara lo que quería contarme.
—Mi nombre verdadero es Historia Reiss, y soy la hija ilegítima de un gobernador local, quien vive al norte del muro Sina. Para serte honesta, no supe que era hija ilegítima hasta más tarde, pero el comportamiento de mi madre apuntaba a eso. Me alejaba de su presencia cada vez que yo me acercaba, y, como te dije, no lo supe hasta después.
—¿Cuándo lo supiste?
—Justo después de la batalla contra el titán bestia —dijo Historia, lo que me sorprendió—. No sé por qué, pero mientras nos alejábamos hacia Karanes, todos los recuerdos de mi infancia volvieron de golpe. Me acordé de mi hermana mayor, de sus consejos, y de que, cada vez que ella se alejaba de mi, parecía perder la memoria de forma repentina. No tengo idea de por qué puedo recordar eso, pero el hecho es que tengo estos recuerdos en mi mente.
—¿Dices que no sabes cómo llegaron esos recuerdos a ti? —pregunté, e imaginé que la expresión de mi cara reflejaba incredulidad.
—No, no lo sé —dijo Historia, y supe que estaba siendo honesta—. En honor a la verdad, sabía que yo estaba ocultando secretos, pero no sabían cuáles eran. Desconocía muchas cosas sobre mi propia familia, incluyendo el hecho que tenía una media hermana, pero me había percatado de suficientes cosas para saber que mi familia se traía algo entre manos. Pero, después de escapar de los titanes, recuerdos extraños poblaron mi cabeza, incluyendo algunas cosas terribles.
—¿Cosas… terribles?
—Pude ver a mi propia hermana… transformándose en titán, y comerse al hermano de mi padre. Creo que era una especie de ritual familiar.
Me quedé estupefacta ante lo que Historia me estaba contando. ¿Qué clase de familia era la de Historia? ¿Qué clase de gente tenía por costumbre comerse a parientes, transformándose en titanes? Y, lo que era más importante, ¿cómo diablos lo hacían? Se suponía que nadie sabía de dónde provenían los titanes, pero la narración de Historia podría revelar cuál era el origen de aquellos seres.
—Dijiste que tenías una hermana. ¿Cómo era ella?
—Bueno, ella era mi media hermana —aclaró Historia, mostrando una sonrisa triste—. Era una buena chica. Ella es responsable de que yo sea una buena chica. Recuerdo que me prestó un libro que hablaba de una buena chica, que se comportaba como una dama con los demás y que siempre trataba de hacer el bien. Mi padre me puso mi nombre en honor a esa chica.
—¿Se llamaba Historia?
—No. Perdón que me haya explicado mal. Me refiero a que me puso Krista por la chica del libro. Por un tiempo traté de imitarla, de ser una buena persona y ser amable con los demás. Pero, después de que todos estos recuerdos llegaran a mí… no sé… pero ya no me siento como si fuese una chica buena, más que nada porque ya no quiero ser una chica buena. Ser una chica buena me hace débil, me hace vulnerable ante la gente que se aprovecha de las demás personas. Ya no quiero ser vulnerable. Quiero ser fuerte, como tú. Y, de algún modo, estos recuerdos me permiten intentarlo.
Miré a Historia con un poco de pena. Una de las cosas que más me gustaban de ella era, precisamente, su amabilidad. Aunque no quería que perdiese esa cualidad, una parte de mí sabía que ella necesitaba cambiar, porque este mundo, como yo lo descubrí después de que me secuestraron, era cruel con las personas buenas y bienintencionadas. Lo que me preguntaba era si podía seguir queriéndola a pesar de ello.
—¿Estás segura de que quieres esto?
—Completamente —dijo Historia, y noté la decisión en su mirada. Allí me di cuenta que Krista Lenz no era más que una fachada, un intento por parte de su padre por ocultar lo que Historia era realmente—. Después de todo, es por lo que tú tuviste que pasar cuando eras niña. Recuerdo que me contaste que no fuiste la misma mujer después que te secuestraron. Te obligaste a ser fuerte para proteger a las personas que querías. Pero no por eso debes dejar de ser vulnerable. Conmigo lo eres, y contigo yo lo soy, sin importar lo que yo sea o lo que sepa.
Historia me miraba con unos ojos que había visto solamente en otra ocasión, cuando estábamos solas en esta misma habitación, y el decoro pudo más que nuestros deseos.
—¿O sea, sabías que ocultabas secretos, pero no sabías cuáles eran?
—No, no sabía cuáles eran —dijo Historia, desviando su mirada de la mía—. Aún no entiendo cómo esos recuerdos llegaron a mi cabeza, pero sé que son hechos que realmente ocurrieron.
—¿Y ese asunto de la ceremonia, puedes recordar algo de eso?
—Pude ver que estábamos bajo tierra, y que las paredes estaban hechas de cristal —repuso Historia, componiendo una expresión como de perdida, pero sabía que estaba tratando de forzar su memoria—. Había varias personas vestidas de blanco, supongo que eran parte de mi familia. Mi padre sostenía un aparato alargado lleno de un líquido de color violeta. Después, pude ver una mano que le arrebató el aparato a mi padre, y, acto seguido, mi media hermana se transformó en titán. A partir de ese momento, todo se volvió confuso, como si yo estuviera peleando contra mi propia hermana. Pasó un rato hasta que conseguí derrotarla y… bueno… recuerdo haberle mordido la nuca, donde se supone que está el punto débil de los titanes.
