XXV
Deseo, Parte 1

Me acercaba lentamente a Historia, deslizando suavemente mi lengua por mis labios. Esto último no tenía pensado hacerlo, pero lo hice de todos modos. Su boca estaba muy cerca, nada podía impedir que la besara…

Me detuve.

Me separé de Historia, recordando que debía hacer algo antes de lo que me proponía llevar a cabo.

—¿Te ocurre algo? —me preguntó, mirándome con un poco de preocupación. Era entendible que se sintiera de ese modo, porque muchas veces, como decía el dicho "en la puerta del horno se quema el pan".

—Es que necesito decirte algo primero —dije, recordando mi conversación con Nifa, sabiendo que si no era honesta con mis sentimientos, lo que fuese que iba a ocurrir después carecería de sentido—. Necesito desahogarme de todo lo que pasó en Stohess.

Historia se sentó a la turca sobre la cama, mirándome fijamente a los ojos, denotando que me estaba prestando atención.

—Para empezar, no debí haberme molestado por haberte involucrado con Ymir —comencé, sintiendo que mi cuerpo vibraba cada vez más. Era como si ser honesta con Historia me pusiera nerviosa, y, en retrospectiva, era exactamente lo que me pasaba—. Estabas en tu derecho de hacerlo.

—No, Mikasa —dijo Historia, poniendo una expresión de tristeza—. Yo no debí hacer lo que hice. Me hiciste una promesa y debí esperar hasta que estuvieras lista para cumplirla.

—Pero te traté mal en Stohess —insistí, y soné como si quisiera que Historia se fuera de mi habitación para que no me tuviera lástima—. No te di muchas oportunidades para que me explicaras lo que había pasado, y, mientras peleaba contra Annie, estaba furiosa porque no hacías nada para proteger a los ciudadanos. Incluso estaba dispuesta a cerrarle la puerta al amor, pero después entendí que cerrándole la puerta al amor solamente iba a conseguir escapar del dolor, en lugar de enfrentarlo. Me dolió que tú te hubieras involucrado con Ymir, pero tengo que admitir que yo, en tu situación, habría hecho lo mismo, por mucho que me sintiera atraída por ti.

Vi que Historia no tenía intención de decir palabra alguna. Me miraba como diciéndome "continúa".

—Necesité de la ayuda de otra persona para darme cuenta de todo esto —continué, sintiéndome un poco avergonzada—. Pero supongo que no somos capaces de pensar correctamente cuando somos presas de las emociones. Por eso, antes de hacer lo que quiero hacer contigo, quiero pedirte perdón por las cosas que hice, dije o pensé.

E Historia seguía sin decir nada, pero dejó de sentarse a la turca, y se acercó a mí, tomándome las manos.

—No hay nada que perdonar —dijo, sonriéndome y acercando su boca a la mía—. Todos actuamos así cuando somos secuestrados por nuestras emociones. Decimos cosas que no queremos decir, actuamos de formas en las que no queremos actuar, pensamos cosas que no queremos pensar. Es natural, Mikasa, por lo que no necesito perdonarte. Yo también cometí errores, y espero que esta noche pueda ayudarte a aliviar todas tus heridas.

Me quedé en silencio, a centímetros de los labios de Historia. ¿Cómo era posible que me sintiera atraída por una mujer que era tan buena conmigo? Ni siquiera parecía importarle que hubiera sido violada por Annie.

—Espero poder darte lo que quieres —dije suavemente, tomando a Historia por la cintura.

—Ya me lo estás dando —me dijo ella en un susurro. A partir de ese momento, ya no pude seguir oponiendo resistencia.

Jalé a Historia hacia mí, y la besé con un poco de avidez. Ella no se quejó, sin embargo. Apreté su cintura con un poco más de fuerza, e hice que ella se fuese inclinando hacia atrás, hasta quedar recostada sobre la cama. No quise perder tiempo, y me puse encima de ella, sin apartar mis labios de los suyos, pasando mis manos por su cuello, sus brazos, su cintura y sus muslos con suavidad. No quería hacer lo mismo que Annie; quería que Historia disfrutara estar conmigo, no que fuese una pesadilla para ella.

Por otro lado, me daba la impresión que Historia quería apresurar un poco las cosas, porque con una mano tomaba mi cuello, y con la otra, acariciaba mis pechos. No podía decir que no era agradable, pero me sorprendía que ella, de entre todas las personas, fuese tan impetuosa. No sé si había deseado este momento desde hace mucho tiempo, tal vez era su forma de hacer las cosas, pero no podía negar que su entrega me atraía mucho.

—Vas rápido —dije en un susurro, mostrando una sonrisa y arqueando una ceja.

—Perdón —dijo Historia, dedicándome esa mirada penetrante que ya había visto tres veces en el tiempo que la conocía—. No quiero que pienses que soy… lujuriosa o algo por el estilo.

—No lo pensé ni por un segundo —dije, besándola una vez más, pero en esa ocasión, quise hacer algo que le vi hacer a Ymir en una ocasión. Cuando lo hice, Historia no objetó nada. Porque un beso con lengua no era algo que se hacía en público, e Historia respondía a mis acciones como si tratara de reflejar lo que yo hiciera.

Pronto, llegó un momento en el que ya no era posible dar marcha atrás. Ya estaba tan profundamente implicada en el acto que ya no quise separarme de Historia. Estaba encima de ella, dándole besos cortos, acariciando su cabello y sus mejillas, mi mirada fija en la de ella, sabiendo que aquello solamente podía terminar de una forma.

