XXVI
Deseo, Parte 2

Por un momento temí que los gemidos de Historia fuesen demasiado ruidosos, porque no había que olvidar que había más gente viviendo en el mismo lugar que nosotras. Sin embargo, no hubo quejas, lo que me llamó la atención. Historia no parecía preocuparle el volumen de su voz, porque lo que yo le estaba haciendo le estaba causando un placer más allá de lo que ella había experimentado alguna vez, o al menos eso me transmitían sus gemidos.

Por mi parte, a medida que el cuerpo de Historia comenzaba a estremecerse, noté un sabor distinto en mis labios. No era capaz de describirlo en su momento, pero, después de reflexionar sobre el tema al día siguiente, entendí que no había sido otra cosa que el sabor de su propia feminidad, exactamente lo que quería probar antes de adentrarme en su intimidad. Volviendo al presente, Historia ya no tenía ningún control sobre sus brazos y piernas, y, si había tenido algún control sobre el volumen de su voz, ya no lo tenía en absoluto. De algún modo que yo no podía comprender, sus gemidos me excitaban, y me empujaban a desatar el delirio en su interior.

En el momento en que ella apretó mi cabeza con sus manos, supe que había estallado el volcán en su interior. Me daba la impresión que le faltaba el aire, porque respiraba agitadamente, y gemía de forma entrecortada. Su pecho se expandía y contraía como si acabara de hacer mucho ejercicio, y tenía su vientre tenso. Recordé lo que Ymir me había dicho el día en que me separé de Historia, y entendí que lo que ella acababa de experimentar era lo que Ymir llamaba "el placer más exquisito de la experiencia humana". Como nosotras habíamos entrado al ejército en lugar de seguir con nuestra educación normal, no teníamos idea de qué nombre colocarle a lo que Historia acababa de sentir. Pero, semántica al margen, yo no quería esperar a pasar por lo mismo que ella. Era la única manera de saber si se trataba del "placer más exquisito de la experiencia humana".

Abandoné su entrepierna, y le di un beso largo e intenso en sus labios, abrazándola, nuevamente con la intención de querer fundirme con ella. Apenas me separé de ella, se pasó la lengua por sus labios, sonriendo.

—Saben a ti —dije suavemente, también mostrando una sonrisa.

—Yo también quiero saborearte —me dijo ella, y yo, ardiendo en ganas de sentir lo que ella había sentido, permití que ella se pusiera encima de mí, y yo la tomé por la cintura, jalando con suavidad, de modo que ella se pegara más a mí.

—Fuiste mía —dije, en un susurro que hasta a mí me erizó los vellos de la piel—. Ahora quiero ser tuya. Quiero sentir lo mismo que tú.

Noté que Historia no podía dejar de sonreír, y asumí que tenía que ver con lo que le había pasado hace un par de minutos.

—¿Estás segura? —me dijo en un tono dulcemente burlón—. Es un placer que puede matarte. Yo misma me sentí morir.

—No sería una mala forma de hacerlo —dije, en tono de broma claro estaba.

—Bueno —dijo Historia, a centímetros de mi boca, como queriendo que yo salvara la distancia que había entre las dos—. Después no digas que no te lo advertí.

Ella no besó mis labios, como yo esperaba que hiciera. En lugar, besó mi cuello, lo que me tomó por sorpresa. Una sacudida recorrió todo mi cuerpo, pero no fue como aquellas sacudidas cuando te enteras de algo desagradable, sino como si tu propia sangre se calentara, relajándote y haciéndote sentir bien. Lo siguiente que noté, fue que, tal como yo lo había hecho con ella, Historia desabotonaba mi blusa con lentitud, y yo me sentía como si ella no solamente estuviera desnudando mi cuerpo, sino que todo mi ser también, exponiéndome ante ella, dejándome vulnerable.

Cuando Historia arrancó mi blusa por completo, me miró con una mirada que nunca había visto antes. Claro, ella había dicho que no era su intención que yo la viera como una chica lujuriosa, pero su mirada estaba desafiando aquella idea a tal punto que me convencí finalmente de que ella había estado esperando hacer eso conmigo desde quién sabe cuánto tiempo.

—Tienes bonitos pechos —dijo Historia, tomándomelos suave y gentilmente, y yo sentía como algo cálido recorría mis venas. Después, se inclinó delante de mí, y me los besó, y ese algo cálido se volvió un poco más intenso.

—Qué rico —dije con suavidad, tomando su cabeza, presionando un poco hacia abajo, como queriendo que ella se hundiera más en mis pechos—. Lo haces muy bien.

—Tengo experiencia —dijo Historia, deslizando la punta de la lengua por mi piel, erizando mis vellos. Un cosquilleo se regó por todo mi cuerpo, y me estaba sintiendo cada vez mejor.

—Puedo verlo —dije, mirando cómo Historia abandonaba mis pechos, y seguía descendiendo por mi cuerpo, aunque supuse que, tal como yo lo había hecho, iba a pasar de largo mi lugar íntimo, haciéndome esperar por lo que tanto quería. El cosquilleo se estaba haciendo cada vez más intenso, y yo no quería que el placer se detuviera. Era todo muy exquisito, tal como me había dicho Historia.

Cuando ella rozó sus labios con la piel de mi bajo vientre, supe que ese también era un punto sensible en mí. Mi cuerpo tembló por completo, y me vino la risa floja, porque las cosquillas eran casi insoportables, y a la vez, demasiado placenteras. Era tal la sensación que ni me di cuenta que Historia me estaba quitando la falda, mirando mi entrepierna como si no hubiera mejor vista que esa.