Tuve que admitir que era, en efecto, una historia muy extraña. Por lógica, asumí que Krista no le habría hecho semejante cosa a su propia hermana, por lo que deduje que los recuerdos le pertenecían a otra persona. Pero, si eso era cierto, ¿a quién le pertenecían esos recuerdos? ¿Y por qué diablos había recuerdos de Historia metidos entremedio? El asunto era realmente confuso, por lo que no quise darle más vueltas. Mentes mejor preparadas que la mía iban a encontrarle más sentido. Por mi parte, me alegraba que Historia hubiera cumplido con la promesa que me hizo hace algún tiempo atrás.
—Oírte hablar de eso me hizo recordar algo que me dijiste después que nos conocimos. ¿Recuerdas la vez en que me cortaste el pelo, y me dijiste que sabías cómo hacerlo, pero no quién te había enseñado?
Historia pensó por un momento, y su cara mostró una clara señal de haber recordado aquella anécdota. Mostró una sonrisa de reminiscencia.
—Por alguna razón, ahora recuerdo quién me enseñó todas esas cosas. Fue mi hermana, Frieda. Recuerdo que cada vez que hablábamos, juntaba su frente con la mía, borrándome todo recuerdo sobre ella. Y ahora que tengo estos recuerdos, sé por qué lo hacía. Quería mantenerme al margen del secreto que ella ocultaba, y ese secreto tenía mucho que ver con esas visiones de esas personas vestidas de blanco en una catedral de cristal.
Me quedé pensando en las palabras de Historia. Si lo pensaba bien, tenía sentido que su hermana quisiera protegerla de lo que fuese en lo que estaba involucrada. Esa tal Frieda lucía como una persona considerada y compasiva, a juzgar por cómo Historia me la había descrito. Me pregunté si ese deseo de ella tenía relación con su decisión de unirse al ejército, pero, cuando le platiqué sobre el tema, Historia me contó algo muy diferente a lo que esperaba de ella.
—No, Frieda no tuvo nada que ver con esa decisión —repuso, y yo permanecí en silencio, deseosa de escuchar más. Finalmente, iba a obtener una respuesta a esa interrogante sobre el pasado de Historia—. Simplemente, mi padre me quería lejos de la familia porque quería protegerme de algo. Me dijo que había gente que sabía de mi ascendencia, y que no estaba por encima de asesinarme por motivos políticos. Por eso, decidió que yo debía enlistarme en el ejército, lejos del territorio de los Reiss, usando un nombre supuesto. Está de más decir que yo elegí ese nombre supuesto.
Después de lo que escuché, entendí a la perfección por qué Historia quería mantener aquella información en secreto. Su vida había estado en peligro, y era posible que esas personas siguieran buscándola. Además de todo eso, su búsqueda y asesinato tenían motivaciones políticas. Tenía la impresión de que algo muy grande había detrás de todo el asunto, pero ese no era el momento para seguir profundizando en el tema. Lo que podía sacar en limpio de todo esto era que Historia, al fin, había decidido confiar en mí, y contarme cosas de su pasado.
—Cumpliste con tu promesa —dije, tomando el mentón de Historia y haciendo que me mirara a los ojos—. Ahora, déjame cumplir con la mía.
Historia me dedicó una expresión de extrañeza.
—Dijiste que no te veías en la necesidad de cumplirla.
—Lo dije cuando le había cerrado la puerta al amor, después de la batalla de Stohess —dije, lo que había sido cierto—, pero alguien me hizo ver que no lo había hecho después de todo. Solamente estaba herida por lo que, supuestamente, me habías hecho, y que no había analizado mi situación con la cabeza fría.
—¿Quién te abrió los ojos?
—Una compañera del Cuerpo de Exploración, a la que también le gustan las chicas.
—Ya veo —dijo Historia, mostrándome su sonrisa más dulce—. Hablaste con alguien que tiene los mismos gustos que tú y yo, lo que siempre es algo bueno. Y ahora, a lo que me importa en este momento. ¿Aún quieres cumplir con la promesa que me hiciste?
—Por cómo me estás mirando en este momento, claro que sí.
—Sin embargo, quiero que sepas algo primero, algo que debí haberte dicho cuando te fui a visitar a la prisión —dijo Historia, tomándome las manos y dedicándome una mirada penetrante—. Tuve sexo con Ymir tres veces, pero en todas aquellas ocasiones me imaginé que eras tú la que estaba encima de mí. No quiero que pienses que ella era mala en la cama, pero me imagino que siempre quise hacer eso contigo más que con cualquier otra persona. La vez en que casi nos dejamos llevar fue tan natural que me sorprendió que, aunque supiera que no estaba lista para eso, estuviera dispuesta a hacerlo de todas formas.
No dije nada. Pensé que iba a arruinar el momento si decía cualquier cosa. ¿No decían que una acción podía decir más que mil palabras? Pues, la mirada que me estaba dedicando Historia podía decir más de mil palabras. Era como si me estuviera diciendo "hazme el amor ahora mismo", en un susurro tan dulce como la miel, algo completamente esperado por parte de Historia.
—Yo también estoy lista —dije, en un tono suave, mucho más suave que el que siempre usaba para referirme a Eren.
—Entonces, ven y bésame —susurró Historia suavemente, dedicándome una mirada tan inocente y dulce que mi corazón se derritió al instante. Yo, sabiendo que no era capaz de oponer resistencia, me acerqué a ella, ya anticipando que esa iba a ser la mejor noche de mi vida.
Sin embargo, estaba equivocada con respecto a esto último.