—Quítame la ropa —pidió Historia, y ya era sabido que yo no era capaz de decirle que no cuando ella me miraba de la forma en que lo hacía. Además, esa media sonrisa en su rostro de ángel hacía que me extraviara, e hiciera lo que fuese. Abandonando sus labios, lo que se me hizo horriblemente tortuoso, me separé un poco de ella para estar en una posición más cómoda, y desabotoné lentamente su blusa, queriendo descubrir su cuerpo de a poco, no como la imbécil de Annie, quien no era capaz de entender el poder de la anticipación a la hora de hacer el amor. Era algo que las chicas hacíamos de forma casi innata, y esperábamos que los chicos se comportaran del mismo modo con nosotras, lo que no siempre ocurría.

Cuando le quité la blusa a Historia, vi que su piel semejaba marfil, y sus pechos eran pequeños, pero me incliné sobre ella de todas formas, y se los besé, con suavidad y dulzura, y escuché los jadeos que provenían de su boca, diciéndome que le gustaba lo que yo le estaba haciendo. A veces humedecía su piel con mi lengua, y notaba cómo se le erizaba la piel, y sus jadeos se hacían un poco más constantes. Luego, descendí por su cuerpo, llegando a su vientre, introduciendo mi lengua en su ombligo, y ella sufrió un pequeño espasmo, lo que acompañó con unas carcajadas.

—¡No hagas eso! —exclamó—. Me da cosquillas.

—Creí que esa era la idea.

—No son cosquillas agradables.

Hice caso de su reclamo, y solamente besé y rocé su piel con mis labios. Asumo que aquello le hacía dar cosquillas más agradables, por lo que seguí haciéndolo, tomando el borde de su falda, y tirando con suavidad hacia abajo, mostrando sus muy hermosas caderas, su bajo vientre y sus piernas esbeltas. Ya me iba a ocupar de lo que había entremedio de estas últimas. Por ese momento, mi misión era memorizar su cuerpo con mis labios.

Le di un beso suave en su bajo vientre, e Historia arqueó un poco la espalda. Al parecer, aquel era un punto sensible de ella, pero después me daría cuenta que no era exclusivo de su cuerpo. Queriendo hacer que deseara que me hundiera en su intimidad, la bordeé, besando sus caderas, tomando sus muslos, notando la carne de gallina en su piel, y que los jadeos no cesaban. Al parecer, ir por las ramas había sido una buena decisión.

—Me gusta mucho lo que haces —dijo Historia en un susurro que hizo que me diera un cosquilleo en mi propia intimidad, pero fue algo efímero. Pero la sensación me hizo cobrar conciencia de que yo también quería que Historia me acariciara y descubriera mi cuerpo, tal como yo lo estaba haciendo con ella.

Recorrí sus piernas con lentitud, queriendo disfrutar de su piel y del sonido de su voz al gemir de placer. Cuando llegué a sus pies, aproveché de darle una pequeña sorpresa, y le di un breve masaje en la planta de sus pies. Historia gimió un poco más fuerte de lo que esperaba, pero se notaba a la legua que disfrutaba mucho lo que le estaba haciendo.

—Qué rico —murmuró Historia, mirando al techo y resoplando cada vez que yo apretaba un punto sensible—. No sabía que necesitaba eso.

—Ahora lo sabes —dije, abandonando sus pies, y regresando a sus labios, besándola dulcemente, suavemente, abrazándola, queriendo fundirme con ella. Volví a acariciar su cabello, sus mejillas y sus hombros, esta vez con la yema de mis dedos, e Historia lo disfrutaba de forma grata.

Sin embargo, el brillo en sus ojos me gritaba que le diera lo que ella ansiaba. Era eso precisamente lo que yo quería, y decidí que ya había esperado mucho tiempo.

Descendí por su cuerpo, besando su cuello, sus hombros, sus pechos, su vientre, todo en rápida sucesión, hasta que llegué a mi destino. Tomé sus piernas con gentileza, y las aparté. Lo que vi no me sorprendió mucho, pues yo también era una chica, pero, por alguna razón, ver a Historia con las piernas abiertas, exponiendo su intimidad, sus mejillas sonrojadas, una sensual media sonrisa y ojos relucientes, me hizo perder el aire de los pulmones. Mi corazón duplicó la intensidad de sus latidos, y sentí un cosquilleo allá abajo que me sacudió de la cabeza a los pies. Ardía en ganas en adentrarme en las profundidades de su entrepierna, y, sin perder tiempo, me incliné delante de ella, con el objetivo de probar el sabor de su feminidad.

Mientras mi lengua recorría lugares desconocidos, noté que Historia había sonado como si hubiera pasado debajo del agua por un par de minutos. Sus gemidos subieron de tono, y me llenaron de una electricidad que sacudió mi cuerpo. Era como si su placer fuese el mío también, haciendo que yo quisiera seguir adelante con ese juego, hasta las últimas consecuencias.

Mientras jugaba en medio de las piernas de Historia, tomé sus caderas y las acaricié, queriendo reforzar la idea de que yo también necesitaba adentrarme en ella. Y mientras tanto, sus gemidos se iban haciendo cada vez más altos, y su respiración se hacía cada vez más superficial. Todo eso estaba haciendo que yo deseara sentir lo que Historia estaba sintiendo.

—¡Oh, Mikasa! —gimió Historia, tomando mi cabeza y enredando sus dedos entre mi cabello, arqueando el cuello hacia atrás—. Por favor… no te detengas.

¿Detenerme? Solamente lo haría cuando el volcán en su interior hiciera erupción.