Para cuando me percaté de lo que ella estaba haciendo, permití que me desnudara por completo. Historia me miró de arriba abajo, sonriéndome suavemente.

—Eres hermosa, Mikasa.

Inmediatamente después de esas palabras, supe que solamente lo estaba diciendo para que me sintiera bien, porque no me consideraba atractiva. Cada vez que me miraba al espejo, me decía que tenía el físico de un hombre. Era cierto que me mantenía en forma cada vez que podía, pero juzgaba que no era normal que una mujer tuviera los abdominales tan marcados como los que yo poseía. También tenía los brazos y piernas más gruesos que el común de las chicas, y, claro, los músculos más acentuados.

—Te agradezco que me lo digas, pero no lo soy, en absoluto.

—Has sido buena conmigo —dijo Historia, desviando su mirada hacia mis ojos, sonriéndome, como siempre hacía cuando quería hacerme sentir mejor—. Me trataste con gentileza, me perdonaste por lo que hice con Ymir, me hiciste más fuerte de lo que era antes. Eres hermosa.

—No me refiero a eso —dije, e Historia volvió a mirarme de arriba abajo.

—Mikasa —dijo, con una suavidad tal que se me asomó una sonrisa involuntaria—, si no te hubiera considerado atractiva, habría tenido más recelos para hacer lo que estoy haciendo. No me importa que tu cuerpo sea un poco más… tosco que el del resto de las mujeres. Ya te dije que tenías bonitos pechos. También tienes lindas caderas, y tu piel es tan suave como la mía. No te estoy diciendo esto para que te sientas mejor. Te lo digo porque así te veo yo.

Historia no dijo nada más. Volvió a inclinarse delante de mí y, contra todo lo que esperaba, fue directo a mi intimidad.

Cuando su boca tocó mi piel, el aire escapó de mis pulmones y un calor súbito recorrió cada vena de mi cuerpo, causando un cosquilleo que me remeció de la misma forma en que un terremoto era capaz de remecer la tierra. Mis gemidos se confundieron con mis esfuerzos por recuperar el aire perdido. Pero el placer no se detuvo allí.

Historia podía ser muy sutil cuando se trataba de hacerme sentir bien. La punta de su lengua estaba haciendo que mis pensamientos abandonaran mi cabeza como los habitantes de una casa que se estuviera quemando. Ella había destruido los muros de mi intimidad, tal como el titán colosal había destruido el muro María, y pronto, sentí que iba a romper los muros de mi corazón, si es que no lo había hecho ya. Y allí, mientras el calor crecía y el cosquilleo en mis entrañas seguía en aumento, ya no era capaz de pensar correctamente. Enredé mis dedos entre las hebras doradas del cabello de Historia, sin que lo hubiera pensado o decidido. Ella me estaba robando mi libre albedrío con sólo poner su lengua en el lugar correcto. Era absurdo, pero al mismo tiempo, tan dulcemente embriagador que clamaba por más, sin estar plenamente consciente de lo que estaba diciendo. La sensación era como si tratara de acordarme de lo que pasó en una fiesta, después de una borrachera.

—¿Te gusta? —me preguntó Historia, y yo respondí con gemidos cada vez más sonoros. Ella tomó mis caderas, y las acarició con las yemas de sus dedos, y los cosquilleos se estaban haciendo casi intolerables. El fuego en mis entrañas ya iba más allá de lo que alguna vez hube sentido en mi vida, y quemaba mi interior con una ferocidad que consumía el aire en mis pulmones. Mi respiración se hacía cada vez más superficial, mis gemidos cada vez más altos, y casi no podía pensar.

No supe si mi visión se fue a negro o mi consciencia se fue a negro, porque lo que sentí después, fue como si estuviera flotando en lugar de estar recostada encima de la cama. Era una sensación similar a cuando te duele la cabeza y cierras los ojos, apretando los párpados con fuerza. Al final, pareces dar vueltas, y no sabes dónde es arriba o abajo, con la diferencia que todo mi cuerpo vibraba con el placer más delicioso que alguna vez hubiese probado. Había un explosión en mi interior, y mis venas parecían transportar acero fundido en lugar de sangre.

El mundo volvió a cobrar sentido a medida que el calor en mi interior iba disminuyendo y el aire volvía a mis pulmones, pero aún respiraba de forma entrecortada, gimiendo cada vez más bajo, y viendo que Historia ya estaba encima de mí, mirándome con ojos penetrantes.

—¿Quieres probar de tu miel? —preguntó, en un tono muy sensual que no le había escuchado antes. Siempre había imaginado que Historia era demasiado pudorosa para comportarse de ese modo, pero después comprendí que no conocía realmente a Historia. Había conocido a fondo a Krista.

—Dámelo —dije, sonriendo, y ella me besó, sintiendo el mismo sabor que yo había sentido mientras llevaba a Historia al delirio. Al principio, me había parecido extraño, e incluso incómodo, pero ya me había acostumbrado al sabor de una mujer. El calor en mi interior se había apagado, y mi cuerpo funcionó normalmente otra vez.

—¿Qué hora es? —pregunté, pero Historia no respondió de la forma que esperaba.

—¿Tan pronto quieres terminar?

Arqueé una ceja.

—Yo pensé que… —Historia me tapó la boca, dedicándome una sonrisa traviesa.

—Oh, no, Mikasa. Esto está recién comenzando.